CAPÍTULO 27
La voz llega desde la puerta antes que la sombra. Una voz áspera y educada. La voz de quien ha esperado demasiado tiempo a la sombra.
El hombre que aparece en la librería me resulta conocido, pero no sé de qué. No es de Demarenys. No es de los que vigilan desde ventanas ni de los que compran pan los viernes. Es de otro lugar, otro tiempo, otro género de novela. Pero la sorpresa de Fernanda al reconocerlo me alarma.
—¿Quién es? —murmuro, más para mí que para los demás.
Miquel se acerca con la mano en la funda de su arma, el gesto automático de quien ha sido policía demasiado tiempo.
—No puede estar aquí. Es la escena de un posible crimen.
Al escuchar las palabras de Miquel, el hombre abre los ojos. Son ojos de quien ha llorado en privado, de quien ha aprendido que las lágrimas públicas son un lujo que no se permite.
—¿Es cierto lo que he escuchado de esta mujer?
Todos nos miramos, preguntando sin hablar: ¿quién es?, ¿qué sabe?, ¿por qué Fernanda lo reconoce?
Miquel le pide que se identifique.
—Fulgencio Torres —responde con una sencillez que duele.
El nombre cae en la librería como una moneda en un pozo profundo. Suena, resuena, y nadie sabe qué recoger.
Fernanda se entromete, no con la agresión de antes, sino con la urgencia de quien necesita contar su versión antes de que otro la cuente.
—Evaristo no tenía secretos conmigo. Un día me contó por qué nunca me querría. No por culpa de la panadera ni de la chismosa, sino por otra razón.
—¿Qué razón? —pregunta Joanna con la precisión de quien sabe que ahora el «qué» importa más que el «cómo».
—Descubrí que pensaba que esas cartas las escribía Merceditas. Por eso me encaré con la panadera. Y luego, al saber que era Marisa, hablé con él. Y me lo dijo todo.
—¿Qué te dijo? —pregunto yo.
—Me enseñó una foto. Me dio un nombre. Y me señaló el Goya.
Miro al hombre que aún está en la puerta. Luego miro el Goya, encima de la mesa, envuelto en plástico, con las manchas que ya no son solo sangre; son historia. Y no comprendo nada.
—¿Era él? —pregunta Clara, que se ha acercado sin que nadie la llamara.
—Era él —confirma Fernanda—. Fulgencio Torres. El escritor.
—Claro —empiezo a ver luz—. El ganador del Goya.
—El Goya al mejor guion adaptado de una novela —continúa Fernanda—. La suya.
Miquel frunce el ceño.
—¿Evaristo dijo que el Goya se lo había regalado alguien que murió hace dos años?
—Mintió —dice Fernanda, y la palabra es simple y enorme a la vez. La palabra que ella misma ha usado demasiado—. Fulgencio es ese muerto. El que no murió, el que solo se dejó creer muerto a conveniencia de Evaristo.
Todos nos quedamos sorprendidos. Pero no es la sorpresa de quien descubre un crimen; es la sorpresa de quien descubre que le han contado mal una novela entera, que le han hecho confundir al protagonista con el personaje secundario, que ha aplaudido al actor equivocado.
—¿Por qué? —pregunta Mireia.
Yo no respondo. Sabía una parte de su secreto. Y ahora callo, espero a que Fulgencio diga la primera palabra y me dé la razón.
Pero debemos esperar. Escuchamos como llega el furgón. Se lleva a Fernanda, que sigue pidiendo perdón, ahora a Fulgencio, ahora a Evaristo, que no puede oírla. La puerta se cierra. El ruido del motor se aleja.
Hablamos con Fulgencio. Quiere saber qué sucedió con su amigo.
—Fue un accidente —le comenta Justo, que está acostumbrado a dar malas noticias, mientras señala con la cabeza el Goya manchado sobre la mesa.
Fulgencio se hunde. No se desmaya, no grita. Se hunde.
—Éramos... —empieza, y la voz se le quiebra.
—¿Pareja? —termina Joanna con la suavidad de quien ha aprendido que algunas palabras necesitan ser dichas por otros.
—Pareja —confirma Fulgencio. Una palabra que suena simple, enorme; la palabra que Evaristo nunca pudo decir en Demarenys—. Yo vivía en Madrid. Él en este pequeño pueblo...
Clara interviene con la ingenuidad que a veces es la única forma de honestidad:
—¿Por qué no vivían juntos?
Fulgencio responde. Sus ojos buscan los míos, los de Cris, los de quien entiende.
—Aquí se mira mal que dos hombres se quieran. Por eso, sabiendo que pronto se jubilaría, me pidió que esperáramos.
—¿Esperar qué? —pregunta Mireia.
—Que dejara Demarenys. Que nos marcháramos a vivir juntos, donde fuera.
—¿Y dejasteis de veros durante ese tiempo? —digo yo, y mi voz es la de quien ha esperado demasiado también, aunque por otras razones.
—Para no dar pie a incómodas preguntas —responde Fulgencio—. Por eso decía que el amigo que le regaló el Goya... había muerto —continúa Fulgencio—. El amigo al que animó a reescribir su novela para convertirla en un guion excepcional. En una mejor película.
—Por eso el Goya era tan preciado para Evaristo —comenta Justo—. Más que el propio tesoro que podía estar escondido en algún lugar de la librería.
Decido hablar de mi secreto con Fulgencio.
