Capítulo Trece
DAISY
A la mañana siguiente, Annelise preparó su famosa granola para el desayuno. Comimos en la terraza, disfrutando de nuestro café.
—Estás muy callada —comentó, mientras tomaba una cucharada de yogur con granola.
—Estoy un poco cansada —admití.
—Pero si ayer no llegaste tan tarde.
—¿Me oíste? Lo siento mucho. Intenté no hacer ruido.
—Ya me conoces, tengo el sueño ligero.
—Esta noche tú duermes en la cama y yo en el sofá —sugerí.
—Ni de coña, la invitada soy yo. ¿Qué tal estuvo? Me da un poco de envidia no haber podido ir. Aunque, por otro lado, me lo pasé muy bien viendo la serie. A Kevin no le gusta nada y tenía muchas ganas de terminar la temporada.
Me mordí el labio inferior antes de preguntar:
—Si te cuento algo, ¿prometes no juzgarme?
—¡Uf! Cuando empiezas así, nunca es por algo bueno.
—¡Pero si nunca te he dicho eso en mi vida!
—Aquella vez en la universidad cuando saliste con… ¡Te acostaste con tu jefe, ¿verdad?! —preguntó.
Casi me caigo de la silla.
—Es que… Yo…
—¡Dios mío, lo hiciste!
—Hubo algo, pero no tanto como te imaginas.
Annelise se echó a reír.
—Dios mío… Vaya, no te ha costado mucho.
Cerré los ojos.
—Tengo ganas de cavar un hoyo y quedarme ahí metida para siempre. Me siento fatal.
—¿Por qué? ¿Fue malo?
—N-no —tartamudeé—. Todo lo contrario. Pero es mi jefe.
—Ya, eso a veces complica las cosas. —Comió otra cucharada, masticando con cuidado, con la mirada perdida en la distancia.
—Me estás juzgando, ¿verdad?
—No. Solo estoy… sorprendida. Siempre te has mantenido muy firme en tu postura de no salir con nadie de la oficina, y mucho menos con tu jefe directo.
—Por Dios, me estás haciendo sentir aún peor.
—¡Lo siento! No es mi intención. Soy tu amiga, no estoy aquí para juzgarte.
Gruñí.
—Ni siquiera puedo explicar cómo pasó. Me parece todo muy surrealista, no es propio de mí. Un momento estábamos hablando del evento y de repente… vaya, ya ni me acuerdo. Dije algo sobre mi perfume.
—¿Coco Mademoiselle?
—No. Su abuela, Isabeau, terminó mi perfume personalizado y él me lo trajo. Me lo puse y… No sé qué decir, es muy difícil de explicar.
—No tienes por qué. —Annelise y yo teníamos una regla tácita: no compartíamos detalles íntimos. Puede que fuera mi mejor amiga, pero preferíamos ser más reservadas con esos temas—. Entonces, ¿qué vas a hacer?
—No lo sé.
—¿De qué hablasteis después de eso?
Tragué saliva.
—No hablamos mucho. Nos reunimos con los demás en el área principal y pedimos unas copas. Luego él se puso a hablar de negocios con un empresario y yo… me fui.
Annelise hizo una mueca de desaprobación.
—¿Te fuiste así, sin más?
—No fue exactamente ‘‘sin más’’. Mi turno había terminado.
Ella levantó una ceja, esperando más.
Resoplé, cediendo:
—Vale, me fui sin más.
Me concentré en mi tazón, acabando la granola.
—No sé qué hacer. No quiero complicar más las cosas.
—A ver… la verdad es que no es una situación ideal, eso está claro.
La miré:
—¿No se supone que deberías apoyarme?
—Lo haría si fuera cualquier otra persona, pero es tu jefe. Las cosas se pueden poner muy feas, lo sabes. Si no, acuérdate de lo que me pasó a mí.
¿Cómo podría olvidarlo? Hacía años, Kevin y Annelise habían estado separados por un tiempo. Entonces, ella empezó a salir con su jefe y aquello fue un gran lío.
—Lo siento, seguro que esto te trae malos recuerdos.
Uf, lo estaba empeorando todo.
—No, para nada. Estamos hablando de ti, no de mí. Mira, por lo que me contaste de tu primer día y lo de la cafetería, Anthony me parece el típico hombre que tontea con todo el mundo. Así que, probablemente sea solo su forma de ser, y todo esto no signifique nada para él.
