CAPÍTULO 22
Miquel nos cuenta que el futuro de la librería cuelga de un hilo más fino que el encaje de las cortinas de Marisa.
Sin descendencia ni testamento y sin voluntad que lo impida, el edificio pasará al ayuntamiento como quien hereda una casa que no pidió.
Insiste en que Santiago lo sabe y se lo ha callado.
Y mañana, si no ocurre nada, empezarán a vaciarlo.
Los libros y setenta años de lomos, de olor a papel, de primeras ediciones y de polvo que es memoria, irán a parar a la biblioteca municipal.
Donados, catalogados, perdidos entre estantes anónimos.
La librería dejará de ser santuario para convertirse en fachada de un centro comercial.
Por eso, después de comer, Miquel nos ha abierto las puertas de la librería para entrar una última vez, con la condición de que no toquemos nada que esté señalado con cinta amarilla. La cinta, sin embargo, ya se ha despegado en algunos rincones, como si la propia casa quisiera que la exploráramos.
Entramos en fila: Justo con su bastón, Joanna con su bolso de siempre, Mireia con una bolsa de carquinyolis que ha traído «por si hay que sobornar a algún fantasma», Clara con su móvil listo para fotografiar, Watson con la correa entre los dientes y yo con la sensación de que algo falta, de que algo siempre ha faltado desde que Evaristo dejó de estar aquí.
La librería es distinta sin él. Parece más grande, vacía, inmensamente triste. La luz que entra por el escaparate ya no es cálida, es forense; ilumina el polvo que flota en el aire como si fuera evidencia. Las estanterías, antes amigas, ahora son muros y cada libro, un testigo mudo.
Señalo la caja de sobres que Miquel nos ha permitido revisar.
—Empecemos por las cartas.
Vamos a leer las cartas de amor de Marisa, pero no como las hubiéramos leído antes, no con estos ojos, no sabiendo lo que sabemos ahora.
Las extendemos sobre el mostrador: una docena, quince, veinte.
Papel fino, alguna manchada de café, con la caligrafía temblorosa de Marisa, esa T de Teodoro que a veces se confunde con una E:
«Hoy pasé por la otra acera. No porque dudara, sino porque ya me resulta insoportable saludarte como a un vecino. Mañana entro. O pasado. Tú seguirás ahí, entre el polvo y la luz que entra por la puerta. T».
Las leemos en voz alta, turnándonos, y entre las faltas de ortografía y las frases que no son de revista, encontramos algo que antes no vimos: mucho amor.
«Me quedé hasta las tres pensando qué ponerte. Al final te traigo esto: que ayer vi una pareja en el parque y me dio envidia, no de ellos, sino de nosotros, que no existimos. Tonto, ¿no? T».
Cada una es distinta a la anterior, pero están escritas con respeto y amor.
«Pasé por la librería a las ocho y estaba oscuro. Me quedé en la puerta como idiota con el sobre en la mano. ¿Sabes lo que más me fastidia? Que estabas dentro y no te atreviste a encender la luz ni yo a llamar. T».
Pienso en Marisa y casi lloro.
Dejamos las cartas y recorremos la librería.
Cada uno mira en rincones que antes parecían no tener interés alguno: el hueco detrás de la caja registradora, donde Evaristo guardaba las misivas; el armario de la trastienda, lleno de ejemplares de regalo que nunca entregó; la escalera de madera que te acerca a la balda alta, donde ahora está vacía sin el Goya, con tan solo un rectángulo de polvo que marca donde algo pesado descansó, como mínimo, durante dos años.
Subo por la escalera. Clara la sujeta. Justo, desde abajo, murmura que las escaleras son invento del diablo. Desde arriba, la librería se ve diferente. Más frágil. Más expuesta.
—Aquí reposaba el Goya de cuatro kilos. ¿Cómo cayó? —Señalo la balda vacía.
—Alguien lo empujó —dice Clara.
—O lo usó —añado.
—¿Usó?
—Como arma.
Bajo. Watson me espera al pie de la escalera, inquieto, moviendo la cola con una energía que no es de descanso, sino de alerta.
Se dirige a un par de metros de donde estamos, donde cintas amarillas impiden el paso.
Husmea en la base de una estantería que contiene novelas de misterio de los años cincuenta, con lomos de tela y títulos que ya nadie lee.
—Watson, no.
Lo llamo, pero es inútil. El basset hound escarba con sus patas cortas, ridículas, debajo de la estantería.
El hocico, alargado, se introduce entre la base y el mosaico hidráulico.
Gime, jadea, tira. Y emerge con algo en la boca.
Un papel. Doblado. Viejo. Amarillento, con bordes quebradizos que parecen de otro siglo.
Watson me lo entrega babeado, orgulloso, con la mirada de quien ha cazado el mejor hueso de su vida.
Lo cojo con dos dedos y lo extiendo sobre el mostrador con cuidado de no romperlo.
El papel es viejo, sí, pero no es de Evaristo. La caligrafía no es de Marisa, es antigua, formal, con letras que se inclinan hacia la derecha. Es la mano de alguien que escribía con pluma, no con bolígrafo. Leo en voz alta, y mi voz tiembla:
«Cuando el guardián de la casa llore
lágrimas que no son de dolor,
mostrará orgulloso el círculo del sudor
que un hombre derramó.
