Un rebelde inolvidable Capítulo Quince
57%

Capítulo Quince

DAISY

El sábado por la mañana, prácticamente me bajé de la cama de un salto a las nueve en punto, incluso antes de que sonara el despertador.

Estaba demasiado emocionada para seguir durmiendo.

Anthony vendría a recogerme a las once, así que tenía mucho tiempo para prepararme.

Empecé el día con un café y decidí llamar por FaceTime a mis padres.

Eran muy madrugadores. De hecho, a esa hora, lo normal era que ya hubieran terminado de dar de comer a los animales y se estuvieran tomando un pequeño descanso. Mi madre respondió enseguida.

—¡Hola, mamá! —saludé mientras sostenía mi teléfono para que me bloqueara la luz del sol. Estaba decidida a sentarme en aquella terraza todas las mañanas hasta que el frío lo impidiera—. ¿Cómo estás?

—Ahora mismo estoy descansando, y tomándome un café —respondió mi madre, levantando su taza.

—¿Y papá?

—Trabajando. Ya sabes cómo es.

A pesar de contar con varios peones, yo siempre les decía que necesitaban más empleados.

La granja era pequeña, pero requería mucho trabajo.

Mis padres vendían huevos camperos de sus propias gallinas, pero también se dedicaban a la cría de alpacas para obtener lana y disponían de caballos para impartir clases de equitación.

—Pero si es sábado.

—Ya hija, pero los animales no saben qué día de la semana es.

Me reí:

—Es verdad.

—¿Qué vas a hacer el fin de semana? —preguntó.

Ay, ¿por qué no había inventado una historia de antemano? No me gustaba ocultarles cosas a mis padres, pero no sabía cómo contarles lo de Anthony. Así que decidí no hacerlo.

—Solo voy a descansar —respondí, lo cual era completamente cierto.

—Qué bien. Por cierto, estoy recibiendo muchos cumplidos por el perfume que me regalaste. Es muy original.

—¿A que sí? Es de una tienda del Barrio Francés que llevan… —Me detuve justo a tiempo. No, no podía decir “las abuelas de mi jefe”. Sospecharía enseguida si supiera que conocía a su familia—. Dos mujeres encantadoras —terminé.

Continuamos con la charla poniéndonos al día sobre nuestra semana. Mi padre no volvió a tiempo para poder charlar con él, pero lo haría en otro momento. Después de colgar, me terminé el café, cerré los ojos y disfruté del sol en mi cara.

Un rato después, entré en la ducha. Aunque mis ondas naturales, con su aire surfero, no solían requerir mucho esfuerzo, ese día decidí peinarme a conciencia, usando un cepillo redondo grande y el secador.

Para el maquillaje, elegí tonos claros que combinaran con el vestido amarillo girasol que planeaba ponerme.

El calor era inusual para la época, pero yo estaba resuelta a alargar el verano tanto como pudiera, mi estación favorita, disfrutando al máximo de cada día de sol.

A pesar de haber comenzado a prepararme con tiempo, eran ya las once menos cinco de la mañana. Me dirigí a la terraza, ya lista, y la luz del sol me hizo sonreír. ¡Qué día tan espectacular!

De repente, una voz familiar se elevó desde abajo:

—Estás preciosa.

Al mirar hacia abajo, vi a Anthony. Estaba allí, con las manos en los bolsillos y una amplia sonrisa. Su presencia me puso nerviosa al instante.

—¿Cuándo has llegado? No te he visto.

—Hace un momento.

—Sube. O mejor, espérame, que yo bajo.

—Mi madre me enseñó que a una chica se la recoge para una cita llamando a su puerta.

Sonreí.

—Pues tu madre me cae muy bien.

Me sorprendió que ya no hubiera esa tensión extraña entre nosotros. Quizás Anthony tenía razón: las cosas serían diferentes fuera de la oficina.

—Entonces te esperaré aquí —añadí—. A menos que tengas instrucciones más precisas.

Sus ojos brillaron.

—Tengo instrucciones muy precisas, Daisy, pero las dejaré para más tarde.

Mierda. Un repentino ardor me recorrió entera al escucharlo. Estaba segura de que se refería a algo sexual o de alto voltaje. ¿Era ese el rumbo que tomaría el día?

Sonreí. Después de entrar y cerrar la puerta corredera de la terraza, cogí mi bolso y mi chaqueta.

—Hola de nuevo —dijo Anthony cuando abrí la puerta principal.

—Hola.

Era increíble, pero ahora que estaba tan cerca, empezaba a ponerme nerviosa otra vez, aunque de una forma agradable.

—¿Lista para irnos?

Asentí y él me indicó que saliera. Sentí que estaba justo detrás de mí mientras cerraba la puerta con llave.

—Hueles de maravilla.

—Parece que mi perfume de lilas ha vuelto a hacer de las suyas —susurré.

—Me encanta, y me encanta cómo te queda.

Estaba tan cerca que esperaba que me besara. En lugar de eso, se apartó y, de repente, sentí su ausencia. Lo miré con curiosidad, pero no me dio ninguna explicación, así que simplemente bajamos las escaleras.

Una vez en el coche, me preguntó:

—¿Qué te parece dar un paseo por Audubon Park?

—Me encantaría. Todavía no he estado allí.

—No dejaba de pensar en qué podríamos hacer que te gustara y que no hubieras hecho antes.

—Mmm, ¿qué otras opciones hay?

—Las guardaré para otras citas. —Se señaló la sien como si estuviera grabando las ideas en su memoria.

