CAPÍTULO 18
El concejal lleva traje, impecable, con una corbata azul que debe costar lo que Mireia gana en una semana de tartas.
Nada más entrar, se sienta como lo hizo en su despacho del ayuntamiento, con la naturalidad de quien ha ocupado sillas de poder durante décadas, cruzando las piernas, ajustando la pernera del pantalón.
—Inspector —saluda. Y suena a saludo de campaña electoral.
—Concejal, hablemos de su proyecto. La maqueta que vieron en su despacho.
—Es un proyecto aprobado por el ayuntamiento, con toda la documentación en regla.
La sonrisa de Santiago es automática, profesional, vacía.
—No hablo de la legalidad. Hablo de la urgencia. Según tengo entendido, usted invirtió todo. Sin la librería, el proyecto no funciona. Sin Evaristo, no hay librería.
Santiago se queda inmóvil. La sonrisa no se desvanece, pero se vuelve estática, como la de una máscara de carnaval.
—Evaristo estaba dispuesto a vender. Lo habíamos hablado. Pero un día… decidió que habría que esperar, pero no dijo que no.
—¿No a qué?
—A su postura. Me contó que había encontrado algo que cambiaba las cosas. Que antes de firmar, necesitaba hablar con gente.
—¿Con qué gente?
—No me lo dijo —Santiago se inclina hacia delante, y por primera vez la máscara se resquebraja—.
¿Tiene algo que ver con las sospechas que rondan sobre los nombres de su agenda o con los tejemanejes de Marisa?
Escúcheme, inspector. Yo no maté a Evaristo.
Esa noche estaba en Barcelona. Tengo testigos, facturas, reservas de restaurante.
Pero sí le presioné. Sí le dije que el proyecto era el futuro del pueblo.
Y sí... —traga saliva—. Sí le dije que si no vendía, me arruinaba.
Que me quedaba sin nada. ¿Es eso un crimen?
—No. Pero es un móvil.
—Un móvil no es una prueba.
—No. Pero es un comienzo.
Santiago se levanta, ajustándose la corbata con un gesto que es puro instinto político.
—Llamaré a mi abogado.
Miquel no se inmuta
—Hágalo, le hará falta, porque Evaristo cerró la librería poco antes de las ocho de la noche y usted llegó a la cena a las nueve y media. ¿Dónde estuvo todo este tiempo? En una hora y media se pueden hacer muchas cosas.
—Imagino que en el ayuntamiento...
—Cuando pueda me lo demuestra, pero primero, dígame: ¿lo de esperar a vender era por algo valioso que Evaristo guardaba en la librería?
Santiago se friega las manos.
—Evaristo siempre dijo que lo más valioso eran los libros.
Las primeras ediciones. Los ejemplares firmados —cruza los brazos, y hay algo en sus ojos que no es político: es miedo, el miedo de quien ha apostado todo y descubre que la mesa estaba amañada—.
Pero una vez, borracho, me dijo que había encontrado algo en la librería que llevaba décadas esperando a que alguien lo encontrara, que... —se calla.
—¿Que qué?
—Que era algo por lo que alguien mataría —dice Santiago.
Clavo mi frente contra el cristal. Clara me aparta suavemente.
—¿Evaristo borracho? —niego con la cabeza—. Ese hombre miente, él no bebía.
—Pero ha dicho lo mismo que dijo Fernanda —murmura Joanna.
—¿Será el libro que esconde ella en su vestidor? —pregunto.
—Y Cloti dijo que quería vaciar el local —añade Mireia.
—Y Rogelio, que la estatuilla se cayó durante un forcejeo. Ninguno dice la verdad completa. Pero entre todos...
—...la están contando —termino yo.
—¿Sabe porqué quería hablar con usted y con otros cuatro más?
—Ya comenté que quizá hubiera cambiado de opinión y quería testigos.
—Testigos ¿para qué?
—No lo sé.
—¿Le tenía miedo?
—¿Cómo puedo saber si me tenía miedo?
—Todo indica que sí, que buscó testigos para no ser agredido si le decía que no.
—O tal vez quería hacerme una oferta y que constara delante de testigos.
Miquel cierra el bloc y le comenta al concejal que puede marcharse. Descuelga el auricular para hablar con nosotros pero se ve forzado a colgarlo de nuevo. Fernanda entra en la sala.