Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 20
66%

CAPÍTULO 20

Cuando entra, la sala se ilumina. Lleva la bata blanca, limpia, inmaculada, con los botones abrochados hasta el cuello y la rodilla. La coleta se mueve al andar, y su sonrisa es la misma de siempre: fácil, luminosa, joven.

—Hola, Miquel —le sonríe, sentándose sin esperar invitación—. Me ha sorprendido cuando has llamado, pensaba que era para una cita.

—Hola... no exactamente.

—¿Me necesitas para algo más?

—Para aclarar algunas cosas —mira el bloc, no a ella—. Hablemos de las cartas que escribió a Evaristo.

—¿Por qué me tratas de usted? Ni que fuera una vieja roñosa.

—¿Me habla de esas cartas?

Merceditas encoge los hombros. La sonrisa se amplía.

—¿Qué cartas? —pregunta con una inocencia que suena a ensayo—. Yo vendo pan.

—Tres cartas —Miquel lee una nota del bloc—. Firmadas con su nombre. Con frases típicas de revistas juveniles, según dice alguien que las leyó.

—Por lo que me dices, alguien más que Evaristo las leyó. ¿Quién fue? ¿Tú? —La sonrisa se tensa.

—Una vecina.

—¡Seguro que fue Marisa! —Merceditas ríe, pero de rabia—. ¡Esa mujer se pasa el día en la ventana, inventando historias! ¡Yo no leí sus cartas, y por lo tanto ella no tiene derecho a leer las mías!

—Entonces admite que las escribió.

—¡Que no me hables de usted, que me haces sentir vieja!

El silencio es breve, pero pesado. Merceditas se recuesta, cruzando los brazos con un gesto que no es defensa, es posesión.

—No sé si Marisa las leyó, creo que fue doña Fernanda —comenta Miquel.

—Si no fue una no podía ser otra. Sí. Escribí cartas —dice al fin—. Ya te lo conté.

—¿Qué opina del señor Evaristo?

—Evaristo era un hombre solo. Un hombre triste. Yo le alegraba las mañanas con mi café, mis cruasanes y mis sonrisas. ¿Es eso un crimen?

—No. Pero presionar a un hombre para que la elija a usted, alejando a las demás...

—¡Yo no presioné a nadie! —La coleta se mueve, agitada—. ¡Fernanda fue la que habló conmigo! ¡La que me dijo que lo dejara en paz, que él era suyo! ¡Como si un hombre pudiera ser de alguien! Que dejara de escribirle cartas de amor y yo... no sabía de qué me hablaba, no había escrito nada a nadie.

—¿Cómo que no? Me lo contó... —se extraña Miquel—. ¿Y usted qué hizo?

—Escribí las cartas, para fastidiarla —dice Merceditas, y la voz se suaviza, se vuelve casi íntima—.

Cada una más bonita que la anterior. Más dulce.

Con promesas que no pensaba cumplir, pero que él necesitaba oír.

¿Sabes lo que es levantarte cada día a las cuatro de la mañana, Miquel?

¿Sabes lo que es amasar el pan mientras el pueblo duerme, soñando con que alguien te diga que vales para algo más que el pan de cada día?

¡Ya deja de tratarme como a una doña, chingao !

Miquel no responde. Yo, al otro lado del cristal, siento que Clara me aprieta la mano.

—¿Dónde estaba... estabas la noche del viernes? —pregunta Miquel al fin.

—En la panadería, ¿dónde si no? —dice Merceditas, y la sonrisa vuelve, más fácil que nunca—. Atendiendo a Evaristo. A todo el pueblo que decidió comprar pan esa noche. Tengo testigos. Tengo recibos. Tengo...

—¿Viste a Evaristo después de que saliera de la panadería?

—No —responde mientras la sonrisa flaquea—. No lo vi. Me dijo que volvería. Que quería hablar conmigo de algo importante. Creo que era por esas tres cartas, como puse mi nombre abajo... Quería hablar conmigo pero no cuando hubiera gente, dijo. Cuando no hubiera nadie. Y yo... —se calla.

—¿Tú qué?

—Yo esperé —murmura—. Hasta que me cansé de esperar y me fui a casa. Me enteré de que había muerto cuando llegué a las cuatro de la mañana. Y entonces supe que nunca sabría de qué quería hablarme.

Miquel cierra el bloc. No pregunta más. Merceditas se levanta, y al llegar a la puerta, se gira.

—Miquel.

—¿Sí?

—¿Las has leído?

—¿Tus tres cartas? No.

—Me encantaría que lo hicieras, como si las hubiera escrito para ti —le sonríe y sale.

Miquel apoya los brazos en la mesa y se tapa la cara. No acciona el altavoz.

—¿Qué le ocurre a este muchacho? —pregunta Justo.

—Déjalo —respondo.

—Mira, tiene cara de estar agotado.

—Voy con él —se levanta Mireia.

—No, siéntate —le ordeno.

—¿Por qué ha tratado a mi hermano como si lo conociera de toda la vida? —murmura Mireia.

—Ella es así —dice Joanna, que también se ha dado cuenta del estado emocional de Miquel—. Es joven, enamoradizo...

Miquel levanta la cabeza, con los ojos enrojecidos. Activa el altavoz.

—Nos queda Marisa. ¿Ahora o mañana? Creo que está agotada. Yo estoy agotado.

—Déjala para la tarde. Es la que más sabe —responde Justo.

—No —exclamo—. Ahora. Mientras el dolor de las otras aún resuena. Que no piense que hemos olvidado que existe.

Miquel no responde. Noto su pesadez. Su dolor al tener que hablar así a Merceditas. Apago el altavoz y me levanto para hablar con él, pero la puerta de la sala de interrogatorios se abre de nuevo y aparece Marisa con la bata floreada, las alpargatas gastadas y los rulos amarillentos.