CAPÍTULO 13
Nos dirigimos a la casa de Justo. Dejamos atrás la panadería y nos acercamos a la librería, y allí, frente a la casa de Marisa, la reconozco: Mireia está apoyada en la pared, con una caja de Tartarenys entre las manos, mirando hacia arriba como quien espera que llueva o que caiga un pájaro muerto.
—Mireia —la saludo, acelerando el paso.
Justo mira a ambos lados, confundido.
—¿Y Joanna? —pregunta—. ¿No ibas a buscarla?
Mireia se encoge de hombros, inocente como una pastelera que ha olvidado un ingrediente a propósito.
—No. Pensé que vendría con vosotros.
Justo suelta un gruñido que no llega a palabra, se despide con un gesto seco y se aleja cojeando hacia su casa, donde seguramente Joanna le espera con alguna observación afilada.
Me acerco a Mireia. La caja de cartón gris está cerrada con una cinta de rafia, pero el olor se escapa por las esquinas, traicionero y dulce.
—Huele a tartaletas de chocolate y naranja confitada —recito, cerrando los ojos.
—¡¿Cómo lo sabes?! —Mireia se gira, sorprendida.
—Lo dijiste anoche.
Ella se ruboriza. Es un rubor que le sube desde el cuello del vestido de flores que ha elegido para la ocasión, un modelo que no había visto antes, con vuelo en la falda y una elegancia sencilla que rara vez se permite.
—A ver —doy un paso atrás para verla mejor—. Date una vuelta.
—¿Qué?
—Que des una vuelta. Quiero ver ese vestido en movimiento.
Ella duda, mira hacia cualquier sitio menos a mí. Luego, lentamente, gira sobre sí misma. El vestido de flores se abre como una flor de papel, el vuelo de la falda dibuja círculos en el aire de la calle y el cinturón captura la luz del sol.
—Estás increíble. Este vestido te queda genial.
—Oye, a ligar a otra puerta —escuchamos desde la ventana de Marisa.
Me hago el despistado, aunque el corazón me late un poco más rápido. Me acerco a la reja de forja negra, miro al interior y allí está: la cabeza de rulos amarillentos asoma entre las cortinas de encaje gris, ese tono que adquieren las telas que no ven agua ni jabón desde hace demasiado tiempo.
—Oh, está ahí —simulo asombro, como si acabara de descubrir América—. Déjeme que le pregunte algo.
—¿Algo de qué? —Marisa frunce los ojos, que son dos puntos suspicaces entre la carne.
—De Evaristo.
—¿Qué quieres que te diga que no te haya dicho? —resopla, y desaparece un segundo; luego, vuelve.
—Déjenos entrar y lo averiguamos.
—No sé... —duda Marisa, mirando hacia la calle como si esperara a que alguien la rescatara de su propia curiosidad.
Mireia se acerca con la caja y la abre. El aroma se despliega en el aire de la calle, conquistador e irresistible, y le habla con la voz que usa para los niños en la pastelería:
—Son tartaletas de chocolate negro con glaseado de naranja confitada, una joya de mazapán en el centro que brilla como un ojo de caramelo. ¿Le apetece una?
Marisa huele desde la ventana. Su nariz se mueve, casi independiente del resto de su rostro. Se regocija como un niño ante una tienda de juguetes cerrada.
—Huele fenomenal.
—Y saben mejor —le responde Mireia, sonriendo—. Anda, coja una.
—Está bien, pasad —cede Marisa, y desaparece de la ventana.
En ese momento vemos a Joanna caminando hacia nosotros. Va elegante, como siempre, con un vestido de seda azul noche que realza su porte y un chal de cachemira sobre los hombros. No lleva ni rastro de prisa, solo esa seguridad de saber que la estamos esperando.
—¿Cómo sabías que estábamos aquí? —le pregunto con un tono de voz más alto mientras le guiño el ojo, para que no parezca que hemos quedado antes para entrar en casa de Marisa.
—Justo —responde, acomodándose el chal y levantando la voz para que Marisa la escuche dentro—. Ha entrado en casa como una tromba, ha dicho que estabais aquí y se ha encerrado en el baño sin esperar respuesta. He deducido que necesitabais compañía femenina para esta misión.
—Siempre aciertas.
—No siempre —sonríe, y se coloca al lado de Mireia, que cierra la caja con gesto de quien comparte un secreto.
Escuchamos cómo corre el pestillo, un chirrido de metal contra metal que suena a décadas de desuso. Cuando la puerta de Marisa se abre, Joanna se cuela detrás de Mireia sin que nadie la haya invitado formalmente.
—Eh, ¿y tú a dónde vas? —la recrimina Marisa.
—Voy con ellos —responde, ajustándose el chal con naturalidad.
—¿Va a venir todo Demarenys o qué? —protesta Marisa, mirando hacia la calle.
—Creo que ya estamos todos —me pongo a contar—. Joanna, Mireia, yo, y Watson, que no está, pero debería estar.
—Anda, no sea así y coja ya esa tartaleta —insiste Mireia, ofreciendo la caja con una generosidad que no es solo dulce.
Marisa mira a Mireia de arriba abajo, con esa evaluación rápida que tienen las mujeres que han sobrevivido solas demasiado tiempo.
—Niña, ¿me estás sobornando? —se dirige a Mireia—. Tú eres la hermana del policía, la solterona esa de los pasteles, ¿no?
