Capítulo Diez #2
—No te preocupes, seguro que lo entienden. A los jóvenes de hoy en día les gusta explorar el mundo.
—Pero ese no es vuestro caso, ¿verdad?
—No, ¡hemos tenido mucha suerte! Todos nuestros nietos quisieron quedarse en Nueva Orleans. —Dejó varios frascos pequeños sobre el mostrador—. Pruébalos y dime qué te parecen. Especialmente este. —Dio un golpecito a un pequeño frasco azul oscuro.
—¿Qué tiene?
—Fresia.
Hice exactamente lo que me indicó.
—¿Qué tal tus dos primeras semanas en la oficina? —preguntó mientras olía los frascos.
—Muy interesantes. Anthony es un jefe estupendo.
—¿Ah, sí?
—Sé que tiene fama de ser duro con sus asistentes.
Se quedó boquiabierta. Era evidente que no esperaba que supiera eso. Luego se recompuso y asintió.
—Bueno, sí. Ya que estamos hablando abiertamente de ello, ha espantado a bastantes.
—Pues a mí me ha tratado muy bien y estoy aprendiendo mucho. Estos son los que más me gustan. —Señalé los dos frascos del medio e Isabeau los apartó a un lado.
—Pero solo vas a trabajar para él temporalmente, ¿verdad?
—Ese es el plan. Pero ya sabes lo que se dice sobre los mejores planes… Me mudé aquí pensando en ser directora de marketing , pero al final no tuve suerte, así que estoy intentando mantener la mente abierta. ¿Tienes algún perfume ya preparado? Me encantaría enviarle uno a mi madre.
—Sí, tenemos bastantes.
—Genial. Las fragancias siempre han sido un vínculo especial entre nosotras. Lo único es que, a diferencia de mí, mi madre varía mucho de perfume.
—También podemos enviárselo.
—No hace falta. Annelise se lo puede llevar. Vive cerca y, entre tú y yo —dije en tono conspirador—, es mi pequeña espía. Me avisa inmediatamente si surge algún problema, ya que mis padres se empeñan en que no me preocupe por nada.
—Pero te preocupas de todos modos —la voz de Isabeau se suavizó.
—No puedo evitarlo…
—Nuestros chicos también se ponen así con nosotras.
—Sí. Anthony dijo que la mayoría de las veces va a pescar con sus abuelos para vigilarlos. —Entonces, al darme cuenta de que acababa de revelar algo que él me había contado en confianza, apreté los labios—. Ups. Espero que no sea algo íntimo de la familia. No era mi intención delatarlo.
Ella se rió entre dientes:
—Lo cierto es que es un secreto a voces. Todos los chicos hacen lo mismo.
—Uf, menos mal, ya no me siento tan culpable…
Isabeau me miró de forma extraña y sentí un vuelco en el estómago. Mierda. ¿Me habré pasado de la raya?
—Ya… Perdona, cariño, pero no creo que pueda terminar un perfume para ti ahora mismo.
Me desanimé al instante.
—¿Por qué no?
—Necesito algo de tiempo para pensar qué debería contener.
Parpadeé varias veces y miré hacia Annelise y Celine. Estaba preparando un frasco pequeño para mi amiga. Evidentemente, Annelise había conseguido su perfume personalizado.
Volví a centrarme en Isabeau. Me estaba mirando con mucha atención.
—Entonces… ¿debería volver la semana que viene?
De repente me sentí muy tonta. ¿Qué está pasando?
—Se lo daremos a Anthony cuando esté listo.
—Gracias. —¿Acaso esa sería su manera de proceder habitual?—. Espero no haberte ofendido. —Empezaba a preocuparme.
—¡Oh, no! En absoluto. —Isabeau se dio la vuelta y rebuscó entre unas cuantas cajitas.
Mmm… ¿Solían despachar a los clientes potenciales así de rápido con la excusa de que tenían que pensar en los ingredientes? No parecía probable.
—Ahora, busquemos algo para tu madre. ¿Qué perfumes le gustan? —preguntó Isabeau.
—Su favorito es Euphoria, de Calvin Klein.
—Perfecto. ¡Sé exactamente lo que necesita! —Sus ojos se iluminaron.
¿Lo sabía así, tan fácilmente? ¿Y sin embargo necesitaba tiempo para pensar en lo que me iba bien a mí? Aquello me parecía de lo más extraño.
Me acerqué a Annelise mientras pagaba con su tarjeta y luego pagué por el de mi madre.
—¿Qué has comprado? —me preguntó.
—Un perfume para mi madre, iba a pedirte que se lo llevaras.
—Claro, se pondrá muy contenta. Le encantan las fragancias.
—Coméntanos qué le parece y si le gusta más que otras que tenga —dijo Isabeau.
Casi me entra la risa. ¿Todos en la familia eran tan competitivos?
—Claro, se lo comentaré —respondió Annelise antes de volverse hacia mí—. Entonces, ¿no has comprado nada para ti?
