Un rebelde inolvidable Capítulo Doce
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Capítulo Doce

ANTHONY

Daisy se llevó la muñeca a la nariz:

—¡Huele aún mejor en mi piel!

—¿Te importa? —pregunté, señalando su otra muñeca.

—N-no, en absoluto —tartamudeó.

Le agarré la muñeca y la acerqué a mi nariz. Al instante se le puso la piel de gallina.

—El aroma de tu perfume es jodidamente irresistible. —Ella dejó escapar un ligero resoplido—. Tú eres jodidamente irresistible.

No solté su muñeca. No podía. No quería menos contacto, necesitaba más. Lo ansiaba.

—Anthony —susurró.

Oír mi nombre de su boca hizo que mi autocontrol, que ya pendía de un hilo, se desbocara.

—Quiero mantener las distancias contigo —dije en voz baja—. Pero parece que no soy capaz de hacerlo.

—Eemm, yo tengo el mismo problema.

Le levanté la barbilla. Tenía toda la intención de decirle que aquello no era conveniente. Pero perdí completamente la cabeza y la besé.

Daisy puso ambas manos sobre mis hombros y fundí mi boca con la suya apasionadamente, explorándola a fondo, tal y como había deseado durante días.

Sabía de maravilla. Cuando gimió, me puse duro como una roca.

La apoyé contra la pared más cercana, buscando el apoyo necesario para poder besarla con más profundidad.

Luego moví ambas manos sobre su torso, comenzando por su cintura.

Toqué las curvas de sus caderas y luego volví a su trasero.

Soltando un gruñido, logré aferrarme a los últimos retazos de mi autocontrol y detuve el beso.

—Daisy, si no quieres esto, podemos marcharnos ahora mismo.

—No tengo intención de ir a ninguna parte.

—Joder, si te quedas aquí un segundo más…

—Quiero quedarme. Te deseo. Sé que es una locura, pero es la pura verdad.

Con Daisy no había término medio. O mantenía la distancia por completo o hacía esto . Tenía que hacerla mía.

—Tu vestido me está volviendo loco —dije mientras le besaba el cuello.

—Pues lo he elegido específicamente porque es super… formal.

—Precisamente por eso me vuelve loco. Te habría devorado allí mismo, contra la barra del bar.

Ella soltó una risita que al instante se transformó en un gemido.

—Quería ponerme las gafas —susurró—, pensé que complementarían muy bien el conjunto. Me harían parecer la típica empollona de oficina.

—Esas gafas son jodidamente sexys —afirmé—. Igual que tú.

Me enderecé, percatándome de que todavía estábamos junto a la puerta. Cualquiera podía entrar. Eché un vistazo a la cerradura y la giré. Daisy contuvo el aliento y apretó los muslos.

Entonces acerqué mi boca a su oído.

—¿Te ha excitado? —pregunté—. ¿Que haya girado la llave en la cerradura? ¿Saber que estás aquí sola conmigo?

—Sí, mucho.

—¿Estás mojada?

—Sí, demasiado. —Su voz era un susurro.

Aparté su coleta, que caía justo sobre el punto donde se había puesto el perfume, y acerqué mi nariz por debajo de su oreja.

—Este perfume te sienta muy bien. Demasiado.

Se humedeció los labios. Estaban rojos y más carnosos por la huella de mi beso, lo que me atraía a un nivel salvaje y visceral.

Deslicé mi mano bajo su vestido para sentir lo mojada que estaba.

Ansiaba tocarla íntimamente en ese instante, así que primero acaricié la cara interna de sus muslos antes de deslizar mis dedos bajo sus bragas.

¡Joder! Estaba totalmente lista. Sabía que podía recibir mi polla de inmediato, pero primero tenía otros planes.

Empecé a mover mis dedos a un ritmo lento sobre su clítoris y, al instante unos temblores se apoderaron de su cuerpo.

—¡Anthony! —dijo, y luego gimió.

No podía dejar de besar su cuello ni de acariciar su clítoris. Estaba desesperado por hacer que se corriera en ese mismo instante, y sabía que el momento estaba cerca.

Ella empujó sus caderas contra mi mano; era muy sexy. Eché la cabeza ligeramente hacia atrás para tener una mejor vista. El sonido de su gemido llenó la habitación mientras me agarraba los hombros, clavando suavemente las uñas en mi piel.

Entonces, moví la palma de la mano en círculos, con mis dedos empapados, y ella arqueó las caderas mientras el placer la atravesaba como un rayo.

No podía dejar de mirarla mientras estimulaba su sexo, alternando las embestidas suaves con un dedo con las caricias directas en su clítoris, para luego intensificarlo con dos.

Daisy seguía intentando no hacer ruido, y me di cuenta de que estaría más cómoda si no tuviera miedo de que los demás la oyeran.

