Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 19
63%

CAPÍTULO 19

Fernanda lleva un kimono de seda burdeos, distinto al del otro día, pero este parece más basto que elegante. Se sienta con la espalda recta, las manos sobre el regazo, los ojos fijos en Miquel como quien evalúa a un sirviente que no ha contratado.

—Señora —Miquel se inclina, un gesto de cortesía que ella no devuelve.

—Inspector.

Su voz es hielo sobre terciopelo.

—Hablemos de Evaristo. De su relación con él.

—Era mi librero. Mi confidente. Mi amor secreto. Mi refugio —duda, y la duda es teatral, calculada.

—¿Y con las demás? ¿Con Merceditas, la panadera?

El hielo se agrieta. Fernanda aprieta los labios hasta que desaparecen.

—Esa criatura. Ese... moscardón, como dice Marisa. ¿Sabe lo que hacía? Se inclinaba sobre el mostrador dejando caer los botones de su bata. Le ofrecía pan caliente con sonrisas que no eran gratuitas. Evaristo no era tonto, inspector. Pero los hombres, incluso los inteligentes, tienen puntos ciegos.

—¿Y usted no tenía puntos ciegos?

—Yo tengo la edad suficiente para saber que el amor no existe. Solo existe la compañía negociada. Y yo ofrezco una buena compañía. Inteligente. Culta. Sin exigencias de juventud que no puedo dar —comenta Fernanda, y la frase cae en la sala como una losa.

—¿Estuvo en la librería la noche del viernes?

—Fui a buscarlo, como muchas noches, y caminamos hasta la panadería.

Me dijo adiós y entró. Evaristo se quedó hablando con ella.

Yo... —se interrumpe, y por primera vez algo real asoma: no es rabia, ni celos, sino algo más interno—.

Me sentí fatal y me fui a casa llorando.

Me serví un té que no sabía a nada. Y me acosté, sabiendo que una vez más, la juventud había ganado.

—¿Y no regresó?

—¿Para qué? ¿Para verlo pasear con ella del brazo? No, inspector. Soy viuda, no estúpida —Fernanda suelta una risa que no es risa.

—Marisa dice que la vio merodeando cerca de la librería más tarde —miente para ver cómo reacciona.

—¡Esa arpía! ¡Esa mujer que se asoma a la ventana como si la calle fuera suya! ¡Como si mi soledad fuera espectáculo público!

—¿La vio esa noche?

—No vi a nadie —dice Fernanda, demasiado rápido—. Estaba en mi casa. Con mis maridos muertos pintados al óleo. Con mi té insípido.

—¿Me dice entonces que Marisa miente?

Fernanda piensa la respuesta.

—Puede que me viera de regreso a casa y a la fuerza, debo pasar por delante de la librería y de la casa de esa bruja.

—¿Sabía que Evaristo guardaba algo valioso en la librería?

La reacción es inmediata. Fernanda se queda inmóvil.

—¿Valioso? —reacciona igual que todos, repitiendo en voz baja, casi susurrando—. ¿Qué quiere decir con valioso?

—Usted hizo un comentario a Cris. Que Evaristo había encontrado algo en su propia casa. Algo que le hacía temer por la librería.

—Eso... —Fernanda traga, y el gesto le cuesta—. Eso era una figura retórica. Una manera de hablar. Evaristo no tenía nada valioso, solo libros, solo...

—¿Solo una primera edición de Poe que ahora guarda en su vitrina? —aprieta Miquel, y la voz no se alza, pero la acusación está ahí—. Todo apunta que Evaristo tenía una primera edición de ese libro que no hemos conseguido encontrar. Dígame, ¿cómo llegó a sus manos, señora Fernanda?

Ella se levanta. El kimono se agita como alas de cuervo herido.

—Se equivoca y, además, eso no es de su incumbencia.

—Lo es y mucho.

Duda. Mira a Miquel, dolida.

—Esto quedará aquí. ¿Lo jura?

—No puedo jurarlo, señora, y usted lo sabe.

—Bien... da igual... —se sienta de nuevo y bebe agua—. Evaristo no tenía ese libro porque era y sigue siendo mío. Estaba negociando para vendérselo, pero... me ofrecía tan poco, demasiado poco, y yo...

—¿Usted...?

—Necesitaba que me ofreciera mucho más.

Miquel observa el bloc y levanta la mirada hacia ella.

—¿Qué sabe de los nombres escritos en la agenda?

—¿Tengo que saberlo?

—¿No le comentó porqué quería hablar con ellos?

—Quizá decidió comunicarles que deseaba casarse conmigo —suelta una risa—. ¿Cómo quiere que lo sepa?

Miquel anota. Cierra el bloc.

—Esa gente de la agenda son sospechosos de la supuesta muerte de Evaristo.

—¿Mi nombre está también ahí?

—No.

—Pues si son sospechosos interróguelos a ellos y déjeme a mí en paz —se levanta llorando—. ¿Satisfecho?

—Por el momento, sí.

Fernanda sale rota, con la vergüenza de airear sus problemas económicos. Clara acciona el altavoz.

—Yo creo que robó el libro —comento con la voz entrecortada.

—Puede que se lo regalara Evaristo o lo usara para presionarlo, para tener algo que él quería —añade Joanna.

—¿Queréis descanso o hago pasar a Merceditas? —pregunta Miquel.

Justo mira hacia mí. Yo miro la caja de tartaletas, casi vacía ahora, las migas de mazapán esparcidas sobre el cartón como restos de una fiesta que no fue tal.

—Merceditas —respondo, observando el rostro de Miquel, porque sé que siente algo por ella y no sabe esconderlo.