Un rebelde inolvidable Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

DAISY

Era casi medianoche cuando nuestro taxi se detuvo frente a la granja. Me había quedado dormida durante el trayecto, pero ahora estaba completamente despierta. Salimos del coche y Anthony sacó las dos maletas del maletero. La grava era irregular, por lo que no era posible llevarlas rodando.

Al menos era reconfortante saber que mi madre se había puesto loca de alegría al enterarse de mi visita. Aunque me gustaría que fuera más abierta, esa siempre había sido la dinámica en mi familia.

Miré a Anthony, que me guiñó un ojo. Ay, este hombre… Cada día me sorprendía más. Jamás habría imaginado que se ofrecería a acompañarme.

Como de costumbre, la puerta principal de nuestra vieja granja estaba abierta. Sonreí al entrar, al reconocer el característico aroma a tarta de manzana de mi madre. Eso me animó. Si estaba horneando, significaba que las cosas no iban tan mal.

El lugar me inundó de recuerdos y un toque de nostalgia. Era momento de disfrutar de mi familia.

—¿Mamá? —llamé en voz baja. Mi padre podría estar durmiendo y no quería despertarlo.

Mi madre asomó inmediatamente la cabeza por la puerta de la cocina, con una sonrisa de oreja a oreja, pero, al instante, sus ojos se pusieron como platos.

Dios mío. En ese momento caí en la cuenta de que nunca le había hablado de Anthony. Y, por supuesto, no tenía ni idea de que aparecería con él ni de que éramos algo más que jefe y empleada.

—¡Hola, cariño! —Se apresuró a abrazarme y me besó en la mejilla.

Anthony dejó las maletas en el suelo.

—Hola, soy Anthony LeBlanc —se presentó, estrechando la mano de mi madre.

Ella me miró a mí y luego volvió a mirar a Anthony.

—¿Tu jefe?

—Y su novio —declaró.

Contuve la respiración, pero al momento sentí que todo mi cuerpo se relajaba. Ni siquiera me había dado cuenta de lo tensa que había estado durante las últimas horas.

Mi madre parpadeó varias veces, alternando la mirada entre nosotros. Para mi sorpresa, solo sonrió y dijo:

—Qué noticia tan maravillosa. Soy Rosalie. Encantada de conocerte, Anthony. ¿Por qué no entráis?

—¿Cómo está papá? —pregunté.

—Lo verás en un momento, cariño.

—¿Entonces no está durmiendo?

—No. Cuando se enteró de que venías a visitarlo, insistió en quedarse despierto.

—¡Ay, Dios mío! Qué cabezota es. Debería descansar.

—No te preocupes, ha estado descansando mucho ya.

No ha hecho otra cosa que dormir y quejarse desde que llegó a casa.

Se ha instalado en el estudio del sótano para poder moverse más fácilmente con las muletas.

Creo que lo que más le molesta son las costillas.

Los Tanner tuvieron la amabilidad de bajarle la cama de la habitación de invitados, y la verdad es que ha sido de gran ayuda.

—Qué detalle de su parte —comenté, recordando que los Tanner trabajaban para mis padres en la granja.

Acto seguido, los tres nos dirigimos al sótano.

—Se alegrará de que hayas venido con tu novio. Si lo hubiera sabido, habría hecho otra tarta.

—Anthony se encargó de organizar los vuelos y todo lo demás —respondí—. Yo estaba tan alterada que no podía concentrarme en nada.

Mi madre, con su habitual cara de culpabilidad, dijo:

—Lo siento, cariño. ¿Ves? Por eso no te lo dije, no quería que te preocuparas.

Negué con la cabeza, pero no dije nada más. Hablaríamos más tarde.

El estudio no era grande, pero era lo suficientemente amplio como para tener una cama junto al escritorio. Mis padres habían sustituido la enorme biblioteca que tenían cuando yo era niña por estanterías más pequeñas que, principalmente, contenían documentos.

Mi padre estaba acostado con auriculares. Al vernos, se los quitó. Tenía la pierna escayolada, por supuesto, y una especie de cabestrillo sujetándole el torso.

—¡Mi niña, ya estás aquí!

—¡Hola, papá!

Sus ojos se abrieron de par en par de forma cómica.

—Él es su novio, Anthony —se adelantó mi madre justo cuando Anthony iba a hablar.

—¿Cómo está? Soy Anthony LeBlanc, señor.

Mi padre parpadeó varias veces y se aclaró la garganta.

—¡Hola! Qué sorpresa.

Sentí una pequeña satisfacción por haberlos sorprendido. Quizás así entenderían que nuestra comunicación debía mejorar.

—Papá, ¿te duele algo? —le pregunté, acercándome.

—Bah, nada que no pueda soportar. Es más llevadero con las pastillas que me han dado. Lo que más me fastidia es no poder moverme. Me duelen las costillas y no puedo usar las muletas como quisiera. Tu pobre madre va a terminar con la espalda destrozada ayudándome a moverme.

—¿Cuánto tiempo tardarán en curarse las costillas?

—Entre seis semanas y tres meses —respondió mi madre con preocupación.

Era evidente que la inmovilidad de mi padre durante tanto tiempo iba a ser un problema para el negocio.

—Las radiografías de la pierna confirmaron dos fracturas y mostraron que estaba rota por dos sitios —añadió mi padre.

Me quedé sin aliento.

—¿Tienen que operarlo? —preguntó Anthony, y luego me puso una mano en la espalda. Fue un pequeño gesto, pero me reconfortó al instante.

—Dijeron que no es necesario porque son fracturas limpias, pero que puede tardar más en curarse.

