Un rebelde inolvidable Capítulo Veintitrés
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Capítulo Veintitrés

ANTHONY

A primera hora de la tarde, recibí una llamada inesperada de Isabeau.

—¡Qué agradable sorpresa! —dije, preguntándome por qué llamaría en horario de trabajo.

—¡Hola! Te conozco y sé que probablemente estés liado, así que seré breve.

Vamos a llevar nuestra colaboración con Grace al siguiente nivel y hemos decidido, así sobre la marcha, montar una pequeña fiesta en la tienda esta noche.

Sé que te estoy avisando con muy poco tiempo de antelación, pero nos encantaría que vinieras.

—¿Irá también el resto de la familia?

—Se lo hemos dicho a todos. No sé cuántos podrán venir, teniendo en cuenta que es dentro de unas horas.

—¿A qué hora es? —pregunté, pensando en mis planes con Daisy.

—Empezaremos a las seis. Cerraremos cuando ya no quede ningún cliente.

—Vale. Me pasaré.

—Perfecto. Vamos a celebrar que…

Dejé de prestar atención. Un plan comenzaba a tomar forma en mi mente.

—Estupendo, estoy deseando verte por aquí —concluyó Isabeau.

Estaba seguro de que al menos la mitad de la familia también estaría allí. Sería divertido.

Y quería que Daisy me acompañara.

Después de colgar, fui a su oficina. Me apoyé en el marco de la puerta y la observé un momento. Estaba inclinada sobre el teclado, absorta en la pantalla. No podía dejar de mirar su preciosa cara de concentración.

Unos segundos después, levantó la vista:

—¡Anthony, me has asustado!

Entré y cerré la puerta.

Ella sonrió.

—Sabes que eso podría dar una idea equivocada a la gente.

—¿A qué te refieres?

—Pueden pensar que queremos privacidad porque estamos tramando alguna travesura.

—Pues esa es la idea correcta —respondí, dirigiéndome directamente hacia ella.

Daisy abrió mucho los ojos:

—Vaaaya. Vienes decidido, ¿eh? ¿En qué estás pensando?

Me apoyé en su escritorio y ella retrocedió con la silla y cruzó las piernas. ¿Cómo narices podía ser tan sexy? Tenía unas piernas interminables. Quería hacerla mía allí mismo, sobre el escritorio.

—¿Anthony? —Las comisuras de su boca se curvaron en una sonrisa. No me cabía la menor duda de que sabía exactamente lo que estaba pensando. Estábamos en la misma sintonía, y eso me encantaba.

—Bueno, sobre lo de esta noche…

—¿Sí?

—Me acaban de llamar mis abuelas. Van a celebrar una pequeña fiesta en su tienda. Su colaboración con la prometida de Zachary está siendo todo un éxito.

Su sonrisa se desvaneció.

—Lo entiendo perfectamente. Podemos salir otro día.

—¿Cómo?

Se humedeció los labios, se acercó al escritorio y se concentró en su portátil. ¿Estaba tratando de evitar mi mirada?

—Daisy, mírame.

Ella levantó la vista, y yo le acaricié la mejilla.

—¿Por qué pensaste que iba a cancelarlo?

—¿Acaso puedes estar en dos sitios a la vez? —Había un toque de humor en su tono, pero también sonaba algo preocupada.

—No. Había pensado que, dentro de los planes que tenemos para esta noche, hacer un hueco para pasar un rato por el evento.

Se quedó con la boca abierta, parpadeando rápidamente. ¿Por qué le sorprendía tanto?

—¿De verdad? ¡Me encantaría ir! —Su expresión cambió al instante y una gran sonrisa iluminó su rostro—. Es un sí rotundo. Me encantará volver a ver la tienda y darles las gracias en persona por el perfume. Es espectacular.

—Parte de la familia también estará allí.

—Mejor aún. ¿Les compramos un regalo o algo?

—Qué va, en la familia no hacemos regalos. Solo en Navidad.

—Vale.¿Y qué es exactamente lo que están celebrando?

—No me ha quedado muy claro.

Frunció el ceño:

—¿No has preguntado?

