CAPÍTULO 15 #2
—Santiago —interviene Justo, pegando el pósit bajo el nombre de Rogelio, con el conocimiento de quien ha visto demasiadas coartadas perfectas— ha invertido todo en un proyecto inmobiliario que necesita el edificio de la librería.
La maqueta que vimos en el ayuntamiento lo dice todo: la librería rodeada de cristal, convertida en anomalía turística dentro de un centro comercial.
Sin la firma de Evaristo, Santiago está arruinado.
Dice tener las facturas de una cena con inversores en Barcelona para la noche del crimen, pero eso no lo exime de haber orquestado algo o de haber presionado a alguien para que actuara en su nombre.
¿Estaba dolido por no llegar a un acuerdo?
Pega el pósit bajo el nombre Santiago: «Ruina».
—Fernanda, aunque no está en la lista de Evaristo —vuelvo a hablar, y mi voz cambia; se vuelve más baja, más íntima—.
Es la más compleja. Enviuda tres veces, casa llena de tesoros, y sin embargo dice que necesita vender.
Tiene en su poder una primera edición de El escarabajo de oro que Evaristo buscaba desesperadamente.
Y me regaló un pañuelo Hermès después de enseñarme su vestidor personal.
No hace regalos sin motivo. Me sobornó o me envió un mensaje.
Aún no sé cuál de las dos cosas. Intentó engatusar a Evaristo para que fuera el cuarto marido, pero había competencia por dos vertientes diferentes: la romántica y la sensual.
Marisa y Merceditas. Lo que sí sé es que odia a Marisa con una violencia que no es solo rivalidad.
Creo que es miedo. Miedo a que Marisa sepa algo que ella no quiere que se sepa. ¿Estaba dolida por no enamorarlo?
Justo pega el pósit bajo su nombre: «Necesita dinero».
—Merceditas —termina Miquel, con una ilusión que no disimula del todo—.
Escribió cartas de amor a Evaristo, copiadas de revistas, mientras Marisa escribía las de verdad.
Es la más joven, la más aparentemente inocente, y sin embargo es la que más fácilmente puede hacer que un hombre se olvide de lo que debe.
Incluso yo —me mira con cara de saber que es un hombre que no ha visto a demasiadas mujeres para perder la cabeza—.
Tiene pocos recursos económicos, por eso trabaja muchas horas y su salvación sería encontrar a alguien que la mantuviera. ¿Estaba dolida por tener competencia?
Miquel se sonroja. No como policía; como hombre que se ha descubierto a sí mismo.
—Ella... ella solo te contó su vida en diez minutos —digo, sin crueldad—, y tú le creíste. Eso es lo que hace. No es culpa tuya, Miquel. Es su oficio.
El silencio se instala, pesado, hasta que Watson ronca desde debajo de la mesa, rompiendo la tensión con la elegancia de quien no sabe que es cómico y Justo pega un nuevo pósit, con el mismo texto que el resto: «Necesita dinero».
—Nos falta la increíble Marisa —interviene Joanna, con una precisión que hace que todos la miremos—. Es la pieza que parece más inocente y puede ser la más peligrosa. Es la que escribía las famosas cartas de amor a Evaristo, usando la T de su marido Teodoro. ¿Estaba dolida por no ser correspondida?
—Aparte de eso, tiene la ventana perfecta —apunta Mireia—.
Ve todo, sabe todo, y sin embargo, justo cuando Evaristo entra en la librería, justo cuando ocurre lo que sea que ocurrió...
ella no ve nada. Porque estaba en el baño.
En una mujer que lleva décadas controlando cada minuto de la calle, cada paso de cada vecino... ¿es casualidad?
—Puede que lo programara —añade Joanna—. O que alguien le dijera que se ausentara, y quién sabe si, incluso, que ella sabía que algo iba a pasar y prefirió no verlo.
—Y hay más —digo yo, uniendo sus observaciones con lo que vi en su casa—.
La viuda del colgado, esa mujer que vigila desde la ventana, que sabe que Fernanda la odia, que Merceditas le copió las cartas, la misma que se siente mal desde hace un mes y por eso quiere irse del pueblo pero no tiene dinero.
La que dice que no mató a Evaristo, pero que admite que «a veces, cuando miras tanto, ves cosas que no deberías».
¿Qué vio, Miquel? ¿Qué no nos ha contado?
¿Por qué se fue al baño o llamó a la policía exactamente en el momento adecuado?
Miquel coge otra pasta de pistacho, la mastica despacio, pensando y nos quedamos mirando el nuevo pósit que clava Justo en la pizarra: «Necesita dinero».
—La cosa no acaba aquí —mi voz se vuelve más grave—. Evaristo tenía un secreto. Fernanda me dijo que él había encontrado algo en la librería. Santiago nos lo confirmó. ¿Qué descubrió? Cloti mencionó que Evaristo planeaba obras, pero que eran una excusa; que lo que quería era vaciar el local.
