Capítulo Diecinueve
ANTHONY
—Mire, bajo ningún concepto le permitiré que cobre por eso —dije al teléfono.
Empezaba a enfadarme. Un ejecutivo de música, coorganizador del concurso de jazz tenía la descabellada idea de exigir una cuota de inscripción a los finalistas por el simple hecho de participar.
Normalmente no me involucraba en decisiones tan insignificantes, pero cuando me enteré de aquella situación, decidí intervenir.
—Escuche, señor LeBlanc, tiene que…
De repente, oí un fuerte grito y me quedé helado. Estaba seguro de que venía de la oficina de Daisy.
—Lo llamaré más tarde —dije al teléfono.
—Pero tenemos que…
—Luego.
Colgué y salí disparado hacia su oficina.
La encontré hablando por teléfono, con una mano en la frente.
—Pero, ¿qué ha dicho el médico?
Joder, ¿qué está pasando?
Cerré la puerta al ver que era, claramente, un asunto privado.
—Vale. De acuerdo. Gracias, Annelise.
Observé su lenguaje corporal. Era evidente que estaba angustiada. Estaba temblando y tenía los ojos llorosos.
Me acerqué y le puse una mano en la mejilla. Ella cerró los ojos y respiró hondo, y sentí cómo se relajaba ligeramente bajo mi tacto. Coloqué mi otra mano en su cintura.
—Muchas gracias por avisarme. Ahora tengo que pensar qué hacer.
Después de terminar la llamada, dejó el móvil sobre su escritorio.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Ella solo negó con la cabeza, con los ojos cerrados, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—Joder, Daisy, me estás preocupando.
Como no parecía capaz de hablar, la acerqué a mí y apoyó su mejilla contra mi pecho. Se relajó en cuanto la abracé, estrechándola para que se sintiera protegida. Quería librarla de lo que fuera que le estaba causando esa angustia, pero necesitaba saber qué ocurría.
Al cabo de unos momentos, se enderezó.
—Annelise acaba de llamar —explicó con voz temblorosa—. Mi padre ha tenido un accidente esta mañana temprano. Se cayó del tractor y se rompió varias costillas y una pierna, pero por suerte se encuentra estable. Le han dado el alta esta tarde y ya está en casa.
—Menos mal que ya está en casa. —Tener las costillas rotas era una putada. No se podía hacer mucho más que esperar a que soldaran. Al menos no se le había perforado un pulmón ni nada por el estilo—. ¿Cómo lo está llevando tu madre? —pregunté.
—Hablé con mi madre esta mañana, pero no me dijo nada. ¡Seguro que fue después del accidente! —Daisy volvió a negar con la cabeza y se pasó las manos por el pelo—. Me lo ha ocultado. ¿Te lo puedes creer?
Fruncí el ceño.
—Probablemente no quería que te preocuparas.
—¡Es mi padre! —respondió—. ¡Claro que me preocupo!
—Tienes razón.
—Necesito calmarme y pensar qué hacer. —Se humedeció los labios—. ¿Podría tomarme unos días libres? Solo para ir allí y ver cómo están las cosas. No me fío de hablar con ellos por teléfono; intentarán tranquilizarme. Prometo que trabajaré desde allí.
—Daisy…
—No me retrasaré.
—Daisy —dije en un tono más enérgico, deteniéndola—. Por supuesto que puedes tomarte unos días libres. Y no hace falta que trabajes, cuida de tu familia y de ti misma. —Mientras hablaba, se me ocurrió una idea—. Es más, ahora que lo pienso, me gustaría ir contigo.
Ella frunció el ceño:
—¿A mi casa?
Asentí.
—Sí, como apoyo. Quiero asegurarme de que estés bien.
—Pero tienes una semana muy ajetreada.
—Me da igual, Daisy. Solo quiero estar ahí para lo que necesites. Ya nos ocuparemos de todo lo demás más adelante.
Ella respiró hondo y luego soltó un largo suspiro.
—Vaya… eso sería maravilloso, la verdad. Dios, no sé por qué estoy tan alterada.
—Es comprensible.
—Annelise dijo que no corre ningún peligro. Pero si no puede moverse, mi madre tendrá que cuidar de él y, al mismo tiempo, ocuparse de la granja.
