CAPÍTULO 23
Esta mañana, todos señalan al payaso con un ramo de flores que baja silbando por el paseo hacia el mar.
Al llegar a la altura del ayuntamiento, tuerce a su izquierda y entra en la panadería.
No es un payaso de verdad, claro. Lleva una nariz roja de plástico que se le cae a cada paso, una peluca azul ridícula y un ramo de flores silvestres de los que venden en el súper, aunque había pensado en robar unos geranios de alguna jardinera municipal.
Es Miquel, quien ha decidido no llamar a Merceditas para que acuda a declarar por la vía tradicional, sino presentarse en persona.
No como policía. Como un payaso que ha dejado a una mujer llorando entre platos de pescado frío y necesita, más que su declaración, su perdón.
Seamos sinceros: necesita ambas cosas al cien por cien.
Las clientas de la panadería murmuran y Merceditas se voltea, con el delantal puesto y una espátula en la mano. Al verlo, parpadea. Y suelta una carcajada que se escucha hasta en la lonja.
—¡Miquel Borràs! —grita, tapándose la boca con la mano que no tiene la espátula—. ¡Estás como una cabra!
—He venido a por mi declaración —dice él, con la nariz roja bailándole—. Y a por otra cosa.
—¿Qué cosa?
—A por ti.
Le entrega el ramo. Ella lo huele y, cuando acerca la nariz contra las flores, una válvula oculta en el tallo le salpica la cara con agua. Se ríen con esa risa que solo tienen los que han estado a punto de perderse y de repente se encuentran.
—Tienes agua en la ceja —dice él.
—Tú tienes agua en la nariz —responde ella.
—Es la nariz de payaso —corrige.
—Es la tuya. La de payaso hace rato que ha caído.
Miquel la observa, sin la nariz roja, sin la peluca azul, solo con los ojos de un hombre que no ha dormido.
Merceditas lo mira. Y en ese mirar hay algo que no estaba antes: no es solo la panadera, ni esa chica mexicana de los ojos verdes; es una mujer que ve a un hombre desnudándose de su ridículo para quedarse con ella.
—Si me permites, voy a pedir excusas en el trabajo —dice Miquel, sacando un papel de la chaqueta—. ¿Me firmas?
—¿Qué pone?
—«Urgencia personal».
—¿Y cuál es la urgencia?
Miquel mira el papel y luego a Merceditas. Mira la panadería llena a esa hora de la mañana.
—Tú.
Ella firma entre las exclamaciones y aplausos de las clientas. Un garabato que parece una promesa, o una amenaza, o las dos cosas.
Miquel le entrega al jefe la hoja del requerimiento policial.
Merceditas le coloca de nuevo la peluca y la nariz y se alejan.
Cogidos de la mano, suben por el paseo. Los vecinos se asoman a las ventanas.
La señora de la tienda de artículos playeros aplaude.
El hombre que descansa en el banco le dice algo a su perro, y este mueve la cola, lo que en Demarenys equivale a aprobación unánime.
Nosotros, que estamos en la terraza del hotel, observamos qué sucede.
—¿Pero quién es ese? —dice Joanna, dejando la taza de café en la mesa.
—¿No es tu hermano? —respondo, señalando con el tenedor que tengo en la mano.
—¡Miquel! —exclama Mireia y se pone de pie tan rápido que casi vuelca la mesa—. ¿Ella es...?
—Lo es —afirmo.
Dejamos las tazas y salimos a la acera antes de que lleguen. Justo golpea el suelo con el bastón, no por impaciencia, sino por emoción contenida.
—¡Hacemos pasillo! —ordena Joanna.
—¡Pasillo! —repite Clara, cogiendo a Watson de la correa para que no estropee la ceremonia.
Nos alineamos torpemente formando un pasillo humano, imperfecto, con huecos donde no debería haberlos.
Dos a un lado de la acera y tres al otro, con Justo dirigiendo como si fuera el maestro de ceremonias.
