Un rebelde inolvidable Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

DAISY

A la mañana siguiente, me desperté sonriendo al techo.

Miré a mi derecha y suspiré. Anthony estaba a mi lado, completamente desnudo.

¡Maldita sea, qué tío! Parecía estar posando mientras dormía: tenía una mano debajo de la cabeza, la otra sobre el colchón, y las piernas abiertas. Un verdadero espectáculo…

No podía dejar de sonreír. ¿Esto está pasando de verdad?

Sí, era real. El hombre increíblemente sexy a mi lado era la prueba.

Como Anthony no era madrugador, me vestí en silencio. Primero me puse las bragas, luego el vestido, y salí de la habitación de puntillas. En el pasillo, le di la vuelta a las bragas antes de ponérmelas, luego seguí con el vestido, y a continuación bajé las escaleras sin hacer ruido.

La madera oscura del pasillo era preciosa, pero crujía con cada paso. Fui al baño de la planta baja y me refresqué un poco en el lavabo.

¿Y ahora qué? Tuve la tentación de volver arriba y buscar distintas maneras sensuales de despertar a Anthony. Pero se había ganado con creces su descanso, así que decidí salir al jardín.

Como eran las ocho de la mañana, hacía un poco de frío; aun así el día era muy agradable. Caminé directamente hacia la piscina. La residencia era, sin duda, la más lujosa en la que había estado nunca. Además, me encantaba la paz que se respiraba.

Me senté en el borde de la piscina y metí los pies en el agua.

¡Dios! Estaba climatizada. Era el lujo en su máxima expresión, y me encantaba.

Las preocupaciones sobre el romance de oficina y sus posibles consecuencias se habían esfumado.

No me permitiría ni siquiera pensar en eso.

Iba a disfrutar de todo lo que estaba ocurriendo.

—Hola —la voz de Anthony me sobresaltó.

El susto fue tal que me incliné peligrosamente hacia adelante Por poco me caí a la piscina, pero entonces un brazo fuerte me rodeó la cintura, estabilizándome.

—Ten cuidado, no me gustaría que te cayeras —me dijo al oído—. Aunque, ¿sabes qué? Debería haberte dejado que cayeras. De esa manera, podría haberte salvado.

—Ajá, así que salvarme… ¿Y qué pasaría con mi vestido mojado?

—Podrías quitártelo.

Sonreí.

—Lo tendré en cuenta para más tarde.

Me soltó la cintura y se sentó a mi lado, metiendo también los pies en el agua. Llevaba pantalones cortos y una camiseta.

—Buenos días —susurró.

—Te has levantado temprano.

—Sí. No sé qué me ha despertado.

—Espero no haber sido yo. Intenté no hacer ruido… aunque la verdad es que se me ocurrieron muchísimas formas de despertarte…

Se acercó más.

—¿Como cuáles?

Me relamí los labios y le puse una mano en el pecho:

—Todo esto —dije, pasando mi mano por sus abdominales—, estaba a la vista. —Retrocedí un poco y miré sus pantalones cortos—. Y esa parte también, se veía muy apetecible. De hecho, todo era muy tentador, pero me esforcé mucho por ser una buena chica.

—Pues la próxima vez no te contengas. Sé tan mala como quieras, Daisy.

¿La próxima vez? Lo dijo como si todo aquello fuera a convertirse en algo habitual. Y no me importaba en absoluto.

—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó.

—Ni idea. ¿Qué sueles hacer los fines de semana? Sorpréndeme. Se te da muy bien.

Anthony sonrió y su cara se iluminó con una alegría incontenible.

—Depende. A veces voy a pescar con mis abuelos. De hecho, eso sería un buen plan.

Arrugué la nariz:

—¿Quieres que vayamos de pesca?

—No, pero mis abuelos tienen un barco muy bonito amarrado en el pantano. No lo van a usar este fin de semana. Podríamos usarlo nosotros.

—Nunca he estado en el pantano.

—Será un placer enseñártelo —dijo con picardía, moviendo las cejas.

—¿El pantano… o tu polla? —desafié. Estaba de muy buen humor.

Anthony estalló en carcajadas, echando la cabeza hacia atrás, mientras yo me tapaba la boca.

—Normalmente no soy tan descarada, creo que me estás contagiando —expliqué.

—Desde luego que no lo descarto, pero si de verdad te apetece puedo enseñarte el pantano. Aunque deberíamos ponernos en marcha, hay dos horas en coche hasta el barco.

—Por mí, genial. Me apunto.

Él me sonrió.

—¿Sabes que me sorprendes más cada día?

—¿Por qué lo dices?

—Porque te pareces más a mí de lo que pensaba. Espontánea, divertida, relajada.

—Sí. Así soy yo.

—¿Mi vestido es apropiado? —pregunté una vez dentro del coche.

Anthony me miró, ladeando la cabeza:

—Sinceramente, no, pero ¿a quién le importa? Solo estaremos tú y yo en el barco. —Con un guiño, añadió—: Además, puede que no necesites llevarlo puesto todo el tiempo.

—Hoy estás muy travieso, ¿no?

Se aclaró la garganta y buscó mi mano. Entrelazamos los dedos al instante.

—Llevo así desde la primera vez que nos vimos.

Tragué saliva.

—Tú siempre vas de cero a cien, ¿eh?

—Siempre.

Condujimos hasta la ciudad, compramos desayuno y café para llevar y comimos por el camino mientras le hacía todo tipo de preguntas sobre el pantano. Me lo imaginaba como una versión más estrecha del río Misisipi.

Resultó que me equivocaba. Era más pequeño, lo cual era evidente, pero también tenía un aire completamente diferente. El olor del pantano me golpeó en cuanto salimos del coche.

