CAPÍTULO 22 #2
Miquel la lleva a Els pescadors de la llotja , un restaurante de cocina marinera mediterránea ubicado directamente en el muelle pesquero del puerto.
El lugar es puro romanticismo marinero. Mesa junto a las barcas de pesca, clara señal de que ofrecen pescado fresquísimo capturado por las barcas locales.
Uno de esos lugares que cierran pronto y abren tarde, donde los pescadores se sientan después de la jornada.
El inspector y la panadera hablan distendidos al principio. De la lluvia que no llega. De la moto de Clara. De Watson, «ese perro alargado de patas cortas», como él lo llama, y que no corrige porque ahora le parece gracioso.
Pero el vino fluye, la guardia baja y Miquel habla de los interrogatorios. De Cloti, que lloró. De Rogelio, que mintió. De Santiago, que tenía miedo. De Fernanda y su libro. De Marisa, que vigiló y no vio. De la hermosa panadera.
—Y luego —comenta mientras el vino le afloja la lengua—, luego encontramos algo en la librería. Un papel. Bueno, fue Watson quien lo encontró. Un papel viejo con un poema escrito a mano que habla de un guardián que llora, del sol dorado de poniente, sacrificios, abrazos...
Merceditas se queda inmóvil. El tenedor se detiene a medio camino de la boca.
—¿Qué? —Lo mira confundida.
—Un poema que tiene más años que la misma librería de Evaristo —responde Miquel, sonriendo, creyendo que es una anécdota, creyendo que es historia, creyendo que ella se reirá.
Pero Merceditas no se ríe. Deja el tenedor, se inclina hacia él y le susurra algo que Miquel no entiende todavía:
—Eso era de lo que habló Evaristo ese día. En la terraza de la panadería.
—¿Qué día?
—Hará un par de semanas como mucho —habla iluminando esos ojos verdes—. La terraza estaba llena de gente. Yo recogía mesas, hablaba con algún cliente, no escuchaba todo, pero escuché algo, esas palabras que tú acabas de decir.
—¿Evaristo dijo eso?
—Él reía sin darse cuenta de que tenía el altavoz puesto y de que gritaba emocionado.
«¡Un tesoro! ¡Tengo un tesoro en casa!», le decía a una señora que tomaba tranquilamente su café.
Dijo que por fin sabía qué hacer con la librería.
Que empezaría por las obras, que tenía que hacer un agujero en el suelo.
Y creo que el otro, el que estaba al otro lado del teléfono, le decía que no se precipitara, que había que descifrar bien la adivinanza.
—¿Adivinanza?
—Así lo llamó: «La adivinanza del abuelo Matías». Se sentó y le dijo que era alguien quien le había ayudado a entender el papel que había encontrado en la librería y que iba a hacer el agujero con la excusa de las obras, que nadie sospecharía.
Miquel se queda inmóvil. El vino se le ha vuelto vinagre en la boca.
—¿Le dijo? ¿Quién era el otro? —pregunta con voz de policía, la que había prometido no usar.
—La otra —sonríe ella— estaba sentada con Cloti. ¡Oye! Ya es suficiente, si seguimos hablando el plato de pescado se va a enfriar y luego sabe a rancio.
—¿Lo escuchó alguien más? —insiste Miquel.
—Por casualidad, entre toda la gente que desayunaba, estaban los que hoy has reunido en la comisaría...
—¿Cómo? ¿Estaba Santiago?
Ella asiente mientras come una gamba.
—El señor concejal estaba con un grupo de gente muy elegante.
—Puede que fueran los del proyecto... Rogelio... ¿estaba también?
—Sí, en la mesa de al lado, y no dejaba de mirar a Cloti.
—¿Marisa, Fernanda?
—De pie, en la acera, junto a la mesa de Evaristo; parecía que discutían entre ellas.
Miquel se levanta. El ruido de la silla contra el suelo resuena en el restaurante. Saca la cartera, deja cien euros sobre la mesa, más de lo que cuesta la cena.
—No quiero irme. Pero debo. Y volveré mañana... con explicaciones o con cruasanes. O con las dos cosas.