Daisy había mencionado que tenían algunos empleados, pero su madre seguiría siendo la encargada de gestionarlo todo.
Me acerqué a ella, le acaricié las sienes con los pulgares y le besé la frente.
—Vayamos paso a paso. Primero, reservaré los billetes para esta noche.
—Pero van a costar una fortuna —replicó.
La miré:
—Pues yo tengo una fortuna, Daisy. Y no me importa pagar lo que haga falta por esos billetes para que llegues a casa cuanto antes.
—Gracias.
—Yo me encargaré de todo, tú no te preocupes.
—Pero soy yo tu asistente.
—Lo único de lo que tienes que preocuparte es de hacer las maletas rápidamente.
—No creo que podamos salir tan rápido. No hay muchos vuelos directos a Dakota del Norte.
—Se alejó un poco, intentando recomponerse.
Lo único que quería era atraerla de nuevo hacia mí y decirle cuánto me importaba.
Por un lado, no era propio de mí, pero por otro, sentía que era lo que debía hacer.
Era la mujer indicada para mí—. Gracias por mantener la calma.
—Es más fácil cuando no le pasa a uno mismo —dije con sinceridad—. Ahora llama a un Uber y vete a casa. Yo me ocuparé del resto.
—Muchas gracias, Anthony.
—No hay de qué. Solo quiero asegurarme de que estés bien.
Sin embargo, sabía que no lo estaría, al menos hasta que viera a su padre con sus propios ojos.
No quedaban vuelos directos esa noche, aunque había muchas opciones con escala. Llegaríamos tarde, pero era preferible a volar al día siguiente.
Después de organizarlo todo, me fui a casa a hacer las maletas rápidamente. Luego pedí un Uber y fui a recoger a Daisy.
De camino, me llamó Beckett.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—Joder, me he olvidado de la reunión.
—¿Qué?
—Ha surgido una emergencia.
—¿Qué ha pasado? —preguntó mi hermano, de repente con un tono tenso.
—El padre de Daisy ha tenido un accidente. Vamos a ir para allá a ver cómo podemos ayudar.
—Primero, lamento mucho la noticia. ¿Se encuentra bien?
—Sí, ya está en casa. Solo que no puede moverse y probablemente le duela todo.
—Y, en segundo lugar, ‘‘ ¿vamos? ’’ —Parecía atónito—. ¿Me he perdido algo? Los abuelos dijeron que estabais en el barco, pero…
—Ah, así que no pudieron mantener cerrado el pico, ¿eh? —comenté en voz alta.
—Evidentemente, no. Entonces, ¿qué es lo que me estoy perdiendo exactamente?
—Es una larga historia. Pero Daisy quiere ir a ver cómo están sus padres, y yo voy como…
—¿Apoyo emocional? —Beckett terminó la frase por mí.
—Eso mismo.
—No sé ni cómo reaccionar a esto… —replicó, haciéndome reír.
—No tienes por qué hacerlo.
—Estoy en shock .
—Hasta yo me sorprendí cuando lo sugerí —le confesé a mi hermano. Pero quería cuidar de ella, aunque no pudiera hacer mucho más que acompañarla.
—¿Cuándo volverás?
—No lo sé. Iremos viendo sobre la marcha.
—¿Lo sabe el resto de la familia?
—No. Tienes el privilegio de ser el primero en saberlo.
—Vaya, me siento privilegiado. ¿Quieres que se lo cuente a los demás? —se ofreció.
Dudé por un instante.
—Claro, ¿por qué no? De todas formas, se darán cuenta de que no estoy en la oficina.
—¿Qué quieres que les diga?
—Todo lo que te acabo de contar. No, espera, voy a consultarle a Daisy si le parece bien que se lo cuente a todos.
—¿Cómo lo está llevando ella? —preguntó Beckett.
—Está preocupada.
—Me imagino. Si algo así le pasara a alguno de nuestros abuelos o padres, yo perdería los nervios.
—Yo también. Siento haberte dejado plantado.
—No te preocupes. Veré si Chad tiene tiempo para hablar de algunas cifras. Las revisé con Xander anoche.
—¿Algún problema o irregularidad? —pregunté frunciendo el ceño.