Se concentraría en su placer y se entregaría más fácilmente.

Capturé su boca, asimilando cada sonido.

Cuando noté que sus músculos internos se tensaban, hice una pausa y luego la besé de nuevo justo cuando el orgasmo recorría todo su cuerpo.

Sentir las reverberaciones de su clímax me volvió loco.

Volvió a colocar ambas manos sobre mis hombros, moviendo las caderas, tomando todo lo que necesitaba. Sí, eso es, preciosa.

Solo interrumpí el beso y retiré mis dedos cuando sentí su respiración calmada y su cuerpo completamente relajado. Temblaba ligeramente entre mis brazos y respiraba de manera profunda.

Acto seguido, jadeó.

—Dios mío, Anthony.

—Nadie ha oído nada, tranquila.

—¿Estás seguro? ¿Hay algún baño cerca?

—Sí, hay uno justo ahí. —Señalé la puerta detrás del escritorio. Daisy se dirigió inmediatamente hacia allí y yo la seguí.

Mientras ella se aseaba, yo me lavé las manos. Al salir, noté que evitaba mi mirada.

—Daisy, ¿qué pasa?

Ella bajó la mirada y se alisó el vestido. Le cogí la cara con ambas manos, pero sin obligarla a mirarme. Quería que lo hiciera ella. Finalmente, me miró a los ojos.

—Esto es una locura. Nunca he… Dios mío, eres mi jefe.

—Relájate. Respira. Somos dos adultos que hemos disfrutado —dije con voz calmada.

La confusión en sus ojos era evidente. Intenté ponerme en su lugar.

—¿Qué te haría sentir cómoda en este momento?

Al instante se relajó.

—La verdad, no lo sé, pero supongo que deberíamos volver fuera.

—Cierto.

—¿Crees que alguien se ha dado cuenta de nuestra ausencia?

—Sinceramente, no. Y si lo hubieran hecho, podemos decir que mi asistente y yo fuimos a la oficina a ocuparnos de unos asuntos administrativos. No hay nada extraño en eso.

—Tienes razón. —Echó la cabeza hacia atrás—. Dios, no debería estar haciendo esto más incómodo de lo que ya es.

—Exactamente. ¿Quieres una copa? —pregunté, y ella sonrió.

—Sí, no me vendría nada mal.

—Entonces vamos.

Cogimos diez bolsas de regalo cada uno. Al abrir la puerta, le indiqué que saliera primero. Como era de esperar, nadie nos prestaba atención. El lugar estaba abarrotado y era imposible saber quién entraba o salía.

Mientras Daisy y yo nos dirigíamos a la barra, no dejaba de mirar hacia todas partes.

Quería apartarla a un lado y tranquilizarla, pero no tuve oportunidad.

Chad, Scarlett y Bella se encontraban en la barra.

Bella estaba sentada en una silla, con un vaso de zumo de naranja en la mano y mirando fijamente al escenario, hipnotizada. Por supuesto, habían ido sin Simone.

—¡Hola! —los saludé—. Es un poco tarde para venir, ¿no? Pensé que acabaríais viniendo otro día.

Bella me miró:

—Papá dijo que podíamos venir.

Chad se encogió de hombros:

—Hay que saber elegir qué batallas librar.

Tanto él como Scarlett miraron a Daisy.

Ese era mi pie.

—Scarlett, te presento a mi asistente, Daisy.

—¿Qué tal, Daisy? —preguntó Scarlett.

Ella le sonrió:

—Muy bien, gracias. No puedo creer que todos los participantes tengan tanto talento.

—¿A que sí? El chico anterior era muy bueno. Espero que firme un contrato con alguna discográfica esta noche.

Casi por reflejo, miré a Daisy. Ella se sonrojó, pero asintió sin responder. Claro, no tenía ni idea de quién había tocado mientras estábamos en la oficina.

—Tío Anthony, ¿esta es la noche más guay o las siguientes son aún mejores?

Chad emitió un sonido bajo, casi un gruñido. Lo miré, tratando de descifrar qué quería decir. Entonces, su pregunta fue cobrando sentido. Conocía muy bien a mi sobrina: estaba evaluando si podía convencer a su padre para que la dejara volver.

—La noche del estreno siempre es la mejor. Además, solo has venido a por la foto, ¿verdad? Con el… participante con más talento.

No me atreví a decir “el chico más guapo”. Todavía estaba tratando de olvidar que ella lo había dicho.

—Ya la he hecho. Scarlett me dio su teléfono. —Miró a su alrededor brevemente y luego se volvió hacia mí—. Me gusta este lugar. Me hace parecer guay estar aquí, por eso quiero volver. Papi, tal vez pueda aprender algunas cosas sobre jazz si vengo otra vez.

Vaya listilla. Incluso Daisy pareció darse cuenta por dónde iban los tiros, porque se estaba riendo.

