Capítulo Diez
DAISY
—Vale, empiezo a entender por qué te gusta tanto esta ciudad —comentó Annelise el domingo.
Estaba más que feliz de que mi mejor amiga hubiera venido a visitarme. Pasamos la noche del viernes en el Barrio Francés y al día siguiente hicimos recorridos por el Garden District y los famosos cementerios. Pero ahora quería enseñarle lo mejor del Barrio Francés.
—Posee un encanto especial que otras ciudades estadounidenses no tienen. Bueno, al menos nuestro pueblo no lo tiene.
—Sin duda es única.
Annelise se había mudado al pueblo de al lado. Se había casado con su novio del instituto, Kevin y, como visitaba a su familia dos veces por semana, podía mantenerme al día de todo lo que pasaba. Aunque tampoco pasaba mucho en nuestro pequeño pueblo natal.
—Me siento como una mala hija por no haber vuelto a casa en tanto tiempo —comenté mientras paseábamos por la calle Dumaine comiendo helado. Hacía muchísimo calor, así que nos apetecía mucho algo fresquito.
—Tus padres saben que eres muy independiente, y ellos también lo son. Pero más allá de eso, ¿no echas de menos nuestro pueblo a veces?
Me mordí el labio inferior.
—Sinceramente, no. Me gusta todo esto. —Hice un gesto circular con la mano que tenía libre—. Mudarme a lugares nuevos, explorar… Me gusta la aventura. Lo único que me falta es poder encontrar el trabajo de mis sueños aquí.
—O, a lo mejor podrías quedarte en el que tienes, ¿no?
—No está mal —admití—. Pagan muy bien.
—Además, tener a ese jefe tan cañón es un buen incentivo, ¿no? —Movió las cejas con picardía.
—Oye, no te lo he contado para que te burles de mí.
—¿Pero entonces para qué están las mejores amigas? —preguntó Annelise.
—Eres tremenda.
—Pero me quieres.
—Claro que sí.
—Oye, ¿qué tal si entramos aquí? —sugirió, señalando una tienda que vendía amuletos y cristales.
—Bueno.
Nueva Orleans estaba llena de pequeñas tiendas con los productos más variopintos, pero me encantaban. Esta en concreto era realmente diminuta y olía un poco a cerrado. Si hubiera estado sola, no me habría quedado mucho tiempo, pero Annelise estaba fascinada.
La dependienta era una joven que apenas parecía rozar los dieciocho años. Por alguna razón, esperaba que el negocio perteneciera a una señora mayor. Vaya prejuicio el mío…
—¿Buscas algo en concreto? —le preguntó a Annelise.
—No, solo estaba echando un vistazo…
La mujer sonrió:
—Oh, claro. Adelante, estás en tu casa. Sé lo que se siente cuando solo quieres echar un vistazo sin que nadie te presione para que compres nada. Voy a seguir leyendo mi libro.
Sin decir nada más, se dirigió a un cómodo sillón y se sentó con su libro.
—¿Buscas algo para comprarle a Kevin? —le pregunté a Annelise en tono burlón.
—Ja, ja. —Su marido siempre se burlaba de su obsesión por los cristales—. No, estoy aprovechando que él no está aquí para darme un capricho.
—¿Cómo os va todo? —pregunté mientras examinaba un pequeño cuarzo redondo.
—Pues seguimos tan enamorados como en el instituto, a pesar de su creciente barriga cervecera y sus ronquidos. Tenemos que encontrar una solución para eso.
Me eché a reír.
—Oye, no te rías. No es algo menor.
—La verdad es que no tengo ni idea.
—Estuve dándole vueltas y quizás pueda persuadirlo para que durmamos en cuartos separados.
Me quedé boquiabierta.
—Sí, esa es la reacción habitual, pero te adelanto algo: el sexo no tiene por qué ser en el dormitorio. De hecho, nosotros nunca lo hacemos ahí.