Anthony entrecerró los ojos al mirarme.

—Debería haberte comprado un sombrero y protector solar.

—Y para ti también.

—Yo no me quemo fácilmente.

—¿Cómo sabes que yo sí?

—No lo sé, solo quiero ser precavido. —Me tocó la mejilla con el dorso de los dedos mientras me retenía contra el coche.

Me gustaba que fuera protector, incluso con algo tan simple como el sol—.

Pero por suerte el barco tiene bastante sombra.

—Me besó una comisura de la boca y luego la otra mientras yo me derretía bajo su tacto—.

Y me aseguraré de que te quedes ahí, bajo la sombra para que no te quemes.

Se me puso la piel de gallina a pesar de que allí hacía mucho más calor que en la ciudad.

—Maldita sea —murmuró para sí mismo.

—¿Qué?

Respiró hondo.

—Nada. Nada. Es que todavía no me creo que haya sido capaz de contenerme y no besarte hasta ahora. Sabía que, si empezaba, no habríamos salido de casa en todo el día.

No dije nada porque sentía exactamente lo mismo.

—Cada vez me cuesta más contenerme contigo —concluyó.

¿Cómo íbamos a gestionar las cosas en la oficina? Sin embargo, no quería hablar del tema en ese momento. Me sentía superfeliz solo por estar allí con Anthony y no quería estropear el buen rollo.

—Vamos, subamos a bordo.

Me sorprendió su tamaño. Me había imaginado un barco de tamaño considerable, con algo de sombra como mencionó Anthony, pero este era gigantesco.

—¡Es flipante! —exclamé—. Mucho más grande que el barco de pesca que tenía en mente. ¿Y tienes licencia para conducirlo?

—Por supuesto.

Levanté las cejas.

—¡Estoy muy impresionada!

El barco tenía dos niveles. La cabina del capitán estaba en la cubierta superior. La inferior era un apartamento completo, con dos literas, un salón y una pequeña cocina.

—Tus abuelos pasan mucho tiempo aquí, ¿no?

Asintió:

—Salen a navegar dos, y a veces tres veces por semana.

—¿Y no les importará que lo usemos?

Anthony me rodeó la cintura con un brazo por detrás antes de girarme para que lo mirara.

—Daisy, confía en mí, lo tengo todo planeado. Lo único que tienes que hacer hoy es relajarte y disfrutar.

Me relamí los labios y sonreí.

—Vale, no me costará nada. Relajarme y devorarte con los ojos son mis únicas tareas pendientes para hoy.

Tuve la sensación de que también estarían en mi lista para la semana siguiente.

Él sonrió.

—Fantástico. Entonces, pongámonos en marcha.

—¿Puedo acompañarte a la cabina del capitán?

—Iba a proponértelo justo ahora.

Me tomó de la mano y me llevó a la cabina.

No creía que Anthony pudiera ser aún más atractivo, pero verlo agarrar el timón me estaba poniendo a mil. Incluso podía imaginarlo con el uniforme de capitán, aunque solo los había visto en películas.

—¿En qué piensas?

Vaya. Se había dado cuenta de que lo estaba mirando. Decidí ser completamente sincera.

—Solo te imaginaba con un uniforme de capitán. Tu atractivo se dispararía hasta aquí. —Levanté la mano lo más alto que pude por encima de mi cabeza—. Pero tal vez sea mejor que nunca te pongas uno. Ya me cuesta mucho controlarme para no comerte entero tal como estás, pero un hombre de uniforme…

Gruñó y soltó el timón, acercándose y arrinconándome contra la ventanilla.

—Solo yo quiero ser tu hombre de uniforme, Daisy.

—¿Qué? —pregunté, confundida.

—Me cuesta oírte imaginando a otros hombres…

Sonaba intenso, pero sorprendido al mismo tiempo, casi como si no pudiera creer sus propias palabras.

Humm, ¿se había puesto celoso?

—Solo estaba bromeando —repliqué en tono juguetón—. No pretendía…

Entonces su boca se estampó contra la mía. El beso fue posesivo y, ¡joder!, lo disfruté más que nunca. Presionó sus labios contra los míos con fuerza . Su lengua me exploraba de una manera tan lasciva que me encendió al instante.

Retirándose, apoyó la frente contra mi cuello y sentí su cálido aliento en mi clavícula. Claramente, el deseo era mutuo.

Pensé que se disponía a reanudar el encuentro, pero se enderezó y dio un paso atrás.

—No puedo creer lo que me haces sentir, Daisy.

Yo podría exactamente decir lo mismo.

Volvió a agarrar el timón, y decidí no distraerlo más. Me conformé con contemplarlo en silencio.

—¿Tus abuelas suelen venir al pantano? —pregunté.

—No. No han venido en décadas. A mi madre tampoco le gusta, y mi padre viene solo algunas veces.

—Pues a mí me encanta. Es muy relajante.

Anthony esbozó una sonrisa.

—Eso es porque conozco los mejores sitios. Vale la pena acompañar a mis abuelos cuando salen de pesca; me entero de todos sus secretos.

Me eché a reír:

—No es por nada, pero hablas como si necesitaran supervisión adulta constante.

—Es que tienen tanto tiempo libre que se les ha dado por hacer cualquier cosa, como pescar cerca de los caimanes.

Me quedé helada.

—¿Hay caimanes aquí?

—Por supuesto. ¿No lo sabías?

—Pensaba que era solo un truco para turistas, sobre todo con todas esas empresas que ofrecen avistamientos en botes. —Abrí mucho los ojos—. Dios mío. ¿No es un truco para turistas, verdad?