CAPÍTULO 28CAPÍTULO 29
Mireia ha organizado la presentación de mi quinto libro de la serie en el Ateneu.
A través de las redes sociales ha convocado a una gran cantidad de fans del Club del Crimen de los Criscrossers.
Y quien lo desee, ya puede adquirirlo en El Pica-lletres.
Porque la librería ha reabierto. Cloti está detrás del mostrador con una sonrisa que no es de vendedora, es de dueña.
Heredera legal, aunque con cargos suspendidos.
La justicia en Demarenys es así: te da y te quita, te quita y te da.
Ella lo sabe, lo acepta y lo convierte en tarta de higos que Mireia le hornea los domingos y deja en la puerta de la librería, para que los que entren a curiosear huelan algo más que polvo y papel viejo.
Aquella balda, la del Goya, ya no reposa vacía.
Junto a la dorada estatuilla hay una foto enmarcada de dos hombres jóvenes en una terraza de Madrid.
Fulgencio no ha querido llevarse el Goya; dice que ese es su lugar, que Evaristo lo había puesto ahí para que él lo viera cada vez que entrara, que leyera, cada vez que esperara.
Y que ahora, aunque él no entrará más, alguien más lo hará.
Alguien que entienda, sin saber, que en lo más alto de una librería hay abrazos que duran más que los de carne.
Santiago ha perdido su inversión y ha sido destituido.
No de un golpe, sino poco a poco, como se cae una casa de naipes en una terraza con viento.
La maqueta de cristal se ha desmoronado; alguien la ha guardado en un almacén municipal y allí está, cogiendo polvo.
Siempre que paso por delante del ayuntamiento me acuerdo de él, sentado ahí, jugando, perdiendo, sonriendo.
Dicen que ha encontrado otro tesoro. No sé cuál. No pregunto.
Rogelio ha publicado El librero gracias a los contactos con las editoriales de Fernanda, desde la cárcel, con dedicatoria a Evaristo. La presentación será en la librería. El primer acto oficial de Cloti como dueña.
Merceditas sigue en la panadería. Sonríe desde que sale de su casa, en especial los días que Miquel se queda a pasar la noche. Los vecinos comentan. Los vecinos siempre comentan, pero ahora lo hacen con envidia, no con malicia. Eso es progreso en Demarenys.
A Fernanda no le ha hecho falta vender vestidos. Está a pensión completa en prisión. Ha ayudado en la publicación del libro de Rogelio. Dicen que va a organizar un club de lectura, que los presos la llaman «la viuda» y que ella sonríe cuando lo oye. Que sonríe de verdad.
Marisa sigue en su ventana. Pero ahora saluda.
No vigila. Me saluda a mí, a Miquel, a Merceditas cuando pasa con el delantal puesto, a Watson, que levanta la cabeza y mueve la cola como si supiera que el saludo es para él.
A veces, cuando la luz de su casa se apaga tarde, imagino que está escribiendo.
Cartas, quizá. Con la T de Teodoro, o con otra letra. No pregunto.
El club, ajeno a los comentarios, seguimos leyendo novelas de misterio. Nos reunimos en casa de Justo y Joanna, no porque su salón es más grande, ni porque su té es más fuerte o porque su sofá tiene el hueco perfecto para Watson. No, porque nos encontramos bien allí.
Ahora Watson duerme, como casi siempre. Pero esta vez lleva un distintivo policial en el collar, porque gracias a él, al encontrar el papel del poema, todo empezó a resolverse.
Miquel se lo ha puesto, Watson se lo ha quitado tres veces, Miquel se lo ha vuelto a poner y Watson lo ha aceptado. Esa es la negociación.
Y yo estoy alegre. Feliz por el desenlace final.
Por el nuevo amor de Miquel, a ver si así me deja en paz de una vez por todas.
Pero me sabe mal haberles mentido o, mejor dicho, no hablar más del poema y del tesoro, porque el tesoro —o lo que sea que hay ahí debajo de las baldosas hidráulicas— existe. Y Clara y yo sabemos exactamente dónde.
La decisión de que se quede donde está es simple, porque puede provocar codicia, desencadenar nuevos accidentes mortales.
Pero esa decisión me atormenta. Siempre escribo mis novelas a raíz de la última investigación con éxito.
Por eso, si al final aparecen monedas, joyas o lingotes, el foco de mi nueva novela se desplaza de Evaristo al tesoro y parece más una novela de acción que un cozy .