Miquel y Merceditas avanzan entre nosotros.
Ella sonríe, no con la sonrisa de panadera que vende sonrisas con pan, sino con otra, más verdadera, la de quien no espera que nadie la aplauda por nada.
—¡Bravo! —grita Mireia, emocionada.
—¡Bravo! —repetimos todos, incluso Watson, que aúlla una vez, breve, elegante.
Mireia se ruboriza. No de vergüenza. De ese orgullo que duele porque ha estado mezclado con la decepción, con la rabia de ver a tu hermano haciendo daño a alguien, de no haber sido persona, de haber puesto primero el trabajo al amor, en definitiva, como él ya lo muestra si palabras, de haber hecho el payaso.
—Cuando Cris me ha contado esta mañana lo que le hiciste anoche a esta chica... me decepcionaste —murmura Mireia, cuando Miquel pasa junto a ella—. Pero ahora... te quiero, hermano.
Miquel se detiene. Suelta a Merceditas un segundo, solo un segundo, y abraza a Mireia con la fuerza de quien necesita que le perdonen haber sido feliz a su manera, no a la de los demás. Durante el abrazo, Mireia le quita la peluca y la nariz.
—Quítate esto. Ya no es necesario.
—Gracias —dice él, en el oído de su hermana.
—No me las des —responde ella—. Solo te pido que no me vuelvas a dejar en la calle con los carquinyolis.
Merceditas, que ha oído, ríe. Y luego hace algo que no esperábamos: se acerca a Mireia y le da dos besos, no uno, dos, como se da en los pueblos donde la gente todavía se conoce de verdad.
—Gracias por recibirme —dice Merceditas—. Aunque seas la hermana de este payaso.
—Soy la hermana del payaso —confirma Mireia, ya sonriendo—. Pero también soy la pastelera. Y la pastelera tiene tartas.
—¿Tartas? —pregunta Merceditas.
—Para después —dice Mireia—. Cuando esto termine.
—Esto no termina, hermanita, solo acaba de empezar —dice Miquel, recuperando la mano de Merceditas.
Caminamos hasta comisaría. Nosotros nos quedamos en la calle, sin saber si seguir aplaudiendo o empezar a preocuparnos. Watson opta por sentarse en el bordillo, lo que en su código significa: «esperemos y veamos».
Merceditas declara. No como sospechosa. Como testigo.
Como la única que escuchó sin querer escuchar, que vio sin querer ver, que supo sin querer saber.
Cuando termina, Xavier redacta una carta.
No una carta de amor, sino una citación.
Y luego, junto a otro policía, van a buscar a los sospechosos uno a uno con el furgón policial.
Primero a Fernanda. La encuentran en el umbral de su casa modernista, con un kimono diferente, este de seda verde, como si se hubiera vestido para una ocasión que no sabía cuál era.
—¿Me necesitan? —pregunta, con la voz de quien sabe que la reclaman pero no sabe para qué.
—En la librería, señora —dice Xavier, educado, firme.
—¿La librería? —Fernanda palidece. No mucho, lo justo para que se note bajo el maquillaje—. ¿Y qué hay en la librería?
—El inspector se lo dirá.
Sube al furgón con la dignidad de quien ha subido a tres coches fúnebres. Mira por la ventana, no a Xavier, no a la calle, a algún punto intermedio donde tal vez vea los retratos de sus maridos preguntándole, una vez más, adónde va.
Luego a Cloti. La encuentran en la playa, en el mismo tronco caído donde habló conmigo. Lleva un vestido diferente, pero la misma postura rígida, la misma defensa invisible.
—¿Ahora? —dice, sin levantarse.
—Ahora —confirma Xavier.
—¿Y si no quiero?
—La citación no pregunta, señorita.
Cloti se levanta, sacude la arena de la falda y camina hacia el furgón con pasos que parecen contados, medidos, como los de quien sabe que cada paso la acerca a algo de lo que no puede escapar. Al entrar mira sorprendida a Fernanda. No hablan.
