Capítulo Ocho
DAISY
—Necesitas otra copa, ¿no?
—Oye, ha sido una semana dura, necesito equilibrarla. Además, ¡ es viernes por la noche! —Miró a la pared—. En cinco minutos, oficialmente habrás terminado tu jornada.
Eran casi las nueve. Mi contrato pasó por delante de mis ojos. Efectivamente, incluso cuando asistía a eventos, las nueve de la noche era la hora de salida.
Me volví para mirar a Anthony.
—¿Sabes qué? Tomemos otra copa. —Necesitaba relajarme. Mi primera semana había pasado volando. Me gustaba el trabajo… y también mi jefe. Tal vez más de lo debido. Así que, ¿por qué no bajar un poco la guardia?— ¿Qué pedimos?
—Tú eliges —respondió.
—Bueno, pues probaré el Sazerac , para tener algo con lo que compararlo más adelante.
—¿No me crees que el mejor es el del bar de Julian?
—¿Cómo voy a saber que es el mejor si no he probado ningún otro?
Él entrecerró los ojos.
De repente me sentí un poco más lanzada.
—¿Julian tiene miedo a la competencia?
—Nadie en mi familia le tiene miedo a la competencia. ¿Sabes por qué?
—No, ¿por qué?
Se inclinó hacia mí:
—Porque siempre ganamos, Daisy. Nos dejamos la piel para ser los mejores en lo que hacemos, y siempre ganamos.
Contuve el aliento cuando se enderezó de nuevo.
—Dos Sazeracs —le dijo al camarero, que se quedó mirándolo, atónito.
—¿Un Sazerac pedido por un LeBlanc? En el Barrio Francés se te conoce por beberlos solo en uno de los bares de tu hermano.
—Pero esta noche haré una excepción —contestó Anthony con una sonrisa.
Vaya. No sabía que la familia LeBlanc fuera tan conocida en Nueva Orleans. Si bien era cierto que The Orleans Conglomerate era una de las empresas más grandes de Luisiana, no esperaba que tuvieran tanta notoriedad.
Unos minutos después, el camarero puso dos Sazeracs frente a nosotros.
Mientras daba un sorbo, me di cuenta de que Anthony me observaba con atención.
Se llevó el vaso a los labios sin apartar los ojos de mí.
¿Por qué lo hacía? Me inquietaba y me excitaba a la vez.
Era casi como si intentara leer mis pensamientos.
—Está buenísimo —declaré.
—No está mal —afirmó casi al mismo tiempo.
Me reí.
—No pareces muy impresionado.
—¿Qué puedo decir? Julian sabe lo que hace, pero la verdad que este está bueno.
—¿Estuvo en la comida familiar de hoy?
—Sí.
—¿Cómo es que acabasteis todos reuniéndoos en el restaurante?
—Es que se cayó una reserva de un grupo grande y aprovechamos el hueco.
—Ah, claro, lógico. Aunque apuesto a que el restaurante podría haber cubierto cualquier cancelación de última hora.
—Sin duda. Hay una lista de espera de meses. Pero el personal nos avisa siempre que queda libre una mesa grande. Si nosotros no podemos ir, se la ofrecen a otros.
—¿Entonces os reunís muy a menudo? —pregunté con nostalgia—. De repente echo mucho de menos a mis padres.
Anthony asintió:
—Siempre hemos estado muy unidos, y más aún después de que Chad tuvo que hacerse cargo solo de la crianza de Bella. Toda la familia hizo piña para apoyarlo.
—Ah, es verdad, había un bebé con vosotros.
Él sonrió:
—El bebé que has visto era Simone, fruto de su matrimonio con Scarlett, la chef del restaurante.
A Bella la tuvo con su primera esposa, de la cual se divorció cuando la niña ya estaba en el colegio y mi hermano se quedó con la custodia.
Estuvieron los dos solos durante muchos años…
con el apoyo de la familia, como te he contado.
