CAPÍTULO 27 #2
Me agacho. Toco el círculo con la yema de los dedos. Me da la sensación de que las baldosas están más frías que las demás, como si debajo hubiera algo que no dejaba pasar el calor. Algo que el tiempo había abrazado y no soltaba.
Oigo pasos. Me levanto de golpe. Es Clara, que ha dejado a Watson en la puerta y regresa. Me mira. Me mira los ojos. Me mira las manos, que aún rozan el borde del círculo.
—¿Qué has encontrado?
Me sorprende la pregunta. No «¿qué haces?
». No «¿por qué no sales?». «¿Qué has encontrado?
». No respondo. No sé qué responder. Si digo la verdad, si muestro el círculo, si explico el poema, todo vuelve a empezar: la codicia, los planes, los que entran de noche con ganas de subirse a escaleras y agarrar Goyas, los que mienten, los que roban, los que dejan morir.
—No sé lo que te propones —dice Clara, y su voz es más dura de lo que pretendía, más cargada de la sospecha que ha aprendido en sus libros de criminología—. Espero que no sea adueñarte de algo que no es tuyo, mintiéndome a mí, mintiendo al grupo.
La miro, preocupado. Ese no es mi plan. Nunca lo fue. Pero ¿cómo explicar que el tesoro real, el tesoro físico, el tesoro que podría salvar a Cloti de la ruina, a Marisa de la ventana, a Santiago del desastre, a todos de algo... cómo explicar que es mejor que no exista?
—No quiero que nadie sepa que existe… ni dónde está —respondo con la voz ronca, quebrada; con la voz de quien ha encontrado una puerta y decide no abrirla.
Clara me estudia. Buscando en mí algo. Es verdad. Es miedo. Es la certeza de que algunos tesoros son más peligrosos que la pobreza.
—Tienes razón. Es mejor callarse —dice ella al fin. Y su voz cambia, se suaviza, se vuelve otra. No la de la criminóloga que interroga, sino la de la mujer que comprende—. Pero quiero que sepas que yo también me di cuenta.
Sonrío, no con alegría, sino con alivio. Clara también entendió y mucho antes que yo. Clara también leyó el poema, vio la araña, vio el círculo, vio la relación. Y Clara también calló.
—¿Qué les dirás del tesoro?
—¿Qué te parece si les digo… que era una metáfora, que se refería al Goya?
—Vale que es dorado y que para Evaristo era como un tesoro, pero… los Premios Goya no existían cuando los indianos enterraron lo que enterraron —continúa ella, bajando la voz hasta casi un susurro.
—Creo que será mejor que no le demos importancia, que solo es un poema que un indiano escribió y guardó en un libro que hablaba de sus sueños y logros en otro mundo.
Clara asiente. No hace falta decir más. Entre nosotros, en ese silencio compartido, hay un secreto que no necesita palabras. Un secreto que pesa más que cuatro kilos de bronce.
Introducimos el papel perfectamente doblado en su sobre.
Cerramos el libro y lo depositamos de nuevo entre los dos volúmenes de la vitrina.
Cierro los ojos de nuevo. Dejo que la librería respire a mi alrededor, que los libros murmuren sus títulos, que el polvo flote en el rayo de sol que entra por el escaparate.
—¿Y ahora? —pregunta Clara.
—Hoy hemos descubierto lo que Evaristo vio —respondo—. Y eso, para mí, es suficiente.
Aún escuchamos cómo hablan en la calle.
—¿Les decimos que vuelvan a entrar?
Clara los detiene y los hace regresar. Watson nos mira con sospecha, como si olfateara que traemos algo que no es solo polvo de librería. Pero los perros saben guardar secretos. Los buenos perros. Y Watson, a pesar de todo, es un buen perro.
Me acomodo en el sofá verde. Clara se queda de pie, cerca, no demasiado cerca. Los demás entran poco a poco, arrastrados por la curiosidad, por la costumbre, por la necesidad de que alguien diga el final de la historia.
Miro a cada uno. El sol se ha puesto ya, y la araña de cristal enciende sus lágrimas con la luz de las farolas que entran por el escaparate. El círculo del mosaico brilla bajo ellas, húmedo, oscuro, guardando lo que el tiempo abrazó.
Y yo, que sé lo que guarda, que vi el círculo desde el sofá verde, que toqué las baldosas más frías, que compartí el secreto con Clara en un silencio que no necesitaba palabras...
yo miro a Fulgencio, que abraza el Goya como quien abraza a quien no puede abrazar, y pienso que algunos tesoros son más pesados que la estatuilla.
Algunos tesoros son el peso de no haber estado ahí.
De no haber llegado a tiempo. De haber dejado que otro esperara solo, en un pueblo que miraba mal que dos hombres se quisieran.
Clara me mira. Una mirada breve que dura lo que dura el parpadeo de una lágrima de cristal. En esa mirada hay todo lo que no dijimos. El círculo. El secreto. La decisión de callar.
—¿Para qué nos has hecho entrar? —dice Miquel al fin.
—Nada, que se ha hecho tarde y ya puedes cerrar; me voy con vosotros.
Salimos en fila. Clara y yo, los últimos. Watson nos espera en la puerta, inquieto, moviendo la cola con una energía que no es de descanso, es de alerta. Huele algo en nosotros. El secreto, quizá. El polvo del círculo, quizá. O solo la certeza de que hemos visto algo que no hemos dicho.
—¿Nos vamos en silencio? —pregunta Clara con la voz de siempre, como si nada hubiera cambiado.
—Silencio absoluto —respondo, y mi voz también es la de siempre, como si nada hubiera cambiado.
Pero algo ha cambiado. Entre nosotros. En el aire que respiramos al salir de la librería. En la manera en que caminamos juntos, sin tocarnos, sin mirarnos, sabiendo que compartimos algo que el resto del club no tiene.
Eso nos vincula de forma diferente. No de mejor, no de peor. De diferente. De la manera en que dos personas que han decidido callar lo mismo se vinculan, para siempre, en el silencio que eligieron.
Watson tira de la correa hacia la panadería.
Hacia Merceditas, que cierra la terraza, que sonríe al ver a Miquel, que no sabe que esta noche algo se ha cerrado y algo se ha abierto.
Miquel acelera el paso. Deja atrás a los demás.
Deja atrás la librería, el Goya, el accidente, el poema que nadie ha vuelto a leer.
Yo miro hacia atrás, una sola vez. La librería está oscura ya, pero la araña de cristal brilla desde el escaparate, como un ojo que no duerme.
Un guardián que llora lágrimas que no son de dolor.
Que muestra, orgulloso, el círculo que nadie ha mirado.
Y que guarda, en su silencio de cristal, el secreto que dos personas han decidido no nombrar.
Asiento, casi imperceptiblemente. Ella también. Y entre nosotros, en ese gesto que nadie más ve, se sella un pacto que no necesita palabras. El tesoro está donde debe estar. Guardado. Olvidado. Por ahora… o eso pensaba.
Clara levanta un poco su camiseta y me muestra el libro de los indianos.
—¿Qué haces? —exclamo—. ¿Por qué no lo has dejado en su sitio?
—¿No has pensado que si nosotros lo hemos descifrado, otro también lo hará?
—¿Qué piensas hacer con él?
—Tu librería es grande y extensa; quedará bien entre los de historia y las biografías de grandes personajes, ¿no crees?
No respondo con palabras; la comprendo perfectamente. En casa estará seguro y, si algún día alguien lo lee, nunca podrá relacionarlo con El Pica-lletres.