Sentí mariposas en el estómago. ¿Ya estaba pensando en la siguiente cita? Vaya, esa idea me gustaba más de lo que debería…

Mientras conducía, lo miré detenidamente. Llevaba una camisa verde oscuro, vaqueros, y gafas de sol de aviador. Anthony LeBlanc era un hombre muy atractivo.

Me acomodé en el asiento de cuero, reflexionando sobre los inesperados giros de la vida.

No tardamos mucho en llegar al parque. Como no sabía prácticamente nada sobre el sitio, me limité a seguir a Anthony sin hacer preguntas. Me tomó de la mano y me llevó por un sendero bordeado de enormes árboles.

—Me siento como en un cuento de hadas. Me encantan los árboles viejos.

Anthony me miró extrañado.

—¿Qué?

—Sí, soy una loca de los árboles. En la universidad, tenía uno favorito en el campus y solía ir allí a leer. A veces pasaba horas bajo su sombra.

—¿Tenías tu propio árbol? —Sonrió con ternura.

—Sí. ¿Eso me hace rara? —bromeé.

—No, solo te hace única.

El parque se encontraba repleto de gente, pero era tan grande que no parecía estar abarrotado en absoluto.

—¿Quieres tomar un camino en particular? —pregunté.

—No, hay varios sitios para hacer picnic más adentro del parque.

—¡Me encantan los picnics! ¿Qué vamos a comer?

Movió las cejas con picardía.

—Lo que podamos conseguir en los puestos de comida.

Sonreí.

—Me has leído el pensamiento; me flipa ese plan.

—Me lo imaginaba.

Eso me pilló desprevenida. ¿Cómo lo sabía?

—¿Qué tal estuvo el evento en la galería anoche? —pregunté.

—Fantástico. Mi madre se lució, como siempre.

—¿De qué iba el evento?

—Encontró a unos cuantos artistas locales nuevos y quería darlos a conocer.

—De tal palo, tal astilla, ¿no?

—La manzana nunca cae lejos del árbol —confirmó Anthony.

—¿Sueles ir mucho a los eventos de la galería?

—No, solo cuando mi madre nos lo pide expresamente. Si no, solo estorbaríamos. Se pasa todo el evento de un lado para otro ocupándose de que todo vaya bien, así que es mejor que no estemos allí.

—Ya veo. —De golpe, sopló una ráfaga de viento. El aire olía a otoño, pero aún hacía mucho calor—. Qué día tan estupendo.

—Y está a punto de mejorar. —Estaba mirando un carrito de comida a nuestra izquierda.

—¿Es nuestra primera parada? —pregunté.

—Exacto.

Aunque la variedad de productos era grande, casi todos parecían poco apetecibles y venían preenvasados. Anthony y yo compartimos una mirada que lo dijo todo: decidimos seguir buscando.

El siguiente puesto superó al anterior; compramos mucha comida: dos po’ boys , dos dónuts y solo un beignet , ya que Anthony no quiso uno.

—Insisto en que no deberías comer beignets de cualquier vendedor ambulante —dijo—. Te estropeará la experiencia.

—No seas tan elitista. No soy de aquí, para mí están todos buenos.

Gruñó.

—Más te vale que Bella no te oiga decir eso. Como se entere, vas a dejar de caerle tan bien en un segundo.

Levanté la vista de la bolsa y lo miré:

—¿Le caigo bien a Bella?

—Sí. Tanto, que anoche la convencí de no decirles nada a las abuelas sobre lo que viera.

—¿La convenciste para que cambiara de bando y espiara para ti?

—No exactamente, solo que no dijera nada.

—Tienes unas dotes de negociación impresionantes.

—Sí, eso se me da bien.

Nos reímos, pero me quedé pensando si con eso se refería a salirse con la suya o a algo completamente distinto.

Un momento. Su mirada era… Sí, mucho más intensa. Era evidente que me deseaba, igual que yo a él.

Me dio un beso en la sien mientras nos adentrábamos por un sendero estrecho que desembocaba en una enorme zona de pícnic. Aunque ya había bastante gente, encontramos mesa fácilmente. Nos sentamos uno al lado del otro y dejamos la bolsa de comida sobre la mesa.

—Me muero de hambre —comentó Anthony.

—Yo también. Solo he tomado un café esta mañana. Iba a comer algo, pero al final me pasé todo el tiempo preparándome. Normalmente no me lleva tanto tiempo.

—Estás preciosa —dijo Anthony.

Me puso una mano en la parte baja de la espalda y acercó su boca hacia mí. ¿Iba a besarme ahora? Sinceramente, lo necesitaba.

—El problema es que siempre lo estás —añadió.

Me relamí los labios.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—Que me complica las cosas cuando estamos en la oficina.

—¡No me digas eso! —Me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja y bajé la mirada hacia el suelo. Lo último que quería era complicar las cosas en el trabajo.

—Ya. Perdona. No ha sido buena idea mencionar eso ahora.

—¿Mmm? ¿A qué te refieres?

—No quiero estropear nuestra cita. Olvidémonos de la oficina por hoy.

Asentí.

—Sí, buena idea.

Volvió a inclinar la cabeza y estaba segura de que esa vez iba a por mi boca, pero no. Me besó en la mejilla, luego en el lóbulo de la oreja y al final se enderezó. Hice un puchero. Anthony se echó a reír, mirando mis labios.

—¿Qué pasa? —pregunté—. Pensé que ibas a besarme en cuanto te abriera la puerta de casa.

Sus ojos brillaron y se aclaró la garganta:

—Solo te besaré cuando estén dadas las circunstancias, Daisy.

—¿Y cuáles serían?

—La primera, que estemos entre cuatro paredes. Y la segunda, que estemos solos. Quiero saciarme de ti, y no puedo hacerlo en público.