Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Estamos los seis del club en medio de la librería.

Yo, recostado en el cómodo sillón verde, me quedo callado mientras ellos hablan.

Watson ronca a mis pies, ajeno a la tensión que flota como el polvo en los rayos de luz que entran por el escaparate.

Su ronquido es el único sonido constante en una habitación donde nadie sabe cómo empezar a decir lo que sabe.

Clara se adelanta. Saca de detrás de su espalda algo que no habíamos visto: un libro viejo forrado con un plástico amarillento que ha perdido parte de su transparencia por el paso de los años.

Los bordes de las páginas están teñidos de ocre, como las uñas de quien ha vivido demasiado.

En el lomo, casi borrado, se lee: Los indianos.

Fortunas y desventuras en las Américas .

—Cuando Fernanda dijo dónde encontró Evaristo la nota, tuve curiosidad —dice Clara con la voz que usa cuando ha resuelto un examen antes que el profesor.

Mireia se inclina hacia el libro, como si fuera una tarta que necesita evaluar antes de probar.

—¿Es este? —pregunta con admiración y celos.

—Creo que sí —responde Clara, encogiéndose de hombros con esa naturalidad que tiene para hacer que lo extraordinario parezca rutina—. Fui a la vitrina y miré.

Abre la portada. El plástico cruje, un sonido que hace que Watson levante una oreja, evalúe y vuelva a dormir.

Dentro, pegado al interior con una cinta de celo reseca que ha perdido la transparencia, hay un sobre.

Está vacío, aunque no del todo: huele a tabaco viejo, a madera, a secretos pegados en una hoja.

—Está vacío —dice Mireia, y su voz suena a desilusión de pastelera que abre un horno antes de tiempo.

—Vacío de palabras —corrige Justo, que se ha acercado con el bastón en la mano, usando la punta para señalar el interior del sobre—, pero no de intención.

Yo me levanto. El sillón verde se niega a soltarme; la tela se agarra a mi camisa como si supiera que voy a hacer algo que cambiará todo. Meto la mano en el bolsillo del pantalón —el mismo de ayer, el mismo donde guardé la hoja que Watson encontró debajo de la estantería— y saco el papel viejo.

—Necesito saber si…

Lo introduzco en el sobre. Cabe perfectamente. Demasiado perfectamente. El ajuste es milimétrico, como si el sobre hubiera estado esperando que devolviera de nuevo el papel al lugar donde estuvo durante décadas.

Miquel lo saca. Lo examina contra la luz que entra por el escaparate. Y entonces escuchamos una voz de mujer:

—Lo siento, me he dejado el bolso. ¿Puedo entrar?

Es Merceditas. Está en el umbral. La luz de la calle la ilumina por detrás, una aureola de panadera que no sabe si es ángel o testigo. Busca con la mirada el bolso que se ha dejado olvidado en algún rincón de la librería.

—Ahí está —señala, cerca de donde ahora está sentado Miquel.

Se despide de nosotros y de Miquel con otro beso.

—El segundo en una hora, récord para un inspector en servicio —dice Justo—. Tú lo que querías era otro besito...

Todos nos reímos. Hasta Watson abre un ojo, evalúa la situación y decide que no merece la pena levantarse.

Pero no se vuelve a dormir del todo; se queda en esa posición intermedia, el hocico sobre las patas, las orejas en alerta mínima, como si supiera que algo va a pasar y no quiere perdérselo del todo.

Merceditas también ríe. Y entonces abre los ojos al mirar la mano de Miquel: la hoja, el papel viejo con el poema.

La luz del escaparate la atraviesa, hace visible la caligrafía antigua, las letras que se inclinan hacia la derecha como plantas que buscan el sol.

Su voz cambia, se vuelve otra, la de quien ve algo que no debería ver.

—Mira, esta hoja es igual a la que tenía Evaristo en la panadería.

Silencio. El ronquido de Watson se detiene. Una de esas pausas que ocurren en las novelas policíacas justo antes de que todo cambie. En la vida real, también.

—¿Es la suya? —pregunta Merceditas.

Todos nos quedamos petrificados.

—¿Estás segura? —pregunta Miquel, que ya sabe la respuesta, pero necesita oírla de boca ajena. Ella asiente con la seguridad de quien ha visto algo una sola vez, pero lo ha recordado desde entonces.

—Evaristo estaba sentado dentro de la panadería. Sacó una hoja de papel del bolsillo. La leyó. La volvió a doblar. Y luego me dijo que tenía que irse, que había algo que debía hacer. Que era importante. Que lo esperara.

—¿Te dijo qué tenía que hacer? —pregunto.

—No. Pero tenía la misma cara que ahora tiene usted. La de quien ha encontrado algo que no sabía que buscaba.

Miquel la acompaña hasta la puerta. Yo los veo irse; ella, con la coleta moviéndose como el metrónomo de una música que solo ellos escuchan.

En el umbral, ella se detiene y se gira.

Le dice algo que no oigo, pero veo la respuesta de Miquel: una sonrisa que no es de policía; es, como bien ha dicho Merceditas, la de un hombre que ha encontrado algo que no sabía que buscaba.

Cuando regresa, trae la agenda en las manos. La misma que encontramos el primer día, con los cinco nombres escritos a toda prisa. La misma que Evaristo dejó abierta como mensaje, como advertencia, como última voluntad de quien sabía que algo iba a pasarle.

