Un rebelde inolvidable Capítulo Once
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Capítulo Once

ANTHONY

Se suponía que debía estar en el bar en media hora, pero se me estaba haciendo tarde.

Después de vestirme, comprobé el móvil y me di cuenta de que tenía una llamada perdida de Isabeau. Me pareció raro, ya que ella siempre prefería hablar en persona, así que la llamé de inmediato.

—Hola, Isabeau.

—¡Anthony! ¿Te he pillado en un mal momento?

—Estoy a punto de irme al concurso de jazz , pero dime.

—Es en el Barrio Francés, ¿verdad?

—Sí.

—¿Te importaría pasarte por la tienda antes?

—¿Pasa algo? —pregunté, de repente preocupado.

—Nos gustaría hablar contigo.

—No tengo mucho tiempo. ¿Va todo bien? ¿Es urgente?

—Sí, todo va bien. ¿Vas a ver a Daisy esta noche?

—Sí, estará allí.

—Entonces sí, es urgente.

Eso me desconcertó.

—No lo entiendo.

—Te lo explicaría por teléfono, pero ya sabes que prefiero hablar en persona.

Así era Isabeau. Le gustaba observar la expresión de su interlocutor en sus conversaciones.

Bueno, desviarme hasta su tienda no me tomaría demasiado tiempo.

—Vale. Estaré allí en veinte minutos.

—Genial. Te esperamos.

No tenía ni la más remota idea de qué querían contarme. Y me pregunté qué tenía que ver Daisy en todo aquello.

Cuando llegué a Fragrant Delights , me encontré con el cartel de “Cerrado”. Eran poco más de las siete, se suponía que estarían abiertas otros cincuenta minutos. ¿Una conversación tan crucial que no permitía interrupciones? Definitivamente, debía ser algo serio.

Al entrar, vi a mis abuelas tras el mostrador.

—¡Hola! Habéis cerrado temprano…

Celine alzó un pequeño frasco con una sonrisa traviesa:

—Tuvimos que finalizar algunos detalles para dedicarnos por completo a ti una vez llegaras.

Isabeau era más directa, pero Celine irradiaba una autoridad particular. Era más reservada, pero no se le escapaba nada.

—¿De qué va esto? Ya le dije a Isabeau que no tengo mucho tiempo.

Celine asintió:

—No nos tomará mucho.

—¿Por qué preguntasteis por Daisy?

—Ha estado aquí hoy —respondió Isabeau.

Parpadeé, sorprendido.

—Mmm…Vale…

—Vino con su amiga Annelise. Compró una fragancia básica para su madre y quería una personalizada para ella.

—¿Y por qué me contáis esto?

—Porque tenía pensado prepararle una mezcla con fresia —me informó Isabeau.

—Mmm, sigo sin entender qué tiene que ver esto conmigo.

—Es verdad, no te lo hemos explicado —respondió—. ¿Recuerdas que hablamos de un antídoto contra la lila?

¡Otra vez con la maldita lila!

—Sí. —Me apoyé en el mostrador, luchando por mantener la compostura.

Celine sonrió con picardía:

—Pues la fresia es el antídoto perfecto.

Fruncí el ceño:

—¿Y se puede saber cómo habéis llegado a esa conclusión?

Isabeau negó con la cabeza.

—Tú no preguntes. Hay cosas que es mejor no saber. Así vivirás más tranquilo.

—Sigo sin entender mi papel en todo esto.

—Verás, creemos que no deberíamos darle fresia a Daisy —respondió Isabeau.

—Sí, ella tiene más perfil de lilas —murmuró Celine.

Me tensé, irguiéndome.

—¿Qué habéis hecho ahora?

—¡Nada! Por una vez, no hemos hecho nada. Por eso te llamamos. Queríamos consultarte primero —explicó Isabeau.

—Ya veo…

—Bueno, ¿qué opinas? —preguntó Celine.

Miré al suelo, sopesando mis palabras. No podía andarme con rodeos. Volví a mirarlas:

—Que todo esto son tonterías.

Celine se quedó boquiabierta. Isabeau se limitó a negar con la cabeza.

—Ay, ¿cuándo aprenderéis los hombres? Mira, si tan convencido estás de que esto no sirve para nada, supongo que no te importará llevárselo a Daisy, ¿verdad?

Celine se acercó y me puso en la mano un frasco verde oscuro con tapón dorado.

