Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Miquel no está solo. A su lado, con un delantal blanco y una sonrisa que parece haberse inventado el concepto de la alegría, está la panadera.

La que Marisa describió con precisión. La fresca.

La de los ojos verdes y carita de ángel o de demonio.

La que escribió cartas de amor de revista para Evaristo.

No lleva la bata de siempre, la de botones delanteros a medio abrochar; es un delantal que se quita y, al hacerlo, deja a la vista que no es la misma mujer de la descripción de Marisa.

O quizá sí, pero el sol la ilumina de otra manera.

Lleva una falda vaquera corta, unas zapatillas rojas y una camiseta blanca con un dibujo de un gato astronauta.

Tiene el pelo recogido en una coleta alta que se mueve cuando ríe, y ríe ahora con una risa que suena a campanas de iglesia en domingo de primavera, a eso que los viejos llaman juventud y los jóvenes ni siquiera saben que tienen.

—¡Por fin! —exclama Miquel al verme. Noto en su voz algo que no había oído antes, una ligereza y una entonación que sube y baja como si estuviera aprendiendo a cantar—. Te presento a Merceditas. Merceditas, este es el que te contaba.

—¡Ah, la escritora! —responde con una voz dulce, cristalina—. Encantada. Miquel me ha estado contando todo el lío de la librería. Qué emocionante, ¿no? Como en las novelas.

Me tiende una mano con uñas pintadas de amarillo, un amarillo tan brillante que duele mirarlo después de los rulos amarillentos de Marisa. La estrecho y siento que es cálida, viva, joven.

—No creo que la muerte de nadie sea emocionante, pero bueno, si así lo ves. Y debo añadir que ya nos conocemos —se quedan sorprendidos—. Despierta, Miquel; hace dos días, cuando me llamaste para que viniera a ayudarte en la librería, hablamos con ella de Evaristo.

—¡Ah, sí, el del perro salchicha! —exclama la chica.

—Te equivocas, no es un teckel, es un basset hound —rectifico.

—Bueno, da igual la raza, es un perro alargado de patas cortas —dice Miquel, cortando de raíz mis comentarios, conocedor de que no favorecen la charla con la sospechosa—. Le han dado diez minutos, así que, ¿te parece bien que aprovechemos el tiempo?

Asiento, aún roto por la charla con Marisa. Veo que Miquel no la deja de mirar. Sus ojos, que suelen ser de policía, de contar mentiras y descubrirlas, ahora son de otro animal, de uno que no conozco, de uno que mira y se deja mirar.

—Merceditas conoce a todo el mundo, sabe quién entra y quién sale...

—Y hago unos cruasanes que te mueres —interrumpe ella, y se ríe al ritmo del movimiento de su coleta. Miquel se ríe con ella, y yo me doy cuenta de que el policía serio que conozco, el de las normas y los informes, está sonrojado.

—Miquel —mi voz sale más grave de lo que pretendía, más cargada de la casa que acabo de dejar—. ¿Podemos hablar?

—Claro —dice él, pero no me mira, sigue mirándola a ella.

—Solo un minuto —me dirijo a la chica, que sonríe con una generosidad que no ha ganado todavía, pero que le viene de fábrica.

Nos apartamos unos metros. Miquel se gira hacia mí con una dificultad que no le había visto nunca, como si girar significara dejar de ver algo.

—¿Qué pasa? —noto cierta impaciencia en su voz que no me gusta, la impaciencia de quien quiere volver a donde estaba.

—¿Te das cuenta de quién es? —le recuerdo, bajando la voz, aunque ella está demasiado lejos para oír—. Es la panadera. La que escribió cartas a Evaristo. La que Marisa acaba de...

—Lo sé —me interrumpe—. Lo sé perfectamente.

Y también sé que es de un pequeño municipio mexicano llamado Calvillo.

Que tiene veinticinco años. Que a los veinte llegó a Barcelona y que se mudó aquí hace dos años porque su novio la maltrataba, y que se levanta a las cuatro de la mañana para amasar mientras el pueblo duerme, para que su salario tenga algunos números de más, incluso, sé que le está enseñando al maestro obrador a hacer «chamucos y condochas», dos panes típicos de su pueblo —su voz ya no es la de Miquel, es la de alguien que no conozco—.

Lo sé todo, Cris. En los pocos minutos que llevo aquí, me lo ha contado todo, sin que yo se lo preguntara, sin que yo la interrogara, sin que yo hiciera nada más que... que estar ahí.

—¿Te ha dicho lo de las cartas a Evaristo?

—Le escribió tres, sí.

Me mira y veo en sus ojos algo que reconozco, el Miquel que me piropea cuando visto de mujer, detalle que hoy no ha hecho.

Está claro que tengo competencia y me gana por edad y por muchas cosas que saltan a la vista, pero no por su sabiduría.

