Capítulo Catorce #2
—Estás haciendo un gran trabajo. Haré todo lo posible para convencerte de que te quedes.
Ella apretó los labios.
—Por mucho que me guste esto, sabes que me iré en cuanto consiga un puesto como directora de marketing .
Tragué saliva. Por supuesto, tenía todo el derecho. Estaba seguro de que Samantha pronto le conseguiría algo, pero no quería pensar demasiado en ello.
—¿Estás lista para mañana?
Se sonrojó al instante, pero asintió con entusiasmo:
—Más que lista. —Luego agarró el vaso con las dos manos y dio un sorbo—. Pero… aún no es fin de semana.
Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa.
— Touché . —Aunque me moría de ganas de entrar en su oficina, me contuve. Solo tenía que aguantar un día más—. No estaré en mi despacho durante el resto de la tarde.
Sus hombros se hundieron.
—Oh…
—Si necesitas algo, no tienes más que llamarme.
—Claro.
Dicho eso, me di la vuelta y me fui. Estaba deseando que llegara el día siguiente.
No recordaba la última vez que había estado tan ansioso por salir con alguien, y aunque intenté borrar ese detalle de mi memoria, fue imposible.
Era como si todo lo que había tenido con cualquier otra persona no significara nada.
Por lo general, me encantaban los viernes y los llamaba “Día del deber familiar”. Mi vida era increíble. Dirigía un negocio de gran éxito con un horario totalmente flexible, pudiendo hacer lo que quisiera cuando quisiera. Era plenamente consciente de ese privilegio y lo agradecía cada día.
Antes de recoger a Bella del colegio, pasé por la galería de mi madre. Compré un bocadillo muffuletta 1 para ella y otro para mí. Conociéndola, seguro que se había olvidado de almorzar por estar preparando el gran evento de esa noche.
Como era de esperar, mi madre iba de un lado a otro intentando encargarse de todo a la vez: retocando la disposición de los cuadros, revisando la iluminación, contando las copas de champán y comprobando si las botellas estaban frías.
Tardó un rato en darse cuenta de que yo estaba allí, en la entrada, observándola.
—¡Anthony! ¿Me habías dicho que venías?
—No. Pero sé cómo te pones en días como este. Apenas recuerdas tu propio nombre, y mucho menos qué vas a comer. Te he traído un muffuletta .
—Eres un amor —dijo ella—. Es que se me…
—… ha olvidado comer —terminé por ella.
Mi madre asintió, desenvolvió el bocadillo inmediatamente y se sentó a la mesa junto a las copas de champán. Yo me apoyé en el borde.
Después de dar unos bocados, suspiró y se relajó un poco.
—Esto es justo lo que necesitaba. No puedo creer que me siga poniendo tan nerviosa cada vez que presento a un nuevo artista. Con todos los años de experiencia que tengo…
—Al final, nunca deja de ser algo nuevo. Siempre te resultará emocionante, no creo que tenga nada de malo. —Señalé su bocadillo—. El problema es que te olvidas de comer.
—¿Vas a venir esta noche?
—Por supuesto.
Rara vez pedía a la familia que asistiera a un evento de la galería. Por lo general, solo lo hacía cuando consideraba que el artista era realmente excepcional.
—¿Cómo va el concurso de música? —inquirió.
—Va muy bien.
—Estoy muy orgullosa de que lo hayas organizado. Esta ciudad está llena de artistas que esperan ser reconocidos. Lo mismo ocurre con la pintura —dijo ella, ya que representaba principalmente a artistas locales.
—Estoy totalmente de acuerdo. De hecho, tú fuiste mi inspiración para poner en marcha el concurso de jazz .
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Cuando tenía dieciséis años, pediste a todos los alumnos de mi instituto que presentaran un cuadro. Te pasaste semanas revisándolos.
—No puedo creer que lo recuerdes. Me encantaba hacerlo. Ahora también lo hago en el colegio de Bella, aunque da muchísimo trabajo.
—Cuando quieras puedo echarte una mano.
Chasqueó la lengua:
—Anthony, ya tienes bastante con lo tuyo. Aunque he oído que tu nueva asistente es muy buena.
Dejé de comer y la miré. No sabía si estaba siendo sincera o si estaba intentando sacarme información. Que me costara tanto leer a mi madre con lo transparente que era me resultó alarmante.
—Sí, lo es. De hecho, esta misma mañana ha ido ella sola al recinto del festival.
—Mmm. He oído que también está muy involucrada en el concurso de jazz . Julian dijo que estuvo contigo en la noche de inauguración.
Definitivamente estaba intentando tirarme de la lengua.
—Sí, pero es que acompañarme es parte de su trabajo, ya sabes.
—Sí, sí, por supuesto. ¿Le gustó el perfume de tus abuelas? —siguió preguntando al ver que no le daba más detalles.
¡Bingo! Eso era lo que quería saber.
—Sí. Probablemente debería llamarlas para darles las gracias.
—Pues ella ya lo ha hecho.
—¿Cómo lo sabes?
—Vivo con tus abuelas, ¿recuerdas? Hablamos. Y mucho . Pero no me contaron qué les hizo pensar en regalarle la esencia de lilas.
Mis labios se curvaron en una sonrisa.
—¿Y esperas que yo te lo diga?
Mi madre se rió.
—¿Sabes qué? Está bien si no me quieres decir nada.
Pero te diré una cosa: que tus abuelas piensen que has conocido a alguien digna de las lilas es una buena señal.
Siempre pensé que todo eso era una sarta de tonterías, pero ahora ya no estoy tan segura.
