Capítulo Tres
ANTHONY
Una semana después, un lunes por la mañana, había quedado con mis hermanos en el Barrio Francés a las ocho y media de la mañana.
No era de madrugar, y mis hermanos solían burlarse de mí porque siempre era el último en llegar.
No era raro que me uniera a ellos sobre las diez, pero mi nueva asistente empezaba ese día y necesitábamos ponernos manos a la obra cuanto antes.
Resultó que Dorothy era una excelente directora de Recursos Humanos, pero simplemente no habíamos terminado de conectar la semana anterior.
Probablemente más por mi culpa que por la suya.
La reclutadora había encontrado una asistente enseguida, una tal Daisy Evanston. Dorothy la entrevistó y confirmó que era competente. Como de costumbre, me mantuve al margen del proceso de contratación.
Me apetecía un buen café, y el lugar favorito de mi familia era Maria’s Coffee Shop , en la calle Bourbon.
Pero como me encontraba en la calle Royal, no tenía tiempo para desplazarme hasta allí.
Por eso me dirigí a Coffee de lo contrario, la tendría en cuenta para algo allí.
—De acuerdo. Iré a conocerla.
Dorothy parecía indecisa.
—Quizás debería ir contigo.
La miré fijamente:
—Puedo encargarme yo mismo de mi asistente.
—Por favor, no la asustes. No quiero volver a ser tu asistente. —Dorothy parecía realmente preocupada. Tampoco era que fuera tan malo.
Me eché a reír:
—No te preocupes. Bueno, voy a conocer a esta tal Daisy.
Me terminé el café de un trago y me dirigí a la pequeña cocina para tirar el vaso de papel vacío. Sabía que mis hermanos ya habían llegado porque las puertas de sus respectivas oficinas estaban cerradas y se oían voces al otro lado. La única excepción era Beckett. Él tampoco era de madrugar.
Mi oficina se encontraba al final del pasillo, con grandes ventanales que daban a la calle Royal. La mayoría de las otras daban al patio interior, pero yo prefería mis vistas.
La puerta estaba abierta de par en par. Justo antes de cruzar el umbral, vi un mechón de pelo rubio. Quizás era solo mi imaginación, ya que la rubia de la cafetería me había impactado.
Cuando pude verla por completo, me detuve en seco, atónito. La misma rubia de antes estaba sentada en mi sofá, con las piernas cruzadas, mirando hacia la ventana, sin notar aún mi presencia.
Maldita sea, ¿qué probabilidades había de que esto pasara?