Santiago es el tercero. Lo encuentran en el ayuntamiento, en su despacho, mirando la maqueta como quien mira un accidente que aún no ha ocurrido pero ya se sabe inevitable.
—¿Necesitan que vaya? —pregunta, ajustándose la corbata que no necesita ajustar.
—El inspector lo pide.
—Entonces no es opcional.
Santiago cierra el despacho con llave. Un gesto absurdo, porque dentro solo hay papeles que ya no valen nada, pero lo hace igual, como ritual de despedida.
Rogelio es el cuarto. Está en su casa de grietas, escribiendo. O fingiendo escribir. Cuando Xavier toca a la puerta, deja la pluma con demasiada prisa y deja caer un tintero que mancha el borrador de El nuevo librero .
—¿Qué ocurre? —pregunta, abriendo con una mano manchada de tinta—. ¿A dónde me lleva?
—A la librería, señor.
—¿La librería? —Rogelio se queda inmóvil—. ¿Por qué la librería?
Xavier no responde. Los policías no responden cuando la respuesta es obvia. Rogelio se pone la chaqueta de pana, la que usa para parecer escritor, y sale sin cerrar la puerta. No tiene nada que cerrar.
Detienen el furgón delante de la librería y entran en fila de a uno. Marisa es la última. La encuentran en su butaca, en su ventana, en su puesto de vigilancia permanente. Pero hoy no vigila. Hoy espera.
—Sabía que vendrían —dice, antes de que Xavier hable.
—¿Cómo lo sabía?
—Os he visto llegar y porque... —se levanta despacio, con los rulos amarillentos más deshechos que de costumbre—, porque Evaristo me lo dijo.
—¿Evaristo? —Xavier frunce el ceño.
—En sueños —aclara Marisa, y sonríe, una sonrisa que no es dulce ni amarga, es simplemente vieja—. En sueños me dijo: «Marisa, cuéntalo todo. Que la T de Teodoro ya no importa».
Cruzan la calle y ella mira a la ventana. Se aleja, dejando la butaca vacía, la ventana que ya no vigilará. Nos sentamos en el centro de la librería, alrededor del sillón verde. Joanna y Clara acercan sillas, todas las que encuentran olvidadas en la trastienda. Justo las coloca bien, con precisión.
Miquel lee sus notas. O finge leerlas. En realidad mira a Merceditas, que está en el rincón, apartada del círculo, con una silla que no ha pedido pero que Clara le ha puesto allí, cerca de la estantería de misterio, donde puede ver y ser vista.
Yo estoy feliz. No por la solemnidad, sino por la rareza: verlos a todos juntos, en ese círculo forzado, como niños descubiertos haciendo algo que no deben pero que todos hicieron.
Observo el Goya, envuelto en plástico, encima de una mesa.
Cuatro kilos de bronce que han matado a un hombre, o que un hombre ha usado para morir, o que se han usado mutuamente en un accidente que nadie quiere recordar como accidente.
A medida que llegan, toman asiento y guardan silencio. Se miran. Y en esas miradas hay algo que no estaba antes: el miedo. No el miedo de ser descubierto, sino el miedo de lo que los otros pueden decir. De lo que Merceditas puede decir.
«¿Qué puede contar esta tonta?», piensan sus ojos cuando miran a Merceditas.
«¿Qué sabe esta chica?», piensan cuando ella sonríe, inocente, ajena, con la coleta moviéndose como si nada.
«¿Qué le contó a Miquel?», piensan cuando la ven cogida de su mano.
Merceditas no piensa nada de eso. Merceditas mira a Mireia, que le ha sonreído al entrar, y le devuelve la sonrisa. Mira a Clara, que le ha ofrecido una silla, y asiente con gratitud. Mira a Watson, que ronca bajo la mesa, y se pregunta si los perros sueñan con pan.
—¿Qué sucede? —dice Cloti, rompiendo el silencio.
