Un rebelde inolvidable Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

DAISY

Anthony y yo regresamos a Nueva Orleans tres días después. Mi padre se sentía un poco mejor, aunque no podía moverse mucho. Annelise prometió que se pasaría a diario para encender las máquinas. Sin embargo, necesitaba una solución mejor.

Así que, cuando fui a la oficina a la mañana siguiente, lo primero que hice fue enviarle un mensaje a Samantha.

Daisy: Hola Samantha, me comentaste que tenías algo en vista en Dakota del Norte. ¿Podrías pasarme más información?

Samantha: ¿Te vas a mudar?

Daisy: Quizás.

Era lo último que quería hacer, pero me sentiría culpable si ni siquiera lo intentaba.

Samantha: Me pongo a ello. Por cierto, Farm alguien en el local requería su ayuda.

Antes de volver a mi lista de tareas pendientes, me tomé un momento para hablar con Annelise.

Se pasaba todos los días por casa de mis padres.

Aunque le insistí en que no era necesario, ella siempre decía que no le suponía ninguna molestia.

Quería muchísimo a mi amiga. Me tranquilizó confirmando que todo iba bien.

Incluso bromeó diciendo que los peones disfrutaban de estar menos vigilados ahora que mi padre no estaba tan encima.

Daisy: ¿Cómo están mis padres hoy?

Annelise me envió dos fotos: un selfie con mi madre en la cocina y otra de mi padre sosteniendo un bollo de canela.

Annelise: Tu madre y yo hemos preparado rollos de canela. Tu padre estaba encantado de ser nuestro catador.

Inmediatamente se me ocurrió una idea, inspirada, por supuesto, en Anthony y en las delicias con las que me mimaba.

Daisy: Voy a buscar pastelerías buenas que repartan a domicilio y les voy a mandar dulces a mis padres todos los días.

Annelise: Tía, eres una crack . Nuestros rollos de canela estaban buenos… pero tampoco eran nada del otro mundo.

Las tartas de mi madre eran increíbles. Así que, si se lo proponía, estaba segura de que podría perfeccionar la receta de los rollos de canela.

Pero quería mimarlos de todas las maneras posibles.

Busqué pastelerías en los alrededores y me sorprendió encontrar unas cuantas.

Hice pedidos en tres de ella: Mis padres recibirían un envío diario durante todo el mes, y Annelise también.

Y ya que estaba investigando, busqué el artículo de Harry Potter que Anthony y la familia estaban tratando de encontrar para Bella. Me había enviado un enlace en la granja, pero no había tenido tiempo de mirarlo hasta ahora.

Se trataba de una varita chulísima que podía encender y apagar las luces.

Básicamente era un mando a distancia con forma de varita y, como era de esperar, estaba agotada en todas partes.

Pero cuando me ponía a buscar algo, no había quien me ganara.

Solo diez minutos después, encontré a un vendedor que la tenía.

Inmediatamente le envié el enlace a Anthony por mensaje.

Daisy: He encontrado esto para Bella. ¿Alguien más de la familia lo ha conseguido ya o lo pido yo?

Anthony: Eres la mejor. Se lo reenviaré a Scarlett para que lo pida. Muchas gracias por buscarlo.

Daisy: ¿No me vas a regañar por hacerlo en horario de trabajo?

No contestó.

Al dejar el móvil, me mordí el labio inferior. ¡Vaya! La línea entre nuestra vida personal y la profesional se estaba borrando. ¿Anthony se habría dado cuenta de lo mismo?

Estaba a punto de enviarle otro mensaje cuando entró en mi oficina, cerrando la puerta tras de sí.

—¿Por qué has cerrado la puerta?

Ladeó la cabeza.

—Porque tengo intención de mostrarte exactamente lo que pienso de que te pongas a buscar cosas para mi familia durante el horario laboral.

Tragué saliva.

—¿Y no es algo que puedan ver los demás?

—No es apto para todos los públicos, eso seguro.

Me reí. Me gustaba que se tomara el tema con un tono divertido. De hecho, hacía que pareciera completamente trivial.

¡Qué más da! ¿Por qué iba a preocuparme tanto? Al fin y al cabo, era un trabajo temporal. Y mientras durara, solo quería dedicarme a disfrutar de aquel hombre. Así que, cuando se acercó, yo también moví las cejas con picardía. Se detuvo en seco. ¡Ja! Me encantaba sorprenderlo.

—Apuesto a que esperabas que fuera más tímida.

—Sí —admitió. Parecía atónito.

—Pues no. ¿Qué pensamientos sucios rondan tu cabeza?

Se acercó y apoyó el trasero en mi escritorio.

—¿Quieres que te cuente todos los detalles?

