Capítulo Catorce
ANTHONY
Observé detenidamente a Daisy, tratando de leer su lenguaje corporal. No quería hacerla sentir incómoda ni ponerla en una situación comprometida, pero necesitaba saber por qué se había ido del concurso sin decir nada.
—¿Quieres sentarte? —pregunté.
Ella miró hacia la puerta y luego hacia el escritorio.
—Claro, ¿por qué no?
Le acerqué la silla. Cuando se sentó y cruzó las piernas, no pude evitar fijarme en cómo se le subía la falda. Exhalé con fuerza, aparté la mirada, luego me senté en mi silla y la miré a los ojos.
—Daisy, tenemos que hablar sobre lo de anoche. —Se sonrojó y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Me sorprendió que, al salir de la reunión, Julian me dijera que te habías marchado.
—¡Oh! —exclamó, como si no esperara que sacara el tema—. No sabía qué más hacer. Estabas ocupado con Sal y dijiste que ya había terminado mi jornada. Hoy era día laborable, así que no quería llegar muy tarde a casa.
Ladeé la cabeza:
—¿Esa es la única razón por la que te fuiste?
Suspiró y se pasó la mano por su rubia cabellera, mientras un mechón le caía sobre el ojo izquierdo.
—Pensé que así sería más fácil.
—¿Para quién?
Tragó saliva.
—¿Para los dos, tal vez? Sinceramente, no lo sé. —Se mordió el labio inferior—. Probablemente suene como un disco rayado a estas alturas, pero de verdad, no suelo hacer este tipo de cosas. Nunca he salido con nadie del trabajo.
—Es lo más razonable —respondí, recordando mis propios errores del pasado. Pero esto era diferente.
Ella encogió los hombros, se estaba cerrando en banda y eso era lo último que quería. Quería transmitirle calma.
—¿Qué te preocupa? —pregunté.
—¿Por qué no empiezas tú con lo que te preocupa? —Una media sonrisa se dibujó en su boca.
—Esa media sonrisa —señalé—. Me conformo con eso.
Al instante, me regaló una sonrisa de oreja a oreja.
—Sinceramente, no sé cómo manejar todo esto. Lo único que quiero es hacer mi trabajo sin que haya momentos incómodos entre nosotros.
—Ambos somos profesionales, Daisy. No hay motivo para la incomodidad.
—¿Así que esto es solo para… que las cosas vuelvan a la normalidad?
Entrecerré los ojos:
—Quiero saber por qué sentiste la necesidad de huir.
Ella hizo una mueca de preocupación y luego cerró los ojos por un momento antes de volver a abrirlos.
—Sí que huí, ¿verdad? Ni siquiera me detuve a pensar cómo se vería eso desde tu perspectiva. Simplemente… no sabía cómo reaccionar. Irme era lo más fácil.
—Entiendo.
Ella negó con la cabeza, murmurando:
—Esto no debería haber pasado.
—Y te quedas corta…
Ya no pude contenerme más. La necesidad de estar cerca me impulsó. Me levanté, rodeé el escritorio y me senté en el borde. Daisy me miró.
—Como te dije anoche, cuando se trata de ti, me resulta imposible hacer lo correcto.
—¿Pero por qué?
—Hay algo en ti que me atrae. —Con una risita, añadí—: No puedo creer que mis abuelas lo hayan visto tan claro.
—Me he perdido. ¿De qué hablas?
Decidí contárselo todo:
—Mis abuelas creen que la flor de lila tiene poderes especiales para unir parejas. —Ni yo mismo podía creer lo que estaba diciendo en voz alta—. Y estoy seguro de que le han puesto un poco a tu perfume.
Daisy se reclinó en su silla, con una expresión de confusión.
—Espera, ¿qué significa eso?
—Que ya sospechaban que había algo entre nosotros. Solo usan la lila si están convencidas de que dos personas están destinadas a estar juntas; a todas las mujeres y prometidas de mis hermanos les regalaron un perfume con esa esencia.
—Qué historia tan intrigante… ¡Ah! —Su rostro se iluminó al entenderlo—. A eso se referían cuando mencionaron que debían considerar qué era lo mejor para mí.
—Exacto. Incluso encontraron un antídoto para la lila: la fresia.
—¡Me obligaron a oler fresia! Espera, ¿por qué razón necesitarían un antídoto?
Me aclaré la garganta:
—Por lo que te conté… mi historia con aquella asistente.
—Ah, claro.
—Aunque dudo que hubiera funcionado. Ningún puñetero perfume podría haberme mantenido alejado de ti anoche, Daisy. Ni siquiera puedo explicar lo que pasó. Fue algo más poderoso que mi voluntad.
—A mí me pasó lo mismo —susurró—. Y a pesar de todo…
Me enderecé.
—Sé adónde quieres llegar. No debió suceder, pero sucedió.
—Lo sé. Es solo que no sé cómo manejarlo. No quiero poner en riesgo mi trabajo.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—¿Poner en riesgo tu trabajo? ¿Crees que soy tan gilipollas, Daisy?
—¿Qué?
—¿Que te despediría por lo que pasó entre nosotros?
Ella negó con la cabeza:
—No, no es eso lo que quería decir. Lo que pasa es que me enorgullece mucho mi carrera y siempre quiero dar lo mejor de mí. Siempre.
—¿Y temes que te distraiga de tus obligaciones? —dije en tono de broma para tranquilizarla de nuevo.
Ella se rió.
—Puede ser. Es extraño venir a la oficina después del orgasmo que me diste… —añadió en un susurro.
—Daisy, todo está grabado aquí. —Me toqué la frente y ella volvió a reírse.