Nuestros abuelos y padres se ofrecieron inmediatamente a cuidar de ella, pero incluso los hermanos nos implicamos mucho, especialmente cuando Bella creció y empezó a gustarle pasar tiempo con sus tíos.
Por supuesto, ahora tenemos a Simone, y todos se pelean por pasar tiempo con ella también. Somos una familia de locos…
Todo aquello me parecía muy bonito. Su afecto por sus sobrinas era evidente en cada palabra.
—Tienen suerte de teneros.
Él asintió:
—Y mi hermano tiene suerte de haber conocido a Scarlett. Fue lo mejor que le pudo pasar.
Anthony tenía un buen corazón. Aunque no creía en las relaciones a largo plazo, parecía respetarlas.
Con el paso de los años, mis amigas se dividieron en dos bandos: las que creían en el amor y las que sentían repulsión por todo lo romántico. Pero Anthony y yo nos alegrábamos por los que nos rodeaban, por más que no buscáramos lo mismo.
—¿Y sigues estando muy unido a tus sobrinas?
—Sí, al igual que el resto de mis hermanos. Nos vamos turnando el rol de tío favorito, dependiendo del día. Bella está más grande, y lógicamente, cada vez nos hace menos caso.
—¿Acaso detecto un poco de celos?
Su sonrisa se amplió.
—Me has pillado. No diría que son celos… pero me da tristeza que ya no seamos sus ídolos, por así decirlo. Aunque, para ser realista, ya es prácticamente una adolescente. Pronto ni siquiera querrá pasar tiempo con la familia. A mí me pasó a los trece años.
—En mi caso fue a los catorce. Luego, cuando cumplí dieciocho, algo volvió a cambiar en mi cerebro y mis padres se convirtieron en mis mejores amigos. A día de hoy seguimos estando muy unidos. Son mi mayor apoyo y me gusta mimarlos siempre que puedo.
—¿Ah, sí? —preguntó Anthony.
Asentí:
—Sí. De momento, solo me dejan regalarles un viaje al año.
Estoy intentando negociar otro más. —Parecía genuinamente interesado en lo que decía.
Eso me gustaba de él—. Y a veces, cuando sé que mi madre tiene muchas ganas de comprarse algo, pero no quiere gastar mucho, se lo compro y le digo que ya lo tenía o que me han dado un vale que no voy a usar.
Como un jersey de marca, algún tratamiento para el pelo, cosas así.
Su rostro se suavizó, como si entendiera y apreciara lo que hacía. De alguna manera, eso me hizo sentir bien.
Ambos sonreímos y entonces él se inclinó hacia mí.
—Me gustas mucho, Daisy, tanto dentro como fuera de la oficina. Como mi asistente y como… —Su voz se apagó.
Contuve el aliento. Estuve a punto de preguntarle qué quería decir, pero luego cambié de opinión.
Entonces se inclinó aún más. Dios, estaba muy cerca. ¿Iba a besarme?
Miré su boca y luego volví a mirar sus ojos. Brillaban. Relamí mis labios y él gruñó, pero luego se enderezó y se apartó.
Yo quería que me besara y me sentí extrañamente decepcionada porque no lo hiciera.
—Bueno —dije, recuperando la compostura—. Ya he terminado mi turno, creo que debería irme.
Anthony exhaló con fuerza.
—¿Es eso lo que quieres, Daisy?
Asentí. Definitivamente no era lo que quería, pero era lo que debía hacer. Había bebido demasiado y ninguno de los dos llevábamos bien el autocontrol.
—Sí. Llamaré a un Uber.
—Cárgalo a la empresa —respondió al instante.
Sonreí.
—¿Aunque ya haya terminado mi turno?
—Siempre será así. Lo más importante es que llegues bien.
Eso me resultó extrañamente tierno.
Saqué mi móvil y lo acerqué a mi cara para intentar ver la aplicación, pero la imagen se veía un poco borrosa.
—Lo pediré fuera. No me deja introducir una ubicación de recogida desde aquí.