—No. Isabeau necesita más tiempo para decidir qué me va bien.
Al instante, Celine miró a Isabeau, que se limitó a negar ligeramente con la cabeza.
Lo sabía. Algo no cuadraba, pero ¿qué era? Algo se traían entre manos, estaba segura.
—Bueno, nos vamos. Que tengáis un buen domingo —saludé.
—Igualmente. Si os quedáis por el Barrio Francés hasta la noche, tened cuidado, sobre todo en la calle Bourbon —dijo Celine.
Me habría hecho de oro si me hubieran dado un euro por cada advertencia local que recibí sobre no ir a la calle Bourbon un sábado por la noche.
Por supuesto, ignoré todas esas advertencias.
Aunque estaba algo más animada de lo normal a esa hora, no veía por qué la gente se inquietaba tanto por caminar por allí.
Al salir de la tienda, escuché con claridad cómo Isabeau mencionaba el nombre de “Anthony” a Celine.
Respiré hondo. Dios. ¿Ya me he metido en un lío?
Annelise y yo nos quedamos paseando por el Barrio Francés un buen rato antes de volver a casa.
—¿Así que me vas a dejar plantada esta noche? —preguntó.
—No. Es solo que tengo que trabajar.
—¿Puedo ir contigo?
Lo analicé durante unos instantes mientras me mordía el interior de la mejilla.
—Creo que no sería muy profesional aparecer en el evento con mi mejor amiga. Parecería que estoy allí para divertirme.
—Me has roto el corazón.
—Ja, ja. No me odias, ¿verdad?
—Qué va. Por supuesto que no, es que me gusta burlarme de ti. —Sonrió—. Además, quiero llamar a Kevin y luego terminar esa serie de Netflix de la que te hablé.
Nos dirigimos a mi armario para que pudiera ver qué tenía para elegir.
—¿Qué te vas a poner? —preguntó.
—Algo profesional. —Saqué un vestido negro tipo lápiz, uno de mis favoritos—. Lo combinaré con unas bailarinas doradas.
Annelise me miró, parpadeando por la sorpresa.
—Vas a desentonar. Es un conjunto muy conservador.
—Esa es la idea. Quiero que la gente sepa que estoy allí por trabajo.
Annelise se sentó en mi cama y asintió:
—Mmm, sí, tienes razón. ¿Pero puedes al menos combinarlo con tacones?
—No. No quiero tener que estar pendiente de cada paso que doy.
No tardé mucho en arreglarme. Me puse el vestido y las bailarinas, y luego me recogí el pelo en una coleta muy tirante.
Estuve tentada de ponerme también las gafas, solo para dar una imagen de profesional consumada, pero la verdad era que las necesitaba solo cuando trabajaba muchas horas delante de una pantalla.
—¿Lista para ver a tu jefe y no abalanzarte sobre él? —preguntó Annelise mientras caminábamos hacia la cocina.
—Annelise, estás imposible.
Se rió:
—Lo siento, no puedo evitarlo. Es que todo esto no es propio de ti.
—Y que lo digas… —suspiré—. Ni siquiera yo estoy segura de lo que está pasando. Cada mañana entro en la oficina convencida de que lo nuestro será puramente profesional, y luego…
—¡Todo se os va de las manos!
—Exacto.
—Vaya, él saca tu lado travieso. La verdad es que, si no fuera tu jefe, eso no tendría nada de malo. —Su expresión se volvió seria—. Bromas aparte, eres consciente de que no es una buena idea meterte en esto, ¿no?
—Por supuesto que lo sé. ¿Existe algo más trillado que el romance entre jefe y empleada? Se acabaría sabiendo, no me cabe duda.
—Bueno, al menos se nota que estás intentando hacer lo correcto…
—Claro que estoy intentando —aseguré—. Muchísimo.
—Venga, dejaré que acabes de arreglarte.
Empecé a maquillarme, sintiéndome un poco desconcertada. No esperaba ese comentario tan tajante. Eso no era propio de Annelise.
Mientras me aplicaba el rímel, recibí un mensaje de Anthony.
Anthony: ¿Lista para esta noche? Porque yo sí.
Me quedé mirando el mensaje, decidiendo cómo manejar la situación.
Las dos semanas anteriores habían sido… bueno, diferentes.
Me había dedicado alguna que otra sonrisa.
Pasaba mucho tiempo en mi oficina, lo cual no me parecía tan mal, porque me daba la oportunidad de admirar su perfecto trasero.
Yo tampoco había estado muy a la defensiva, la verdad.
Pero ¿por qué debería estarlo? Era bueno sentirse cómoda con mi jefe, ¿no?
Ya, pero una cosa era sentirse cómoda y otra muy distinta tener ganas de abalanzarse sobre él.
Da lo mismo .
Mi presencia en el bar era para asegurarme de que todo iba bien. Si además, me lo pasaba bien, pues mejor. Lo esencial era garantizar que esa diversión no lo involucrara a mi jefe bajo ninguna circunstancia.