Capítulo Quince #2
Vaya, no se andaba con rodeos.
—Vale. Entonces, nada de besos —susurré.
Se alejó un poco, como si necesitara distancia. Estuve tentada de volver a acercarme y tocarlo, pero ¿para qué despertar al monstruo?
Mientras colocábamos las delicias sobre la mesa, me preguntó:
—¿Qué hiciste esta mañana?
—Llamé a mi madre y nos pusimos al día. Mi padre estaba trabajando, como de costumbre. Es que te lo juro, ese hombre no sabe cómo relajarse. Pero bueno, entiendo que siempre hay algo que hacer en la granja, o alguien que va de visita.
—¿Familia?
—Qué va, amigos. La vida en el pueblo nunca es solitaria, lo cual agradezco, porque creo que es algo que ha ayudado a mis padres desde que me fui de casa.
Por suerte, Annelise los visita a menudo.
De niña, solía jugar a que era mi hermana, aunque la verdad es que estaba bastante contenta siendo hija única.
—No puedo ni imaginar cómo es eso.
—Mis padres son como mis mejores amigos. Aunque…
—¿Qué? —preguntó cuando dudé.
—No lo sé. Siento que últimamente ya no estamos tan unidos. Cada vez que hay algún problema en la granja o necesitan ayuda económica, me entero por Annelise antes que por ellos.
—Es cosa del orgullo de los padres; no quieren preocuparte —repuso Anthony.
—Pero antes eran superabiertos conmigo. —Me quedé pensándolo por un momento—. No, espera, tienes razón. Nunca me contaban si andaban apurados de dinero, pero sí me contaban otras cosas.
—¿Ves? Así son los padres.
—Supongo que sí.
Cada uno comió su po’ boy . Anthony se acabó el suyo rápido, pero yo me tomé mi tiempo para saborearlo.
—No sé por qué no es más popular en todo el país —dije después de mi último bocado—. Es mucho mejor que cualquier típico sándwich club, y ya ni hablemos de un perrito caliente.
—Preferimos que lo bueno se quede aquí, en Nueva Orleans.
—Claro. El chocolate caliente de anoche también debería ser mundialmente famoso. Bella tiene muy buen gusto.
—Ya lo creo.
—¿Pasas mucho tiempo con ella?
La conversación con él en el parque fluía con mucha facilidad.
Me ayudaba muchísimo a desconectar del trabajo.
La personalidad de Anthony me atraía mucho; su fuerte vínculo familiar era particularmente entrañable.
Era muy fácil sentirse atraída por él, y estaba dispuesta a liarme la manta a la cabeza.
—Eso intento. Lo disfruto mucho, y ella también.
—¿Te gustan los niños en general o solo Bella?
—No he pasado mucho tiempo con otros niños. Pero en general no me desagradan.
Empecé a reírme:
—Vaya, tu entusiasmo es de lo más contagioso.
—Es la verdad.
Y se lo agradecía. Sabía que Anthony nunca fingiría ser alguien que no era.
Después de terminar mi po’ boy , comimos los dónuts y dejamos mi beignet para el final.
—¿Quieres que lo compartamos? —pregunté mientras lo sacaba de la bolsa de papel.
—Bueno, probaré un poco.
Después de cortarlo por la mitad, me comí mi parte de un bocado.
—Qué bueno.
Anthony dejó su mitad después de darle un bocado diminuto.
—Esto bajo ningún concepto puede considerarse un beignet .
Puse los ojos en blanco y tiré de la caja con su mitad hacia mí.
—Genial, más para mí.
Él negó con la cabeza:
—Daisy, por favor, con la oferta que hay en Nueva Orleans no puedo creer que este te parezca bueno…
Me encogí de hombros mientras me tragaba el último bocado.
—¿Qué quieres que te diga? Cuando se trata de azúcar, no discrimino.
La sonrisa de Anthony me hizo sonreír a mí también. No había duda, podría enamorarme de él.
—¿Qué? —pregunté.
—Hablando de azúcar, tienes por todas partes.
Miré mi pecho y resoplé. El vestido estaba completamente cubierto de azúcar glas, así que empecé a sacudírmelo.
—También tienes en la cara —señaló entre risas.
Acto seguido, sus dedos se posaron en mis mejillas y en las comisuras de mis labios. Cuando presionó mis labios con dos dedos, se me escapó un gemido involuntario.
Anthony se quedó inmóvil. En un intento por limpiarlos, me relamí los labios, rozando sus dedos sin querer con mi lengua.
Esta vez, fue él quien gimió. Antes de que pudiera darme cuenta, me estaba besando con esa pasión salvaje que tanto había anhelado.
Su lengua me exploraba sin pudor. Le correspondí el beso sin reservas, guiada por un deseo puro. Cuando nos separamos, sentía que ardía.
—Joder, Daisy, no puedo seguir besándote así aquí.
—Pues a mí no me importa lo más mínimo —murmuré.
Cogió mi mano, lo que me pareció un gesto muy dulce… hasta que la puso sobre sus pantalones.
—Tenemos que irnos —declaró Anthony con tono firme.
Estaba completamente empalmado. Unos simples besos y ya estaba duro. La oleada de calor que recorrió mi cuerpo no desaparecería hasta que se hundiera profundamente dentro de mí. Lo necesitaba con urgencia.
Me sentía preparada. Había pasado mucho tiempo desde la última vez y quería que fuera con Anthony. La química brutal entre nosotros era innegable desde el primer momento, y no pensaba reprimir ese impulso.
—Podríamos ir a mi casa. ¿O la tuya está más cerca?
Él sonrió:
—Vivo a un par de minutos del parque.
Entonces me tocó a mí sonreír. Estaba segura de que lo había planeado.
—Qué conveniente. Me has traído al parque con segundas intenciones, ¿verdad?
—Se me pasó por la cabeza alguna que otra vez…
—Ajá. Tu plan empieza a tener más sentido ahora.
—Daisy —dijo, con un tono mucho más serio de lo que esperaba—. Podemos quedarnos aquí si quieres. No tenemos que…
—No. Quiero hacerlo. Te deseo.
Sus ojos brillaron:
—Tus deseos son órdenes.