Miquel deja las notas. Camina hacia el centro del círculo, hasta quedar iluminado por la araña de cristal.
—Quiero que me cuenten qué escucharon aquel día en la terraza de la panadería. Qué pasó por sus cabezas cuando Evaristo hablaba por el móvil —dice—. No que se excusen. No que se acusen.
Mira a cada uno. Y en sus miradas, los pensamientos vuelven. No como confesiones solemnes, sino como susurros, como miedos, como las cosas que uno piensa en voz baja cuando está solo en la ducha o en la cola del pan.
Fernanda escuchó a Evaristo decir que había encontrado algo, que iba a hacer obras, a hacer un agujero.
Y pensó: «Salvaré mi casa». Pero no lo dice.
Lo guarda, como guarda todo bajo la seda del kimono, bajo la dignidad de tres viudeces.
Mira a Merceditas, que está en el rincón, y piensa: «Esta no sabe nada. Esta solo sabe sonreír».
Cloti escuchó a Evaristo hablar de un futuro en el que ella no había sido invitada a compartir.
Y pensó: «Salvaré la librería». Pero no lo dice.
Se muerde el labio, como lo hacía cuando Evaristo le decía: «Aún no, Cloti, queda mucho por organizar».
Mira a Merceditas y piensa: «¿Por qué está ella aquí? ¿Qué tiene que ver con esto?».
Marisa escuchó a Evaristo reír y pensó: «No volveré a pasar hambre». Pero no lo dice. Se toca los rulos, los que usa para disimular que se corta el pelo sola, y piensa: «Si hablo, si digo lo que pienso, me convierto en lo que Fernanda dice que soy: una loca que no tiene donde morirse».
Santiago escuchó a Evaristo decir que sabía dónde cavar. Y pensó: «Salvaré mi proyecto». Pero no lo dice. Se ajusta la corbata y piensa: «Si hablo de la maqueta, si hablo de la ruina, me convierto en lo que Cris vio: un hombre que hipotecó su futuro en cristal».
Rogelio escuchó a Evaristo hablar de un tesoro que lo cambiaba todo. Y pensó: «Salvaré mi libro». Pero no lo dice. Busca sus gafas, que no lleva, y piensa: «Si digo que escribí sobre él, si digo que lo odié y lo amé, me convierto en el personaje que no quería ser».
Y Merceditas, en el rincón, que lo escuchó todo, que recogió mesas mientras los demás desayunaban...
Ella no pensó nada de eso, solo: «Qué alegría tiene Evaristo.
Qué pena que nadie me mire así». Y siguió recogiendo mesas.
Y no supo, hasta que Miquel se lo contó en el restaurante del puerto, que esos pensamientos de los demás eran el verdadero tesoro.
La verdadera maldición. El verdadero motor de todo lo que vino después.
—Todos escucharon —dice Miquel—. Todos pensaron. Todos necesitaban algo.
Hace una pausa. El silencio es denso, pero no solemne. Es el silencio de una librería donde alguien ha dejado de leer en voz alta y todos esperan que alguien más lo haga.
—Pero Evaristo murió —continúo yo—. Y ahora reconstruiremos la noche. Quiero que piensen en lo que pensaron entonces en la terraza. Lo que pensaron luego. Y en lo que piensan ahora.
Paso junto a Marisa, y murmura:
—¿Sabe lo que pensé cuando usted entró en mi casa?
—No.
—Que usted también tenía hambre.
—Tiene razón, Marisa, yo también pienso que tengo hambre. Que todos tenemos hambre. De algo. De alguien. De un tesoro que quizá nunca existió, pero que los empujó a hacer algo. Porque estoy seguro de que todos vosotros mentís.
—Si me permiten, creo que voy a ser la primera en hablar.
Todos miramos a Marisa, sorprendidos de lo que pueda decir.
—Cuando quiera —le da permiso Miquel, que aún lleva algún hilo o pelo azul de la peluca de payaso en su cabello.