Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El cristal unidireccional es frío contra mi frente.

Apoyo la sien contra él, como si pudiera atravesar la barrera de silencio que nos separa de la sala de interrogatorios, y siento el zumbido eléctrico de las luces fluorescentes en la nuca.

Al otro lado, Miquel acomoda su silla con el ruido de las patas contra el linóleo gastado.

Sobre la mesa, una taza de café que no tocará, un vaso de agua para el interrogado y un bloc de notas virgen.

—Empieza —murmura Justo, pensando en las veces que ha estado en esa silla.

La puerta se abre. Entra Cloti. Lleva el mismo vestido de la playa, pero ahora parece arrugado por algo más que la arena. Se sienta sin que Miquel se lo indique, cruzando los brazos sobre el pecho como quien se protege de un frío que no existe en la habitación.

Miquel la saluda con voz de buen policía: amable, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Gracias por venir.

—No tenía elección —responde ella, con un tono más duro que el del otro día. La orilla del mar le daba permiso para llorar; aquí, la sequedad de sus ojos es más elocuente.

—Hablemos de Evaristo. ¿Cómo era su relación laboral?

—Perfecta. Él confiaba en mí para todo: la gestión, los pedidos, los clientes habituales...

—¿Y los clientes no habituales?

—¿A qué se refiere?

—A las mujeres que entraban preguntando por él. A esas que la esquivaban cuando usted intentaba atenderlas.

Cloti se tensa. El color se le escapa del rostro.

—Eso... eso no es cierto.

—Marisa, la vecina de enfrente, dice que las veía desde su ventana, que usted se quedaba en un rincón, esperando, mientras Evaristo hablaba con ellas durante horas.

—¡Esa vieja chismosa! —estalla Cloti, y la mano se le cierra sobre el borde de la mesa—. ¿Sabe lo que es pasarse la vida en una butaca, inventando vidas ajenas? ¡Evaristo no... él no era así!

—¿No era así de qué? —Miquel no necesita levantar la voz.

—No era... no era un seductor. No era lo que ella dice —se interrumpe, y en esa pausa hay algo que no estaba ayer: duda, miedo, o ambas cosas mezcladas—. Él era un solitario. Y la gente se acerca a los solitarios porque cree que tienen algo que dar.

—¿Y tenía algo que dar?

—Tenía una librería de setenta años de antigüedad, llena de libros nuevos y antigüedades —responde Cloti, y la voz se le quiebra.

—¿Sentía algo por su jefe?

—Por supuesto, fueron muchos años.

—¿Sentía celos?

—¡No! —grita—. Lo que sentía por él era admiración, su vocación por la literatura era ejemplar. No malinterprete, señor inspector.

Miquel anota algo. Yo aprieto el cristal con la palma, queriendo atravesarlo.

—Hablemos de la noche del viernes. ¿Dónde estaba usted después de cerrar?

—Como siempre, salí antes que él y me fui a casa.

—¿Alguien puede confirmarlo?

—Vivo sola.

—¿Vio a alguien cerca de la librería cuando se marchó?

—No. Solo a Marisa en su ventana, como siempre.

Cloti desvía la mirada hacia el espejo, jugueteando con el borde de su vestido como si buscara en las costuras una respuesta que no se atreve a pronunciar. El inspector Borràs se inclina, apoyando las manos sobre la mesa, endureciendo el tono para no dejar escapar ningún resquicio de duda.

—El nombre de Santiago estaba marcado en la agenda de Evaristo con la misma urgencia que el suyo, y sabemos que el concejal tenía asuntos pendientes con la librería.

—Últimamente, Santiago, solo venía a discutir, se le veía algo incómodo —responde ella con desdén, encogiéndose de hombros—. Evaristo lo aguantaba por compromiso, pero sé que le molestaba profundamente su actitud altanera.

—¿Y qué me dice de Rogelio? —interviene Miquel, insistiendo en las contradicciones del caso mientras saca la libreta de notas—. Él insiste en que su relación era estrictamente literaria, pero hay quienes aseguran que la última discusión que tuvieron rozó los gritos.

—Rogelio es un buen chico y mejor escritor, pero no deja de ser un escritor frustrado que culpa a todo el mundo de su falta de éxito —añade la dependienta, suspirando con pesadez—.

Evaristo tuvo que frenarle los pies cuando pretendía que le financiara una autoedición con los fondos de la tienda.

Discutieron, sí, pero de ahí a pensar que...

—En un asesinato, Cloti, los motivos más pequeños suelen encender las peores reacciones —murmura el inspector, observando fijamente los ojos de la mujer en busca de cualquier cambio en su expresión—.

Tampoco podemos pasar por alto a Merceditas; las vecinas aseguran que la cercanía con la panadería escondía algo más que la venta diaria de pan caliente.

—¡Ese es otro cantar! —exclama Cloti con un tono repentinamente mordaz, dejando a un lado la falsa modestia—.

Evaristo era un hombre educado, pero la forma en que esa jovencita lo miraba y le celebraba cada gracia no era normal.

Si alguien tenía motivos para perder la paciencia con las distracciones del librero, bien podría ser otra persona harta de ver cómo se desatendían los asuntos serios por coqueteos de escaparate.

—¿Está sugiriendo que Fernanda también rondaba demasiado por allí?

—No sugiero nada, solo digo que en esta librería se sabían demasiadas cosas de la vida de todos —concluye Cloti, volviendo a bajar la cabeza con rigidez y cerrando el tema con un seco movimiento de labios, sin añadir ni una sola palabra más.

—¿Sabía qué ocultaba Evaristo en la librería? —pregunta Miquel, inclinándose hacia delante con una intensidad repentina en la mirada.

—¿Ocultar? Evaristo no ocultaba nada, solo... bueno, él quería hacer obras, quizá quería renovar algunas estanterías y cambiar la distribución del fondo antiguo —responde ella, apartando la vista con un nerviosismo repentino que no pasa desapercibido para el inspector.

—¿Obras? —insiste Miquel con firmeza, golpeando levemente la mesa con un bolígrafo—. ¿Había algún porqué detrás de esa repentina necesidad de reformar un local histórico? Recuerde bien, Cloti. ¿Existía algún motivo oculto, algún problema estructural o quizás algo que quería esconder o descubrir?

Cloti niega con la cabeza de manera enérgica, apretando las manos sobre su regazo hasta que los nudillos se le vuelven blancos.

—¡Le aseguro que nunca tocaría nada de la librería! —exclama con un hilo de voz defensiva, casi suplicante—. Perdería su encanto y su historia. Él jamás habría permitido semejante locura, a menos que... a menos que hubiera un motivo que desconozco.

Miquel asiente. Cierra el bloc y le dice que puede irse. Cloti se levanta, tambaleante, y sale sin mirar atrás.

Miquel acciona el altavoz que comunica las dos salas.

—¿Qué pensáis? —pregunta.

—Miente —susurra Joanna—, o miente sobre lo que vio, o miente sobre dónde estuvo.

—O las dos cosas —añade Clara.

Mireia no dice nada. Solo abre la caja de pastas que ha reservado para nosotros y nos ofrece una a cada uno, como si el azúcar fuera antídoto contra la sospecha.

La puerta se abre y aparece Rogelio.