—¿Irte? —Merceditas se levanta también, tambaleante—. ¿Así? ¿Después de...? «¡ Chiras pelais !».
Le tira los cien euros a la cara.
—Lo siento —dice Miquel, y no es verdad, tampoco mentira; es solo urgencia, miedo, es solo saber en qué ha fallado, que si no se va habrá fallado a todos—. Debo llamar a Cris. Debo... —se calla, porque no sabe qué debe—. Sé que no debo irme, pero tengo que hacerlo; mañana lo hablamos. Lo siento.
Sale corriendo, dejando a Merceditas en medio del restaurante, con las lágrimas sobre el pescado frío, con los cien euros que no pidió tirados en el suelo, con la vergüenza de sentirse utilizada, abandonada.
Miquel me llama al móvil. Está en la calle, jadeando, con la voz rota.
—Cris, ese papel es una adivinanza para encontrar algo valioso. Él lo sabía.
—¿Hablas del poema? —Agito la cabeza para centrarme.
—Evaristo habló con alguien que supo averiguar lo que significaba; estaba en la terraza de la panadería cuando lo hizo. Y todos los que estaban hoy en comisaría lo saben, todos estaban allí, escuchando.
—¿Todos?
Tomo el papel viejo y doblado de encima de la mesa.
—Todos —lo escucho jadear; no anda, corre—. Merceditas lo confirma. Oyeron lo del tesoro. Todos sabían que iba a hacer un agujero. Todos...
—Todos tenían motivo —termino yo—. Y tenían miedo de que les quitara la oportunidad, de que el tesoro fuera solo para él. No podían permitirlo teniendo los problemas económicos que tenían.
—Ahora me dirijo a comisaría. Mañana —dice Miquel, y su voz es de derrota—, mañana a primera hora pediré a Merceditas que venga a declarar, pero...
—¿Pero qué?
—No me hablará. No después de esto. De haberla dejado tirada en el restaurante.
—¿Eso has hecho? ¡Miquel... no!
Cuelga. Clara me mira y yo miro el papel en mi mano, el que Watson encontró, el que habla de dorados, de sacrificio y de guardianes que lloran cristales.
Y pienso en mañana. En que el ayuntamiento vendrá.
En que vaciarán la librería y que, en alguna pared o en algún lugar de ese suelo, será pisoteado por botas de operarios que no saben lo que pisan, lo que hay bajo sus pies.
Pero también pienso en Merceditas. En su llanto.
En su decepción con Miquel. En que no quiera testificar cuando Miquel la llame, que por rabia no hable, que no afirme que todos escucharon cómo Evaristo había descifrado una adivinanza sobre un tesoro.
Que no confirme que todos sabían, que todos esperaban el momento en el que Evaristo iba a hacer un agujero.
Watson ronca desde el suelo, ajeno, feliz, con el hocico aún manchado de polvo de letras y de historia.
Clara ha dejado de buscar en su móvil. Me observa emocionada y yo, con el papel doblado en la mano, imagino que miro hacia la ventana de la chica de ojos verdes, que desde aquí no se ve, pero sé que está ahí.
Quizá llorando tras los cristales solitarios de su hogar, o quizá ya no; quizá ya ha perdonado.
—Estoy segura de que Evaristo anotó en alguna parte el teléfono del hombre que descifró esta nota —susurra Clara—. Mañana regresamos a la librería y...
—Mañana será tarde. El ayuntamiento se hará cargo.
El nombre de Miquel aparece en mi móvil. Ha dejado un mensaje de voz:
«Lo he solucionado, el ayuntamiento no podrá cerrar la librería. Nos vemos mañana».
No puedo quedarme mirando ese mensaje, necesito hablar con él.
—¿Cómo lo conseguirás? —le pregunto.
—Fácil: hay nuevas evidencias de que allí dentro se puede haber cometido un asesinato.
Clara dibuja una sonrisa y exhala nerviosa. Yo tomo un sorbo de té.
—Como diría Justo: «Mañana va a ser un gran día».