Un rebelde inolvidable Capítulo Veintiuno
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Capítulo Veintiuno

ANTHONY

A la mañana siguiente, me desperté antes que Daisy. Cuando abrí los ojos, eran las siete en punto. Intenté volver a dormirme, pero no lo conseguí. Media hora más tarde, decidí levantarme. Como nos habíamos duchado la noche anterior, solo me puse ropa limpia.

Oí ruidos en la cocina, así que bajé las escaleras y me dirigí directamente allí.

—Oh, cariño, ya estás… ¡Ah, Anthony, eres tú! —dijo Rosalie.

—Buenos días, Rosalie.

—¿Daisy también se ha levantado?

—Aún no.

—Hmm… Pues hay que dar de comer a los animales en veinte minutos. Estaba a punto de preparar el desayuno favorito de Daisy: omelette con tomates.

—Anoche puso el despertador para que sonara con bastante tiempo de antelación —le aseguré a Rosalie—. Podemos encargarnos nosotros si lo prefieres.

—No, es que… Bueno, me da vergüenza decirlo, pero ese es el terreno de mi marido. Tenemos todo automatizado en el establo, y no me llevo muy bien con las máquinas.

—¿Y tus peones no pueden encargarse?

—No, ya tienen bastante trabajo con todo lo demás.

No lograba entender por qué gestionaban el lugar con solo dos empleados.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunté.

—Si pudieras cortar más tomates y una cebolla…

—Ahora mismo. —Cogí de inmediato una tabla y un cuchillo del escurridor. Ella ya había dispuesto todas las verduras sobre la encimera.

—Entonces, Daisy y tú… No sabíamos nada de lo vuestro.

—Es que llevamos muy poco tiempo saliendo.

Preferí no dar muchos detalles. Probablemente Daisy querría tener esa conversación con su madre a solas.

—Y a pesar de eso, has venido con ella y te has ofrecido a ayudar.

—Por supuesto. Y lo digo en serio. Si hay algo que pueda hacer para facilitar las cosas, como contratar más ayuda para la casa, para tu esposo o para el cuidado de los animales, no dudes en pedírmelo.

—Es un gesto muy amable, pero preferimos encargarnos nosotros.

Asentí.

—Que sepas que mi oferta sigue en pie por si cambias de opinión.

—¿De qué estáis hablando vosotros dos? —Daisy apareció en la cocina—. Parece que alguien se ha levantado muy temprano…

—No podía dormir —expliqué.

Daisy observó los tomates que cortaba, mientras su madre ya estaba batiendo los huevos.

—¡Me vas a preparar mi desayuno favorito! —exclamó con entusiasmo.

—Por supuesto, cariño —respondió Rosalie.

—¿Papá está despierto?

—No. Se tomó un analgésico hace unas dos horas y se ha quedado frito.

Daisy se mordió el interior de la mejilla.

—¿Pasó una mala noche?

Su madre apretó los labios, concentrándose en batir los huevos.

—Los analgésicos son mano de santo.

—¿Ayudo con algo? —ofreció Daisy, mirando las tablas de cortar.

—Anthony y yo nos encargamos —respondió Rosalie.

Daisy me miró con una sonrisa pícara y me saludó con la mano. Se había despertado de buen humor.

Una vez que los omelettes estuvieron listos, Rosalie nos sirvió en los platos y desayunamos rápidamente. Tan pronto como terminó, Daisy anunció:

—Voy a ver a los animales.

—Voy contigo —me ofrecí.

—No te preocupes. Puedes quedarte haciéndole compañía a mi madre.

—Vayamos todos —intervino Rosalie—. Así me enseñas a usar todas esas cosas. —Se notaba su estrés—. Tengo que aprender a manejar las máquinas. No puedo pedirle a la pobre Annelise que venga todos los días.

Daisy asintió, visiblemente frustrada.

¿De verdad era tan complicado? Estaba seguro de que Rosalie lo pillaría si Daisy le enseñaba unas pocas veces…

Me equivoqué por completo. Yo daba por hecho que la gente se adaptaba rápido a la tecnología; hasta mis abuelos manejaban sus dispositivos sin problemas.

Pero Daisy tenía razón: Rosalie era totalmente una negada de la tecnología.

Su hija le enseñó cómo encender la estación de ordeño siete veces, y aún así Rosalie se equivocó en cada intento.

En un momento dado, trató de anotar las instrucciones, pero incluso entonces fue incapaz de apuntarlas en el orden correcto.

—Mamá, no te agobies —dijo Daisy—. Hablaré con los Tanner…

—No, ya tienen demasiado encima —insistió Rosalie.

—Entonces vendrá Annelise hasta que te sientas segura.

Rosalie cedió.

—Bueno, vale… Sigamos con las gallinas.

Terminamos las rondas unas dos horas después. Una cosa estaba clara: era imposible que Rosalie pudiera ocuparse de la granja con la poca ayuda que tenían.

Cuando salimos del invernadero, ya era mediodía.

—Venga, voy a preparar el almuerzo —anunció Rosalie, con un tono de exasperación.

—Genial. Le enseñaré un poco la casa a Anthony y luego te ayudaré con la comida.

—¡Qué tontería! La cocina es mi dominio. Además, tengo que ver cómo sigue tu padre. Aún no ha llamado, así que seguro que sigue durmiendo. Hmm… Debería despertarlo para que coma algo de todos modos… —murmuraba mientras se dirigía a la casa.

Daisy suspiró. Me acerqué a ella de inmediato y le acaricié la mejilla:

—Dime qué te preocupa.

—Estoy tratando de pensar en la mejor manera de ayudar a mis padres, especialmente si esto se alarga más de seis semanas. Tampoco creo que pueda trabajar apenas le quiten la escayola.