Levanté una ceja:

—¿Qué se supone que es esto?

—Te encantaría saberlo —soltó Isabeau con un tono burlón.

—Sí, por eso pregunto.

—Pero vamos a ver —intervino Celine—, si piensas que es una tontería sin importancia, como has dicho, no necesitas saber lo que contiene, ¿o me equivoco?

—Vale, me he pasado. Lo siento.

—Buen intento —replicó Isabeau, sonriendo con sorna—. Aún así, no te diré lo que hay dentro.

—¿Y quién ha dicho que me lo vaya a llevar? —Yo también sabía jugar a ese juego.

—Porque le prometimos que te lo daríamos para que se lo entregaras tan pronto como estuviera listo.

Claramente, Isabeau jugaba mucho mejor que yo.

—Vosotras dos vais a ser mi perdición —afirmé.

Isabeau se rió:

—¡Oh, nada más lejos de nuestra intención!

Celine también se acercó.

—Solo intentamos cuidaros, chicos. No entiendo vuestra obstinación en resistiros al amor. Es una pena, sobre todo porque vuestros padres, e incluso nosotras, estas viejas brujas, tenemos matrimonios muy felices. Pensábamos que éramos un buen ejemplo.

—Sí, me pregunto en qué nos hemos equivocado —añadió Isabeau.

No pude evitar que las comisuras de mi boca se curvaran. En el fondo, tenían razón. Eran modelos a seguir excepcionales. No tenía ni idea de por qué la mayoría de nosotros —de hecho, al principio, todos— estábamos empeñados en ser solteros de por vida.

—Me encantaría seguir charlando, pero no tengo mucho tiempo. —Cogí el frasco de perfume, esperando no arrepentirme, y les dije—: Se lo daré a Daisy de vuestra parte.

Celine asintió:

—Sí, por favor.

—Me he quedado con la intriga de por qué cambiasteis de opinión con lo de las lilas y la…

—Fresia —terminó Isabeau por mí.

—Te lo diríamos —respondió Celine con dulzura—, pero no estás preparado para oírlo.

A eso me refería exactamente con respecto al carácter de Celine. Puede que fuera más callada que Isabeau, pero no se le escapaba ni una.

—Y, además, como no crees en todas estas tonterías —dijo Isabeau, enfatizando la palabra—, no creo que tenga la más mínima importancia después de todo.

Era cierto. Estábamos dando vueltas a lo mismo y no quería discutir con mis abuelas. Las tenía en muy alta estima.

—Siento haberlo expresado así. Ha sido muy maleducado de mi parte.

—Sí, sin duda —dijo Isabeau—. Pero agradecemos tu sinceridad.

—¿Ah, sí?

—Es bueno saber lo que piensas —respondió Celine.

Les di un beso en la mejilla a las dos.

—Tengo que irme, no quiero llegar tarde.

—Claro.

—¿Tenéis planes para esta noche?

—Vamos a impartir un taller —respondió Celine.

—¿A qué hora empieza?

—En dos horas. Tus abuelos y Beckett están en el barco, en el pantano. Van a volver muy tarde, así que hemos decidido quedarnos aquí hasta entonces.

—¿Queréis que os recoja cuando termine?

Isabeau se rió.

—Me encanta cómo nos mima toda la familia. No te preocupes. Tu padre ya se ha ofrecido a hacerlo.

—Genial.

Tras salir de la tienda, fui directo al concurso de jazz .

El lugar estaba en las afueras del Barrio Francés, entre dos edificios de ladrillo rojo.

Rousseau’s había sido un bar clandestino décadas antes.

En la actualidad, acogía muchos espectáculos de comedia.

El único inconveniente era que no funcionaba como bar, así que Julian se estaba encargando de suministrar todo lo necesario durante el tiempo que durara el evento.

El concurso de jazz era famoso en Nueva Orleans.

El primer año se habían inscrito cincuenta artistas y aquel año había mil doscientos cincuenta.

Mi equipo tuvo que hacer una criba con todas las solicitudes primero, lo cual fue una pena.

Por eso, ya estaba barajando la posibilidad de celebrar el concurso dos veces al año, para poder incluir al mayor número posible de artistas.

Dentro había un ambiente de fiesta total.

La sala era enorme, pero ofrecía una acústica excelente.

En ese momento, había un saxofonista en el escenario y sonaba de maravilla.

La mayoría de los participantes eran profesionales, lo que hacía muy difícil elegir a los ganadores.

