Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El despertador suena a las seis de la mañana con la delicadeza de una campana de iglesia en domingo de resaca.

Me desperezo, golpeo la puerta de la habitación de Clara y vuelvo a golpearla cuando no responde.

Al tercer intento, escucho un gemido que podría ser «ya voy» o «te mataré».

Con Clara nunca se sabe hasta que abre el ojo.

Me meto en la ducha, dejando que el agua caliente me despeje la noche. No muy lejos, el ruido de la cafetera y el olor a tostadas que ya se tuestan solas. Clara lo ha programado todo anoche, lo que significa que ella también sabía que no se levantaría a la primera.

Cuando salgo, envuelto en la toalla que Watson me ha robado parcialmente, ya que está tirado sobre ella, roncando con la dignidad de un rey destronado.

El desayuno está en la mesa: café doble para ella, té para mí y, en un cuenco aparte, las croquetas de pienso que Watson finge no querer hasta que nadie mira.

Llaman al timbre. Justo y Joanna, puntuales como un reloj suizo a pesar de su cojera. Abro la puerta con una mano, sosteniendo la toalla con la otra, y los saludo.

—Buenos días.

—¡Wow! —exclama Joanna con los ojos abiertos—. Eso sí son buenos días.

—¿Estáis listos? —pregunta Justo, mirando hacia arriba para no verme en paños menores.

—Casi. Clara se está vistiendo.

—¿Se está vistiendo o se está maquillando?

Joanna entra sin permiso, como hace siempre, y se sienta en el sofá, donde Watson abre un ojo para evaluarla.

—Porque si se maquilla, tenemos tiempo de tomar un café.

—No se maquilla —miento.

Clara emerge de su habitación con el pelo mojado, vaqueros, una camiseta verde que anoche juró que no se pondría y una chaqueta de cuero que le queda como si la hubiera diseñado alguien que la conoce demasiado bien.

—¿Listos? —dice, como si no hubiera dormido doce horas.

—Tu pelo —señalo el desastre.

—Se seca solo —responde, cogiendo una tostada de la mesa y el té que no es suyo.

—Ese es mi té.

—Ahora es mío.

Cogemos a Watson, que se levanta con la elegancia de quien sabe que hoy hay trama. La correa, las bolsas, las llaves. Joanna revisa que no dejemos la cafetera encendida. Justo revisa que no nos dejemos a Watson encerrado. Salimos.

En la calle, el aire de Demarenys es fresco y huele a mar. El cielo está en ese tono azul pálido que precede al rosa, como si el día no se decidiera a empezar. Caminamos en silencio, los cuatro, con Watson tirando de la correa hacia todas las farolas, como si cada una fuera un sospechoso.

Recogemos a Mireia delante de su casa. Nos espera con una de sus cajas de cartón gris atada con rafia y un vestido de flores que ya conozco, es el mismo de ayer, pero con un chal de lino sobre los hombros que le da aire de pastelera en misión oficial.

—Llevo dulces —anuncia, y su sonrisa es de quien sabe que ha ganado antes de empezar.

—¿Qué has preparado? —pregunta Clara, olfateando ya.

—Tartaletas de higo con miel de romero y anís estrellado —comenta mientras abre la caja un centímetro para que el aroma escape—.

Y unas pastas de té de pistacho y lima para acompañar.

Pensé que en comisaría, con todo lo que vamos a oír, necesitaremos algo que nos recuerde que el mundo sigue siendo dulce.

—Dios mío —murmura Joanna—. Eso huele a pecado.

—Pecado de higo —corrige Mireia—. El romero lo equilibra, y el anís le da ese toque de... de confesión. Como si cada bocado te hiciera querer contar secretos.

—Tendremos que darles a los sospechosos, a ver si funciona —dice Justo, cojeando ligeramente para alcanzar el paso de Clara.

Llegamos a comisaría cuando el sol ya ha decidido levantarse del todo.

El edificio es de los años setenta, feo con intención, con una fachada de ladrillo que alguien pintó de beige para que pareciera menos policial y más municipal.

No funciona. Sigue siendo feo y sigue oliendo a café de máquina y a nervios contenidos.

Miquel nos espera en la entrada, con ojeras que competirían con las mías y una corbata que lleva torcida.

—Por fin —nos recibe, pero no suena enfadado; suena aliviado.

—Traemos refuerzos —dice Joanna, señalando la caja de Mireia.

—Traemos dulces —corrige ella.

Nos lleva a una sala privada, al fondo del pasillo, lejos del bullicio de los calabozos y al lado mismo de las salas de interrogatorios.

Es una habitación que Miquel usa para reuniones internas: mesa de fórmica, sillas de plástico y una ventana que da a un patio interior donde crece una buganvilla que nadie poda.

En la pared, un espejo unidireccional que da a la sala de interrogatorios contigua, es más grande que la otra. Desde aquí veremos sin ser vistos.