—¿Vaciar? —Miquel frunce el ceño.
—Vaciar —confirmo—. Como quien prepara una búsqueda.
—¿Una búsqueda de qué?
—Eso es lo que necesitas averiguar, Miquel.
—Te recomiendo que preguntes sin preguntar directamente —habla Justo mientras clava un pósit con el nombre de Evaristo y debajo, otro con un gran interrogante—.
Pregunta por su economía, por sus planes, por si creían que Evaristo tenía algo valioso y lo ocultaba.
Pregunta si conocían la primera edición de Poe, si sabían de la maqueta, si sabían porqué los iba a reunir a todos.
Pregunta, Miquel, como si no preguntaras nada.
Miquel toma notas en un bloc de cuero gastado, con una letra rápida y torcida que solo él puede leer. Entre bocado y bocado de pasta de pistacho, anota palabras clave: ruina, rivalidad, secreto, libro, maqueta, inversores, obras, Marisa, baño, llamada.
—Y la rivalidad amorosa —añade Joanna, limpiándose los dedos con una delicadeza que contradice la eficiencia—.
Fernanda y Merceditas se disputaban a Evaristo.
Marisa, desde la ventana, lo sabía todo.
Las cartas de la T, la confusión con la panadera, la carta tirada a la verja.
Todo eso creó un clima de enemistad que podría haber llevado a cualquiera de ellas a...
—¿A qué? —pregunta Justo.
—A actuar —responde Joanna—. A actuar sola o en grupo. Aunque no fuera asesinato premeditado, la presión de todo eso, la noche, la puerta abierta, el Goya...
—El Goya —repite Miquel, dejando el lápiz—. Siempre vuelve al Goya. Cuatro kilos de bronce. Un objeto que no se levanta sin intención.
—Pregúntales si sabían dónde estaba o se habían fijado —digo—. Si sabían que era un Goya verdadero. Y pregúntales, Miquel, por la noche del viernes. Dónde estaba cada uno. Quién vio a quién. Quién habló con Evaristo antes de que entrara en la librería.
Miquel asiente, y en sus ojos veo que el policía ha vuelto. El hombre encandilado por una coleta y unas uñas amarillas ha retrocedido; no del todo, pero lo suficiente.
—Una última cosa —añado, y mi voz baja hasta casi un susurro—.
Verifica las facturas del concejal. No solo las facturas.
Habla con los inversores. Pregúntales si Santiago habló de Evaristo esa noche.
Si mencionó que estaba resuelto, que ya no habría problema.
A veces las coartadas más sólidas esconden la confesión más grande.
Y pregunta por Marisa. Si alguien la vio en la ventana o si alguien puede confirmar que realmente estaba en el baño...
o si solo estaba allí cuando le convenía.
Miquel guarda el bloc. Se levanta. Va hasta el espejo unidireccional y lo toca con la yema de los dedos, como si pudiera sentir lo que hay al otro lado.
—Desde aquí veréis todo. Oiréis todo. Pero no podréis intervenir.
Si algo va mal, si alguien se cierra, si hay una confesión que necesite testigo...
—se gira hacia nosotros—, dependeré de vosotros para que me lo hagáis saber.
Sin romper el cristal, por favor. Ya tengo bastante papeleo.
Usad ese teléfono que comunica solo con el de ahí dentro.
—No romperemos nada —dice Mireia, cerrando la caja de dulces con gesto de quien guarda un arsenal—. Excepto, quizá, sus resistencias.
Nos reímos, todos, incluso Miquel. Es una risa breve, nerviosa; la risa de quien sabe que lo que viene no será dulce aunque lo acompañemos de tartaletas.
Nos acomodamos frente al espejo. Watson sigue instalado entre Clara y yo, con la cabeza sobre mi zapato.
Mireia reparte las últimas pastas de té.
Joanna ajusta sus gafas. Justo saca un bloc propio, de los suyos de policía jubilado.
Clara se inclina hacia delante, con los ojos fijos en el cristal, esperando.
Y yo, entre el olor a pistacho y a café con miel de romero, siento que estamos en el lugar correcto.
No porque tengamos todas las respuestas, sino porque tenemos todas las preguntas.
Y en una investigación, como en una buena receta de Mireia, las preguntas son el ingrediente secreto. Lo demás viene después.
Miquel sale. La puerta se cierra con un clic que suena a comienzo. Y al otro lado del cristal, la sala de interrogatorios espera, vacía, iluminada por la luz del fluorescente que cuelga sobre la mesa.
—Empieza el espectáculo —murmura Joanna.
—Empieza la verdad —corrige Mireia, ofreciéndome la última tartaleta de higo.
La cojo. Muerdo. El romero me recuerda a la mañana, a la promesa de que algo bueno puede salir de todo esto. Y espero, con la boca llena de dulce y el corazón lleno de miedo, a que entre el primer sospechoso.