—Así que, ¿ya lo has imaginado?

—Cada maldito día, Daisy. Cada vez que piso la oficina me imagino todo lo que te haría —respondió, dando una palmada al escritorio—. Justo aquí, en este mueble. —Luego señaló con la barbilla hacia mí—. Y en tu silla. —Acortó la distancia entre nosotros—. Y contra esa ventana…

—Vaya. Me lo habías estado ocultando. ¿Por qué no me has contado nada de todo esto?

—Porque decirlo en voz alta solo hace que lo desee más.

Me dedicó una sonrisa tan seductora que me sentí dispuesta a cualquier cosa, sin rastro de vergüenza. Pero entonces unos golpes en la puerta nos sobresaltaron a los dos.

—¿Daisy?

Anthony se enderezó de golpe, se levantó de mi escritorio y se apartó a un lado.

—¡Adelante!

La puerta se abrió y apareció Dorothy, sonriendo:

—Ah, perfecto, estáis los dos aquí.

¿Sospecharía que pasaba algo entre nosotros? Seguro.

—¿Qué necesitas, Dorothy? —preguntó Anthony.

—Que me firmes este papel, Anthony. Y ya de paso, Daisy, si te quedas más tiempo con nosotros, que sepas que este formulario se presenta de forma trimestral.

—Entendido. —Dorothy me caía muy bien.

—¿Cómo están tus padres? —preguntó mientras colocaba los documentos delante de Anthony.

—Mi padre lo está llevando lo mejor que puede. Está un poco gruñón.

Cuando fui a la granja, se me olvidó avisarle de que me marchaba para ayudar a mis padres, pero en el avión, Anthony me avisó que él ya le había informado. Aun así, al día siguiente le envié un correo electrónico.

—Ay, todos los hombres se ponen gruñones cuando están enfermos. ¿Y cómo le fue a nuestro jefe —dijo, señalando a Anthony con la cabeza y luego sonriendo—, en una granja? Habría pagado por ver eso.

Mis ojos se abrieron como platos. Miré a Anthony, que se limitó a negar con la cabeza.

—Dorothy, te conté en confianza dónde estaba.

Espera, ¿entonces ella estaba al tanto de todo? No era eso lo que yo había entendido.

—Lo digo solo delante de Daisy, así que en realidad no estoy traicionando tu confianza. —Luego me guiñó un ojo.

Sinceramente, estaba demasiado atónita como para reaccionar.

—Le… le fue bien en la granja —alcancé a decir, casi tartamudeando.

—¡Cuánto me alegro! —exclamó, y luego cogió el documento que Anthony había firmado y salió de mi oficina.

Lo miré con curiosidad, y él hizo una mueca de disgusto:

—Lo siento, debería haberte consultado primero, pero solo la llamé para decirle que nos íbamos, una cosa llevó a la otra y…

—Ya veo.

Así que probablemente ya sabía que Anthony estaba conmigo cuando le envié el correo electrónico. Mierda. Sentí que le había mentido por omisión.

Él frunció el ceño:

—¿Estás molesta?

—No, solo que no me lo esperaba. En mi correo electrónico no mencioné que estabas conmigo. Que no pasa nada, pero… —Me mordí el interior de la mejilla—. Entonces, ¿cómo vamos a manejar las cosas exactamente?

—Vamos a ir viendo sobre la marcha. Dorothy es una tumba. No hace falta que nos escondamos, pero tampoco deberíamos ir pregonándolo por la oficina.

—Totalmente de acuerdo. —No quería que nadie pensara que me trataban de forma diferente o especial por salir con Anthony.

Me tomó la mano y me la besó.

—No te preocupes por nada, Daisy. Quiero que te sientas cómoda y, si en algún momento no lo estás, dímelo, ¿de acuerdo?

Asentí.

—Claro. —Soltó mi mano y dio un paso atrás—. ¿Qué hay de ese plan que tenías antes? Sonaba muy tentador —le dije con tono juguetón.

Él carraspeó.

—Ah, sí. Pues he cambiado de opinión porque mis planes no son precisamente discretos.

Me reí y le pregunté con sarcasmo:

—¿Ah, no?

Tragó saliva.

—Pero esta noche los pondré todos en práctica. Todos y cada uno.

Me quedé sin aliento.

—¿Significa eso que tenemos que volver a la oficina?

—¡No! Tengo un escritorio en casa… y una ventana, y una silla de oficina. —No paraba de mover las cejas, el muy pillo. ¡Este hombre no tiene remedio!

— ¡Ooh la la! Eso suena de lo más tentador. Y casi como una promesa…

Él sonrió con aire pícaro:

—Vaya si es una promesa.