No dije nada. Sus palabras solo consiguieron que me sintiera peor; sentía una opresión creciente en el pecho.
—No creo que vaya a hacer un mundo de esto —añadió.
—No es de los que se ahogan en un vaso de agua.
—¿Lo ves?
Me bebí el café a toda prisa, mientras la presión en mi pecho aumentaba. ¿Y si Annelise tenía razón y lo que había pasado no significaba nada para él?
¡Jolines! ¿Por qué tenía que ser ya lunes? Podría llamar para decir que estaba enferma, pero no era una cobarde.
Después de dejar los platos en el fregadero, cogí mi bolso y me despedí de Annelise.
Se marchaba al mediodía y quién sabía cuándo la volvería a ver, pero no podía entretenerme.
Después de todo lo que había pasado, lo último que quería era llegar tarde a la oficina.
Y a pesar de que ahora las cosas serían más complicadas, no me arrepentía de nada.
Nuestra pequeña aventura había sido una locura, pero también muy excitante. Cómo él me había…
No, no iba a pensar en eso. Solo conseguía que quisiera repetirlo.
Es tu jefe, Daisy. No lo olvides.
Sí, pero solo temporalmente.
Tragué saliva. ¿Por qué estaba teniendo esta conversación conmigo misma?
No era el momento de dejar el trabajo. No tenía certeza de cuándo encontraría algo que me gustara; podrían pasar meses.
El último correo de Samantha decía que no había encontrado ninguna oferta acorde.
Y, además, quería evitar situaciones incómodas en la oficina, aunque tal vez ya fuera tarde para eso.
Llegué al LeBlanc Broussard con cinco minutos de antelación y me detuve un momento frente al restaurante.
Inhalé profundamente y sonreí al sol. Hacía una mañana preciosa.
Eché los hombros hacia atrás y me di ánimos a mí misma: era una mujer fuerte y segura.
La noche anterior había tomado una decisión de la que no me arrepentía, a pesar de no haber sido mi momento más lúcido.
Siempre me había abierto camino tomando decisiones meditadas, sopesando pros y contras. De una manera u otra, siempre había salido adelante, y estaba segura de que aquel día no sería diferente.
Entré, subí corriendo las escaleras y me dirigí a mi oficina, pero la inconfundible voz de Anthony me detuvo.
—Sin duda podríamos hacerlo, pero necesitamos una buena estrategia.
Giré la cabeza y lo vi acercándose con Beckett. Anthony fijó su mirada en mí.
—Buenos días, Daisy.
Mierda, ahí estaba el fallo de mi plan. Por mucho que quisiera ser totalmente profesional, mi cuerpo reaccionaba cada vez que pronunciaba mi nombre. Había sucedido lo mismo un millón de veces desde que empecé a trabajar para él, pero después de la noche anterior…
—Hola —dijo Beckett—. He oído que te lo pasaste bien anoche.
Me quedé paralizada. ¡Mierda! ¿Anthony le había contado lo nuestro? No podía ser.
—Bueno, entonces… ¿El Sazerac de Julian es el mejor o no? —preguntó Beckett, y me invadió una sensación de alivio.
—Definitivamente el mejor —respondí con una voz que sonó extrañamente robótica.
Beckett frunció el ceño y se giró hacia Anthony.
—Me voy. Tengo una reunión en el Café Du Monde . Retomaremos nuestra conversación cuando haya tenido tiempo de pensarlo.
—Claro —asintió Anthony. Luego se dirigió a mí—. Daisy, acompáñame a mi despacho por favor. Tenemos una conversación pendiente.
Un sofoco, seguido de un frío intenso, me hizo sudar. Maldita sea, el hombre no se andaba con rodeos. Esperaba que se lo tomara con más calma.
Caminé delante de él, sintiendo su mirada fija en mí. Al girar la cabeza para comprobarlo, confirmé que me estaba mirando fijamente. Volví a ruborizarme. Por dentro, me sentí paralizada otra vez.
Detrás de mí, oí a Anthony cerrar la puerta. Yo seguía sin poder moverme. Estar a solas con él me transportó de vuelta al bar.
El silencio se adueñó del espacio durante unos segundos. Luego oí que soltaba el pomo y se acercaba lentamente. Se cruzó de brazos, con una expresión seria y una mirada tan intensa que no sabía si estaba enfadado. De repente, me sentí tan perdida como el primer día.