—Isabeau lo mencionó, pero yo ya estaba pensando en reorganizar nuestra cita, así que no presté mucha atención.

Ella negó con la cabeza:

—Hombres… —murmuró entre dientes—. Mi padre es igual. Mi madre le puede dar todos los detalles del mundo, y él solo retiene el principio y, con suerte, el final. A veces ni siquiera eso.

—Parece que estás hablando de mí —coincidí.

Ella seguía sonriendo.

—Entonces… ¿qué vamos a hacer hoy?

—El plan original era dar un paseo por Audubon.

—Ya veo. Pensabas llevarme de vuelta a tu preciosa casa, ¿eh?

—Por supuesto. Pero como vamos a Fragrant Delights , creo que será mejor que nos quedemos por la zona del Barrio Francés.

—Qué sacrificio… —dijo con ironía.

—¿A qué hora terminarás? —pregunté.

—No lo sé. Quizás deberíamos preguntarle al jefe.

Gruñí:

—El jefe quiere que te vayas ahora mismo.

Ella resopló.

—¡Anthony!

—Tú lo has preguntado, cariño. No me culpes a mí. En serio, puedes irte cuando quieras. Lo ideal sería que aprovecháramos ese tiempo libre juntos.

—Creo que sé a dónde quieres llegar.

—¿De verdad? —la desafié.

Abrió la boca y luego la cerró de nuevo.

—¿Sabes qué? Mejor no pregunto nada.

Me reí.

—Mejor. —La verdad era que, si expresaba esos pensamientos, iba a perder el control—. Estate lista para salir a las seis —le dije al abrir la puerta.

—¡Claro, jefe! —respondió con una sonrisa y un saludo militar de broma.

A las seis menos cinco, salí de la oficina.

Normalmente, nuestras horas de salida variaban, pues éramos profesionales y no teníamos nada que esconder.

No obstante, una vez fuera del edificio, las reglas cambiaban.

Me detuve enfrente del LeBlanc Broussard y eché un vistazo.

El restaurante estaba lleno, como de costumbre.

Cinco minutos más tarde, empecé a impacientarme, pero en lugar de enviarle un mensaje a Daisy, le envié uno a Annelise.

Tras el recorrido matutino en la granja, cuando estuve a solas con la madre de Daisy en la cocina, le había sugerido amablemente a Rosalie que parecía tener problemas con la maquinaria.

Luego volví a proponer que contrataran ayuda adicional hasta que su esposo se recuperara, y esa vez se mostró más receptiva, pero con una condición: no se lo diríamos a Daisy.

No me gustaba ocultarle cosas a mi chica, pero entendía el orgullo de los padres.

Annelise, en cambio, estaba al tanto de toda la situación.

Anthony: ¿Todo bien?

Annelise: ¡Sí! Los dos chicos nuevos han empezado hoy. ¡Todo va mucho mejor!

Anthony: Perfecto. Avísame si necesitas algo más.

En ese momento, apareció un mensaje de Daisy.

Daisy: Llegaré unos minutos tarde. Lo siento.

“Unos minutos” resultaron ser quince, hasta que la vi salir por el callejón trasero.

—Lo siento mucho. Empecé a maquillarme y me ha llevado más de lo que esperaba. Quería estar lo más guapa posible.

—Tú siempre estás guapa, Daisy.

Sonrió.

—Parece que alguien está de buen humor…

—Lo digo en serio. Me cuesta horrores no irrumpir en tu oficina e intentar seducirte todos los días. —Me acerqué a ella.

Daisy contuvo el aliento.

—Anthony, ¿lo dices en serio?

—Cada palabra, te lo aseguro.

—Pero ahora estoy más guapa, ¿a que sí? —dijo, batiendo las pestañas.

Joder. Ese era el momento en el que se suponía que debía elogiar cualquier cambio que hubiera hecho, ¿no? El único problema era que no tenía ni idea de qué era.

—Como he dicho, siempre estás guapísima.

—Me vale —respondió—. ¿Adónde vamos?

—¿Qué te parece ir de bares? —sugerí—. Entramos en cualquiera que tenga sitio y algo para picar. Y cuando estemos llenos, podemos ir a la tienda.