Mireia no se inmuta. Sonríe, y en esa sonrisa hay años de escuchar comentarios, de vender dulces a quienes la miran por encima del hombro.
—Pues... sí. Soy la de los pasteles y la hermana de Miquel. Creo que queda claro.
—¿Y lo otro? —insiste Marisa, con una malicia que no es cruel, es solo costumbre.
Mireia baja la mirada durante un instante y sonríe para sí. Esta vez, más profundo, más verdadero.
—Pues... también —responde, bajando la voz.
—No crea —intervengo, antes de que Joanna suelte algo que no podamos recoger—. Mireia vale mucho más de lo que la gente piensa; cada día que pasa está más guapa.
—Gracias —dice Mireia y el vestido de flores parece florecer de verdad.
—Si eso es una proposición, pues no sé qué te va a decir —murmura Marisa, mirándome de arriba abajo con los ojos entrecerrados—. Así, haciendo el ridículo, disfrazado de mujer… en fin.
Ignoro el comentario con la elegancia que me ha costado años perfeccionar.
—¿Pasamos al salón?
Entramos y es exactamente lo que esperaba: un museo de la observación.
La ventana desde donde Marisa vigila a todo el pueblo ocupa toda la pared del fondo, con una butaca orientada hacia la calle como un trono de terciopelo gastado.
Cortinas de encaje que no se han lavado en décadas, estanterías llenas de álbumes de fotografías de una vida pasada y, una mesa de centro con revistas de hace quince años, ordenadas por fecha. Huele a rancio y a algo más, a cerrado.
Mireia le acerca la caja y Marisa toma una, la huele y la mordisquea. Luego la deja abierta encima de la mesa de centro.
—¡Uhm! Sabe mejor de lo que huele. Cuánto tiempo sin comer algo así —le da otro mordisco.
—Gracias —sonríe Mireia—, son todas para usted.
—¿Qué queréis que os diga? —pregunta Marisa, saboreando el dulce.
Joanna se adelanta. Se sienta en el borde del sofá, con una naturalidad que no invade pero que tampoco pide permiso.
—Ayer estábamos de cháchara en casa con Justo, y Cris me preguntó cómo se sentía una viuda, y le respondí. Y tú, ¿cómo te sientes tú?
Marisa la mira. Los ojos pequeños se humedecen lo suficiente para que sea verdad.
—Mal —responde con una simple palabra, pero enorme—. Es lo peor que me ha pasado nunca.
—¿Se querían mucho? —pregunta Mireia, con la ternura que pone en las cremas de mantequilla.
—Lo quería con toda mi alma, pero él… no —responde Marisa, y la negación es tan rotunda que nos detiene a todos—. Teodoro se colgó ahí, de la viga del comedor. Me dejó sin saber por qué.
Señala el techo y seguimos su dedo hasta una viga oscura que no habíamos notado.
—Eso me duele. No el que se fuera, sino el que no me lo dijera. Sé que los años enfrían las relaciones, pero marcharse sin escribirme una nota de amor, una nota de despedida, una palabra del porqué... Nada.
Joanna se calla. Veo cómo aprieta los labios. Ella también es viuda y entiende cosas que yo no entiendo.
—Lo lamento —dice Mireia.
—Y yo también —añado, dolido.
—Pero la vida sigue —continúa Marisa, enderezándose en su butaca, recuperando la armadura— y, mira, desde entonces vivo con la paga de viuda y cubro gastos, no muchos, como ya veis.
Muestra los pies, las alpargatas medio rotas, la bata floreada que es la misma de ayer y probablemente de anteayer.
—Puedo preguntarle algo —señalo con el dedo su cabello—. ¿Se los quita alguna vez?
—¿Si me quito qué? ¿Los rulos? —adivina Marisa—.
Pues mira —por primera vez sonríe, una sonrisa que transforma su cara en algo casi dulce—.
Si vamos a ser sinceros, es para disimular que me corto yo el pelo y lo enredo con ellos, así no se ve —se toca los rulos con orgullo casi maternal—.
Por eso, perdonadme que no os ofrezca nada, pero es que no tengo nada que ofrecer.
—No se preocupe —le habla Mireia, empujando la caja hacia ella con un gesto que es también promesa—. Hoy nosotros traemos los dulces.
Marisa nos mira, los ojos pequeños brillando con algo que no es solo codicia por la segunda tartaleta.
—Entonces, cogeré otra.
Mientras Marisa la muerde y escucho el sonido de hojaldre quebrándose, observo realmente la casa. El sofá está hundido por los años. Las cortinas han perdido el color. Las revistas son antiguas. Las alpargatas muestran remiendos hechos a mano. No es descuido, es supervivencia.
Todos nos miramos. Y en ese intercambio de miradas, en ese silencio que huele a tartaletas de chocolate y a confesiones de viudas, me doy cuenta de que a todos les sucede lo mismo: Marisa tiene problemas económicos.
Como Cloti, que esperaba una librería que nunca llegó.
Como Fernanda, que venderá vestidos para mantener una casa que se come a sus maridos muertos.
Como Santiago, que ha hipotecado su futuro en una maqueta de cristal.
Como Rogelio, en su casa de grietas. Y me imagino que como Merceditas, que vende sonrisas porque no tiene otra moneda.
Todos en ruina. Todos con un muro llamado Evaristo, y aún no sé qué tiene que ver él en todo esto. Empiezo a preguntarme si la casualidad existe. Son demasiadas personas que necesitan algo. Demasiadas personas miraban a Evaristo como quien espera una oportunidad.