—Estoy de acuerdo. Necesitará muletas y, muy probablemente, fisioterapia —Suspiré—. Siento ser tan directo, pero, por muchas veces que Annelise se lo enseñe, no creo que tu madre consiga manejar la maquinaria.

—Ya te digo. Mi madre es buena en el invernadero, cocinando y limpiando, pero no será capaz de encargarse de eso. O se asustará y le preguntará a mi padre, que insistirá en que él puede hacerlo, y así eternamente…

Daisy se estaba ofuscando de nuevo. Le puse las manos sobre los hombros para tranquilizarla.

—Tengo soluciones para todo.

—Quizás podría buscar un trabajo cerca de aquí. Samantha dijo que podría tener algo.

Se me heló la sangre. Ni de coña. Siempre supe que Daisy sería mi asistente solo por un tiempo, pero imaginé que encontraría algo en Nueva Orleans. Mi chica no se iba a ir a ninguna parte. Ahora que la tenía a mi lado, no iba a dejarla marchar.

Para no parecer un imbécil dominante, le besé la frente.

—Vayamos paso a paso —dije con voz calmada, aunque no me sentía tranquilo en absoluto.

Quería decirle que de ninguna manera iba a dejar que se mudara tan lejos. Pero sería egoísta decirlo cuando ella estaba tan preocupada por sus padres.

—Pero no me dijo exactamente dónde era la oportunidad. Necesito algo cerca de casa; podría llevarme mucho tiempo encontrar algo en esta zona.

Sentí que el aire volvía por fin a mis pulmones. Así que, después de todo, no era una opción que estuviera barajando seriamente.

De pronto, su teléfono sonó. Tras revisarlo, comentó:

—Annelise está aquí. Le dije que me encargaría de todo esta mañana, pero ha insistido en venir. Quiere que nos pongamos al día. —Al levantar la vista hacia mí, un rubor apareció en sus mejillas.

Moví las cejas con un toque de picardía:

—¿Cómo reaccionó cuando le dijiste que yo estaba aquí?

Daisy se rió:

—Quiere detalles, obviamente.

—Entonces le echaré una mano a tu madre con la comida mientras vosotras charláis.

Le puse la mano en la espalda mientras nos dirigíamos a la casa.

La granja era más grande de lo que había imaginado. Era evidente que los padres de Daisy necesitaban ayuda adicional, y yo tenía amplios recursos a mi disposición. Solo faltaba persuadirlos para que los aceptaran.

En la cocina, una chica morena muy parlanchina estaba sentada sobre la encimera. Se sobresaltó al vernos entrar.

—¡Hola, amiga! Y tú debes de ser Anthony LeBlanc.

—El mismo. Encantado de conocerte, Annelise. —No habíamos coincidido cuando ella visitó Nueva Orleans.

—¿Ya se ha despertado papá? —le preguntó Daisy a su madre.

—Se despertó para comer, pero luego volvió a dormirse. Necesita mucho descanso y me parece que la medicación está surtiendo efecto.

Daisy hizo un gesto de fastidio.

—Ya. Pero quería verlo. Bueno… más tarde.

Annelise le dio un ligero golpe con el codo a Daisy:

—Oye, ¿qué tal si damos un paseo por el jardín?

—Buena idea —intervine, ofreciendo enseguida—: Yo le echaré una mano a Rosalie con el almuerzo mientras vosotras… os ponéis al día.

—¡Ya me caes bien, Anthony! —comentó Annelise.

Rosalie me miraba con una gran sonrisa:

—Voy a preparar gachas con ragú de setas.

—Mmm, no como eso desde que me fui de casa —dijo Daisy—. Me encanta.

—¿Qué necesitas que haga, Rosalie? —pregunté, ya que ese plato era totalmente desconocido para mí.

—Cortar. Y gracias por ofrecerte. Estas dos siempre encuentran una excusa para no quedarse a ayudarme a cocinar.

Daisy asintió sonriendo:

—Es verdad. Nunca nos gustó la cocina.

—Siempre preferíamos estar fuera con tu padre, aprendiendo a usar todas esas máquinas tan chulas para los animales —añadió Annelise.

Eso explicaría por qué la amiga de Daisy era tan hábil con ellas. Todavía me sorprendía que Rosalie no hubiera conseguido cogerles la mano, con lo sencillo que era.

Mientras salían de la cocina, me alegré de notar a mi chica mucho más relajada; justo lo que yo pretendía.

DAISY

En cuanto Annelise y yo salimos, me entraron las dudas.

—Hmm, no estoy segura de si debería dejar a mi madre y a Anthony solos durante mucho tiempo.

—¿Por qué no? Ese hombre tiene encanto de sobra para meterse a tu madre en el bolsillo. Aunque, siendo sincera, tampoco es que sea muy difícil.

Nos reímos. Mi madre era un pedazo de pan.

—Ya le cae bien. ¿crees que está bien dejarlos solos tan pronto? No sé cómo funciona esto. No he traído a nadie a casa desde la universidad.

—No te preocupes, estoy segura de que sobrevivirá. Bueno, ¿cómo estás?

Mis hombros se hundieron:

—Sentémonos en el columpio que hay junto a la casa.

Una vez sentadas, suspiré y me sinceré:

—Para ser sincera, estoy un poco agobiada. Esta mañana fuimos Anthony, mi madre y yo a poner en marcha los comederos y el ordeñador, y mi madre no se aclaraba ni a tiros. No había manera. No veo cómo va a poder llevar todo esto sola.

—Bueno, no está completamente sola. Puedo venir aquí todo el tiempo que necesitéis.

—Pero no es justo para ti.

—Quiero mucho a tus padres. Lo sabes. Son como mis segundos padres; me he criado viniendo a esta casa. Es lo menos que puedo hacer y, además, no será para siempre.