—Yo sabía que Evaristo era gay. Me alababa por mi fuerza de voluntad de enfrentarme a las malas lenguas al vestirme de mujer.
—¿Te lo contó? —pregunta Clara mirándome.
—Un día me dijo que lo pasaba mal. Que, como era el solterón y de buena posición, todas las mujeres lo deseaban.
—¿Pero él? —insiste Mireia.
—No tenía ojos para nadie más que para un hombre.
—¿Imaginaste que era yo? —pregunta Fulgencio.
—Sí y no… Imaginé que era el hombre que murió después de regalarle el Goya; eras un recuerdo, no un ser vivo.
—Fue Evaristo el que me lo hizo ganar. Por eso no dudé que el Goya era más suyo que mío, y por agradecimiento, por amor… por eso se lo di —se frota los ojos Fulgencio.
—¿Y ahora? —pregunta Miquel, emocionado.
—Ahora me alegro de conocer a Fulgencio —respondo, mirando al hombre que abraza el Goya, roto—. De conocer al amor del librero. Al que tenía en lo más alto de su librería, al que podía ver desde cualquier lugar y pensar en él.
Fulgencio rompe a llorar. El Goya, entre sus brazos, parece más liviano de lo que es. Cuatro kilos de bronce que pesan menos que la ausencia.
Miquel se dirige al grupo. Su voz es otra, no la de policía.
—Y después de su muerte, uno descubre quién fue realmente Evaristo.
—A quién amó —asiente Mireia.
—A quien veneró —añade Miquel.
—Por qué admiraba a Cris —interviene Justo.
—Lo admiraba porque Cris se atrevió a ser lo que Evaristo escondía —dice Miquel, y me mira, y en su mirada hay algo que no es solo comprensión.
—Sabemos por qué siempre estaba solo —continúa Clara—, porque esperaba.
—Ahora comprendo por qué miraba a Merceditas de esa manera —dice compungida Joanna, y Miquel escucha atento sus palabras.
Piensa en Merceditas. No baja la vista.
—Porque era feliz con las sonrisas de la panadera —dice al fin, orgulloso.
Watson escucha los sollozos de Fulgencio.
Se acerca a él, aullando, como acompañándolo en su dolor.
El basset hound, que hasta entonces había estado ajeno a todo, ahora tiene los ojos tristes puestos en el escritor, en el Goya, en la pérdida que no es suya pero que huele a despedida.
Fulgencio lo mira, sorprendido, y por un instante deja de llorar.
Watson le lame la mano, la que sostiene el Goya, y el gesto es tan simple, tan verdadero, que el silencio que sigue no necesita de nadie que lo llene.
Nos quedamos callados, mirando a Fulgencio, mirando el Goya que aún estruja entre sus brazos.
Es tarde, Miquel nos manda salir de la posible escena del crimen. Pero yo no quiero marchar. No sé por qué. Necesito quedarme aquí. Solo. Por eso le pido a Miquel que me deje quedar un rato a solas. Asiente. No pregunta por qué. Le doy la correa a Clara. Joanna lleva del brazo a Fulgencio.
Me reclino en el sofá verde. La cabeza tirada hacia atrás, como hizo Evaristo cuando descubrió lo que decía la adivinanza.
Paso un tiempo con los ojos a medio abrir.
Hasta que parpadeo. La araña de cristal cuelga sobre mí.
Sus lágrimas centellean. El sol de la tarde atraviesa el escaparate y las hace brillar; cada gota de cristal, un pequeño fuego dorado que tiembla en el aire.
De repente pienso en el poema. En las palabras que Watson encontró debajo de la estantería. Desdoblo la hoja y las recito en voz baja, para mí, para el silencio, para el polvo que flota en el rayo de sol:
«Cuando el guardián de la casa llore lágrimas que no son de dolor...»
—Las lágrimas de la araña. Cristal, no agua. No son de dolor. Son de luz. De luz que se detiene para contemplar.
«...mostrará orgulloso el círculo del sudor que un hombre derramó».
Observo el mosaico hidráulico bajo mis pies. Los dibujos geométricos en tonos tierra y azul que convergen, que se acercan, que se abrazan en un círculo exacto. Un círculo de baldosas más oscuras que las demás, como si alguien hubiera sudado sobre ellas trabajando en secreto.
«Allí donde el sol dorado de poniente se detiene a contemplar lo que el polvo contiene...»
—El sol de la tarde. El sol dorado. Se detiene en la araña, en sus lágrimas, y desde ahí mira hacia abajo. Hacia el círculo. Hacia lo que el polvo contiene.
Me levanto de golpe. El sofá me empuja hacia arriba, como si supiera que voy a hacer algo que cambiará todo.
Camino hacia el centro del mosaico. Piso el círculo.
No sé si me parece que las baldosas suenan diferentes.
No huecas, pero diferentes. Más apretadas.
Como si alguien las hubiera vuelto a colocar con cuidado, con prisa, con miedo de que se notara.
«...descansa el merecido premio de quien partió lejos, al otro lado del mar».
—Los indianos. Los que partieron. Los que volvieron con fortunas y desventuras. Los que enterraron lo que no podían gastar, lo que no podían declarar, lo que no podían dejar que otros encontraran.
«No busques en lo alto lo que yace, si no donde los pies del sabio pisan: el suelo guarda lo que el cielo perdió, el sacrificio que el tiempo abrazó».
—No busques en lo alto. No busques en el techo, en la araña. Busca donde pisas. Donde el sabio pisa. Donde el tiempo ha abrazado el sacrificio.