Allí donde el sol dorado de poniente
se detiene a contemplar
lo que el polvo contiene,
descansa el merecido premio
de quien partió lejos, al otro lado del mar.
No busques en lo alto lo que yace,
si no donde los pies del sabio pisan:
el suelo guarda lo que el cielo perdió,
el sacrificio que el tiempo abrazó.
Matías».
Silencio. El club me mira.
—¿Es de alguien conocido? —pregunta Mireia.
—Está firmado por un tal Matías. Nunca antes lo había leído y no me recuerda al estilo de nadie.
—¿Qué hacía ese papel doblado ahí tirado? —pregunta Joanna.
—No es un simple papel, Joanna, es arte hecho con palabras.
—Pues a mí me recuerda a una adivinanza —interviene Miquel.
—Es posible, lo tiene todo para serlo —le respondo, y la frustración me quiebra la voz—. No sabemos a qué se refiere, solo que lo escribió alguien que murió hace años, porque, queramos o no, este papel es antiguo.
Watson mueve la cola, esperando aprobación. Le doy unas palmadas en el lomo.
—Bien hecho.
—Sigamos buscando —dice Clara, ya con el móvil en la mano—. Cada uno por una parte de la librería.
Tomo una fotografía del papel y consulto en la web, buscando archivos, nombres.
Algo que me indique quién lo escribió. Aunque, donde estoy, en un universo de palabras encadenadas formando textos, es lo más lógico encontrarse con poemas de escritores noveles intentando que sus versos sean leídos.
Doblo el papel siguiendo sus marcas. Lo huelo y lo guardo en el bolsillo del pantalón. Sigo buscando.
Pasan las horas y no encontramos nada que nos pueda dar una pista de qué encontró Evaristo aquí dentro.
Si no hallamos algo antes de que el ayuntamiento entre mañana, todo se habrá terminado.
La luz del atardecer que iluminaba este paraíso de letras ha dado paso a la oscuridad de la noche.
Si no hay nada que involucre a los sospechosos, como un motivo, un objeto, algo, la hipótesis de un accidente se quedará para siempre.
Nos damos por vencidos. Cabizbajos, nos despedimos. Cada uno de nosotros nos dirigimos a nuestras casas. Justo y Joanna dicen que van a investigar algo de los antiguos propietarios del edificio, pero la cosa cambia en cuanto cruzan el portal.
—¿Qué te parece si vemos esa nueva serie de humor? —pregunta Justo.
Yo observo desde el sofá de casa a Clara, cómo se sienta en el suelo, con el móvil, buscando sin saber qué busca, mientras Watson, satisfecho, se tumba a su lado y le lame el pie. Mireia piensa en su hermano y en que se ha dejado la bolsa de los carquinyolis en la librería.
—Creo que no he cerrado bien la bolsa, se van a ablandar, qué lástima.
Miquel se ha quedado delante de la librería, pensando en Evaristo.
En su secreto y su miedo. En ese «algo que cambia todo».
Se asegura de haber cerrado bien la puerta y mira a lo largo de la calle.
A su izquierda, al final, la casa de Fernanda; unas casas más hacia él, la de Justo y Joanna; enfrente, ve mover la cortina de Marisa y, a su derecha, la panadería donde trabaja Merceditas.
Se queda pensando en esta mañana, cuando ha tenido que tratarla con respeto, como al resto, sin que se vea que tienen algo que nadie conoce.
Porque nadie, excepto ellos dos, sabe lo que sucedió durante esos diez minutos, de qué hablaron, cómo se miraron.
Y Miquel decide que la chica alegre de la panadería debería saber lo que siente por ella.
—Señorita panadera, prepárese, allá voy.
Decidido, entra con la timidez de quien ha fallado, de quien ha dejado que el deseo se interpusiera entre la placa y el deber. Merceditas está detrás del mostrador, cortando pan con un cuchillo que parece más grande de lo necesario.
—Disculpa —dice él con la boca cerrada y la palabra pequeña, inadecuada, y añade—: ¿Es aquí donde trabaja la chica de ojos verdes más guapa de Demarenys?
Ella no levanta la vista. Sigue cortando, cada rebanada igual, perfecta, mecánica.
—¿Por qué? —El cuchillo golpea la tabla con un sonido seco.
—Por ayer. Por esta mañana en comisaría. Por... —Miquel busca la palabra justa y no la encuentra—: Por no ser el policía que debería ser.
Merceditas deja el cuchillo. Se gira. Y hay algo en sus ojos que no estaba antes: no es solo juventud, ni tampoco deseo, es herida.
—¿Y qué policía debería ser? ¿El que me interroga? ¿El que me mira como sospechosa? ¿O el que me mira como...?
—Como qué.
Merceditas responde con la voz entrecortada:
—Como tú me mirabas antes de saber lo de las cartas. Antes de saber lo de Marisa. Antes de que todo se volviera... esto.
Miquel extiende la mano. Toca la de ella, sobre el mostrador, entre las migas de pan. Es un gesto que no debería hacer, pero lo hace.
—Cena conmigo. No como policía. Solo... solo cena.
Ella lo mira, quizá pensando en esos diez minutos de ayer.
—Está bien. Pero tú invitas. Y hablamos de otra cosa. De cualquier otra cosa.