CAPÍTULO 13 #2
—Preguntad lo que queráis. Pero que sepáis que yo no maté a Evaristo. Yo solo... yo solo miraba. Y a veces, cuando miras tanto, ves cosas que no deberías.
Joanna se inclina hacia delante. Mireia abre los ojos. Y yo, desde la butaca de observador que no es mía pero que hoy comparto, preparo la palabra justa que puede abrir todo o cerrar de golpe.
—Cuéntenos. Cuéntenos qué vio esa noche.
Si Marisa dice la verdad, llevaba años observando a todo el pueblo. Y quizá aquella noche había visto algo que nadie más vio.
—Y cuéntenos por qué Fernanda le odia tanto —añado.
Marisa deja de masticar. El silencio se alarga, lleno de olor a naranja confitada y a secretos que llevan décadas pudriéndose entre rulos amarillentos.
—Pues tomad asiento y poneos cómodos —dice Marisa.
Espero que hable al fin de horas de vigilancia, de madrugadas en vela mirando por esa ventana, de tazas de café frío que se olvidan entre las cortinas—.
Yo veía a Fernanda merodear siempre por la librería.
No como una clienta, no. Era una cazadora.
Esperaba a que no hubiera nadie, a que la calle se vaciara, a que Evaristo estuviera solo tras el mostrador.
Y entonces entraba con ese vestido negro que se pone para ir a misa, con ese perfume que huele a iglesia y a deseo mezclados, y se quedaba hablando con él horas.
Horas, señores. Yo lo contaba desde aquí, con el reloj de la cocina en la mano, porque alguien tenía que llevar la cuenta.
Marisa se inclina hacia la ventana y, por un instante, parece que va a escupir el recuerdo.
—Ella deseaba que Evaristo fuera el cuarto en la lista. Estaba claro como el agua.
—¿El cuarto? —pregunta Mireia con voz pequeña, como si no quisiera interrumpir, pero no pudiera contenerse.
—Cuarto marido —respondo yo.
—Y viuda por tres veces —añade Joanna, con esa precisión que tiene para los datos que duelen.
—Sí, hija —Marisa mira a Mireia—. Evaristo era un solterón... como tú, y ella era viuda tres veces.
—¡Vaya! —exclama Mireia, y sus ojos se abren como platos—. Siga, siga.
Marisa nos mira, uno por uno, y en su mirada hay algo que no había visto antes: es amargura, vergüenza. La vergüenza de quien va a confesar algo que no ha dicho en voz alta ni a sí misma.
—¿Qué queréis que os diga? —suspira, y el suspiro le sale de lo más hondo, de ese lugar donde se guardan los malos recuerdos—.
No veía a Evaristo feliz desde hacía tiempo.
Desde hace unas semanas, la librería empezó a oler a cierre, a final de historia.
Él se quedaba solo tras el mostrador, con esas gafas que se le caían por la nariz, leyendo siempre el mismo libro, una página, otra, y la misma, como si no recordara que ya la había leído.
Y yo... yo miraba desde aquí, y me dolía.
Me dolía verlo así, porque yo también estuve y estoy sola.
Teodoro se fue y yo me quedé con esta casa, con esta ventana, con esta butaca que es más mía que yo misma.
Se calla un momento y el silencio se llena de olor a recuerdos que se oxidan.
—Y entonces... —su voz baja se vuelve casi un susurro que no quiere que la calle escuche—, empecé a escribirme notas de amor.
Unas notas que yo nunca recibí de mi Teodoro.
Porque Teodoro, el muy... —se muerde la lengua, se contiene, y cuando vuelve a hablar ha recuperado la voz de viuda resignada—, Teodoro no era de palabras.
Era de silencios, de ausencias, de sillas vacías en la mesa.
Y yo quería recibir lo que nunca tuve. Abrir un sobre y saber que alguien pensaba en mí.
Aunque fuera yo misma quien las escribía y firmaba con la T de... —se interrumpe y sus ojos se humedecen.
—¿Eras tú la que escribías a Evaristo? —grito, y el grito es más sorpresa que acusación—. ¡Pero... esa T!
—La de mi querido esposo, Teodoro —me responde. Una lágrima se le escapa, lenta, como si no estuviera acostumbrada a salir.
Mireia, que había alargado la mano para coger una tartaleta, la deja inmóvil, encima, sin ni siquiera intentar cogerla. Los tres nos quedamos como estatuas petrificadas mirando a Marisa.
—La T de Teodoro. El que nunca me escribió nada, pero que yo le seguía escribiendo a él, en mi cabeza, todas las noches.
