CAPÍTULO 24
Marisa pide permiso para hablar la primera. Levanta la mano, como en la escuela, y por un instante veo a la niña que fue antes de que los rulos y la butaca de la ventana la convirtieran en monumento.
—Antes de hablar de lo que pasó esa noche, me gustaría explicar cómo nos unimos para organizarnos.
—¡No puedes decir eso! —grita Santiago.
—¡Calla! —exclama el resto.
No es necesario que Miquel ponga orden; ella misma sigue hablando, haciendo caso omiso a los gritos.
—Es extraño lo que siento ahora. No soy la que observa, soy la observada. Y creo que, por primera vez, me escucharán todos con atención.
Habla con una voz distinta, no con la de la chismosa ni con la de la viuda vigilante. Mireia, que está a mi lado, se inclina y murmura:
—A mí me escuchó ayer, cuando le di la tartaleta.
—Es diferente —respondo, bajito—. La tartaleta es soborno. Esto es... ¿confesión?
Marisa toma aire. Se toca los rulos.
—La mañana en que Evaristo recibió la llamada, ya hacía tiempo que le mandaba cartas. Fernanda ya había amenazado a Merceditas, creyendo que era ella, y luego me pilló dejando una en la puerta de la librería. Ese fue el detonante.
—¿El detonante de qué? —pregunta Miquel.
—De que pasara más tiempo observando lo que sucedía delante de casa, la librería. Veía a Evaristo malhumorado cuando hablaba con Fernanda, pero cuando regresaba de la panadería, sonreía, feliz. Esa chica le daba algo más que un simple pan redondo de payés.
Merceditas junta las manos y las lleva a la cara, agradecida. En cambio, Fernanda reclama la palabra. Se levanta; el kimono verde se agita como alas de cuervo herido.
—Si estaba de mal humor era porque se negaba a comprarme el libro que tanto ansiaba al precio que le pedía. No por nada personal.
—¿Qué libro? —pregunto yo.
—Ya sabes de qué libro hablo, El escarabajo de oro —responde Fernanda, con su dignidad resquebrajada—. Mi preciado libro. Mi único...
—Su único seguro de vida —termino yo.
—Llámalo como quieras.
Marisa tose. Es una tos teatral, la de quien quiere recuperar el escenario.
—Fuera lo que fuera, vigilaba detrás de la cortina y vi algo extraño.
A partir de la mañana siguiente en la terraza, observaba a Cloti buscar algo por todas partes, a Rogelio visitándola siempre que Evaristo estaba ausente, a Santiago pasando horas frente al escaparate o comprando libros que después regalaba al primero que pasaba por la calle, a Fernanda pasando horas hablando dentro...
—¿Y yo? —interviene Merceditas desde su rincón.
—Usted nunca se acercó a la librería —responde Marisa, y hay una pausa.
Merceditas sonríe al saber que su ausencia la convierte en la única inocente o en la única culpable que no ha sido invitada a la fiesta. Miquel también la observa, pero con los ojos llorosos, emocionado, satisfecho de creer en su inocencia desde el primer momento.
—Me di cuenta de que todos queríamos lo mismo —continúa Marisa—, así que, uno a uno, cuando iban a la librería, me acerqué y les dije que teníamos que hablar.
—¿Cómo se acercó? —pregunta Justo, con la voz de policía jubilado que no puede evitar sonar a padre severo.
—Con la verdad. Les dije: «Somos avariciosos. Y sea cual sea el motivo, todos queremos parte de ese botín». Ahora, lo que faltaba era saber si Evaristo querría compartirlo.
El silencio que sigue es el de cinco personas descubriendo que tienen algo en común que no es el amor por Evaristo, ni siquiera el amor por los libros. Es el silencio de la codicia compartida.
Miquel interviene:
—Eso quiere decir que ninguno de ustedes expuso que tenía problemas de finanzas.
Todos se miran extrañados y negando, mintiendo. Joanna se inclina hacia mí y murmura:
—Mira cómo guardan las apariencias. Como niños pillados con la mano en el tarro de galletas.
—El tarro de galletas era de Evaristo —respondo, igual de bajo.
—Y pretendían que fuera de todos —concluye ella.
Miquel interviene y cuenta lo que sabe de cada uno; el porqué necesitaban dinero urgentemente o a corto plazo: Fernanda, con la casa que se comía los ahorros de sus maridos muertos; Cloti, peligrando su trabajo con la librería que nunca heredaría; Santiago, con la maqueta de cristal que lo arruinaba; Rogelio, por la necesidad de buscar una nueva vivienda; Marisa, con la paga de viuda que no llegaba a fin de mes.
Todos bajan la cabeza avergonzados. La vergüenza de ser vistos en la ruina, como se ve a alguien en ropa interior.
Cloti interviene ahora. Se levanta, tambaleante, y camina hasta el sillón verde. Se sienta en él como si fuera suyo, como si siempre hubiera sido suyo.
—Durante la reunión, quedamos de acuerdo en decirle a Evaristo que sabíamos lo del tesoro. Que no precisaba contratar a nadie externo, que luego las autoridades se quedan con un tanto por ciento elevado y no interesaba, nos lo podíamos repartir.
—¿Y qué dijo Evaristo? —pregunto.
—Se negó —responde Cloti, y la voz se le quiebra, rabiosa—. Lo visitamos en grupo, individualmente, por parejas. Siempre era un no.
—Pero Evaristo... —interviene Fernanda, y hay algo en su tono que no es rencor, es casi ternura—, todos sabemos cómo era. No pensaba nada malo de nadie, ni aunque insistiéramos en quitarle una gran parte, en compartirlo. Porque incluso así, si necesitaba ayuda por algo, nos la pedía.