En cambio, si permanece enterrado, cuando mis fans lean el nuevo libro, se quedarán pensando que todos arruinaron sus vidas por algo que ni siquiera llegaron a ver.
Así que he decidido que en la escena final de mi nuevo misterio, los del Club del Crimen no vamos a aparecer vestidos a lo Indiana Jones.
Pero sí comentaremos que hemos localizado el punto exacto, que estará…
en un lugar cuyo nombre no podemos nombrar, y Miquel preguntará: «¿Lo abrimos?
». Entonces alguien, quizá Joanna o incluso Mireia, responderá: «No.
Ya sabemos lo que hay ahí abajo». Y cuando Justo pregunte: «¿Cómo sabéis lo que hay debajo?
», la respuesta de Clara y la mía será: «Problemas».
Y ahí termina el asunto.
Pero hoy no es día de terminar asuntos. Hoy es día de fiesta, por eso nos hemos reunido en casa de Justo.
Mireia nos presenta una nueva tarta; la anuncia como la «T de Tartarenys» y dice que dentro ha escondido un tesoro.
Inmediatamente todos empezamos a discutir.
Clara, rápida como quien no ha resuelto demasiados crímenes para perderse en uno de tarta, exclama:
—Yo quiero la porción del centro.
—Tú siempre quieres el centro —replica Mireia—. Como con los casos. Siempre el corazón del asunto.
—A mí no me dejan comer nada —dice Justo—. Esta de aquí al lado me tiene a dieta.
—Tú no estás a dieta —le responde Joanna—, estás a mentira. Y llevas décadas en ella.
—Anda, me darás la mitad... —pide Justo, rendido.
—¿La mitad de qué? —pregunta Joanna.
—De la tuya. Para que no engordes.
—¿Insinúas que estoy gorda?
Watson roba un trozo a Miquel —no porque esté distraído con la sonrisa de Merceditas, sino porque los perros saben quién puede permitirse perder un poco de tarta—.
Y yo, entre el ruido, la risa, el olor a naranja confitada, pienso que algunas personas nunca comprenderán que el verdadero tesoro nunca estuvo bajo el suelo de la librería.
Estaba en las personas que Evaristo dejó atrás.
En el instante que Mireia levanta el cuchillo, que brilla bajo la luz de la lámpara para cortar la tarta, Clara y yo intercambiamos una mirada.
Breve. Casi imperceptible. Y en esa mirada hay todo lo que no dijimos aquella tarde en la librería: el círculo del mosaico, las baldosas más frías, la araña que llora lágrimas que no son de dolor, el secreto que compartimos en el umbral de la puerta, cuando ella me dijo que también se había dado cuenta, que también callaría.
Mireia corta la tarta. Y en el centro, donde Clara quería llegar, donde todos querían llegar, hay una joya de mazapán dorada. Ridícula, pequeña, brillante.
—El tesoro —anuncia Mireia.
—Eso no es un tesoro —dice Justo.
—Espera, que hago una foto —exclama Joanna.
Y esperamos. Porque la espera es parte del premio.
Porque algunas tartas necesitan ser cortadas dos veces.
Porque algunas verdades necesitan ser dichas dos veces.
Mireia levanta la joya de mazapán. Y debajo, en el chocolate negro, hay una letra.
Una T. ¿La T de Teodoro? ¿La T de tesoro?
¿La T de tristeza? ¿La T de tiempo, de Triple C?
—Es la T de Tartarenys —grita entusiasmada Mireia.
—Es la T de todos —dice Miquel. Y Merceditas, que está a su lado, que tiene chocolate en la comisura de los labios, sospecha que también forma parte de ese «todos», y sonríe.
Clara y yo volvemos a mirarnos. Una segunda mirada, más corta que la primera, más cargada. Porque entre todas las T que se dicen en voz alta, hay otra que nadie nombra: la T de una tentación que está enterrada, guardada, olvidada.
Salgo al jardín y miro al cielo. Imagino a Evaristo sentado en una nube con forma de sofá verde, con su Goya dorado en un brazo. Con el amor que no pudo nombrar, pero que dejó en lo más alto para que todos lo vieran, para que al final, cuando alguien supiera mirar, lo encontrara.
Pienso en Fulgencio, que ahora vive en Barcelona y que me ha llamado diciendo que está escribiendo un guion de cine sobre un librero que deja un Goya en lo más alto de una librería. Que la dedicará a Evaristo. Que la dedicará a todo el club.