Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Mientras buscaban algún indicio o señal que les indicara dónde hallar ese tesoro que gritó Evaristo, algo sucedió que cambió el plan trazado.

—La suerte no estaba de nuestro lado —dice Cloti—. Evaristo cogió la calle que nunca cogía para ir a su casa. La de la librería. Y creo que nos vio. Por eso entró.

—Yo tenía que avisar, pero no pude hacerlo —interviene Marisa.

—¿Cuál fue el motivo? —pregunta Miquel.

—No me dieron sus números de teléfono.

Los del club dejamos escapar una sonrisa contenida mientras que los otros la miran recelosos.

—¿Cree que Evaristo los vio? —pregunta Miquel.

—No —responde Santiago—. No nos vio, pero al ver la puerta entreabierta, entró.

Cloti estaba arriba, en la escalera, arrastrando el Goya hacia ella para cogerlo mejor y bajar.

Dejé a Rogelio sujetando él solo la escalera.

Como soy bastante alto, alcé los brazos para que me lo diera y así ella mirara en la balda vacía, pero oímos la puerta. Oímos su voz: «¿Hola?». Y luego...

Se detiene.

Todos se detienen. El silencio de la librería es tan denso que oigo los pasos de Clara que regresa a su silla y a Watson roncar bajo la mesa.

—Lo que sucedió, no lo sabemos —dice Marisa, como quien ha ensayado esta frase en sueños, en vigilias, en la butaca vacía.

—¿Eso no es posible?

Miquel se levanta. Camina hasta el Goya, envuelto en plástico, y lo toca con la yema de los dedos.

—Uno de vosotros empujó a Evaristo. ¿Quién?

—Ninguno —dice Rogelio.

—Cloti, ¿soltaste el Goya para que cayera en su cabeza?

—No —responde Cloti.

—¿Cómo murió, entonces?

Se miran. Uno a uno. Y en esas miradas hay algo que no estaba antes: no es miedo, no es culpa. Es alivio. El alivio de quien finalmente va a contar lo que no ha contado ni a sí mismo.

Cloti se decide a hablar:

—Evaristo entró. Imagino que nos escuchó o vio algunas figuras y supo...

—¿Qué supo? —insisto.

—Que estábamos ahí. Que le robábamos. Que le traicionábamos.

—Se detuvo en su mesa de escritorio durante unos segundos —sigue Santiago.

—Y dijo algo que no recuerdo —continúa Cloti—. Como comprenderán estábamos nerviosos.

—Eso lo escuché bien —dice Marisa—, Evaristo dijo: «¿Quién anda ahí?». Pude ver que avanzaba hacia el interior y dijo: «Mire, si necesita ayuda...».

Cloti sigue con el relato.

—Antes de salir por la puerta pude ver que de repente se agachó y...

—¿Por qué se agachó? —pregunto.

—Quién lo sabe —responde Santiago.

—¿Entonces os largasteis?

Asienten los tres.

—Al cruzar la puerta escuchamos un golpe metálico —termina Cloti.

—Un golpe muy fuerte —concluye Rogelio.

—¿Y ustedes? —pregunta Miquel, mirando a Fernanda, a Marisa, a Merceditas.

—Yo me quedé cerca de la panadería y no pude avisar de que Evaristo iba hacia la librería —dice Fernanda.

—Yo estaba recogiendo mesas y desconocía lo que tramaban —dice Merceditas.

—Les grité desde la ventana —dice Marisa—. Vi cómo ellos tres salían corriendo y me miraban enojados.

—Porque no diste el aviso —le recrimina Rogelio.

—Ya sabéis la causa y por eso me asusté.

—Y llamó a comisaría —confirma Miquel.

—No exactamente —dice Cloti—. Nos escondimos en su casa —Marisa asiente.

—Al rato, observamos tras las cortinas y vimos salir a Fernanda de la librería. La llamamos y trazamos un plan —expone Santiago.

—¿Fernanda, qué hacía en la librería? —pregunto.

—¿Qué vio? —insiste Miquel.

—Nada. Apenas entré, quería comprobar que no los hubieran pillado —responde Fernanda.

—En ningún momento pensamos que había muerto —concluye Rogelio.

—Llamé a comisaría al rato de que todos se habían marchado  —concluye Marisa.

Miquel se queda inmóvil. El Goya, bajo sus dedos, parece más pesado de lo que es. Cuatro kilos de bronce que no los usó nadie para matar, pero tampoco para salvar.

—¿Y ahora, Miquel? —pregunta Clara.

—Ahora reconstruimos. Mañana. Con luz de día. Con todos los detalles. Con...

—¿Con qué? —pregunto.

—Con la verdad —responde señalando a los cinco—. Porque no creo que ninguno de vosotros haya sido sincero.

Todos murmuran, pidiendo clemencia, repitiendo que fue un accidente.

Miquel no escucha. Anuncia a los policías que los dejen marchar, y advierte que los quiere a todos en comisaría mañana. Se levantan. Uno a uno. Sin miedo en sus miradas.

Me complace sentarme en el sillón verde y, cuando los tengo a todos frente a mí, digo:

—Si Agatha Christie estuviera aquí, no diría que todos vosotros sois culpables de la muerte de Evaristo; diría que sois los responsables.

—¿Qué diferencia hay? —pregunta Miquel.

—La palabra lo cambia todo. Porque culpable implica intención; responsable implica consecuencia. Y creo que esta muerte va de consecuencias.

Todos se van. Silencio absoluto. Marisa sale la última y pienso en que gracias a ella se han descubierto las intenciones del grupo.

Merceditas agarra el brazo de Miquel y juntos se acercan a la caja de las cartas. Hurga en su interior y sonríe al ver que no están las de ella.

—¿Tan malas eran que no ha guardado ninguna?

Los dos se ríen. Abren una de Marisa y la leen juntos, en voz baja, con la voz quebrada de quien sabe que las palabras que van a pronunciar son de puro amor.

Watson se acerca, lame mi mano y yo le doy una palmada en el lomo.

Merceditas, viendo que necesitamos quedarnos solos los del club, se despide de Miquel con un beso. Todos nosotros, como niños, soltamos un «¡Oh!» enorme.

—No sé vosotros —habla Joanna—, pero creo que Merceditas nunca supo los planes de los «responsables» de la muerte del librero.

—Y es cierto —responde ella—. Si lo hubiera imaginado, los denunciaba sin pensarlo dos veces. Una, por querer enredarme en algo que nunca hubiera aceptado, y dos, porque Evaristo era un buen hombre y no se lo merecía.