—Es la mejor idea del mundo. Así, de paso, podremos recorrer todo el Barrio Francés.

—Exacto. —No podía estar más en sintonía con Daisy. Instintivamente, sabía que le gustaría la idea, y su sonrisa era sincera, no lo decía solo para complacerme—. Empecemos aquí mismo, en la calle Royal. —Señalé un pequeño local a unas dos calles de distancia.

—No tengo ni idea de qué sitio es ese —admitió Daisy.

—Tienen unas albóndigas riquísimas.

—Es un poco peculiar que vendan ese tipo de comida en el centro de Nueva Orleans, ¿no?

—Sería aburrido si todo el mundo sirviera po’ boys , jambalaya y gumbo .

Al empezar a andar, le pasé el brazo por la cintura. Ahora que el trabajo había terminado, quería tocarla tanto como fuera posible. Había logrado contener mis impulsos mientras estábamos en la oficina, pero estando los dos solos… Imposible. Además, ¿por qué debería hacerlo?

—Tienes razón. ¿Cómo descubriste todos estos lugares? —preguntó.

—Fácil. Prueba y error. Obviamente, tengo mis restaurantes favoritos, pero también me gusta probar cosas nuevas.

—Ya veo. Estoy deseando probar las… —movió las cejas con picardía—, albóndigas.

—¿A qué ha venido eso? —le señalé las cejas—. ¿Estás intentando ponerme a prueba?

—Tal vez… ¿Está funcionando?

Aquel día estaba muy atrevida, y me encantaba. Le besé la frente.

—Sí, está funcionando. De hecho, está funcionando demasiado bien, así que deja de hacerlo. —Su buen humor me hizo pensar que no estaba tan preocupada por sus padres, pero quise asegurarme—. ¿Has hablado con tu familia hoy?

—Me paso el día escribiéndome con mi madre. ¿Y a que no sabes qué? Mi padre también me está enviando más mensajes. Supongo que poco a poco se están adaptando. Pero es difícil vivir todo esto desde la distancia.

—Si en algún momento quieres coger un vuelo, solo tienes que decírmelo, ¿vale? Lo digo en serio.

—Anthony, no puedo estar yendo y viniendo así como así.

—Sí que puedes, y yo iré contigo. Todas las veces que haga falta.

—Lo tendré en cuenta —respondió justo cuando llegamos al local. Ya había dos personas esperando en la fila.

—Parece un perrito caliente con albóndigas —comentó Daisy, poniéndose de puntillas y mirando los platos de los clientes.

—Es la forma perfecta de describirlo, pero no sabe para nada a perrito caliente.

Cinco minutos más tarde, se estaba devorando su ración mientras caminábamos hacia la calle Bourbon para nuestra siguiente parada.

—Esto está buenísimo, pero ¿cómo vamos a ir de un sitio a otro si ya estoy empezando a llenarme?

—Podemos compartir la siguiente ración —sugerí, atrayéndola más hacia mí mientras girábamos hacia Bourbon.

—Sí, mejor, buena idea. Mis padres siempre dicen que el secreto de una buena relación es compartir la comida.

—¿Qué? —Su comentario me pilló totalmente desprevenido.

—Mi madre siempre le roba cosas del plato a mi padre. Y él nunca se enfada.

—¿Y por qué no se sirve ella lo que quiera en su propio plato?

—Siempre está a dieta. Dice de broma que, si coge comida del plato de mi padre, come menos calorías.

—¡Eso no tiene ningún sentido!

—Lo sé, pero todos tenemos nuestras manías. Dios, ahora que lo pienso, mis padres llevan casados una eternidad…

—Igual que los míos. Se conocieron cuando mi madre tenía dieciocho o diecinueve años.

—Es de locos, ¿verdad? —murmuró mientras la guiaba entre la multitud—. Que hayan sabido mantenerse unidos todos estos años.

—Ya lo creo.

Entonces, caí en la cuenta de que teníamos eso en común: padres que se conocieron siendo jóvenes y continuaban felizmente casados, y abuelos que al principio se oponían a su unión, pero luego cambiaron de opinión.

