Un rebelde inolvidable Capítulo Diecisiete #2
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Capítulo Diecisiete #2

Él negó con la cabeza, riendo.

—No. Si quieres ver alguno, solo tienes que pedírmelo. Gracias a mis abuelos, sé exactamente dónde les gusta estar.

—¡No, no, no! Créeme, no necesito ver un caimán en todo el viaje.

De repente, la vasta extensión de agua ya no me parecía tan acogedora.

—No te preocupes, Daisy. —Me atrajo hacia él, pegando mi cadera a la suya—. Te protegeré de los grandes y malvados caimanes.

Ambos soltamos una carcajada.

—Oh, pagaría por ver eso —lo provoqué, pero luego me arrepentí—. De hecho, ¿sabes qué? No quiero verte hacer nada con un caimán.

—Ja, ja, eres adorable. —Me besó en la sien antes de enderezarse y concentrarse en el timón.

—Volviendo a tus abuelos, ¿siempre les ha gustado pescar?

—Sí. Pero creo que después de jubilarse, tomaron la decisión consciente de dedicarse de lleno a este deporte, especialmente para evitar la tentación de involucrarse en el conglomerado.

—¿Y qué tendría eso de malo? —Estaba confundida.

—En mi familia existe un pacto: la generación anterior cede el mando de forma definitiva en cuanto la siguiente lo asume. Lo hicieron hace décadas para que mi padre pudiera coger las riendas. Y luego mi padre se retiró por completo cuando mis hermanos y yo nos incorporamos.

—Es una filosofía muy inteligente.

Me parecía todo un acierto permitir que la nueva generación liderara, considerando los constantes cambios del mercado y la necesidad de una perspectiva fresca.

Él asintió:

—Pero también es increíblemente difícil. Pensar en desvincularme de todo algún día me intimida un poco, pero ya me ocuparé de eso cuando llegue el momento. Entregarle ‘‘las llaves’’, por así decirlo, de toda la división de música a mis hijos, sin duda sería un momento de gran orgullo.

—O sea, sí has pensado en tener hijos —señalé, ya que en el festival de jazz me había dado a entender lo contrario.

—En realidad, no. —Me miró y me guiñó un ojo—. Nunca me he sentido presionado a considerarlo seriamente. Supongo que acabará dándose, pero, de todos modos, hay suficientes LeBlanc para asegurar la línea de sucesión en The Orleans Conglomerate .

—¿Te decepcionaría que tus hijos no quisieran trabajar en la empresa?

Siempre me había inquietado si a mis padres les había molestado que no quisiera quedarme en la granja. Aunque se lo había preguntado y ellos no parecían darle importancia, no terminaba de quedarme tranquila.

—En absoluto. Tendría curiosidad por ver qué más querrían hacer. —Sonrió y luego negó con la cabeza, como debatiendo consigo mismo.

Me atrajo hacia él, puso mis manos sobre el timón y me dio un beso en la nuca.

—Hasta hoy, ni siquiera había pensado en tener una familia —murmuró contra mi piel, y en ese instante me enternecí.

—¿De verdad? —susurré.

—Sí. Es la primera vez que se me pasa por la cabeza. Soy un tío feliz haciendo… lo que mejor sé hacer. —Sonrió con picardía.

—¿Ir de flor en flor? —me aventuré.

Gruñó.

—No me gusta cómo suena eso, pero supongo que sí. Y mírame ahora, hablando de…

El sonido de un teléfono nos interrumpió.

—Es el mío —afirmó, sacando su móvil del bolsillo—. Es mi abuelo David —añadió, frunciendo el ceño al atender—. ¿Hola, abuelo?

No pude escuchar la conversación, pero Anthony pronto se echó a reír.

—Nadie ha robado el barco, lo he cogido yo. No sabía que teníais pensado sacarlo, dijisteis que teníais otros planes para este fin de semana —hizo una pausa—. Claro, en media hora estoy en la orilla.

Los nervios me revolvieron el estómago. ¡Iba a conocer a sus abuelos! ¿Qué pensarían de mí?

Tras colgar, Anthony me miró, apenado.

