Capítulo Veintiuno #2
—No, pero va a ser durante bastante tiempo. ¡Puede que tres meses! Y tú ya tienes suficiente con tu trabajo.
Cálmate, Daisy. Estás entrando en pánico otra vez.
—Escucha, para eso están los amigos. Y para eso tenemos una comunidad. Ya sabes cómo funcionan las cosas por aquí, todo el mundo vendrá a echar una mano. Tus padres no están solos.
Aun así, pensaba pedirle a Samantha los detalles del trabajo que había mencionado en Dakota del Norte.
Además, la empresa de alimentos aún no me había contactado, así que el trabajo en Nueva Orleans tampoco estaba asegurado.
Sabía que Annelise tenía buenas intenciones, pero yo quería estar ahí para mis padres.
Por otro lado, si conseguía un trabajo cerca de ellos, me alejaría de Anthony. Y eso era justo lo que no quería.
Dios mío, ¡qué lío tenía en la cabeza!
Annelise me dio un ligero codazo en el hombro, sonriendo.
—Bueno, cuéntame. ¿Cómo es que ese bombón se ha venido contigo a casa de tus padres y desde cuándo estáis saliendo?
Sonreí a mi mejor amiga, agradecida por que hubiera cambiado de tema.
—Bueno, es obvio que ignoré totalmente tu consejo. Pensé que trabajar con él sería incómodo, pero para nada. Y me trata de maravilla.
—Cada vez me gusta más este chico.
—Cuando me llamaste para contarme lo de mi padre, Anthony entró en mi oficina. Prácticamente irrumpió y se hizo cargo de todo, ¿lo puedes creer? Se ocupó de los billetes de avión y de organizarlo todo sobre la marcha.
—Me gustan los hombres que toman las riendas. Parece que te hace bien.
Sonreí de oreja a oreja, llevándome una mano al pecho:
—Yo también lo creo.
—¿Has conocido a su familia? ¿O solo a las abuelas?
—Veo a la mayoría de los hermanos en la oficina, e incluso conocí a los abuelos. La historia es graciosa…
Le conté nuestra escapada al pantano y no podía parar de reír. Ahora resultaba gracioso, pero la vergüenza de ese momento seguía viva en mi memoria.
—Hubiera dado lo que fuera por verlo. ¿Son una versión de Isabeau y Celine? —preguntó.
—No exactamente, pero se entiende por qué llevan años felizmente casados. Hacen buena pareja.
Ella puso morritos:
—Jo. Te he echado de menos. Deberías llamarme más a menudo.
—Lo sé. Lo siento. He estado muy agobiada y… —Me mordí el labio—. No estaba segura de cómo ibas a reaccionar con… —Señalé la casa—. Además, quería estar segura de que lo mío con Anthony iba en serio antes de contarte lo rápido que habían avanzado las cosas con él.
—Daisy, siempre tendrás mi apoyo. Lo sabes.
—Lo sé. Perdona, debería haberte llamado.
Hablamos un rato más sobre ella y Kevin. Todavía no había podido quedar embarazada, pero lo seguían intentando. Kevin se había negado rotundamente a dormir en otra habitación, así que Annelise compró una especie de máquina que le ayudaba con los ronquidos.
—¿Crees que deberíamos volver a la cocina a ver en qué andan esos dos?
—Me has leído el pensamiento —respondí, y nos dirigimos de vuelta a la casa.
Mi madre y Anthony se estaban riendo cuando entramos en la cocina.
—¿De qué os reís? —pregunté.
—¡Ah! Es un secreto —respondió mi madre, guiñándome un ojo. Anthony solo sonrió.
Así que se han confabulado, ¿eh? Tenía que averiguar qué estaban planeando. Aunque, pensándolo bien, ¿acaso importaba? Mi madre estaba contenta y se la veía mucho más relajada. Y Anthony también parecía feliz.