Sin embargo, lo curioso era que Daisy y yo éramos completamente diferentes a ellos: ninguno había buscado una relación seria hasta ese momento.

—¿En qué piensas? —preguntó.

Decidí ser sincero con ella.

—Que somos muy distintos a nuestros padres.

—Totalmente. A veces me pregunto si soy adoptada. Ellos llevan juntos desde el instituto y, a excepción de una vez, no les he presentado a nadie… hasta que apareciste tú.

—¿En serio?

—Sí. Les presenté a mi primer novio en la universidad y rompimos una semana después. Me prometí no traer a nadie más hasta que fuera algo muy serio, para no confundirlos.

—Entonces, esto va muy en serio, ¿no? —pregunté cuando llegamos a nuestra siguiente parada. Era otra tienda delicatessen . Servían lonchas de rosbif con pepinillos y una variedad de verduras en platos de papel.

Daisy sonrió al mirar por el escaparate: Tenían un montón de toppings para elegir.

Acerqué la boca a su oído:

—No me has respondido. —Me miró y me di cuenta de que estaba nerviosa. No dejaba de cambiar el apoyo de un pie al otro—. Está bien, yo hablaré primero.

Su expresión se suavizó:

—Eres muy importante para mí, Daisy. Nunca había experimentado algo tan bonito en mi vida, y es completamente diferente a lo que estaba acostumbrado, ya sea salir con alguien o…

cualquier otra cosa. —No quería decir “rollos” en voz alta porque le restaría valor a la conversación—.

Por eso quiero que vengas a Fragrant Delights esta noche.

Toda mi familia asiste a estos eventos con sus parejas, y quiero que tú estés a mi lado.

Ella no dijo nada. Después de unos segundos, me aclaré la garganta.

—Daisy…

—Lo siento, todavía estoy en shock . Y procesándolo. Dios mío, no puedo creer que hayas dicho todas esas cosas en voz alta. Es lo más romántico que he oído nunca.

Y la escena podría ser mucho más romántica si no estuviéramos en una tienda de rosbif de la calle Bourbon, pero, de alguna manera, encajaba con nosotros.

Ella me dedicó una pequeña sonrisa y susurró:

—A mí me pasa lo mismo. No me di cuenta hasta que fuimos a la granja.

Significó muchísimo que estuvieras allí conmigo, apoyándome de esa forma, como si no hubiera otro lugar en el que quisieras estar.

Desde entonces, he tenido ganas de compartir cada pedacito de mi vida contigo, lo cual asusta un poco.

—Coincido, cariño. —Le coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja, rozándole el lóbulo—. Pero quiero estar a tu lado pase lo que pase, y es una sensación jodidamente increíble.

—Yo también. Me llena el alma de alegría. —dijo, llevándose una mano al pecho.

—¡Uf! Debería haber hablado de esto contigo en un sitio más íntimo. Ahora mismo, lo único que quiero es llevarte a un rincón oscuro y besarte sin parar…

Y decirle que la quiero…

Daisy se rió.

—Seguro que puedes encontrar suficientes rincones oscuros en Bourbon.

—Te mereces algo mucho mejor, cariño.

—Bueno, ¿qué les pongo esta noche? —preguntó el vendedor cuando llegó nuestro turno.

—Pediré el rosbif con un poco de todo —respondí. Como íbamos a compartirlo, opté por la opción con todos los extras.

Daisy miraba el mostrador, con aire indeciso.

—Creo que solo tomaré un poco de rosbif, sin guarnición.

—¿No vamos a compartir?

Ella se encogió de hombros:

—No quiero exagerar para no llenarme demasiado. ¿Vamos a ir a otros bares?

—¡Por supuesto!

—Además, mejor que cada uno tenga su plato.

—Eres libre de picar de mi guarnición cuando quieras; la compartiré encantado. Además, si me la robas del plato —continué—, comes menos calorías, ¿verdad?

Daisy echó la cabeza hacia atrás y se rió a carcajadas. Cada minuto que pasaba disfrutaba más de la velada.

—Aprendes rápido, Anthony LeBlanc.