Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

—Desde el otro lado de esta verja —su voz se quiebra de verdad— me tiró la carta. Me la tiró a la cara, como quien tira una piedra.

Me acomodo en la butaca. La imagen de Fernanda lanzándole una carta a la cara a aquella mujer, encaja demasiado bien con la versión más fría que he conocido de ella.

Y, sin darme cuenta, me quito del bolsillo de la chaqueta el pañuelo de Hermès, estrujándolo con las manos; sin embargo, sigo sin saber si la odio o la compadezco.

—Y me dijo... —Marisa se calla, traga saliva, y cuando vuelve a hablar es con la voz de una niña que ha recibido una paliza—.

Me dijo que no le extrañaba que mi marido se suicidara.

Que no había nadie que pudiera aguantarme.

Que yo era un pozo sin fondo, una carta que nunca se acaba, una viuda que no sabe reconocer la verdad.

Mireia se lleva la mano a la boca. Joanna baja la mirada.

Y yo... yo no sé qué decir, porque estoy viendo a Fernanda desde el otro lado de esa verja, con la carta en la mano, con la crueldad en los labios, y estoy entendiendo por primera vez que el odio de Fernanda no es solo rivalidad.

Es miedo. Miedo a que alguien ame de verdad, porque ella no sabe hacerlo.

—Y desde hace un mes me siento mal —la frase de Marisa cae en la habitación como un final que no es final, como una puerta que se cierra pero deja una rendija—.

No es el corazón, no es el estómago. Es algo aquí —se señala el pecho, debajo de la bata floreada, debajo de los rulos, debajo de todo—.

Es el peso de las cartas que escribí y las que no escribí.

Es la T de Teodoro que ya no sé si es de él o de tristeza.

Es... —se calla y sus ojos se pierden en la calle, en la librería, en los años que no vuelven— es el miedo de que Fernanda tenga razón.

De que nadie pueda aguantarme. De que yo sea demasiado, siempre demasiado, para quien me quiera cerca.

Por eso deseaba irme, lejos de aquí, pero para hacerlo necesito un dinero que no tengo.

El sonido de mi móvil vibrando rompe el ambiente del salón de Marisa. Pido disculpas con un gesto y miro la pantalla. Es Miquel. Me levanto y camino hacia el interior de la casa, dejando a las chicas en un silencio que ya no necesita de mí.

—¿Vas a venir o no? —me pregunta Miquel, y su voz suena lejana, como si llamara desde otro pueblo, otro tiempo.

—Disculpa... no sé de qué me hablas.

—Hablo de Merceditas. Estoy enfrente de la panadería.

—Sí, claro. Un minuto.

Cuelgo y me doy cuenta de que estoy bajo la viga de Teodoro.

Exhalo con fuerza, como si quisiera expulsar de los pulmones algo más que aire.

Esa mujer... me ha roto. No por su tristeza, sino por su valentía disfrazada de locura, por sus cartas que nunca fueron para quien las recibió, por su miedo a ser demasiado cuando lo único que ha sido es estar demasiado sola.

—Debo irme —les comento al volver al salón. Mireia y Joanna hacen el ademán de levantarse—. No, por favor, quedaos. Marisa necesita compañía. Dulce compañía, no solo de naranja confitada, que aún flota en el aire.

Me acerco a Marisa y le doy dos besos, uno en cada mejilla, y en el segundo siento el rastro de una lágrima que ella no ha dejado caer.

—Cuidado con lo que haces —me guiña el ojo, y en ese guiño hay todo el arsenal de una mujer que ha sobrevivido a un marido que se colgó, a una vecina que le tiró una carta a la cara y a décadas de vigilar desde una ventana—. Te tendré vigilado.

—Toma, para que no cojas frío cuando lo hagas —anudo a su cuello el Hermès.

Salgo a la calle y el sol me golpea con una crudeza que no esperaba.

Es mediodía, o quizá ya es más tarde; el tiempo se ha vuelto elástico dentro de esa casa.

Camino hacia la panadería con las piernas pesadas, con el pecho apretado por algo que no tiene nombre.

Me siento destrozado, como si Marisa hubiera abierto una puerta en mí que yo no sabía que existía, y ahora el viento sopla por dentro, frío y desconocido.

La calle que ayer me parecía pintoresca, con sus grietas y sus geranios en las ventanas, hoy se me muestra desnuda.

Veo a un hombre hablando solo con su perro, y pienso que quizá no está loco, solo tiene a alguien que le escucha.

Veo a la señora de la tienda de lanas, que sacude una alfombra con una violencia que no es normal, y pienso que todos en este pueblo tienen una viga de Teodoro en algún techo, una carta tirada por alguna verja, un miedo a ser demasiado.

Todo este caso se concentra en una calle, la Ample, o de Anselm Clavé, en la misma donde se ubica dos de nuestros lugares de reunión, el Ateneu y la casa de Justo, calle donde en apenas cien metros de largo, los que hay desde la esquina del ayuntamiento hasta la esquina de la casa de Fernanda, encontramos en medio la casa de Marisa, la librería El Pica-lletres y la panadería Patonet, cuya terraza aparece ante mi vista tras los coches aparcados.

Y allí, frente al escaparate de cristales que brillan con el sol, está Miquel. Pero no está solo.