Cloti continúa:
—Y viendo que todo estaba tomando un mal camino, trazamos un nuevo plan. Había que encontrar el tesoro antes que él, pero había un grave problema: no sabíamos dónde buscar. Así que empezamos a preguntar con disimulo.
Fernanda se levanta, camina hasta el centro del círculo.
—Le pude sonsacar a Evaristo cómo se había enterado de lo del tesoro. Eso fue después, cuando ya no nos escuchaba. Cuando creía que solo venía a por compañía.
—¿Y qué le contó? —pregunta Miquel.
—Que en el fondo de la librería, donde guardaba los libros que siempre han estado en la casa desde que se levantó la primera piedra, vio uno en particular que le llamó la atención.
—¿Qué libro? —pregunta Clara, que hasta ahora había estado en silencio, tomando notas en su móvil.
—Hablaba de los indianos. De aquellos hombres que marcharon a las Américas a hacer fortuna.
Le llamó la atención que estaba forrado con un plástico amarillento por los años.
Y lo que parecía un papel en el interior de la portada donde pegaron el plástico, no era un papel. Era un sobre. Y dentro, un poema.
Clara se levanta de su silla y la veo desaparecer entre las estanterías.
—Evaristo era un tío que había leído mucho. Era listo. Muy listo —interviene Rogelio, como quien habla de un maestro al que no pudo igualar.
Señala el sofá verde que ahora está vacío, el que Fernanda le regaló.
—Me dijo que se sentó ahí, en ese sofá, y al terminar de leer la nota, se recostó con la cabeza hacia atrás, como intentando mirar al cielo. Y cuando abrió los ojos, supo que aquello era una adivinanza, no un poema.
Por un instante imagino a Evaristo sentado, con las gafas caídas por la nariz, leyendo el poema que Watson encontró debajo de la estantería.
—Fue el mismo día cuando vino a preguntarme al ayuntamiento si podía acceder a los archivos municipales. Y no me negué —dice Santiago.
—¿Por qué no se negó? —pregunta Miquel.
—Porque pensé que si le ayudaba, me debería algo. Que si le abría una puerta, él me abriría otra.
—La puerta de la librería —murmura Justo.
—La puerta de mi proyecto —corrige Santiago y continúa—. Por lo visto encontró un nombre. Y se puso en contacto de inmediato con alguien, que le verificó lo que le dijo en esa llamada de la terraza: en la librería había un tesoro oculto.
—¿Qué podía contener ese tesoro? —pregunta Mireia.
—Ni él mismo lo sabía —responde Santiago—. Un tesoro pueden ser muchas cosas: un libro, una pintura, joyas... porque no escondes nada si no tiene valor.
—¿Y qué es para ti el valor? —intervengo yo.
—Valor puede ser muchas cosas —dice Miquel y me mira.
Es una mirada que conozco, la de «cierra el pico, Cris, que esto es serio».
Pero en Demarenys nada es tan serio que no pueda soportar un comentario—.
¿Alguno de vosotros ha visto o leído ese poema?
—pregunta Miquel, y todos niegan y murmuran—.
Entonces, nadie puede confirmar que exista ese poema escrito en una vieja hoja de papel.
Merceditas baja la mirada, ella sabe que existe pero se calla.
Al ver que nadie lo ha visto nunca, Miquel y yo nos miramos. Puntos a favor nuestro.
—Nosotros creíamos que sí, por eso trazamos un plan —sigue Santiago, y su voz recupera el tono de político que presenta proyectos que no funcionarán—.
Al plan le llamamos: La noche del Goya, porque, según dijo Cloti, creía que si guardaba algo en algún lugar, era allí arriba, en la balda de la estatuilla.
Un lugar inaccesible y bajo un objeto grande y pesado.
Marisa asiente, confirmando.
—Cloti saldría del trabajo y esperaría escondida a que saliera Evaristo. En ese instante llegaba Fernanda, que lo distraía para que no cerrara la puerta. Y si la cerraba, Cloti la abría de nuevo. Luego, Marisa solo tenía que avisar si venía alguien que no fuera uno de nosotros —continúa Santiago.
—Fernanda se llevaba a Evaristo a la panadería. Como cada viernes, a por su pan redondo —interviene Marisa, como si recordara una coreografía que ensayaron demasiadas veces.
Santiago continúa:
—Rogelio avisó a Merceditas y le pidió que lo entretuviera, que algunos amigos le queríamos dar una sorpresa en su casa; y así lo hizo —confirma Santiago.
Merceditas, en su rincón, se pone colorada.
—¿Qué hizo exactamente? —pregunta sorprendido Miquel, y su voz es la de policía, no la de hombre enamorado.
—Eso lo respondo yo; tengo que defenderme —dice Merceditas, triste—.
No hice nada. No lo entretuve. Había mucha gente y no hizo falta que nadie lo retuviera; además, cuando tuvo su pan, él no se marchó.
Insistió en que tenía que contarme algo.
Se sentó en una silla a esperar, sacó una hoja de papel del bolsillo y empezó a leerla.
Creí que era una de mis cartas y me puse nerviosa.
Poco después se levantó y me dijo que volvería más tarde a recogerme.
Lo esperé. No vino. Hasta darme cuenta de que ya no vendría. Me largué a casa.
—Mientras —continúa Santiago, sin mirar a Merceditas, como si no pudiera mirarla y seguir hablando—, junto a Rogelio y Cloti, entramos los tres en la librería para rebuscar en la balda donde estaba el Goya, y ya de paso, en los cajones de su mesa, donde fuera, buscando algún indicio que hablara de ese tesoro.
Un mapa, una marca en una pared, en el suelo.