—Te acompañaré.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Qué? ¡No! Quédate y disfruta. Acabas de llegar.
Me guiñó un ojo.
—¡Pero si ya ha pasado una hora!
—¡Oh! No me había dado cuenta…
—Te he dicho que el tiempo vuela cuando se está en buena compañía. Además, prefiero irme. Ya he hecho lo que venía a hacer.
Me pregunté a qué se referiría. ¿A derretirme como a un helado? ¿A invitarme a unas copas?
Aunque pensándolo bien, supongo que se refería a hablar con Gregory.
—Muy bien, entonces aceptaré tu generosa oferta —contesté con una sonrisa.
Él me devolvió la sonrisa mientras nos levantábamos de los taburetes del bar y apoyó una mano en mi espalda para guiarme entre los invitados.
El bar estaba aún más lleno que cuando había entrado, al igual que el recinto del festival.
La música retumbaba desde uno de los escenarios y nos rodeaba un jaleo de voces constante mientras el olor a comida impregnaba el aire.
—Está siendo un éxito —afirmé.
—A juzgar por la venta de entradas, sí.
—Y la gente se lo está pasando muy bien.
Nos detuvimos y eché un vistazo a mi alrededor.
—La música tiene la capacidad de unir a las personas —comentó.
—¿Alguna vez has tocado un instrumento? —pregunté.
—La guitarra. Y la verdad es que no se me daba nada mal.
—¿Pensaste alguna vez en dedicarte profesionalmente a la música?
Anthony negó con la cabeza:
—Nunca. Mi único objetivo era mantener el legado haciéndome cargo del negocio familiar.
Le sonreí.
—Pues ahora te estoy imaginando perfectamente tocando la guitarra.
Con esos dedos tan largos…
Oh, no. No podía ir por ese camino. De verdad que no entendía lo que me pasaba cuando estaba con Anthony. No solía ser tan tontorrona.
Él volvió a negar con la cabeza:
—Todavía toco de vez en cuando, pero solo para mí.
Eso era algo que ni siquiera podría haber imaginado. Siempre me había parecido el tipo de persona extrovertida que apenas pasaba tiempo a solas.
—Pidamos un Uber. Va a tardar un rato —comenté.
Al final, no fue así: mi Uber llegaría en dos minutos. Una vez que el mío estuvo en camino, Anthony pidió uno para él. Era todo un caballero.
—Ese es el tuyo. —Estaba detrás de mí, señalando un Ford negro—. Muchas gracias por venir esta noche, Daisy.
—Bueno, en realidad, no te he sido de mucha ayuda, ¿verdad?
—Discrepo totalmente —replicó Anthony, apartándose a un lado para mirarme. La luz de la farola cercana era tenue, pero bastaba para distinguir con claridad sus ojos—. Me lo he pasado muy bien.
—Yo también.
Me di prisa en abrir la puerta tan pronto como el coche paró. Al mismo tiempo, Anthony se inclinó, y chocamos.
—¿Te he hecho daño?
Me froté el brazo, riéndome.
—No, para nada.
Entonces me di cuenta de que su pecho estaba presionando mi espalda. Ese simple contacto me resultaba casi insoportable. Era absurdo, pero esa noche mis sentidos estaban a flor de piel.
—Había olvidado que eras todo un caballero.
—Así somos los LeBlanc Broussard.
—¿Entonces no es algo típico del sur? —pregunté con una sonrisa.
—Qué va, tampoco diría eso. Nos vemos el lunes, Daisy.
Asentí. Afortunadamente, tenía dos días enteros para recomponerme antes de volver a la oficina. La semana anterior habíamos logrado mantener la compostura y la distancia, y estaba convencida de que haríamos lo mismo la semana siguiente. Aquello solo había sido un pequeño tropiezo, nada más.
—Buenas noches, Daisy.
Su voz se había vuelto más profunda y su mirada, si cabe, aún más penetrante. De repente, ya no estaba tan segura de que lo ocurrido aquella noche fuera solo un pequeño tropiezo.