Mireia abre la caja sobre la mesa. El aroma se despliega como una cortina de terciopelo: dulce, herbáceo, con ese fondo de anís que pica la nariz antes de llegar a la lengua.

Las tartaletas son pequeñas joyas, con la masa dorada y quebradiza, el higo asado en el centro brillando como un ojo de caramelo oscuro y un hilillo de miel que cae en espiral sobre el glaseado.

Las pastas de té, al lado, son rectángulos verde pálido, espolvoreados de azúcar que brilla bajo la luz fluorescente.

—Esto es... —Miquel se queda sin palabras, y eso en un policía de veinte años de oficio es decir mucho—. Hermanita, te has superado.

—Esto es estrategia —sonríe Mireia, sirviéndose una pasta con la misma naturalidad con la que otros cargan un arma—. Nunca he visto a nadie resistirse a confesar algo después de morder una de estas.

Llaman a la puerta y entra Xavier, el policía, con la pizarra de corcho y el caballete que usamos en casa de Justo.

—Gracias, Xavier. Déjalo ahí —le agradece Justo mientras todos nos quedamos sorprendidos.

—¿Y eso? —pregunto.

—He mandado traer de casa nuestra pizarra de sospechosos —sonríe Justo.

Tira de la tela que cubre la pizarra y queda a la vista los nombres de los seis sospechosos escritos en pósits amarillos, clavados con chinchetas de colores. Del bolsillo saca un rotulador y una pequeña madeja de lana roja, y lo deja todo encima de la mesa.

Miquel manda traer café y té. Nos sentamos.

Watson se instala bajo la mesa, entre mis pies y los de Clara, ocupando el espacio que nos separa con la autoridad de quien sabe que es el centro de cualquier reunión.

Yo cojo una tartaleta, muerdo, y el sabor me detiene un segundo.

El higo, maduro hasta el borde de la fermentación, explota con una dulzura que no es simple: es compleja, terrosa, con ese fondo de romero que recuerda a la mañana en el monte.

El anís estrellado, apenas insinuado, deja en la lengua una sensación de frío cálido, como el recuerdo de algo que no sabías que habías vivido.

—Dios mío —repite Clara, que ya ha mordido la suya.

—Concentrémonos —los hago callar, limpiándome los dedos con una servilleta que Mireia ha traído de lino, porque en su mundo no existe el papel—. Miquel, necesito que sepas lo que hemos descubierto. Y necesito que lo uses en los interrogatorios, pero sin que parezca que lo usas.

Una agente joven entra con una bandeja de polietileno, tazas de porcelana blanca que no pegan con el resto y una tetera que suena a hervido reciente.

El café es de máquina, negro y amargo, pero Mireia le añade una cucharada de la miel de romero que ha traído en un frasquito y, de repente, es otra cosa.

Miquel coge una pasta de pistacho, la mira como quien mira una evidencia y asiente.

—Puedes empezar, Cris.

Me acerco a la pizarra, dejando que Watson mece su cabeza contra mi tobillo.

—Son seis sospechosos: Cloti, Rogelio, Santiago, Fernanda, Merceditas y Marisa, la vecina de enfrente.

La que llamó a la policía. La que dice haberlo visto todo, pero que también se ausentó al baño en el momento crítico —cambio de lugar el pósit de Marisa para que Fernanda quede la última—.

Todos, excepto Fernanda, están en la lista de Evaristo —explico, señalando los nombres en los pósits mientras uno a los cinco con la lana roja—.

Todos tienen algo en común que no es solo él: todos están en ruina económica.

Todos necesitaban algo de él o de lo que él tenía —uno a Fernanda con el resto con la lana.

—Cloti —empiezo—. Esperaba heredar la librería.

Evaristo le prometía gestión desde hace años, pero nunca la nombró oficialmente.

Sin testamento a su favor, la librería podría ir a parar a manos de un familiar lejano o a subasta y quedarse además de sin librería, sin trabajo.

Ella lo sabía. Y ella también sabía dónde estaba el Goya que mató a Evaristo, cuánto pesaba y qué significaba para él.

¿Estaba dolida por no ser la nueva librera?

Justo escribe en un pósit: «Despido sin herencia», y lo pega debajo del nombre de la librera.

—Rogelio —dice Clara, con la voz de quien en un futuro interrogará a miles— es un escritor frustrado a quien Evaristo animó y luego rechazó.

Su manuscrito, El librero , tiene un título que no es casualidad.

Evaristo se sintió identificado con el personaje y no le gustó lo que leyó.

Rogelio lo sabía, y eso lo convierte en alguien con un móvil literario y personal.

Además —Clara hace una pausa, mirándome—, Cris notó que un día lleva gafas y otro no.

Una farsa intelectual que se desmorona cuando se presiona.

¿Estaba dolido por no ayudarlo a publicar su obra?

—Y vive en una casa que se cae en pedazos —añado—. No tiene dinero.

Justo escribe un nuevo pósit: «Dinero y rabia».