Capítulo Nueve
ANTHONY
El lunes por la mañana me puse en marcha más temprano de lo habitual.
Primero, llevé a Bella al colegio y luego fui a visitar a las abuelas a Fragrant Delights .
Aunque nos veíamos muy a menudo, me gustaba pasar por su tienda y por la galería de mi madre.
Era más probable que me contaran cosas cuando iba en persona.
La tienda aún no estaba abierta al público, así que estaban las dos solas cuando entré.
—¡Buenos días! —exclamó Isabeau—. ¿Qué te trae por aquí?
—Acabo de dejar a Bella en el colegio. Se me ocurrió pasarme a ver cómo estabais.
Celine se encontraba subida en lo alto de una escalera, apoyada sobre los estantes superiores. ¡Dios mío, mis abuelas estaban empeñadas en provocarme un infarto!
—Celine, yo puedo coger lo que necesites de ahí arriba.
Ella me miró y se rió:
—¿Y qué crees que hacemos cuando no estás aquí?
—Prefiero no saberlo.
—¿Necesitas reponer el gel de ducha? —preguntó Isabeau, dirigiéndose ya a la trastienda.
—¿Por qué? ¿Acaso quieres darme más de ese producto, de esa, eeh, ambrosía?
Se volvió y me miró fijamente, apoyando las manos en sus caderas:
—¿Tan temprano y ya estás burlándote de nosotras, Anthony?
—En absoluto. —Me aclaré la garganta—. ¿Cómo va lo del antídoto?
Celine se echó a reír mientras bajaba con cuidado de la escalera:
—Aún no hemos empezado, pero está en nuestra lista de tareas pendientes para hoy.
—¿Hay algo que pueda hacer para que la cosa avance más rápido?
—Vaya, vaya —dijo Isabeau—. Parece que alguien está muy ansioso por conseguirlo.
Por supuesto que estaba ansioso.
—Normalmente necesitáis algo de información sobre la persona en cuestión antes de hacerle un perfume personalizado, ¿no?
Me dio hasta apuro sugerir algo así. ¿Qué podía contarles a las abuelas sobre mí que no supieran ya?
Isabeau negó con la cabeza:
—No has prestado atención. El perfume no sería para ti, sino para Daisy.
—Ah, claro… Se me había olvidado.
—Se le había olvidado —dijo Celine con sarcasmo—. Si no te quisiéramos tanto, pensaríamos que no te importa nada lo que hacemos.
— Vosotras me importáis —respondí con sinceridad—. Bueno, ¿cuándo creéis que lo tendréis listo?
—Estas cosas no se pueden apresurar —replicó Celine en un tono más suave—, pero le daremos prioridad.
—Gracias. Venga, me voy a la oficina, ¿necesitáis algo más?
Isabeau me sonrió:
—No, pero gracias por pasarte.
—Faltaría más.
Justo cuando salía de la tienda, entraron varios clientes. Isabeau y Celine definitivamente tenían un don para los negocios. El Barrio Francés solía estar muy tranquilo a esa hora del día, por lo que la mayoría de las tiendas estaban vacías, excepto la suya.
Cuando llegué al trabajo, fui inmediatamente al despacho de Daisy. Recursos Humanos le había asignado la oficina contigua a la mía, lo cual me venía perfecto.
Se encontraba sentada en su escritorio, escribiendo a toda máquina. Tenía una vista fantástica de sus largas piernas. Las había cruzado y movía rítmicamente el pie que quedaba en el aire mientras hablaba para sus adentros.
Menos mal que iba a controlarme en el trabajo…
El viernes pasado no tenía planeado pasar tanto tiempo con ella. Había ido al festival con un objetivo en mente: charlar con Gregory, darle a Daisy algunas tareas y largarme de allí.
Pero en cuanto la vi en el bar, supe que eso no iba a pasar.
—Hola.
Daisy me miró:
—Buenos días, Anthony.
—Buenos días.
Sonrió.
—He revisado la agenda y al parecer hoy toca oficina.
Asentí:
—El festival va sobre ruedas, así que no hay necesidad de que nos volvamos a pasar. El concurso de jazz no empieza hasta dentro de dos semanas.
—He visto la lista que me has enviado. Ya voy por la mitad de las tareas de hoy.
—¿Eres madrugadora?
—Sí. Llevo aquí desde las siete y media.
Eché la cabeza hacia atrás:
—No hace falta que vengas tan temprano.
—Lo sé, pero anoche vi la lista y me entraron ganas de ponerme a trabajar.
—Daisy —dije, acercándome a su escritorio—, aquí no hacemos las cosas así. No quiero que te quemes. Siempre envío mis correos electrónicos por la noche aclarando que es lo que a mí me resulta conveniente, pero no pretendo que nadie responda hasta que haya comenzado su jornada laboral.
—Sí, lo he leído, pero aun así quería ponerme con ello. El único problema —dijo bostezando—, es que el madrugón me está pasando factura y ahora mismo siento que necesito una siesta.
Me reí:
—A mí me pasa lo mismo.
—¿Y eso?
Aparté la mirada de ella y miré por la ventana. Tenía que encontrar la manera de luchar contra mi impulso de flirtear con Daisy, ya que aquel día parecía más fuerte que nunca.
—Me ofrecí para llevar a Bella al colegio.
—¿Has llevado a tu sobrina al colegio?
—Sí. Es la única persona por la que me levanto temprano. —Volví a mirar a Daisy.
Su expresión se suavizó.
—¿Lo haces a menudo?
—Bueno, de vez en cuando nos gusta tener nuestras charlas de tío y sobrina por la mañana. Aunque debo decir que ella prefiere pasar ese rato conmigo comiendo beignets en el Café Du Monde 1 .