Genial, se estaba relajando.
—Me resulta extraño hablar de esto aquí —insistió.
Tenía razón. La oficina no era el lugar adecuado.
—Te propongo un trato. Durante el resto de la semana, actuaremos como si nada hubiera pasado.
—Me parece bien. —respondió, con un tono de desconfianza.
—¿Tienes planes para el sábado?
—No.
—Entonces quedemos el sábado.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Aún no lo sé, ya se me ocurrirá algo. Por lo pronto, volvamos al trabajo.
Ella se puso de pie y asintió. Al alejarse un paso de la silla, el mismo perfume embriagador de la noche anterior me envolvió.
Tuve que respirar hondo para controlarme. De lo contrario, era probable que la besara de nuevo, que la hiciera mía de nuevo, allí mismo, en el sofá… o en mi escritorio; incluso en mi silla. O en los tres sitios.
Maldita sea, Anthony, en la oficina no.
—Entonces nos vemos más tarde, señor LeBlanc.
Parpadeé varias veces por la sorpresa.
—¿Qué?
Ella sonrió tímidamente.
—Perdona, estaba intentando que todo pareciera lo más profesional posible.
Le guiñé un ojo:
—Sigo siendo Anthony. Y sí, pongámonos manos a la obra. Tenemos mucho que planificar para el concurso.
—Y para el festival —me recordó.
—¿Hay algo que deba encargarme yo? —pregunté mientras volvía a mi escritorio.
—Lo comprobaré y te lo diré —contestó, girándose hacia la puerta.
—Daisy —la detuve antes de que se marchara—, ojalá fuera ya sábado.
Giró la cabeza para mirarme, sonriendo de oreja a oreja.
—Ya estoy contando las horas…
La relación con Daisy se mantuvo estrictamente profesional en los días posteriores. No solo porque era lo correcto, sino también porque parecía ser lo que ella necesitaba.
Por mi parte, la tentación era constante: cada vez que entraba en mi oficina, sentía el impulso de cerrar la puerta con llave y tumbarla sobre mi escritorio. Y cuando teníamos que trabajar fuera, casi no podía evitar aparcar en el primer rincón oscuro para comerla a besos.
Estaba perdiendo la cabeza poco a poco, sin entender cómo ni por qué, y mucho menos cómo detenerlo.
Cuando llegó el viernes por la mañana, la sensación de victoria era palpable: la semana estaba llegando a su fin.
Antes de ir a la oficina, pasé por la cafetería de Maria y compré un café para mí y otro con sirope de caramelo para Daisy.
Sabía cuánto le gustaba esa bomba de azúcar y, al ser ya casi fin de semana, me permití saltarme un poco las normas.
Para mi sorpresa, llegué antes que ella. Pero entonces recordé que esa mañana estaba en el recinto donde se celebraba el festival. Gregory le había pedido que se encargara de algo allí, lo que confirmaba que la consideraba lo suficientemente competente para resolverlo sola.
Después de dejar el café en su escritorio, volví a mi despacho y me puse con mis cosas.
El concurso de jazz era el tema central del día.
El evento suponía más trabajo del que merecía la pena, pero el músico que llevaba dentro lo disfrutaba de todos modos.
Quería ofrecer a otros amantes de la música la oportunidad de mostrar su talento.
A las once, Daisy pasó por mi puerta. No la había vuelto a llamar a mi despacho desde el lunes; me resultaba más fácil resistirme a mis impulsos si no estábamos en la misma habitación.
A veces deseaba que Dorothy viniera a la oficina todos los días, quizás así me obligaría a comportarme. Pero trabajaba mucho desde casa.
De repente, oí un grito de alegría de Daisy y no pude evitar reírme.
A tomar por saco la profesionalidad. Cogí mi móvil y le envié un mensaje.
Anthony: Te lo he traído esta mañana. Ya estará frío. Estaré encantado de traerte otro o de calentarlo en el microondas.
Me estaba metiendo de lleno en terreno pantanoso.
Su respuesta fue instantánea.
Daisy: Me gusta de ambas maneras, caliente y frío.
Nota mental: A partir de ahora, mi repertorio incluirá bebidas frías y azucaradas. Quizás también helado.
Daisy: Muchas gracias. ¡Me has alegrado el día!
Anthony: He oído tu grito. Ojalá hubiera podido ver tu cara.
Estaba a punto de cruzar la línea, pero al menos era sincero
Entonces releí su mensaje y, sin pensarlo, fui directo a su oficina.
—¿Gregory te ha dado problemas? ¿Has…?
Me detuve al verla sentada en su escritorio, con las piernas cruzadas, la cabeza ligeramente hacia atrás y los ojos cerrados. La taza de café rozaba sus labios. De golpe, se enderezó bruscamente, la dejó sobre el escritorio y se levantó.
—¿Perdona, qué?
Le sonreí.
—Mis disculpas. No quería interrumpir… lo que sea que estuvieras haciendo.
—Solo me estaba relamiendo con este maravilloso caramelo.
—Volviendo a mi pregunta. ¿Gregory te causó problemas? Lo digo por lo de que te he alegrado el día…
—Sí, pero no por Gregory. Es solo que no me lo esperaba, y ha sido lo mejor del día.
Tomé otra nota mental.
—Todo ha ido de maravilla con Gregory.
—¿No os surgió ningún problema?
—Hay bastantes problemas, pero me encargaré de ellos —dijo con confianza mientras se sentaba de nuevo.
—¿Y eso? ¿Qué ha pasado?
—No te preocupes, de verdad. Yo me ocupo. —repitió. Como empleada, era realmente ideal.