Me daban ganas de darme un pellizco. Todavía no podía creer que hubiera volado hasta allí para estar con mi familia y conmigo. Eso era algo propio de un novio… o incluso de un prometido.
De alguien que te ama. ¡Dios mío!
—Muy bien, todo está en el horno. Ya no queda mucho por hacer aquí en la cocina. Voy a llevarle algo de picar a tu padre —anunció mamá.
—¡Está despierto! Genial, quiero verlo —dije.
—¿Puedo ir con vosotras? —preguntó Annelise—. Yo también quiero ver cómo está.
—Claro. Pero creo que sería demasiado si fuéramos todas. ¿Qué tal si Annelise y yo vamos primero y, cuando terminemos, tú pasas un rato con papá, Daisy?
Asentí.
—Vale.
Una vez que mi madre y Annelise salieron de la cocina, me acerqué a Anthony. Estaba descansando apoyado en la encimera, agarrándose al borde. Me incliné hacia él, asegurándome de que mis pechos se presionaran contra su torso. Luego puse mis manos sobre sus hombros.
—¿De qué estabais hablando mi madre y tú?
—Es un secreto —respondió.
Bajé las manos por su torso hasta su pecho.
—¿Intentas seducirme para que te lo cuente? —Aunque su rostro se mantuvo serio, sentí una vibración en su pecho. Estaba conteniendo la risa.
—¿Tan evidente soy?
—Sí, cariño. Pero me da igual. —Me besó en la frente—. Aunque no te diré nada. —Se apartó para mirarme a los ojos—. He estado pensando en algo. Esta noche hay un partido de béisbol. ¿A tu padre le gusta ese deporte?
—¡Sí! Le encanta, a diferencia de nosotras.
—¿Y piensas que le apetecería verlo?
—Claro que sí.
—Entonces tengo una idea. ¿Qué te parecería si tu padre y yo lo viéramos juntos? Solo nosotros dos.
Me quedé boquiabierta. No podía creer que se estuviera ofreciendo así, sin que nadie se lo pidiera. ¡Quería pasar tiempo con mi familia!
—¿Estás seguro de que quieres estar a solas con él?
—He estado a solas con tu madre y nos has encontrado riendo, ¿no?
Asentí ladeando la cabeza.
—Es cierto, pero mi padre es un hueso duro de roer.
—Ya me las apañaré.
—Entonces no me opondré a tu oferta. Así paso un rato de chicas con mi madre.
Estaba a punto de ponerme de puntillas y darle un beso, pero justo sonó su teléfono.
—Puedes contestar. Tranquilo.
—Ahora no.
Volvió a sonar.
Me aparté un paso mientras él sacaba su móvil. Tocó la pantalla un par de veces y se rió.
—¿Qué? —pregunté.
—Scarlett ha enviado una alerta a la familia. Está buscando una varita muy específica de Harry Potter para Bella. Es muy difícil de encontrar, así que ha movilizado a toda la familia.
Me reí.
—Me encanta la piña que hacéis los LeBlanc.
—Y los Broussard. No dejes fuera al bando de los Broussard si no quieres que Celine se ofenda.
—Es verdad. Los LeBlanc Broussard… ¿Puedes enviarme una foto de lo que está buscando exactamente? —pregunté—. Echaré un vistazo. Igual tengo suerte y la encuentro.
Anthony dejó su móvil en la encimera y me miró fijamente.
—Ya tienes bastante en qué ocuparte.
—Insisto. Me encantaría ayudar.
Me acarició la mejilla antes de volver a besarme la frente.
—Vale, te la enviaré.
Me acerqué aún más.
—Bueno, última oportunidad: ¿Estás seguro de que quieres ver el partido a solas con mi padre? Mira que mi padre es mucha tela. Podría hacerte todo tipo de preguntas e incomodarte un poco.
—Daisy, hay dos cosas que debes saber sobre mí. La primera, nunca falto a mi palabra. Y la segunda, se me da muy bien ganarme a la gente.