—Es lógico —respondió Daisy con una sonrisa.
—No es fácil cuadrar esas escapadas entre el trabajo y sus actividades, pero al colegio tiene que ir todos los días. —Me aclaré la garganta, decidido a centrarme en el trabajo—. Bueno, volvamos a las tareas pendientes…
Ella asintió y dijo:
—Ya te he enviado las tres primeras tareas. Ahora estoy empezando con el informe de ventas que querías. Aún no tengo los datos de Gregory, pero en cuanto los tenga, te los enviaré.
—Gracias. Eres muy eficiente.
Ella se encogió de hombros:
—Es que me gusta el trabajo.
¿Lo suficiente como para conservarlo?, preguntó una voz en mi cabeza.
—Muy bien, estaré en mi despacho.
—Perfecto.
Daisy se puso a escribir de nuevo, pero yo permanecí en el sitio.
—¿Has tenido un buen fin de semana?
Levantó la vista:
—Sí. Aunque el sábado me costó un poco arrancar.
Me entró la risa:
—Los cócteles eran bastante fuertes.
—¿Ah, sí? Pensaba que me estaba volviendo más delicada, o que simplemente me estaba haciendo mayor.
—No. El Sazerac en particular estaba bastante fuerte. La próxima vez pasaré de pedir copas allí. Para el festival están bien, a los puestos les viene bien para hacer caja, pero los bares del Barrio Francés son mucho mejores. Cuando quieras probar los auténticos, dímelo. Te acompañaré.
Ella respiró hondo. Me estaba metiendo en un terreno pantanoso.
—¿Crees que necesito un guía personal para probar un Sazerac ? —Sus ojos tenían un brillo particular, desafiante. Eran de color verde claro, casi gris, un tono que nunca había visto antes. Daisy era preciosa.
—Puede que lo disfrutes más conmigo allí para darte… un poco de contexto.
Era la excusa más ridícula que se me podía haber ocurrido. Yo lo sabía y ella también.
Me dedicó una amplia sonrisa:
—Ya veo…
—Pero, por lo pronto, te dejaré volver al trabajo.
—Muy generoso de tu parte.
¡Maldita sea! ¿Qué hacía coqueteando con ella? Era lo último que quería hacer y justo lo opuesto a cómo solía tratar a mis asistentes. ¿Por qué me estaba saltando todas mis normas por Daisy? Las había establecido por una buena razón. Tenía que tenerlo muy presente.
Mientras me dirigía a mi despacho, sentí que me empezaba a doler la cabeza. Vale, cambio de planes . No solo quería un café, lo necesitaba . Así que, en lugar de ponerme a trabajar, decidí salir.
—¿Todo bien, jefe? —preguntó Dorothy cuando pasé por delante de su oficina.
Genial. Me sentí como un niño al que pillan con las manos en la masa.
—Sí, gracias, Dorothy. Solo voy a salir un momento. Vuelvo enseguida.
Me miró como si estuviera loco. Quizás lo estaba. No sé por qué no le dije adónde iba, al fin y al cabo, era el CEO: podía ir y venir cuando quisiera.
Bajé las escaleras, salí a la calle y me dirigí a Maria’s Coffee Shop .
Pedí un café solo, como de costumbre.
—Y otro con sirope de caramelo.
Estaba seguro de que a Daisy le iba a encantar.
Después de unos sorbos, me sentí mucho mejor y volví a la oficina. Por suerte, Dorothy no estaba en su escritorio, así que me dirigí directamente a la oficina de Daisy, que levantó la vista en cuanto entré.
—¡Ya has vuelto! —Miró los vasos de café que llevaba en la mano—. ¿Y has traído algo?
—Sí. Un café solo para mí y uno con sirope de caramelo para ti —expliqué mientras lo dejaba sobre su escritorio.
Llevó su mirada lentamente de mí al vaso, que tomó luego con las dos manos.
—¿A qué debo el placer? —preguntó mientras se lo llevaba a la boca.
Incliné la cabeza:
—Pensé que necesitarías uno para reponer fuerzas.
Bajó el vaso y sonrió:
—¿Tan mala cara tenía?
Me reí, dejé mi café en el borde de su escritorio y me incliné hacia ella.
—Eso nunca.
Quería estar aún más cerca de Daisy, pero, en lugar de eso, me enderecé, cogí mi vaso y carraspeé.
—Bueno, ¿cómo sigue todo?
—Estoy metida de lleno con lo del concurso de jazz —respondió, sonriendo ampliamente—. La verdad es que me encanta este trabajo, aunque no paremos ni un segundo.
—No siempre es así —aseguré—. Es que esta vez decidí celebrar el concurso de jazz al mismo tiempo que el festival porque encaja con la temática.
Y así transcurrió la semana. Trabajamos en el concurso de jazz el resto de los días.
Como el festival iba sobre ruedas, ya no había necesidad de dedicarle tanto tiempo.
Cuando terminara, haríamos un análisis de los costes del evento para planificar mejor el del año siguiente, pero eso ya se haría a su debido tiempo.
El problema fue que eso significó que pasáramos mucho más tiempo en la oficina, lo cual resultó ser muy difícil.
La semana anterior, había hecho todo lo posible por mantenerme alejado de Daisy, pero ahora buscaba cualquier excusa para entrar en su oficina.
Y lo peor era que no me sentía nada culpable.
La mayoría de las veces sí que tenía una buena razón. Algunas cosas se resolvían más rápido en persona. Pero, otras, simplemente pasaba por delante de su puerta y acababa entrando en vez de seguir de largo, como el viernes por la tarde.
Los viernes tenían algo especial.