Capítulo Cuatro #2
—No estoy acostumbrada a estar sin hacer nada —me sorprendí diciendo—. Me gusta estar ocupada. Crecí en una granja.
—¿En serio? ¿Dónde? —preguntó con curiosidad.
—En Dakota del Norte.
—Estás muy lejos de casa, Daisy.
Me reí.
—Bueno, se podría decir que sí. De pequeña, mi sueño era salir del pueblo, pero nunca imaginé que acabaría tan al sur.
—¿Y por qué querías irte?
—¿Has estado alguna vez en una granja? —le devolví la pregunta.
—No.
—¿Y has vivido o estado alguna vez en un pueblo pequeño?
—Tampoco. —Noté un matiz de diversión en la voz.
—Es un poco claustrofóbico y muy monótono.
El trabajo en una granja es interminable, y aunque me encantaba trabajar con mis padres y aprendí cosas muy valiosas, supe desde el principio que no quería unirme al negocio familiar.
Mi padre se llevó una decepción cuando le dije que la vida en la granja no era para mí.
—¿Tienes buena relación con tus padres?
Me reacomodé en el asiento. Era una conversación extraña para tener con mi jefe, pero, por otra parte, ya habíamos pasado por situaciones extrañas antes incluso de conocernos oficialmente.
—Sí, muy buena. Hablo con ellos varias veces a la semana y voy a casa siempre que puedo, aunque tengo que admitir que no es muy a menudo. Son muy trabajadores y no tienen intención de jubilarse. Además, me tuvieron muy jóvenes, así que aún les queda mucha cuerda.
—¿Dónde estudiaste la carrera?
—Ni siquiera has mirado mi currículum, ¿verdad?
Ay, Daisy, estás jugando con fuego.
Él negó con la cabeza:
—Nunca lo hago. Confío en que Dorothy elija al mejor candidato para mí.
Eso explicaría la cantidad de asistentes que había tenido. Quizá nunca nadie era lo bastante bueno para Anthony. ¿Dónde me había metido?
Bueno, ella me había elegido a mí, así que no me iba a quejar.
—Estudié en Cornell. Luego trabajé en Chicago hasta este verano, cuando me mudé aquí para hacer un curso de verano de marketing digital en Loyola. Sentía que necesitaba un cambio.
—¿Y entonces decidiste quedarte?
—Solo porque me ofrecieron un puesto en la empresa de bebidas.
—¿En Thornton’s Beverages ? —preguntó. No había muchas empresas grandes en la zona, así que era bastante evidente.
—Sí.
—Siento que no saliera bien.
—Fue un palo, sí, pero esta es una gran oportunidad. Nunca he trabajado en el sector de la música.
—Es muy dinámico. ¿Eres de las que ve el vaso medio lleno?
—Siempre. ¿Qué sentido tiene verlo todo desde una perspectiva negativa? Solo te amarga la vida.
—Coincido.
Vaya, vaya. Algo en lo que estábamos de acuerdo. Era un avance.
—¿Siempre has estado al frente de esta filial en The Orleans Conglomerate ? No he encontrado mucha información en Internet, salvo quién dirige cada empresa en la actualidad.
Fijé mi mirada en Anthony, a pesar del peligro que suponía: su perfil era increíblemente atractivo, con un aire de estrella de cine que no conseguía identificar. Su mandíbula cincelada, sus pómulos marcados y su nariz recta eran dignos de una fotografía.
—Sí, siempre. Sabía lo que quería hacer desde que era adolescente. La música siempre ha sido una parte importante de mi vida.
—¿Y el jazz es tu género favorito? —pregunté, porque había muchos clubes de ese tipo en Nueva Orleans.
—Me gusta todo. El jazz es mi favorito, pero también disfruto del rock clásico. Me pones a Led Zeppelin a cualquier hora y soy feliz.
Ambos nos reímos. Luego me preguntó:
—¿Y tú?
—Yo soy más del country .
—Interesante.
—¿Y siempre supiste que trabajarías en The Orleans Conglomerate ?
Normalmente, nunca le preguntaría algo tan personal a mi jefe, pero como él había hecho lo mismo conmigo, no me pareció mal. Tal y como yo lo veía, solo estábamos intercambiando información.
Mentira cochina.
—Sí, nunca tuve ninguna duda. Mi padre y mis abuelos trabajaron en diversos puestos de la empresa mientras yo crecía, y siempre supe que quería seguir sus pasos.
—Creo que mi padre esperaba que yo hiciera lo mismo —comenté.
—¿Y te apoyó cuando le dijiste que tenías otros planes?
—Sí. Tengo mucha suerte. Mis padres siempre me han apoyado. Se pusieron muy contentos cuando conseguí una beca para Cornell y luego mi primer trabajo en Chicago. Creo que esperaban que, después de unos años viviendo en una gran ciudad, volviera a casa. Pero eso nunca ocurrió.
—Cada uno debe encontrar su propio camino —dijo mientras aparcaba el coche.
—El viaje se me ha hecho cortísimo.
—A esta hora no hay nada de tráfico. Por la tarde, sin embargo, es una locura.
Se volvió hacia mí:
—Bueno. Antes de que bajemos del coche…
Contuve el aliento. Dios mío, estaba segura de que iba a sacar el tema de esa mañana otra vez. Iba a decir que no podía olvidarlo, que todavía quería invitarme a tomar ese café.
¡Vaya! ¿De dónde había salido esa idea? Era lo último que necesitaba.
—Te explico cómo nos vamos a organizar. Estarás conmigo en todo momento y yo te iré diciendo las notas que tienes que tomar. Principalmente listas de tareas, ya sean para mí o para ti.
Vale, me había imaginado otra cosa totalmente diferente. Me sentí como si me hubieran echado un cubo de agua fría. Al parecer, no tenía intención de reavivar lo que había pasado aquella mañana.
¿Por qué me molestó tanto?
—Perfecto.
¿Cómo podía sentirme decepcionada porque mi jefe se comportara como un jefe y no como un ligón? Tenía que olvidarme del tema.