CAPÍTULO 21
Algo ha cambiado en Marisa. Camina más erguida, o más lenta, no sé cuál. Se sienta con la dignidad de quien ha estado en sillas peores, en hospitales, en funerales, en la butaca de la ventana desde donde se ve todo.
—Señora Marisa —la saluda Miquel. Su voz es diferente. No es la del policía; es la de un hombre que ahora está sensible, casi a punto de llorar.
—Inspector —responde como quien no tiene nada que perder.
—Hemos hablado con los demás y todos dicen algo distinto. Todos mienten en algo.
—La gente siempre miente —comenta sin sorprenderse—. Es lo único que hacen bien.
—¿Y usted? ¿Miente?
Marisa mira a Miquel. Luego, lentamente, gira la cabeza hacia el cristal. Hacia nosotros, como buscándome. Y sonríe. Es la sonrisa de quien sabe que está siendo observada, y que ha pasado tiempo observando.
—Yo no miento. Yo interpreto. Completo los huecos. La gente no quiere la verdad, inspector. Quiere una historia que tenga sentido. Y yo se la doy.
—Entonces deme la historia de esa noche. La verdadera. Sin interpretaciones.
Marisa se inclina hacia delante. La luz fluorescente ilumina los rulos, las arrugas, los ojos pequeños.
—Esa noche, Cloti salió y más tarde Fernanda acompañó a Evaristo, del brazo, hacia la panadería. Yo los vi desde la ventana de mi casa. Luego Cloti regresó, comprobó si la puerta estaba cerrada —o eso creí— y se fue.
—¿Cloti volvió a la librería?
—Así es y un rato después, vi, no una sombra cerca de la librería, eran dos o tres. Y entonces...
—¿Y entonces?
—Y entonces fui al baño —la frase cae con la naturalidad de quien ha ensayado la mentira hasta que suena a verdad—. Porque soy vieja, inspector. Porque tengo incontinencia. Porque a veces el cuerpo decide por ti, aunque tú quieras vigilar, aunque tú quieras ver.
—¿Cuánto tiempo estuvo en el baño?
—Cinco minutos. Diez. No lo sé. El tiempo es diferente cuando estás sola, cuando no tienes nada que mirar excepto tus propias manos.
—¿Y cuando volvió?
—La calle estaba vacía —la voz se le quiebra y se le humedecen los ojos—. La librería estaba oscura. Pero la puerta... la puerta estaba abierta. Un poco. No mucho. Lo suficiente para que una sombra pudiera entrar. O salir.
—¿Vio a alguien?
—No. No vi a nadie. Y eso es lo que no puedo perdonarme. Que vigilé durante horas, que supe quién entraba y quién salía, quién traicionaba a quién, quién escribía cartas que no eran suyas... y esa noche, la noche en que Evaristo murió, no vi nada. Porque estaba en el baño. Porque soy vieja.
—Esa mujer miente —le comento al club—. Marisa fue al baño cuando Evaristo entró, no antes.
—Todos mienten —murmura Joanna.
—Es evidente que han acordado algo entre ellos —añade Clara.
—Y yo que me ofrecí a visitarla a menudo cuando estuvimos ayer en su casa —susurra Mireia dolida.
—Vamos, vamos, no sabemos si lo han hecho —intentó justificarse Justo.
Marisa se levanta despacio, con la dignidad de quien ha perdido todo excepto la vergüenza.
—¿Puedo irme?
Miquel no dice nada. Marisa camina hacia la puerta, pero se detiene antes de tocar el pomo.
—Inspector —lo nombra, sin girarse.
—¿Sí?
—Las cartas con la T de Teodoro. ¿Las ha leído?
—No.
—Pues creo que debería hacerlo; así sabría qué sentí yo por ese hombre, mi vecino durante muchos años.
—Eso mismo me ha dicho otra persona —responde Miquel y todos sabemos a quién se refiere—. Voy a tener lectura para días.
Marisa sale, dejando la puerta abierta, permitiendo que el aire de la comisaría entre en la sala como una pregunta que nadie sabe formular. Se ha marchado.
Apoyo manos y cabeza en el cristal y este vibra. Acciono el altavoz y escucho como un murmullo de Miquel.
—¿Por qué debería leer las cartas de Marisa? —Miquel alza la voz—. ¿Si leo las de Mercedes sabré lo que siente ella por mí?
Miquel se levanta y viene a nuestra sala. Apago el altavoz ante la mirada de todos. Miquel aparece.
—Necesito que veáis algo.
Salimos en fila, detrás de él. Watson tira de la correa, Clara se frota los ojos, Mireia cierra la caja de migas y se queda pensativa por las palabras de su hermano, Joanna murmura algo que no alcanzo a oír, Justo cojea más de lo habitual; se le ha dormido la pierna buena.
Cruzamos el pasillo, entramos en la sala de interrogatorios y Miquel se sienta.
Su bloc, lleno de garabatos; la corbata, torcida hasta el límite.
—Nada —habla antes de que preguntemos—. Ninguno confiesa. Ninguno tiene coartada sólida. Todos mienten. Todos saben algo. Pero entre seis versiones...
—...no hay una sola verdad —termino yo.
Miquel se levanta, camina hacia la ventana, mira el patio interior donde la buganvilla crece sin poda.
—Exacto. Pero hay un patrón. Todos mencionan algo valioso en la librería.
Todos dicen que Evaristo había encontrado algo.
Todos necesitaban dinero —se gira, y sus ojos son los de un hombre que ha pasado la noche entera mirando por un cristal—.
Todos tenían acceso. La puerta estaba abierta.
El Goya estaba al alcance. Y la noche, la noche era larga.
—¿Y ahora? —pregunta Clara.
—Ahora nos vamos a la librería. A buscar lo que sea que Evaristo encontró —Miquel mira hacia mí, y en su mirada hay algo que no es solo cansancio—. A buscar lo que seis personas necesitaban tanto como para llegar a matar o dejar morir.
Watson nos observa desde el rincón, ajeno a todo.
Mireia ofrece la última migaja de mazapán a quien la quiera.
Nadie la coge. Y yo, entre el olor a naranja confitada que ya se ha enfriado y el olor a verdad que aún no ha llegado, pienso en Marisa.
En su sonrisa final. Y, por supuesto, pienso en Miquel.
Ha dejado claro que siente algo muy profundo por Mercedes, la chica de la panadería.
—¿Podemos comer algo antes? —cuestiona Justo, y Miquel acepta.
Pienso que dentro de poco leeremos esas cartas. Y quizá, entre las faltas de ortografía y las manchas de café, encontremos lo que Evaristo encontró.