Eso sí, por favor no les digas que he dicho eso.
Me eché a reír.
—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo.
Cuando terminamos nuestros bocadillos, eché un vistazo a mi alrededor.
—¿Necesitas ayuda aquí?
—No. Además, tienes que ir a recoger a Bella, ¿verdad?
—Todavía tengo un poco de tiempo.
—No, vete tranquilo. Tengo a todo un equipo al que dar un poco de caña; acaban de irse a comer. Y sobre lo de esta noche… ¿Por qué no le dices a Daisy que venga también? Quizás le guste.
Entrecerré los ojos:
—¿Crees que voy a invitarla a la boca del lobo sabiendo perfectamente que la van a acribillar a preguntas?
—Tienes razón. No había pensado en eso, veo que eres muy protector con ella —dijo mi madre, sonriéndome de nuevo—. No te preguntaré nada más, te lo prometo. Creo que el amor llega a la vida de todos de forma misteriosa, y cuando menos te lo esperas.
—¿Ah, sí?
—Sí. Incluso para tu padre y para mí. Por ejemplo, yo estaba decidida a seguir un camino completamente diferente.
Me quedé asombrado.
—¿Y cuál era?
—Estaba decidida a estudiar en Nueva York. Quería salir de Nueva Orleans por un tiempo, tal vez incluso viajar por el mundo y descubrir lo que el arte tenía para ofrecer en otras partes. Pero me enamoré perdidamente de él, y terminé estudiando arte aquí en Loyola.
—¿Alguna vez te arrepentiste de no haber ido a Nueva York?
—Para nada. Los sueños y los planes pueden cambiar en cualquier momento, especialmente cuando el corazón quiere otra cosa. Nunca he mirado atrás.
—Nunca me habías contado esta historia.
Se encogió de hombros.
—No quiero que pienses que siento que me he perdido algo. Tu padre es un marido maravilloso.
Siempre sentí una gran admiración por la relación de mis padres. Se respetaban y se apoyaban mutuamente al cien por cien en todo.
—No llegues tarde al colegio de Bella, o dejará de pedirte que la recojas.
Me puse a la defensiva:
—Eso es imposible.
—Pues está intentando convencer a Chad para que la deje volver a casa sola.
—¡Pero es muy pequeña todavía! —protesté.
Ella asintió.
—Eso es lo que piensa Chad también. Supongo que Bella quiere ser más independiente.
Iba a tener que acostumbrarme a esa realidad. Estaba creciendo rápido.
Después de despedirme de mi madre, salí de la galería. Siempre me sentía un poco más sabio después de charlar con ella o con cualquier otro miembro mayor de mi familia.
Me preguntaba cómo reaccionarían si supieran que los llamaba “mayores”.
Bella ya estaba esperándome en la puerta del colegio cuando llegué.
—Siento la tardanza, peque.
—No has llegado tarde, tío Anthony. Es que he salido corriendo en cuanto ha sonado el timbre porque no quería retrasarme.
¡Ja! Mucha independencia, pero no podía esperar para pasar tiempo conmigo.
—¿Qué quieres hacer? ¿Vamos a por unos beignets en el Café Du Monde ? —sugerí.
—¿Podemos hacer otra cosa hoy?
—Claro. —Crucé los dedos para que no quisiera algo extravagante como ir al Museo del Vudú.
Zachary la había llevado allí hacía algún tiempo y todavía tenía pesadillas.
Todo el mundo pensaba que Nueva Orleans era mágica y fantástica, pero la mayoría de esos elementos “mágicos” eran ciertamente macabros—.
¿Quieres ir al zoo? —Solía ser uno de sus lugares favoritos cuando era más pequeña.
Bella contuvo el aliento y puso las manos detrás de la espalda.
—¿Podemos dar un paseo por la calle Bourbon?
Parpadeé:
—Perdona, ¿qué?
—Es que hay un reto en el cole…
¡Joder! ¿Qué les pasaba a estos niños con los retos?
—Sigue.
—Nadie de mi clase tiene el permiso de sus padres para ir a Bourbon, y mucho menos a cualquiera de los bares que hay allí. Les he dicho que a mí sí me dejan.
—Bella, eso lo tiene que autorizar tu padre.
—¿Por qué ya nadie es divertido? ¿Por qué papá tiene que autorizarlo todo?
Me aclaré la garganta:
—Porque es tu padre y, si le ocultamos cosas, dejará de confiar en nosotros —le expliqué, queriendo que Bella entendiera que, aunque era mimada y querida, había límites que no cruzaría
—Está bien —resopló—. Llamemos a papá.
Chad respondió de inmediato.
—¿Está intentando convencerte con lo de Bourbon, no?
—Ya veo que estás al tanto.
—La oí hablando con sus amigas esta mañana cuando la dejé en el colegio.
—Escucha, tengo un buen plan.
—No te preocupes. Es de día y está contigo.
—Bueno, entonces iremos al nuevo local de Julian. —Bella gritó de alegría—. Y después, directa a casa. ¿Nos vemos esta noche en la galería de mamá?
—Sí. Estoy intentando convencer a Scarlett para que deje al segundo de cocina al mando esta noche para que pueda venir ella también. Todos los demás irán con sus parejas y quiero que Scarlett esté allí. Ya he contratado a una niñera para Simone, no quiero que se acueste tarde.
—Buena suerte con eso. —Después de colgar, miré a Bella—. Ha aceptado.
—¡Sííí! Papá se está volviendo más guay, ¿a que sí?
Últimamente, Chad sabía qué batallas librar.