Un rebelde inolvidable Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

DAISY

Sentada en el sofá del despacho, intenté controlar mis nervios moviendo ligeramente la pierna y respirando profundamente.

¿Por qué estaba tan nerviosa? Hasta ese momento, todo había ido bien.

Dorothy había sido muy amable e incluso me habían presentado a Chad LeBlanc, uno de los hermanos.

Había sido muy educado y hasta me había deseado buena suerte.

La mañana había comenzado con buen pie, y consideré mi encuentro con el apuesto desconocido como un buen presagio. Nunca antes le había dado mi número a un chico que acababa de conocer, ni siquiera cuando estaba en la universidad. Pero decidí dejarme llevar por el impulso.

De repente, mis pensamientos se interrumpieron bruscamente por el carraspeo de un hombre.

Me puse de pie de inmediato y me di la vuelta.

Entonces parpadeé varias veces, incapaz de creer lo que veían mis ojos.

¿Había entrado en un universo alternativo?

¿Era posible que mi nuevo jefe fuera el mismo hombre con el que había estado coqueteando hacía solo unos minutos? Parecía imposible.

Y, sin embargo, ahí estaba él, en carne y hueso, tan atractivo como me había parecido en aquella cafetería.

Era alto, con unos increíbles ojos oscuros, cabello castaño claro y una mandíbula angulosa que lo haría absolutamente perfecto para cualquier campaña de marketing . Sin duda, podría vender cualquier cosa.

—Señorita…

Eso sí, parecía diferente al chico de la cafetería. Para empezar, no sonreía y su mirada era seria, casi fría.

Quizás tenía un hermano gemelo. ¡Sí! Tenía que ser eso.

Un hermano gemelo vestido con el mismo traje, sí, claro…

Sabía que estaba negando la evidencia. Esto simplemente no podía estar pasando.

—Buenos días, señorita Evanston —dijo.

Maldita sea, era él.

—Buenos días, señor LeBlanc.

Me sentí ridícula. Repasé mentalmente mi aspecto. Llevaba un recatado vestido negro perfecto para el trabajo. Era mi atuendo de la suerte, pero estaba claro que esa mañana no estaba funcionando.

Acto seguido, entró en el despacho.

—Dorothy me ha dejado pasar, espero que no le importe. Estaba esperando aquí, en el sofá. —Ahora estaba divagando, genial. ¿Qué se supone que debía hacer en ese momento? ¿Mencionar nuestro encuentro o ignorarlo por completo?

—Por favor, llámame Anthony.

Anthony . Qué nombre tan bonito para un rostro tan atractivo.

Deja de pensar en eso, Daisy. Es tu jefe y nada más.

—Daisy —aclaré, dando un paso adelante para estrechar su mano. El cosquilleo que sentí al tocarnos fue increíble. No, no, no. Necesito este trabajo.

—Toma asiento, Daisy —dijo con total indiferencia, señalando la silla frente a su escritorio.

Me apresuré a sentarme.

Rodeó el escritorio hasta llegar a su silla de cuero, pero en lugar de sentarse de inmediato, se quedó de pie. Apoyó una mano sobre el reposabrazos y rotó los hombros. ¿Se le habían dilatado las fosas nasales? No quería saber en qué estaba pensando.

Después de lo que me pareció una eternidad, finalmente echó hacia atrás la silla y se sentó. Yo tamborileaba nerviosamente con los dedos sobre las rodillas. Luego, sin que hubiese una sola arruga, alisé mi vestido.

—Bueno, Daisy, Dorothy me ha dicho que ya tienes un pie fuera de aquí. —Su comentario sonó beligerante, casi provocador.

Me aclaré la garganta.

—Sí, es cierto —respondí. Había decidido ser sincera desde el principio. Samantha me había aconsejado que no lo hiciera, pero no me gustaba mentir—. Tuve mala suerte con la otra empresa; congelaron las contrataciones justo cuando estaba a punto de empezar.

Él entrecerró los ojos:

—Entiendo que te dedicas al marketing . ¿Por qué crees que estás capacitada para ser mi asistente?

Eché la cabeza hacia atrás. ¿Esto era una entrevista? Si ya había firmado el contrato de trabajo.

—Soy muy trabajadora. Llevo años realizando tareas operativas. De hecho, empecé como asistente de marketing .

—Pero eso no tiene nada que ver con ser asistente de un CEO, ¿no?

Vaya, nunca hubiera pensado que el chico coqueto de la cafetería pudiera ser tan duro. Guapo, no lo iba a negar, pero duro al fin y al cabo.

—Aprendo muy rápido, señor LeBlanc.

—Anthony —me corrigió.

—Anthony. —Me resultó raro decir su nombre, casi como si estuviera cruzando un límite, por ridículo que pareciera—. Lo siento, pero tengo que preguntar: ¿esto es una entrevista? Tenía entendido que ya me habían contratado.

Él frunció el ceño.

—No, no es una entrevista. Solo quiero asegurarme de que sepas en lo que te has metido. De que encajamos bien.

Estuve a punto de preguntarle por qué demonios no había participado en el proceso de contratación.

—Como he dicho, aprendo muy rápido, Anthony. Te aseguro que puedo manejar cualquier cosa que me pidas. No te decepcionaré.

—Muy bien. Veo que Dorothy ya te ha dado un iPad.

Asentí, sosteniendo la tableta contra mi pecho.

—También me ha dado un teléfono y un ordenador portátil.