—Lo siento, tenemos que volver. Mis abuelos han cambiado de opinión y quieren salir de pesca.

—¿Crees que se enfadarán por haberme traído?

—Daisy, tranquila. Nadie en mi familia se enfadaría por eso. Además, ya conoces a mis abuelas. ¿De verdad crees que se casarían con hombres que se molestaran por algo así?

Me mordí el interior de la mejilla.

—Tienes razón, pero… ¿cómo vamos a volver en media hora si nos ha llevado dos horas llegar hasta aquí?

—Tomaré un atajo. Es difícil notarlo cuando no se conoce bien la zona, pero he dado varios rodeos para alargar el viaje.

Me invadió una sensación de tristeza porque no quería que nuestra cita terminara.

Llegamos a la orilla bastante rápido. Los abuelos de Anthony nos recibieron con una gran sonrisa.

—Hola, Daisy —me saludó uno de ellos. Los había visto a ambos aquel día en el LeBlanc Broussard , pero no recordaba quién era quién.

—Hola. Me alegro de volver a veros…

—Soy David —se identificó él.

—Y yo Félix —añadió el otro abuelo—. Isabeau y Celine nos han hablado mucho de ti.

Estuve muy tentada de preguntarles cómo era posible que supieran tanto de mí, teniendo en cuenta que solo había hablado con sus esposas dos veces, pero decidí no hacerlo.

—Deberíais haberme dicho que veníais hoy —dijo Anthony.

—Y tú podrías habernos dicho que necesitarías el barco para cortejar a esta preciosa jovencita. Así, los viejos de tus abuelos se habrían quedado en casa —respondió David en tono de broma.

No solía sonrojarme, pero mi cara ardía como nunca antes.

—Por favor, no pongas a Daisy en esa situación —pidió Anthony, aunque con un tono divertido.

—Pero es la verdad —respondió David—. No queríamos molestar a nuestras esposas, así que pensamos en dar una vuelta por el pantano.

—Vuestro barco es increíble. Hemos pasado una tarde muy agradable, gracias. Pero tenemos que volver a la ciudad, ¿no, Anthony? —intervine.

David sonrió comentó al aire:

—Vaya, no puedo creer que mi esposa tuviera razón otra vez.

Felix gruñó:

—Las chicas siempre tienen razón. —Me pareció tierno que llamara ‘‘chicas’’ a Isabeau y Celine. Luego miró a Anthony—. No les digas que lo hemos dicho en voz alta. Solo servirá para darles alas.

—Celine e Isabeau no necesitan ningún estímulo ni aprobación para creer que siempre tienen razón —repuso David.

—Y no te preocupes, no les contaremos nada de esto —añadió Félix.

—Os lo agradezco mucho. Bueno, es hora de volver. —Anthony me rodeó los hombros con un brazo.

Me sentía un poco incómoda. Se mostraba afectuoso frente a sus abuelos, pero no quería que sus abuelas supieran lo que estaba sucediendo. ¿Por qué?

—Bueno, no dejéis que un par de viejos os impidan divertiros el resto del día —dijo Félix. Cogió las llaves de la mano de Anthony y ambos se dirigieron al barco.

—¿Cómo es que solo vais vosotros dos? —preguntó Anthony.

¿Acaso había un poco de preocupación en su voz?

David hizo un gesto con la mano restándole importancia:

—Como ha sido todo tan improvisado no nos ha dado tiempo a avisar a nadie para que se viniera.

Anthony entrecerró los ojos, no del todo convencido.

—Estaremos bien —aseguró Félix con indiferencia.

Era evidente que no les gustaba que los “acompañaran”, como había dicho Anthony.

—Si necesitáis cualquier cosa, avisadme. —Anthony negó con la cabeza, me tomó de la mano y me guió al coche.

Una vez en casa, esa misma tarde, me eché una siesta y luego me pegué un maratón de películas.

Anthony tenía compromisos familiares para el resto del día, lo cual me pareció genial.

Me estaba enamorando perdidamente de aquel hombre y no estaba segura de que fuera lo más sensato.

Tenía mucho en lo que reflexionar antes de que llegara el lunes.