Por mi parte, me aseguraba de invitar a ejecutivos de distintas discográficas todas las noches que duraba el evento.

El certamen servía de trampolín para bastantes músicos; no necesitaban ganar para que una discográfica se fijara en ellos.

Vi a Julian, quien me saludó desde detrás de la barra.

—¿Qué haces aquí esta noche? —le pregunté al acercarme—. Pensaba que solo te encargarías del suministro.

—Ya me conoces: me gusta estar al pie del cañón la primera noche para asegurarme de que todo salga rodado.

—Muchas gracias.

—Sin problema, es divertido. Por cierto, Daisy está al otro lado de la barra —me informó Julian.

—Genial, ya ha llegado.

—Sí. Me cae bien, así que no la espantes, hermano.

—No es mi intención.

—Nunca lo es, pero siempre terminas haciéndolo. Aunque, cuando habla de ti, no parece que te odie, así que supongo que estás progresando.

—Exactamente —sonreí—. Voy a reunirme con ella.

Daisy estaba concentrada en el escenario, siguiendo el ritmo con el pie y con un daiquiri en la mano. ¿Se había venido vestida de la oficina? Pero eso no podía ser porque era domingo. Me extrañó que todos íbamos informales menos ella. Debía admitir que ese vestido negro le quedaba impresionante.

Aproveché que no me había visto para admirarla. Tenía su iPad pegado al pecho.

—Veo que te estás aficionando a los daiquiris.

—¡Oh, hola, Anthony! Es sin alcohol.

—Ya veo. ¿Alguna razón para no beber?

Levantó el iPad a modo de defensa y luego dejó el vaso en la barra:

—Esto es increíble. Ya he visto tres actuaciones y los contrataría a todos.

—Por eso invito a los ejecutivos de las discográficas a quedarse todo el tiempo que quieran y no solo para ver a los finalistas.

—Es una gran idea —dijo ella con admiración—. Por cierto, se supone que debo ir a la trastienda a recoger los regalos para los participantes de hoy, pero está cerrada con llave.

—Yo tengo la llave. Vamos juntos. —Eché un vistazo a mi alrededor—. Puede que Bella, Chad y Scarlett se pasen, pero no están seguros aún. Les dije que la noche de apertura suele ser una locura con toda la gente que viene.

—Julian ha hablado hace un rato con Chad. Van a venir, pero llegarán más tarde.

—Entonces vamos a por los regalos.

La trastienda era una combinación de oficina y almacén. Había un escritorio, una silla, un sofá y docenas de cajas. Alguien había dejado las bolsas de regalo justo al lado de la puerta.

—Antes de que se me olvide, tengo algo para ti —dije, sacando el pequeño frasco de mi bolsillo—. Mis abuelas te mandan saludos y tu perfume.

—¡Qué bien! Ya está listo.

Se humedeció los labios y yo apenas pude contener un gruñido. Algo en su vestido me estaba volviendo loco más rápido de lo normal.

—¿Te han dicho cuáles son los ingredientes? Hoy no tenían muy claro qué ponerle.

Me aclaré la garganta:

—No lo sé.

Era la pura verdad. Y no tenía sentido contarle lo de la locura de la fresia y la lila. Odiaba admitirlo, pero incluso yo tenía mucha curiosidad por saber qué contenía.

Lo destapó e inhaló suavemente.

—Vaya, me encanta. Es el primer perfume desde que descubrí Coco Mademoiselle que realmente quiero usar. ¿Quieres olerlo?

—Claro. ¿A ver?

Incliné la cabeza y, de repente, me encontré peligrosamente cerca de sus labios. El perfume era exquisito y ansiaba olerlo sobre su piel.

—¿Quieres ponértelo? —pregunté.

—¡Claro! Aunque no sé muy bien cómo se aplica. Siempre he usado los de pulverizador. Esto es esencia, no eau de parfum .

Me aclaré la garganta.

—Mira, así. —Cogí el frasco de su mano y agarré su muñeca—. Aplica un poco aquí. —Apoyé su muñeca contra el frasco y lo sostuve dado vuelta durante un segundo antes de retirarlo—. Y luego te frotas la muñeca contra el cuello.

Le levanté la mano, guiándola hasta un punto justo debajo de la oreja. Daisy frotó su muñeca por la zona brevemente.

—Gracias —murmuró.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no acercarme e intentar oler el perfume directamente de su piel.