—Entonces, pongámonos a trabajar. Se acerca un festival de música en uno de nuestros locales principales. Hoy iré al local para comprobar que todo esté marchando según lo planeado.

—¿Tienes alguna tarea para mí?

—Pronto. Pero, por hoy, tienes que acompañarme.

Así que, cuando Dorothy dijo que iría con el CEO a todas partes, lo decía literalmente. Mejor así. Si me quedaba sola en el despacho sin nada que hacer, me volvería loca.

Me levanté y guardé el iPad en mi bolso.

Anthony se acercó a mí y, con cada paso que daba, sentía cómo subía mi temperatura corporal. Ojalá pudiera borrar de mi mente lo que había pasado aquella mañana.

—Daisy. —Su voz sonaba un poco diferente a la de antes, más suave. Lo miré directo a los ojos, aunque me estaba costando mucho sostenerle la mirada—. Con respecto a lo de esta mañana…

Mierda.

—Haremos de cuenta que no ha sucedido —dijo, y exhalé un suspiro de alivio.

—Me parece bien. Sí. Quiero decir, normalmente yo no…

Él negó con la cabeza:

—Nos conocimos por primera vez cuando entré en este despacho. —Su voz volvía a sonar un poco firme.

—Claro. Por supuesto, señor LeBlanc.

—Anthony —me corrigió. Tras unos segundos de vacilación, añadió—: Hay ocho señores LeBlanc. Tengo cinco hermanos, y mi padre y uno de mis abuelos también llevan el mismo apellido. Puede resultar confuso.

¿Era esa su forma de explicar su insistencia en que lo llamara por su nombre de pila?

¿O me estaba dando a entender que el chico coqueto que había conocido esa mañana era él?

Aunque, por otra parte, sus ojos seguían siendo completamente serios y un poco fríos.

Nunca había estado tan confundida en mi vida.

—¡Entendido! —respondí con un entusiasmo excesivo, pero la verdad era que me moría de ganas de que la conversación terminara.

—Perfecto. Entonces, vámonos.

—¿Adónde iremos exactamente? —pregunté mientras bajábamos las escaleras.

—A uno de nuestros locales en las afueras de la ciudad.

—¿Es una de vuestras salas de conciertos? —pregunté, decidida a demostrarle que había investigado.

Él levantó la vista:

—No, es una propiedad enorme que utilizamos para festivales. En un momento dado, pensamos en construir una sala de conciertos, pero no tenía sentido, ya tenemos muchas.

Asentí, repasando mentalmente la información que había leído sobre los festivales.

—El All Music Festival se celebra en septiembre, ¿verdad?

Era el mayor evento musical después del famoso JazzFest .

Él giró la cabeza para mirarme y me dedicó una sonrisa. No tan coqueta como la de la cafetería, pero mi corazón volvió a su ritmo normal; al menos estaba siendo cordial.

—Sí, ese mismo.

—Supuse que esa era la razón por la que necesitabas una asistente de inmediato. Aunque no encajara del todo en el perfil.

Su sonrisa se desvaneció. Vaya, ¿por qué no saqué otro tema de conversación?

—Así es.

—Eso significa que sigues buscando una asistente permanente, ¿verdad?

—Sí. Dorothy y la reclutadora están en ello.

Una vez que bajamos las escaleras, salimos por la entrada de empleados. Me llevó por una calle estrecha, en dirección opuesta a la que había tomado esa mañana.

El callejón daba a un parking , lo que me hizo parpadear con asombro.

—¿Esto es de vuestra propiedad?

Asintió:

—Sí, lo usamos como parking para los empleados.

Vaya. Conocía muy bien los precios de las propiedades en el Barrio Francés. Estaban sentados sobre una mina de oro.

Él se giró hacia mí y volvió a sonreír:

—Es un desperdicio de dinero, lo sé. Pero decidimos que, a menos que se nos ocurra una muy buena idea, seguiremos usándolo como parking .

—Claro, de momento, parece lo más práctico.

Me llevó hasta un Lexus negro. Una vez dentro, puse mi bolso en la parte de atrás. Ya con las manos libres, empecé a ponerme nerviosa. Volví a alisar las arrugas inexistentes de mi vestido.

Dios, ¿por qué estoy tan nerviosa? No era propio de mí. Pero, analizándolo bien, no estaba acostumbrada a nada de lo que estaba sucediendo.

En el espacio reducido de su coche, podía oler su colonia. Era una fragancia masculina muy sexy. Nunca se me había dado bien identificar ningún tipo de perfume, así que no tenía ni idea de cuál era, pero me gustaba mucho. Le pegaba a la perfección.

—¿Así que estás buscando un puesto sénior en marketing , no? —preguntó durante el trayecto.

—Sí, pero puede llevar tiempo encontrar algo así. No quería quedarme esperando de brazos cruzados, y la reclutadora me dijo que en esta época del año puede llevar aún más tiempo —respondí.

Realmente esperaba que la empresa de bebidas para la que originalmente iba a trabajar levantara la congelación de contrataciones y me volviera a llamar.

—Es cierto, no solemos contratar en el último trimestre.

—Excepto asistentes —comenté, sin poder evitarlo.

Él me miró con seriedad:

—Vamos decidiendo de acuerdo a las necesidades que van surgiendo.

Vaya, había vuelto el señor LeBlanc. En mi cabeza, Anthony era el chico que había coqueteado conmigo y se había ofrecido a conseguirme un café mejor. Mi jefe, en cambio, era el señor LeBlanc.