Mi mente iba a mil por hora. Seis semanas ya me parecía muchísimo tiempo, ¿pero tres meses? Mi madre iba a necesitar ayuda. Estaba demasiado agotada para pensar siquiera en la logística que todo eso requeriría.

—¿Por qué no vamos los tres a comer un trozo de tarta de manzana? —propuso mi madre.

Mi padre refunfuñó, y ella se rió.

—Tranquilo, te traeré un trozo a ti también.

Me sentí un poco más relajada. Si ya estaban bromeando, significaba que mi padre no estaba tan mal.

—Ya sabes lo que dijo el médico. Necesito comer bien para que mi estómago no sufra por todos los analgésicos.

—Que sí, que te traeré un trozo de tarta —respondió mi madre, poniendo los ojos en blanco.

Los tres subimos a la cocina. Era una cocina típica de granja: enorme . Fue el corazón de la casa durante mi infancia. Era vieja y sin duda necesitaba una reforma, pero era mi hogar.

Observé a Anthony. ¿Qué estaría pensando, teniendo en cuenta el lujo al que estaba acostumbrado?

—Sentaos chicos. Habéis tenido un viaje largo. —Mi madre apareció con dos platos con porciones gigantes de tarta de manzana antes incluso de que nos sentáramos—. Le llevo un trozo a tu padre y vuelvo enseguida.

—Claro, mamá. No te preocupes.

En cuanto se alejó lo suficiente como para no oírnos, Anthony comentó:

—Tu padre tiene buen aspecto.

—Sí. Mucho mejor de lo que pensaba.

—Pero, logísticamente, esto será un problema.

—Me has leído el pensamiento. No quiero ni pensarlo.

Anthony me tomó de la mano:

—Pues no lo hagas. Esta noche solo intenta relajarte. Ya se nos ocurrirá algo.

Se me hizo un nudo en la garganta. “Ya se nos ocurrirá algo”. Anthony no dejaba de sorprenderme…

—¿Cómo eres tan increíble?

Me besó la mano.

—Solo quiero estar aquí para ti.

—Y te has presentado como mi novio .

Todavía no podía creer que hubiera dicho eso.

Anthony levantó la vista:

—Eso es lo que soy, Daisy. Y como tu novio, voy a cuidar de ti.

—Vale… —Sonreí radiante—. Solo que todo esto me parece un poco surrealista.

—Haré todo lo posible por demostrarte lo real que es.

Mi madre volvió, con el trozo extra de tarta de manzana.

—Se ha quedado dormido. Supongo que me lo comeré yo.

Se sentó con nosotros en la mesa y se fijó en nuestras manos entrelazadas. Anthony no se soltó. Sinceramente, yo tampoco quería. Su contacto era increíblemente reconfortante.

—Quiero daros las gracias a los dos por venir —dijo mi madre—. Como todo pasó tan rápido, ni siquiera pude pensar con claridad. Por suerte, Annelise estaba aquí. Ella se ocupó de todo.

Me mordí el interior de la mejilla. Mi madre no gestionaba bien las crisis; mi padre siempre era el que tomaba las riendas. De adolescente, yo también tuve que intervenir alguna vez cuando mi padre no estaba para solucionar los problemas. Mi madre simplemente se bloqueaba.

—¿Ella sabe que estás aquí, cariño? Vendrá mañana por la mañana para ayudarme a darle de comer a tu padre.

Los Tanner ya están haciendo mucho; no pueden encargarse también de eso.

Annelise me ayudará a preparar los aparatos.

Ya sabes que todo es eléctrico, con sus ajustes y demás, así que tengo que aprender a manejarlo para los próximos meses.

Maldita sea, noté la preocupación en su voz.

—No se lo he dicho —me di cuenta—. Le enviaré un mensaje ahora mismo para que no venga mañana. —Solté la mano de Anthony para coger mi móvil y le envié un mensaje.

Daisy: Acabo de llegar a casa con Anthony. No hace falta que vengas mañana por la mañana. Yo me encargaré de todo.

Annelise respondió de inmediato.

Annelise: Tía, vaya manera de soltarme la noticia. ¿Anthony está contigo? Quizás pase mañana igualmente, solo para que me pongas al día y me cuentes todos los detalles .

—Rosalie, si necesitas algo —dijo Anthony—, puedes contar con mi ayuda también. No tienes más que pedírmelo.

Mi madre se quedó boquiabierta. Si un perfecto desconocido apareciera en mi casa y dijera eso, yo también me quedaría de piedra.

Para ser sincera, estaba bastante sorprendida, no me esperaba nada de aquello por parte de Anthony.

Siempre supe que era atento, pero con este gesto se había superado con creces.

—Es muy considerado de tu parte. ¿Qué te ha parecido la tarta de manzana?

—¡Está buenísima! —exclamó Anthony—. En mi familia no solemos comer tarta de manzana muy a menudo, pero cuando les cuente a mis abuelas que he probado la mejor aquí, seguro que querrán la receta. Por cierto, ambas son chefs.

Mi madre estaba a punto de explotar de orgullo. Anthony sabía cómo ganársela, lo estaba consiguiendo en un abrir y cerrar de ojos. Y me parecía perfecto, porque él ya se había hecho un hueco en mi corazón.

—Estaré encantada de compartir la receta —dijo mi madre con una sonrisa—. Bueno, ahora que ya habéis terminado la tarta, ¿queréis descansar un poco?

—Sí, creo que nos vendría de maravilla —respondió Anthony.

—Daisy, tu habitación ya está preparada. Hay toallas suficientes para los dos.

—Gracias, mamá.

Aunque me apetecía acurrucarme un rato con el buenorro de mi novio, estaba tan agotada que tenía el presentimiento de que me quedaría dormida en cuanto mi cabeza tocara la almohada.