Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 29
100%

CAPÍTULO 29

Cuando la fiesta termina, regreso a casa dando un largo paseo en solitario junto al mar.

El sonido de las olas aún resuena en mi cabeza cuando abro la puerta.

Clara aparece en el umbral; lleva dos copas en la mano y una pregunta clavada en los ojos, analizando mi expresión en silencio.

Acepto la copa que me tiende y brindamos mirándonos fijamente.

—Por el club. Por lo que somos. Por lo que guardamos, olvidado, por ahora.

—Sé que me ocultas algo —dice Clara, rompiendo el silencio. Me sonríe entornando los ojos con picardía, esperando mi reacción.

Sostengo su mirada un segundo antes de soltar la bomba:

—El tesoro existe.

Ella no parpadea.

—Lo sé —susurra, conteniendo el aliento.

—Pero… no está en la librería.

Levanto la copa, doy un sorbo disfrutando de su desconcierto y me río, aliviado por soltar la tensión.

—¡¿Cómo?! Cris, cuéntame ahora mismo cómo sabes eso —me exige, dando un paso hacia mí. Su tono ya no es de juego; la curiosidad la está carcomiendo.

—Nadie sabe que he estado investigando en secreto algunas cosas del tesoro —le explico, bajando la voz instintivamente—, sencillamente porque a todos les hemos contado que no existe.

—Cierto —asiente ella, cruzándose de brazos, asimilando la jugada.

—Solo tú y yo sabemos el secreto… —hago una pausa dramática, clavando mis ojos en los suyos— que ahora, ya no es el verdadero.

Clara deja la copa de golpe en la mesa, me toma del brazo con firmeza y me hace sentar en el sofá. Se inclina tanto hacia mí que casi se me echa encima, invadiendo mi espacio, impaciente.

—Cuenta.

—Me dio por consultar los expedientes oficiales de la familia que levantó el edificio modernista donde se ubica la librería —le digo, haciendo una breve pausa para dar otro sorbo y ordenar mis pensamientos—, y mi sorpresa ha sido que un señor de nombre Eduardo, fue el que levantó ese edificio y que, poco después, abrió la librería.

Clara frunce el ceño, haciendo memoria rápidamente.

—La abrió hace setenta años.

—Exacto.

—Claro… pero el que escribió el poema se llamaba Matías —deduce Clara, visiblemente confundida, intentando encajar las piezas en su cabeza.

—Eso me dejó traspuesto —confieso, reviviendo la frustración de ese momento—. No había ningún Matías. Ni antes ni después. Y ha sido justo cuando me he quedado desconcertado, bloqueado ante el papel, cuando he recordado la conversación que tuve con Fernanda en mi primera visita.

Clara se inclina un poco más, absorta.

—¿Qué dijo?

—Me contó cómo su primer marido, el coronel Antonio, dejó que decorara a su antojo la nueva casa que compró. Como le sobraban cosas, Fernanda donó muebles y objetos a algunos vecinos…

—Y algunos de esos objetos eran libros —me interrumpe Clara, emocionada, abriendo mucho los ojos al comprender por dónde voy.

—Y, como era de esperar, los donó a Eduardo, el dueño de la librería.

—Y uno de esos libros se titulaba Los indianos. Fortunas y desventuras en las Américas —añade ella, completando la frase.

El rostro de Clara es un poema. Su sonrisa, amplia y genuina, le llega hasta los ojos, iluminando toda su cara.

—Entonces, cuando Evaristo le mostró el libro donde encontró la carta, ella no supo que se lo había dado ella misma.

—Así es, y eso es exactamente lo que me hizo dudar desde el principio —admito, agitando el vino en mi copa—. Hasta que he ido al Registro y he tenido en mis propias manos el documento de propiedad de don Matías Reverter, el hombre que levantó la casa donde vive Fernanda ahora.

—Eso es muy fuerte, Cris —dice Clara, llevándose una mano a la boca, asombrada por el giro de los acontecimientos.

—Fernanda me dijo que compraron la casa a los hijos de la viuda de Matías, que por desgracia sufría problemas de memoria —continuo, exponiendo mi razonamiento con cautela—.

He deducido que la mujer nunca llegó a contar a sus hijos que su padre había escondido una gran fortuna en el suelo de su casa.

Clara me mira con una mezcla de admiración y duda. Se echa un poco hacia atrás en el sofá, pensativa.

—¿Cómo sabes que es su casa? La descripción coincide por completo con la de la librería.

—A la que se refiere el poema no es a la de la librería, es a la de su propia casa —le aclaro, seguro de mí mismo—.

Estuve allí, ¿recuerdas? He visto con mis propios ojos cómo el suelo hidráulico del salón se concentra en una espiral hacia el centro, justo bajo una enorme lámpara de cristales que cuelga encima de una mesa de té de caoba.

Clara exhala un largo suspiro, mitad aliviada, mitad resignada.

—Ahora sí tengo claro que nadie encontrará nunca el tesoro.

—No hay tesoro —digo de pronto. Me río abiertamente, incapaz de aguantar más el secreto que me he guardado para el final.

Clara se queda de piedra. Su entusiasmo se apaga en un segundo.

—¿Cómo?

—No sé… puede que esté equivocado, pero es que vi algo ese día; no le di importancia entonces, pero ahora sé que la tiene —le explico, bajando el tono, revelando el último misterio—.

Había algunas piezas del suelo que no coincidían con el mismo color en el dibujo y me imagino que por eso Fernanda colocó allí encima esa enorme mesa: para esconder ese desperfecto en el suelo hidráulico.

Creo que puedo asegurar que no era el suelo original, Clara.

Estaba burdamente pintado, simulando el verdadero.

Clara abre la boca, asimilando el golpe. El silencio se vuelve pesado entre los dos.

—¿Me estás diciendo que alguien se llevó el tesoro? —pregunta, con un hilo de voz.

—Es posible, pero no lo podemos saber.

—¿Quién? —encoje los hombros.

—No tengo ni idea.

Clara baja la mirada hacia el suelo, asimilando la decepción, pero también el peso que se nos quita de encima. Toma su copa con suavidad y da un sorbo lento.

—Bueno… es mejor así.

La miro, intrigado por su repentino cambio de actitud.

—¿Puedo saber por qué?

—Porque si no hay tesoro, no hemos mentido a nadie, ¿no? —Me mira de reojo y me hace un guiño cómplice, recuperando la sonrisa.

Me relajo en el asiento y comparto su sonrisa.

—Tienes razón. Aunque ahora, lo que más me gustaría hacer es visitar a Fernanda y contarle que estuvo viviendo encima de una fortuna, que ella misma entregó el libro con las pistas para hallarlo y que ella fue la que contó, equivocadamente, dónde estaba, en El Pica-lletres.

Clara sonríe con ironía, levantando su copa para un último brindis.

FIN