Bella se giró entonces hacia Daisy:

—¿Qué te parece, Daisy? ¿Las otras noches serán tan guays como esta?

—Es mi primera vez, así que no tengo ni idea. Pero esta noche es divertida, ¿a que sí?

Bella asintió, bebiendo de su zumo de naranja.

—Sí, pero creo que las próximas serán aún más divertidas.

Sin duda, le estaba empezando a entrar el miedo de perderse algo.

Me miró con cara de interrogación y supe que tenía que darle una respuesta.

—Algunas noches son increíbles y otras simplemente están bien —dije con sinceridad—. Depende de lo que elijan tocar y todo eso.

—Papá, ¿podemos venir la próxima noche también?

—Ya veremos —respondió Chad.

—¡Sííí! —Aplaudió y luego saltó de la silla y vino a abrazarme—. Gracias, tío Anthony.

—¡Pero si él no ha hecho nada! —exclamó Chad—. Yo soy el que ha aceptado.

Pero Bella no me soltó así que yo la abracé también. Últimamente ya no quería dar tantos abrazos como antes, así que disfrutaba de cada uno de ellos.

Una vez que Bella me soltó, Scarlett dijo:

—Chicos, veo unas sillas delante. ¿Queréis que nos sentemos allí?

—¡Sí, vamos! —exclamó Bella.

—Si me decís cuándo pensáis volver, os puedo reservar asientos —ofrecí.

—O podéis enviarme un correo electrónico en cualquier momento —dijo Daisy.

Bella miró a Daisy como si fuera su nueva persona favorita.

—Sí, papá, ¿puedes decirle cuándo volveremos?

Chad se rió:

—Lo pensaré y te lo diré, Daisy. Gracias.

En cuanto los tres se fueron hacia la parte delantera, Julian se acercó a nosotros.

—Tenéis cara de necesitar una copa —afirmó mientras Daisy y yo dejábamos las bolsas de regalo junto a la barra. Se las entregarían a cada artista antes de que se marcharan. Como de costumbre, mi hermano sabía leerme a la perfección.

—¡Totalmente! —exclamó Daisy.

—Vaya, ¿así de urgente la necesitáis? —dijo Julian—. Pues entonces, un Sazerac os va a salvar.

—Prepárame uno —respondí.

Daisy asintió:

—Otro para mí. Anthony no para de decir que es el mejor de la ciudad. —Hablaba más rápido de lo habitual, lo que me indicó que estaba nerviosa.

—¿Ah, sí? Qué interesante… —comentó Julian, mirándonos a los dos.

¡Venga ya! ¡No era posible que se hubiera dado cuenta!¡No podía darse cuenta de nada con eso!

Arqueó una ceja y esbozó una sonrisa. Sí, lo ha hecho.

No podía creerlo.

Preparó rápido las bebidas y puso dos vasos delante de nosotros.

Mientras nos sentábamos en las sillas que Scarlett y Bella habían dejado libres, dije:

—Daisy, a partir de este momento, no estás aquí como mi asistente. sino para disfrutar del espectáculo. —Después de una pausa, añadí—: Tu jornada se ha acabado por hoy.

Tragó saliva con dificultad y dio un sorbo a su Sazerac :

—¡Está buenísimo!

—Gracias. —Julian seguía mirándome con una ceja levantada.

Negué con la cabeza y él se encogió de hombros. Lo último que quería era que la hiciera sentir incómoda.

Le di dos tragos largos a mi copa, disfrutando de cómo me quemaba la garganta mientras el hielo me refrescaba.

Quería hablar con Daisy en un lugar más tranquilo.

Debería haber insistido en que nos quedáramos en la habitación para aclarar las cosas, pero no había sido capaz de pensar con claridad.

Justo cuando estaba a punto de pedirle que fuéramos a otro sitio, Sal, uno de los productores a los que había invitado esa noche, se acercó a mí.

—Anthony, me alegro de verte. ¿Te apetece hablar de negocios? —Echó un vistazo a mi Sazerac .

—Sí. Apenas es el primer vaso.

—Perfecto. ¿Podemos hablar en privado?

—Claro, hay una oficina en la parte de atrás.

—Estupendo.

Miré a Daisy y a Julian.

Julian asintió, pero Daisy simplemente desvió la mirada.

Giré la cabeza para mirarla mientras llevaba a Sal a la trastienda.

Estaba charlando con Julian. Me centré en su lenguaje corporal.

Tenía los hombros relajados y las piernas a los lados de la silla.

Julian tenía una extraña habilidad para hacer que la gente se sintiera cómoda.

Estaba deseando terminar la conversación con Sal para poder volver con Daisy.

Pero cuando volví al bar una hora más tarde, Julian me dijo que ya se había ido.

Mierda.