Veo en Miquel el deseo, puro y simple, el deseo de un hombre que ha pasado demasiado tiempo midiendo cada palabra, cada gesto, cada sospecha.

—Cris —me habla con voz baja, íntima, casi avergonzada—. No me mires así. No es lo que parece. O quizá sí, pero...

—¿Pero qué?

Sé que mi voz sale más dura de lo que quiero, cargada todavía de la T, que como bien dice Marisa, ya no sabe si es de Teodoro o de tristeza.

—Pero nada —Miquel se endereza, recupera algo de su armadura de policía, pero no toda—.

Solo... solo déjame esto. Déjame esos diez minutos de no saber quién mató a quién, de no sospechar de nadie, de no pesar cada palabra.

Diez minutos de cruasanes y de risas que no son mías pero que me dejan escucharlas. ¿Puedes darme eso?

No respondo. La miro. Está ahora en la puerta de la panadería, hablando con una clienta, una anciana que se ríe de algo que ella ha dicho, y pienso en Marisa, en su ventana, en sus tardes de vigilancia.

Pienso en Fernanda, en su crueldad disfrazada de rivalidad.

Pienso en Evaristo, solo tras su mostrador y su secreto.

Y pienso en esta chica, con su coleta y sus uñas amarillas, que sabe que ha escrito cartas de amor copiadas de una revista rosa para un hombre que ya no existe, que no sabe que es parte de un triángulo que ya no tiene vértices.

—Cinco minutos. Pero luego volvemos a ser policías. Todos.

Miquel asiente, y en su sonrisa hay algo que me duele, porque es la sonrisa de un hombre que ha encontrado algo que no sabía que buscaba, y yo acabo de dejar atrás a una mujer que buscaba algo que no sabía que había perdido.

—Vamos —dice Miquel, y camina hacia la panadería con un paso que no es el suyo, más ligero, más joven, más ajeno a todo lo que vimos ayer.

Lo sigo, y al entrar, el olor a pan recién horneado me obliga a aspirar con intensidad y cerrar los ojos.

Es un olor vivo, cálido, de levadura y de futuro, de algo que crece y no se pudre.

Merceditas está detrás del mostrador, cortando un pan redondo con un cuchillo que brilla, y nos sonríe con una sonrisa que no tiene historia, que no ha sido tirada tras ninguna verja.

—Sentaos en la terraza y ahora mismo me acerco. Y contadme todo. Quiero ser como ese detective inglés.

Miquel se ríe, una risa que suena a alivio, a permiso, a unos minutos de tregua.

Y yo me siento en una silla de madera clara, frente a una mesa, y pienso que quizá, solo quizá, esta juventud que no sabe nada es exactamente lo que necesitamos.

O quizá sea lo que nos destruirá. Pero por ahora, dejo que el olor a pan me envuelva, dejo que nos sirva cruasanes en platos de colores, dejo que Miquel se sonroje cuando ella le pregunta por qué se hizo policía, y trato de olvidar, solo por cinco minutos, lo injusta que es la vida; y es cuando me percato de que lo estoy siendo yo con Miquel.

—Debo irme —me levanto de la silla—. Miquel, lo dejo en tus manos. Al fin y al cabo, tú eres el profesional. Yo solo soy un aficionado.

Miquel me mira un instante, y veo en sus ojos el mismo alivio que yo siento, la misma culpa por sentirlo. Pero luego vuelve a girarse hacia ella, hacia la coleta, hacia las uñas amarillas, hacia la juventud, y yo dejo de existir.

—Nos vemos mañana en comisaría.

Su frase suena a despedida. No parece que seamos socios en este caso, no parece que compartamos sospechas y café de madrugada.

Me marcho sin despedirme de Merceditas. Lo que pueda decir, ya me lo ha contado Marisa, y me la creo.

He tenido más información de la fresca de ojos verdes por la viuda de los rulos que pasando todo el día con ella.

No sabe que su risa de campana suena a vacío en su habitación.

No sabe nada, y por eso Miquel la mira así, con ese deseo y esa lástima que yo reservo para los muertos.

Apenas ha cambiado nada; el hombre sigue en su esquina, el perro sigue escuchando, la señora de las lanas sigue sacudiendo su alfombra con fuerza desmesurada.

Pero yo ya no soy el mismo que entró esta mañana en casa de Marisa.

Ese hombre vestido de mujer creía que investigar era encajar piezas que faltan, encontrar al culpable.

Este hombre que sale ahora sabe que investigar es abrir puertas que no se cierran, es mirar por ventanas desde las que no se vuelve a ver la calle igual, es escribir cartas con la letra de los muertos y descubrir que uno mismo es la dirección equivocada.

Decido ir a casa sin prisa, sin una ruta, dejando que los pasos me lleven porque no tengo fuerzas para dirigirlos.

Cambio de acera y de sentido. Paso frente a la librería, cerrada ahora, con el papel pegado al cristal de «Cerrado por duelo» que ya nadie lee.