—¿Qué opina Kevin al respecto?
—Le parece raro, aunque creo que, en el fondo, él también quiere tener su propio espacio. —Levantó la vista del mostrador—. Bueno, vale. Ya he visto todo.
—¿No vas a comprar nada?
—No, solo quería echar un vistazo.
—Sin problema —dijo la chica desde su sillón—. Espero que os haya gustado y que os paséis otro día.
—Gracias —contesté mientras Annelise le sonreía y le decía adiós con la mano.
—Vaya. ¿Aquí todo el mundo es tan amable y relajado? —susurró Annelise.
—Mmm, no. Creo que solo estaba más interesada en su libro que en nosotras —admití mientras salíamos a la calle—. Oye, ¿qué te parecería si te invito al mejor Sazerac de la ciudad?
Ella echó la cabeza hacia atrás y se rió.
—Pero si es supertemprano.
—Ya, ¿pero por qué no? Es domingo y no trabajo hasta esta noche.
Annelise puso mala cara:
—No puedo creer que tu jefe te haga trabajar un domingo por la noche.
—No me lo ha pedido, pero quiero estar allí en la inauguración del evento. Creo que es importante para mí. Además, fuiste tú quien dijo que quería ponerse al día con esa serie, así que vamos a emborracharte bien antes de eso. Y conozco el bar que tiene el mejor Sazerac .
—Pues venga entonces —dijo Annelise.
—Es de uno de los hermanos de mi jefe.
—¿Hay algo que esa familia no haga?
—Pues ahora que lo dices, me pones en duda… —admití.
Le cogí la mano y entrelazamos nuestros brazos como solíamos hacer en el instituto mientras nos dirigíamos al bar de Julian.
—¿Los bares están abiertos todo el día aquí, las veinticuatro horas? —murmuró.
—Apuesto a que algunos sí.
Llegamos frente al edificio rojo enseguida. Dentro no había mucha gente, por lo que pudimos elegir fácilmente un sitio en la barra y pedir nuestros Sazeracs casi de inmediato.
Una vez que el camarero nos los sirvió, levantamos nuestros vasos.
—¡Salud! —dije con una sonrisa.
—¡Salud! —respondió Annelise mientras brindábamos.
Me eché a reír.
—¿Qué?
—Acabo de recordar la primera vez que bebimos a escondidas; estaba convencida de que mis padres no lo notarían.
—Sí, éramos unas ingenuas, ¿verdad?
—Simplemente nos creíamos muy mayores.
—Tuvimos una infancia maravillosa —señaló ella.
—Totalmente.
—Espero poder darles lo mismo a mis hijos.
Me quedé boquiabierta.
—Espera, ¿estás embarazada?
Ella negó con la cabeza.
—No, si lo estuviera, no estaría tomándome un Sazerac . Pero Kevin y yo por fin estamos listos para dar el paso.
Mi amiga me había confesado que durante muchos años no había estado segura de querer tener hijos, pero ahora parecía que sí.
—¡Pues brindemos por eso, es una gran noticia!
—Nos lo estamos tomando con calma, sin presiones. A él le gusta que ya no esté obsesionada con usar condones.
—Oh, seguro que está feliz —dije riendo, pero algo se me revolvió por dentro.
Dios mío, mi mejor amiga va a tener un bebé pronto .
Por supuesto, me estaba adelantando, porque esas cosas podían llevar su tiempo. Pero, aun así, estaba orgullosa de ella por dar ese paso. Y, al mismo tiempo, sentía un poco de tristeza porque mi vida, en comparación, parecía estar estancada.
—¿Y tú qué? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—Ya me conoces. Nunca pienso en eso.
Aunque esa afirmación no era del todo cierta. Ahora que había mencionado a los bebés, podía imaginarme a mí misma con uno en brazos.
—¿En qué piensas? —preguntó Annelise, y caí en la cuenta de que me había estado observando.
