Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Rogelio entra llevando unas gafas redondas, las de intelectual atormentado. Pero hoy no parecen elegidas; parecen puestas a contrapelo, como quien se arma con una prisa que no le pertenece.

—Rogelio —Miquel le indica que se siente—. Gracias por su tiempo.

—Ya me dijo eso cuando me llamó —responde él, con una agresividad que no había mostrado con Clara y conmigo—. Y antes de que me acuse de nada, quiero que sepa que mi manuscrito es ficción. Pura ficción.

—Lo sé.

—¿Acaso Cloti le ha dicho algo que no sea cierto sobre mis intenciones con el libro? Porque ella bien sabe lo que sufrí buscando una oportunidad.

Un golpe seco se escucha a ambos lados del espejo. Miquel y Rogelio giran hacia él; los del club me miran a mí, sorprendidos al verme con la frente pegada al espejo.

—¿Qué haces dando cabezazos contra el cristal? —me replica Justo.

—Cielos... Clara, ¿dónde está el manuscrito? —pregunto.

—Lo llevé a casa como me dijiste.

Tomo el teléfono; Miquel descuelga y escucha:

—Miquel, para.

—¿Qué?

—El manuscrito. Todavía no lo he leído.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que no puedo valorar lo que Cloti ha dicho de Evaristo y el manuscrito.

Miquel cuelga y asiente mientras sigue hablando:

—Nadie le acusa de nada... Hablemos de Evaristo. Usted le mostró ese manuscrito. Sé que él se sintió identificado con el personaje y discutieron.

—Él discutió. Yo no. Yo solo quería su opinión.

—¿Y qué opinión le dio?

—Que era basura. Que yo había plagiado su vida sin permiso. Que el personaje del librero era una caricatura cruel. Pero no era basura. Era verdad disfrazada de novela. Y la verdad siempre duele más cuando se reconoce.

—¿Le duele que Evaristo esté muerto?

Nosotros, al otro lado, dejamos de respirar.

—¿Eso es una pregunta o una acusación?

—Es una pregunta.

—Entonces sí —responde. Su voz se quiebra de verdad, no de teatro—. Me duele porque no podrá leer la segunda parte. Porque ahora no podré demostrarle que tenía razón, que el librero de mi libro no era él, era yo. Era todo lo que yo quería ser y no fui.

—Hay quien dice que usted es un escritor frustrado —Rogelio respira nervioso—. Que culpa a todos de su falta de éxito y que incluso Evaristo, lo frenó al exigirle que financiara una autoedición.

—Me duele escuchar eso, yo… solo escribo y como escritor quiero ver mi obra publicada y él… Evaristo reaccionó mal conmigo. Me ofendió.

—¿Por eso lo golpeó?

—¡No! —grita y golpea la mesa con los puños—. Yo no lo golpeé. Si hubiera querido vengarme de sus desplantes literarios, lo habría hecho con palabras, no con violencia física. Pregúntele a Cloti si cree que soy capaz de alzar la mano contra alguien.

—¿Quién lo hizo entonces? —Rogelio guarda silencio y baja la cabeza—. Si sabe algo, le aconsejo que lo diga.

—No puedo responder a eso. No quiero convertirme en el chivo expiatorio de este pueblo mientras los verdaderos interesados en los secretos de Evaristo se pasean libres por el paseo.

—¿Por algún motivo? ¿No quiere delatar a su amante?

—¿Amante? ¿Qué amante?

—La librera, Cloti.

—Cloti no es mi amante… ella es buena y siempre me daba ánimos… pero matar, no.

—¿Siente algo por ella?

—¿Quiere que le diga la verdad? No. Intentaba engatusarla y le hacía la pelota para ver si así conseguía mi propósito: publicar mi libro. Además, ella misma estaba demasiado ocupada intentando descifrar las extrañas cartas de amor que le llegaban al librero como para prestarme atención real.

—¿Cloti leía las cartas de Evaristo?

—Es lo más lógico, yo también lo haría.

Miquel mira hacia el espejo. Sé lo que significa esa mirada. Puede que Cloti haya mentido sobre las cartas.

—¿Estaba Cloti enamorada de Evaristo?

—Pregúntele a ella, yo no lo sé.

—¿Dónde estaba la noche del viernes?

—Escribiendo —dice Rogelio—, en casa. Solo.

—¿Alguien puede confirmarlo?

—Mi gato —suelta una risa amarga—. Pero no declarará sin un abogado.

Miquel no ríe. Anota. Cierra el bloc.

—Una última cosa —reclama cuando Rogelio ya se levanta—. ¿Sabía que Evaristo guardaba algo valioso en la librería?

—¿Valioso? —Rogelio se queda inmóvil, la mano sobre el respaldo de la silla—. ¿Cómo qué?

—Eso es lo que le pregunto.

—No —responde demasiado rápido—. No sabía nada. Solo libros, polvo y esa estatuilla maldita que se cayó durante un forcejeo en un robo...

Se interrumpe. Miquel levanta una ceja.

—¿Cómo sabe que fue eso lo que sucedió?

—Lo... lo escuché en la radio —tartamudea Rogelio—. ¿Puedo irme?

Rogelio sale sin despedirse. El altavoz se conecta de nuevo.

—Miente —habla esta vez Justo, conocedor de haber visto esa misma mentira mil veces—.

Sabe lo que sucedió con el Goya. O estaba allí, o alguien le contó los detalles que no salieron en la prensa.

Ese muchacho oculta algo más que frustraciones literarias; su reacción al hablar de la estatuilla demuestra que conocía el peso exacto de lo que había en juego.

—¿Qué detalles? —pregunta Mireia.

—Que la estatuilla cayera durante un forcejeo —responde Clara con voz más grave de lo habitual—.

La prensa solo dijo que fue un accidente, que Evaristo tropezó.

No que hubiera una pelea ni un robo. Y si Rogelio sabía lo del forcejeo antes de que saliera a la luz oficial, es porque estaba mucho más cerca del crimen de lo que admite.

—¿Queréis que lo haga volver y fuerce a Rogelio, o paso al siguiente?

—Pasa, Miquel. No va a soltar más sin presión. Y la presión la dejamos para el final —dice Justo.