CAPÍTULO 26 #2
—Señora —interviene Miquel, con la voz de la autoridad, pero también la del hombre que ha visto a esta mujer llorar en comisaría, que ha visto que debajo de la seda hay algo que no es solo seda—. Orden oficial.
Nadie sabe qué sucede. Ni los del club, ni Fernanda, ni yo mismo del todo. Pero algo en la manera en que ella se niega, en la manera en que sus ojos buscan la puerta de su propia casa como si fuera una salida de incendios, me dice que estamos cerca. Muy cerca.
Abre el panel y el vestidor aparece ante nuestros ojos. Joanna, Mireia y Clara abren la boca. Esa boca que se abre cuando ves que la realidad supera la ficción, que la codicia tiene mejor gusto que la honestidad. Fernanda se queja:
—¡Quitad vuestras sucias manos de la ropa!
Pero nadie le hace caso. Las manos de Mireia acarician un vestido de Dior, las de Joanna evalúan un traje de tweed, las de Clara tocan un kimono de seda que no es el que lleva puesto.
Tocan, acarician. Y yo, mientras tanto, señalo con el dedo a Miquel la estantería acristalada: el libro de Poe, El escarabajo de oro.
Primera edición. El que Fernanda dijo que Evaristo se negaba a comprar.
El que ella dijo que era su único seguro de vida.
Miquel hace caso omiso. Coge el libro. Lo abre. Lo huele. Lo mira como quien mira a un sospechoso que finalmente ha dejado de fingir. Y yo miro a Fernanda y veo en sus ojos algo que no había visto antes: resignación. La resignación de quien ha jugado todas sus cartas y ha perdido.
—¿Ahora qué? —pregunta Miquel—. Tenemos el libro... ¿y?
—Regresamos a la librería.
Nos dirigimos hacia la estantería acristalada del fondo, le pido a Miquel que ponga el libro justo en el hueco entre dos volúmenes. Al ponerlo, la marca de polvo coincide. El rectángulo de ausencia es exactamente del mismo tamaño que el hueco que ahora ocupa el libro de Poe.
Miro a Miquel. Miro a Fernanda. Y los llevo a todos al centro de la librería. Hago sentar a Fernanda en su sillón verde. El regalo que le hizo a Evaristo.
—Por eso es por lo que no les dijo el título del libro —muestro el libro en mis manos.
—No comprendo, Cris.
—Es fácil, Miquel. Si decía dónde estaba, irían directos a buscarlo y verían que este libro estaba aquí y no en su casa.
Ella, indignada, pregunta:
—¿De qué me acusas? ¿De mentir a esa panda de aficionados?
—Señora Fernanda, la acuso de robo y de no prestar auxilio a Evaristo.
—¿Lo puedes demostrar? —me pide Miquel, nervioso.
—Es cierto que este libro era de Fernanda, más exactamente de su tercer esposo, el editor, y que, por falta de recursos económicos, se vio obligada a vendérselo a Evaristo, que lo ansiaba con toda su alma.
—Pero ella ha dicho que no le pagaba lo que ella pedía —comenta Clara.
—Sé que lo compró porque anotó el libro en la libreta con sus preciadas pertenencias.
Solo habrá que comprobar las cuentas bancarias de Evaristo.
Pero Fernanda, sin desearlo, vio la oportunidad de recuperarlo.
¿Cuándo? Cuando se asomó en la librería y vio a Evaristo tirado en el suelo. ¿Me equivoco?
Fernanda baja la cabeza, cierra los ojos y, sollozando, confiesa:
—Es cierto. Me compró el ejemplar. Teníamos una gran unión por los libros, pero no sentimental. Ese sentimiento lo tenía por la panadera; no era amor, era algo amigable, ella lo hacía reír.
Miro a Miquel y noto un alivio en su rostro, un toque de felicidad que no se atreve a mostrar del todo.
—Por eso creo que no escribió mi nombre en la agenda. Nunca dudaría de mí, porque soy toda una señora.
—Eso hay que serlo, no aparentarlo —le dice Joanna.
—No lo escribió en la agenda porque dejó la libreta abierta por la anotación del libro como pista. Evaristo era listo y supongo que imaginó que era usted la que entró a robar, junto al resto.
—Dígame —se inclina Miquel hacia ella—, ¿cómo lo hizo?
Fernanda sorbe y traga saliva, mientras aprieta sus manos.
—Seguí a Evaristo cuando salió de la panadería hacia la librería.
Estaba en la misma acera que Marisa, no podía verme.
Al poco después de entrar, los vi salir corriendo, a los tres y cómo entraban en casa de Marisa.
Me acerqué a la puerta y lo llamé. No me respondió.
Entré, despacio, lo llamé de nuevo y al no responder decidí llevarme a casa mi libro.
—Lo tenía todo pensado —insisto.
—No. Nadie tenía que sufrir daño y mucho menos morir. Solo teníamos que encontrar algo que nos indicara dónde estaba ese tesoro escondido —sorbe de nuevo—. Lo vi en el suelo…
—Cuando lo vio, ¿comprobó si estaba vivo? —pregunta Miquel.
—Lo escuché jadear, solo un instante —rompe a llorar—.
Lo siento. Me quise ir, pedir ayuda, pero no podía hacerlo, también era culpable de lo que había sucedido ahí dentro.
Así que decidí coger lo que hacía unos días le había vendido: mi Poe.
Luego quise regresar a casa pero los vi como me llamaban detrás de la verja de Marisa.
—¿Nadie se dio cuenta de que llevaba el libro? —dice Joanna.
—Suelo llevar libros, no era nuevo en mí.
—Y dos días después, te aprovechaste de mi condición —la incomodo, con bastante malestar—.
Hiciste algo que no haces con nadie: me llevaste a tu habitación, para que viera que el libro estaba en tu casa.
Era la ocasión ideal. Con la excusa de que me gusta vestir de mujer, demasiado natural todo, como si nada hubiera sucedido, como si aún estuvieras negociando con Evaristo un precio para su venta. Buena jugada.
—Por eso te regaló el pañuelo, tonto —me regaña Joanna.
Miquel llama a Xavier para que se lleven a Fernanda a comisaría. Y en ese instante, en esa pausa que dura una eternidad y un segundo, alguien hace una pregunta desde la puerta de la librería:
—¿Así que estaba vivo cuando lo viste tirado en el suelo y no lo socorriste?
Una sombra alargada se proyecta en el mosaico hidráulico.
Fernanda palidece. No mucho. Lo justo para que se note bajo el maquillaje.
—No es posible —grita sorprendida—. Usted no debería estar aquí. Usted está muerto.