—Recordad lo que ha dicho el concejal —dice Miquel—. Que Evaristo se quedó un instante en su mesa.

Abre la agenda. Los nombres: Cloti, Santiago, Rogelio, Marisa, Merceditas. Escritos con la letra torcida de quien escribe de pie, deprisa, con miedo. La tinta se ha corrido en algún punto, como si la mano hubiera temblado.

—Los escribió rápido —dice Clara, que se ha acercado por detrás, oliendo la escena como Watson huele las croquetas—. Sospechó que habían entrado aquí dentro, en la librería.

—Y lo escribió por si ocurría algo —continúa Justo, con el dedo sobre la página, sin tocarla, como si fuera evidencia.

—¿Hablar con ellos era para él o para la policía si pasaba algo? —pregunta Mireia, quien no entiende por qué alguien no pediría ayuda antes.

—Era un aviso —respondo—, para nosotros. No hay duda.

—¿Y por qué no está el de Fernanda? —pregunta Miquel.

—No lo sé.

—¿Y qué sucedió? —pregunta Joanna, con la precisión que tiene para las preguntas que duelen—. ¿Cómo murió?

Miro a cada uno. A Miquel, que sostiene la hoja del poema y la agenda como quien sostiene una sentencia.

A Clara, que ha encontrado el libro. A Justo, que ha visto demasiados crímenes para sorprenderse.

A Joanna, que sabe leer entre líneas de chismes y entre palabras de asesinos.

A Mireia, que prepara tartas como otros preparan coartadas y que ahora tiene los ojos enrojecidos de algo que no es harina.

—Fue un accidente —declaro al fin.

—¿Accidente? —repite Miquel, y la palabra suena extraña en su boca, como un idioma que ha olvidado.

—Vio el Goya fuera de lugar. Recuerdo que Cloti lo vio también desde la calle, el primer día. Dijo que la balda estaba vacía.

—Hombre, claro que lo dijo, si fue ella la que lo dejó así —se mofa Mireia.

—Además vio la escalera —continúa Clara, que ha vuelto cerca de la estantería donde todo ocurrió, como si no quisiera alejarse demasiado de la evidencia—. Supongo que Evaristo nunca la dejaba allí.

Justo reconstruye su supuesta escena con los ojos cerrados.

—Puede que, al arrastrar el Goya y al verse sorprendidos, Cloti lo dejara demasiado en la punta de la balda. Y cayó por sí solo.

—Un pequeño golpe podía hacerlo caer —asiente Miquel.

—Está claro. Cuatro kilos mal puestos.

—Pero —interviene Mireia, y su voz es la de quien ha visto caer demasiadas tartas del horno, demasiados sueños mal amasados—, ¿por qué se agachó?

Yo tomo el papel de la mano de Miquel. El poema. La adivinanza que Evaristo leyó en el sofá verde, el que antes ocupaba yo, como si sentarme aquí fuera una forma de entenderlo.

—Por esto.

La hoja brilla en mis manos bajo la luz, amarillenta, vieja, más pesada de lo que parece.

—Se le cayó del bolsillo. Por eso lo encontró Watson en la estantería de al lado, no donde Evaristo murió. Se agachó para recogerlo del suelo, se apoyó en la estantería y...

—El Goya cayó —termina Clara.

—Y con tan mala fortuna que le dio de lleno en la cabeza.

—Hay algo que no entiendo —dice Miquel—. Si sabían de dónde había sacado la evidencia del tesoro, ¿por qué el Goya en vez de buscar el libro?

Pregunta con la astucia de quien sabe que la ausencia también es pista.

—Cuando Fernanda lo ha contado, me ha parecido entender que nunca les dijo toda la verdad.

Puede que les dijera que lo encontró en un libro, pero no en cuál.

Les dio la pista que quería darles, no la que necesitaban...

y eso me preocupa —me dirijo a Clara—. ¿Dónde has encontrado el libro? Hay algo que necesito ver.

Todos vamos hacia allí. Es una vitrina vieja de madera, con el cristal que protege los libros importantes.

Los que hay ahí dentro —observo que la mayoría son los que están escritos en la libreta que hay junto a las cartas y la agenda— son primeras ediciones, ejemplares firmados, joyas que Evaristo no vendía ni a punta de pistola.

La vitrina tiene una cerradura de bronce que no ha sido forzada porque la llave está puesta.

Compruebo y observo que la cerradura no funciona.

Le pido a Clara que devuelva el libro a su lugar. Lo desliza entre dos volúmenes de similar tamaño. Observo el resto de libros y sonrío, porque la marca de polvo en la balda de la vitrina es un rectángulo perfecto, y el libro encaja en ese rectángulo.

—Seguidme; creo entender por qué Fernanda no les dijo qué libro era.

Le pido a todos que me acompañen a su casa.

Fernanda se sorprende al vernos. Se sorprende de que estemos todos, con la determinación de quien va a una boda a la que no ha sido invitado o a un funeral que no sabe que es suyo. Lleva un kimono diferente, esta vez de seda burdeos, el de la primera vez que la visité.

—¿Qué ocurre?

—Fernanda, acompañe a mis amigos a su vestidor.

—¡Ni hablar! —Su voz se agudiza, se rompe la compostura—. ¡Es mi intimidad! ¡Es mi...