—No, solo cosas que podríamos mejorar.
Ese era uno de nuestros lemas tácitos: Las cosas siempre se podían hacer mejor.
—Puedo conectarme por videollamada si me necesitáis —dije.
—Tío, acabas de decir que quieres cuidar de tu chica. ¿Por qué no te centras en eso?
—Tienes razón, pero mantenme informado.
—Claro. Te pondré en copia en todos los correos.
Esperaba que mi hermano colgara, pero no lo hizo.
—¿Qué pasa? —insistí.
—Nada. Solo me sorprende este giro de los acontecimientos. Sobre todo, que hayas vuelto a cruzar esa línea…
Gruñí:
—No me gusta cómo suena eso.
—No, tienes razón. ¿Prefieres que diga que has vuelto a mezclar los negocios con el placer?
Volví a gruñir.
—Beckett, no fastidies.
—Lo siento. Alguien tiene que decirte las cosas como son.
—Es diferente a la situación anterior. Es más, no se parece a ninguna otra mujer que se haya cruzado en mi vida.
—Bueno, al menos eso es positivo. Solo ten cuidado.
—Daisy no es como ella —insistí.
—No estaba insinuando eso. A todos nos cae bien Daisy. Incluso a nuestros abuelos, y eso que apenas la conocieron.
—Ya… Pues dijeron que no dirían nada sobre nuestro encuentro en el pantano.
—En realidad, creo que prometieron no decírselo a las abuelas.
Era verdad. Ese tipo de matices eran muy importantes en mi familia.
—Entonces, ¿quién más lo sabe? —pregunté.
—Solo yo. Les pedí expresamente que no se lo contaran a nadie más.
—Qué detalle tan considerado de tu parte —comenté, con una enorme sensación de desconfianza.
—Qué va, así me aseguro de ser el único que pueda darte el coñazo durante un tiempo. Aunque, pensándolo bien, se darán cuenta de todo cuando les diga que te has ido con Daisy.
—Totalmente.
—¿Necesitas que me encargue de algo mientras estés fuera?
—De hecho, sí. Tenía algunas reuniones importantes programadas.
—Perfecto. Déjalo en mis manos, me luciré —aseguró.
Estaba seguro de que lo haría. Tenía una confianza ciega en todos mis hermanos.
—También hablaré con Dorothy para informarle. —Se acabaría dando cuenta de lo que pasaba entre Daisy y yo, pero no había forma de evitarlo de todos modos.
Después de colgar con Beckett, la llamé de inmediato y respondió al instante.
—Hola Dorothy, seré breve. Daisy y yo no iremos a la oficina durante unos días.
—¿Vais a visitar algún recinto de conciertos?
—No. El padre de Daisy ha tenido un accidente.
—Vaya… Y vais a ir los dos.
—Sí. Daisy y yo…
—Oh, ya lo sé. Os he estado observando. No es asunto mío decir esto, Anthony, pero ¿crees que es una buena idea? —preguntó en voz baja.
—Creo que es la mejor decisión que he tomado en mi vida.
Tras un silencio incómodo, Dorothy respondió:
—Bueno, si es eso lo que sientes… Gracias por avisarme. Necesitaba que me firmaras unos documentos, pero puede esperar hasta que vuelvas.
—Perfecto.
—Dale recuerdos a Daisy.
—Lo haré.
Cuando llegué a casa de Daisy, ya estaba delante de su edificio con una maleta de mano.
Salí del coche mientras el conductor abría el maletero.
Estaba nerviosa. No dejaba de masajearse el lado del cuello, como si le doliera, con los ojos ligeramente llorosos.
Guardé su equipaje rápidamente y volví a su lado, acariciándole la cara.
—Lo tenemos controlado, Daisy —aseguré.
—He hablado con mi madre. Creo que estaba un poco molesta con Annelise por habérmelo contado.
Aquello me pareció de lo más extraño. ¿Qué esperaba? ¿Que su hija no se acabaría enterando de que su padre iba a estar postrado en una cama durante un tiempo?
Me miró con el labio tembloroso.
—Dios, estoy hecha un desastre.
—Y yo haré todo lo posible para que estés un poco más tranquila.
Esa sería mi única misión en los días venideros. Nada más importaba. Solo Daisy.