Paso frente a la casa de Marisa y alzo la vista un segundo, lo justo para ver que la cortina de encaje gris se mueve, que ella sigue ahí, vigilando, siempre vigilando, porque es lo único que sabe hacer, porque es lo único que le queda.

La saludo con la mano, un gesto tonto, un gesto de niño, y la cortina se detiene.

Sé que ella me ha visto y sé que no me devolverá el saludo, porque los vigilantes no saludan, solo registran.

Qué equivocado estoy. La cortina se abre de par en par; ella sigue ahí, sí, pero no vigila, sigue hablando con Mireia y Joanna, que me devuelven el saludo también. Pero lo mejor de todo es esa sonrisa de las tres.

Cuando llego a casa, Watson viene corriendo a recibirme, resbalando con su cuerpo alargado y sus patas cortas, tal como ha dicho Miquel, que estaba completamente ausente, obsesionado con los encantos de la joven.

El perro se estrella contra mis piernas, jadea, lame mis manos con una gratitud que no merezco por abandonarlo toda la mañana, y yo me agacho y le acaricio las orejas largas, esas orejas de una raza que fue diseñada para oler y oír lo que los demás no huelen ni oyen.

—Hola, Watson —lo saludo con la voz ronca, quebrada, como la voz de un hombre que ha llorado sin saber que lloraba.

Clara apoya el hombro en el marco de la puerta del salón y cruza los brazos.

No dice nada. Solo me mira, y en esa mirada hay todo lo que no necesito explicar.

Esta chica me conoce demasiado bien, o aprende demasiado en sus estudios de criminología, especialmente en esa psicología de la gente que los libros no enseñan, que solo se aprende mirando, escuchando, esperando.

Sin decir ni hola se acerca. Sus pasos son silenciosos, seguros, los pasos de quien sabe que el suelo no se hunde. Se detiene frente a mí, me mira de arriba abajo con esos ojos que parecen de gata, de esa gata que sabe dónde están todos los ratones del pueblo, y luego me abraza con fuerza.

Me dejo abrazar. Es un lujo que no me permito a menudo, dejarme sostener, dejarme caer en brazos que no son los míos. Pero hoy... hoy me dejo. Y le devuelvo el abrazo, con una fuerza que me sorprende, con una desesperación que me avergüenza.

—¿Mal día? —pregunta, sintiendo su voz, cómo vibra contra mi pecho, cálida.

—Horrible —respondo, y la palabra es simple, enorme, la palabra que Marisa usó para su viudez, la palabra que ahora uso yo para mi tarde.

La llevo de la mano al sofá. Watson se pone entre los dos, ocupando el espacio que nos separa, con sus patas buscando contacto con ambos, como si supiera que hoy necesitamos un puente.

Nos sentamos y ella espera, con esa paciencia que tiene para las confesiones, para las historias que no tienen final feliz.

Y empiezo a contarle. Le cuento la historia de Marisa, de los rulos amarillentos, de las cartas con la T de Teodoro, de la panadera que no sabe que es moscardón, de Miquel que se ha quedado en la panadería sonrojado, de la juventud que no sabe que es juventud, de la crueldad de Fernanda tirando una carta por una verja, de la verja que es más frontera que hierro.

Le cuento todo, y mientras hablo, siento que esa T también me pertenece, que es la T de tonto, por no escribir nunca una carta a mamá.

Clara escucha sin interrumpir, sin juzgar, sin decir que todo saldrá bien. Sabe que no saldrá bien. Sabe que las historias de viudas y cartas y suicidios no tienen final feliz, solo tienen final. Clara apoya la cabeza en mi hombro y suspira.

—Mañana será otro día.

La observo y sonrío. Es la frase favorita de Justo. Y qué razón tiene. Pienso en la palabra «mañana». Suena a condena que nos deja vivir una noche más.

Watson ronca entre nosotros, ajeno a todo, feliz con su cuerpo, feliz con el olor a pan que aún impregna mi ropa, feliz con la compañía de dos humanos rotos que se sostienen mutuamente en un sofá que huele a perro y a tristeza y que, quizá, solo sea el consuelo de saber que no estamos solos en la ruina.

Miro por la ventana, veo la calle que se oscurece.

Imagino la casa de Marisa que se enciende con una luz amarillenta, y pienso que ella también está en su sofá, con sus rulos, con su ventana, con sus cartas que ya no escribe.

Y pienso que quizá, en algún momento de esta noche, alguno de los dos levantará la mano y saludará a la oscuridad, sin esperar respuesta, solo por el gesto, solo por no olvidar que todavía existe alguien al otro lado de la verja.

Mañana empezarán las charlas en comisaría; el club al completo nos reuniremos temprano con Miquel para contarle todo lo que sabemos, antes de que él hable con los sospechosos, mientras nosotros observaremos y escucharemos tras el cristal de la sala de interrogatorios.