Y un día pensé: ¿y si hago feliz a Evaristo escribiendo lo que siento, con la T de Teodoro, para que no sepa que soy yo, para que no me rechace, para que no me mire como me miran todos en este pueblo: la loca de los rulos, la viuda del colgado, la que vigila desde la ventana?
Mireia posa su mano sobre el brazo de Marisa.
—¿Amaba usted al señor Evaristo?
—No te equivoques, no era amor; solo quería darle alegrías de vivir, no fuera que le diera por hacer una tontería como mi Teodoro —inclina la cabeza hacia la viga.
Me emociono al ver que se ha destapado una incógnita.
—Entonces, Evaristo no sabía de quién eran —dice Joanna con la voz entrecortada.
—No. Pero la cosa se lió —prosigue Marisa—.
La vecina esta de la esquina, Fernanda, la que siempre está en la puerta fregando una losa que ya está limpia, vio las cartas encima del mostrador y le preguntó.
Y él, el pobre, él que nunca supo de amores, le dijo que creía que eran de la panadera, la fresca esa de la otra esquina.
La que tiene los ojos verdes y la carita de ángel o de demonio.
Nos quedamos boquiabiertos; eso no lo esperábamos.
—Es que estoy en una calle rodeada de moscardones —murmura Marisa, sonando a derrota—. Moscardones que zumban, que pican, que se llevan lo que no es suyo. Fernanda, la panadera... todas querían lo que yo solo quería regalar. Un poco de cariño, queridos. Un poco de cariño en un sobre doblado.
—Perdone —exclama Joanna con un tono de voz más suave de lo habitual, casi arrepentida—. Yo también estoy en esta calle...
—No, tú no, hija —responde con una ternura inesperada, la ternura de una madre que reprende pero no castiga—.
Antes sí, eras una pesada. Con tus preguntas, con tu elegancia, con tu manera de entrar en los sitios como si fueran tuyos.
Pero ya no. Ahora tú... tú me caes bien. Eres de las pocas que miran de frente.
—Me callo —sonríe Joanna.
Me sorprendo. En todo el tiempo que la conozco, Joanna se calla de verdad.
—Siga, por favor —insisto, viendo a Marisa no como la viuda de los rulos, no la chismosa de la ventana, sino una mujer que escribió cartas de amor con la letra de un muerto, para que otro vivo no se sintiera solo.
—Pues Fernanda se fue a hablar con la panadera —continúa Marisa, con voz dura, tensa—.
Le dijo que lo dejara en paz, que Evaristo era suyo, que la cuarta plaza ya estaba reservada.
Y la panadera, la fresca de los ojos verdes, vio la luz.
Vio que había competencia, vio que el premio era un hombre rico y triste tras un mostrador, y escribió no una, sino tres cartas de amor que no se parecían en nada a las mías.
—¿Cómo sabe que eran tres?
—Porque la vi cuando las dejaba después de cerrar la panadería, pero las suyas…
sus cartas eran de esas que se aprenden en las revistas, con frases hechas, con «mi amor» y «para siempre» y «te espero».
Las mías eran... —se calla y sus ojos se pierden en la ventana, en la calle vacía, en los años que no vuelven— las mías eran de verdad.
Con faltas de ortografía, con manchas de café, con la T de Teodoro que a veces se me olvidaba y escribía una E, porque en el fondo, en el fondo de todo, yo no escribía a Evaristo.
Escribía a Teodoro. Le decía todo lo que nunca le dije.
Le pedía perdón por no haber visto que se iba a colgar.
Le rogaba que volviera, aunque fuera una noche, aunque fuera en sueños.
El silencio se alarga.
—Allí empezó la rivalidad entre ellas —dice Marisa al fin—. Fernanda y la panadera, la viuda y la fresca, la que espera y la que se lanza. Y yo... yo seguía escribiendo desde aquí, con mi T de Teodoro, con mi café frío, con mi ventana que es la única que me entiende.
Se detiene y veo que sus manos tiemblan. No es el temblor de la edad, es el temblor de quien va a llegar al final de la confesión, al final del puente, y no sabe qué hay al otro lado.
—Pero un día, Fernanda me vio echar un sobre por debajo de la puerta de la librería.
Una noche de lluvia, con un plástico puesto encima, corriendo como una loca para que nadie me viera.
Y, por lo visto, no entró del todo. El sobre se quedó a medio camino y ella...
ella lo recogió. Lo leyó. Y vino corriendo a casa.
Marisa señala la verja de la ventana, y sus dedos tiemblan sobre el hierro oxidado, sobre la pintura desconchada, sobre los años que separan el interior del exterior.