—Pues la verdad es que ni yo misma lo sé.
Suspiré mientras ambas terminábamos los Sazeracs .
—Me apetece mucho otro, pero no creo que sea buena idea.
—No, esto es muy fuerte —coincidió Annelise—. Y está buenísimo, aunque no puedo asegurar que sea el mejor porque no he probado muchos.
—Créeme, que yo ya llevo unos cuantos a mis espaldas.
Ella sonrió:
—Me vale.
—¿Lista para continuar con la aventura?
—Claro. ¿Qué hacemos ahora?
—Bueno… sigamos caminando por las calles y veamos qué nos apetece.
Después de pagar, volvimos a entrelazar nuestros brazos al salir del bar y bajamos por la calle Dumaine.
Cuando divisamos Fragrant Delights , se me ocurrió una idea.
—Esa tienda es de la abuela de Anthony. Hacen perfumes personalizados.
—Siempre he querido uno. —Annelise estaba que no cabía en sí de la alegría. Echó un vistazo al interior—. Hay unos cuantos clientes.
—¡Entremos! —exclamé.
Estaba extasiada. ¿Cómo se me había podido olvidar? Tenía pensado visitar la tienda desde que Anthony me lo contó.
Abrí la puerta y, antes de siquiera entrar, ya me había enamorado de la tienda. El lugar transmitía muchísima paz . Estaba lleno de estanterías repletas de frascos de toda clase, e incluso había vitrinas de exposición. El aire estaba impregnado de diversas fragancias.
Me estaba enamorando de Fragrant Delights .
—¡Daisy! —saludó Isabeau, acercándose inmediatamente a mí. Celine estaba atendiendo a otros clientes.
—Hola, señora LeBlanc. Le presento a mi mejor amiga, Annelise.
—Llámame Isabeau.
—¡Encantada! ¡No puedo creer que hagáis perfumes personalizados! Siempre he querido uno —dijo Annelise.
—Estaremos encantadas de prepararte algo para ti. —Isabeau le sonrió y luego me miró—. Daisy, tengo algo especial para ti. Déjame terminar aquí y te lo traeré enseguida. Iba a dárselo a Anthony, pero ya que estás aquí… —Me guiñó un ojo, lo que me recordó un poco a Anthony.
Una vez que se marchó, Annelise se volvió hacia mí:
—¿Cómo es que ya tienes tanta confianza con ella?
—No la tengo. Solo la he visto una vez. —Estaba atónita.
—Entonces, ¿a qué ha venido ese guiño?
—A mí también me gustaría saberlo.
Mientras ambas charlaban con sus clientes, Annelise y yo miramos en silencio los frascos de la pared. El etiquetado mostraba una caligrafía exquisita, y el logotipo de LeBlanc Broussard era exactamente el mismo que se veía en la fachada de la tienda.
Una vez que los clientes se marcharon, Celine dio una palmada.
—Estupendo. Ahora podemos centrarnos en vosotras. Annelise, ¿verdad? Ven conmigo y te haré algunas preguntas para ver cuál es tu perfume ideal.
—Y tú vienes conmigo —me informó Isabeau.
Celine miró a Isabeau, pero no dijo nada.
—¡Genial! —exclamé.
—¿Cuál es tu perfume favorito? —me preguntó.
No lo dudé ni un segundo.
—Coco Mademoiselle, de Chanel.
—Es muy bueno.
—Mi madre me lo regaló cuando cumplí dieciséis años y lo he usado fielmente desde entonces. He intentado cambiarlo a lo largo de los años, pero ninguno me convenció.
—Entonces eres una clienta difícil —concluyó Isabeau con una sonrisa—. Veamos si podemos hacerlo mejor. ¿Estás muy unida a tus padres?
—Sí, tenemos muy buena relación. Aunque le estaba comentando a Annelise que me siento un poco mal por no haber ido a verlos últimamente.