CAPÍTULO 12
Me he vestido para la ocasión. Llevo un traje de chaqueta y pantalón de corte entallado en gris perla, que realza lo que la naturaleza me dio, y unos tacones de aguja, que elevan mi estatura hasta límites que hacen a Justo más bajo de lo que ya es habitualmente a mi lado.
Él me mira desde la acera, junto a la plaza del ayuntamiento, con admiración y resignación a la vez.
—¿Es necesario? —pregunta, ajustándose la corbata.
—Es necesario —respondo, comprobando el nudo del pañuelo que asoma del bolsillo de la chaqueta.
—Pareces...
—¿Qué?
—Peligrosa.
Responde, y no sé si es queja o cumplido.
Cruzamos la plaza del ayuntamiento, ese espacio de losas de piedra desgastadas donde los niños persiguen palomas.
El edificio no es imponente: es mediterráneo, blanco, con ventanas enmarcadas en piedra gris que parecen ojos serenos.
Arcos en la planta baja, balcones de hierro forjado con geranios que cuelgan en macetas de barro, farolas de hierro negro que en otra época alumbraron a pescadores borrachos y a enamorados furtivos.
Al llegar a las puertas, observo a Merceditas tomando nota a los clientes en las mesas de la terraza. El edificio hace esquina con el paseo y la calle de la librería. Antes de entrar, Justo se detiene. Me mira de arriba abajo, boquiabierto.
—Qué guapa estás —me comenta, como si la frase se le escapara contra su voluntad.
—Gracias, Justo. Tú también vas muy elegante.
—No es un piropo, solo constato.
La recepción es un espacio alto, con suelo de baldosas hidráulicas que conservan dibujos geométricos en tonos ocres.
Una secretaria joven nos hace esperar en una sala del primer piso.
Subimos por una escalera de piedra que Justo odia y entramos en una estancia con vistas a la plaza. Pero no miro a la plaza.
Miro a la sala de al lado, separada por un cristal translúcido.
Y allí, sobre una mesa de conferencias, descansa una maqueta de la librería.
Solo sigue en pie su fachada, el resto, al igual que los dos edificios vecinos, han sido derrumbados y reemplazados por estructuras modernas, acristaladas, de líneas rectas y frías.
Tiene todo el aspecto de un centro comercial.
Una coraza de cristal que la reduce a una anomalía pintoresca en medio del progreso.
Justo sigue mi mirada. Su mano se cierra sobre el respaldo de una silla.
—¿Eso es...?
—Eso es el futuro.
Los nervios me revuelven el estómago. La secretaria reaparece, sonriente, ajena al terremoto que acabamos de presenciar.
—El señor concejal los recibe ahora. Por favor, síganme.
Nos conduce a un despacho en la esquina del edificio.
Al entrar, el olor me sorprende: no es el aroma a tinta y burocracia que esperaba, sino un fondo de café recién hecho que proviene de una máquina de cápsulas escondida detrás de una estantería.
El espacio es amplio, pero no intimidante: una mesa de despacho con patas torneadas, una alfombra desgastada en el centro y las paredes llenas de paisajes del Maresme: barcas al amanecer, calas escondidas, una tormenta sobre el mar que parece moverse.
Santiago, pienso, es de aquí, de Demarenys.
Y eso lo hace más peligroso o más comprensible; aún no lo sé.
El concejal está de pie junto a la ventana, sin chaqueta y con las mangas arremangadas en un gesto que pretende ser cercano. Es más alto de lo que parecía en la librería, más corpulento, y su sonrisa no llega a los ojos.
—Justo, viejo amigo —extiende la mano—. ¿Qué os trae por aquí?
Justo la estrecha con la fuerza de quien ha apretado demasiadas manos en demasiados interrogatorios.
—Evaristo —respondo yo, antes de que Justo pueda protocolizar.
Santiago se gira hacia mí. Su sonrisa se congela.
—Usted es la escritora, ¿verdad? —No espera respuesta—. A mi mujer le encanta leerla. Y eso de que el mundo conozca nuestro pueblo... la hace embajadora. O embajador, no sé cómo debo dirigirme...
—Hágalo como Cris —digo con una voz que suena más afilada de lo que pretendía.
—Excelente —recupera la sonrisa, pero ahora es otra, más calculada—. Decidme, ¿qué os trae por aquí?
—Evaristo —repito—. El librero. El hombre que apareció muerto en su establecimiento.
Santiago nos indica que nos sentemos y él lo hace también, detrás de su escritorio, un gesto que pretende relajación pero que coloca una barrera entre nosotros.
Gira ligeramente la silla para mirarnos de frente, cruzando las manos sobre la mesa con la naturalidad de quien ha ensayado este movimiento.
—No entiendo. ¿Por qué debo hablar con vosotros? Ya me ha citado el inspector para mañana.
—Ayudamos aportando documentación para el caso —interviene Justo, con la voz de quien ha dicho esta frase mil veces.
Santiago no responde de inmediato. El silencio dura dos segundos, los suficientes.
—¿Tú no estabas retirado? —al escuchar eso, Santiago arquea una ceja—. ¿Y qué documentación? Todos comentan que murió de accidente.
Noto que Justo se ha quedado en blanco.
—Nadie ha dicho que fuera un accidente —respondo rápido.
La cara de Santiago cambia. Es rápido, casi imperceptible: el pestañeo, el ajuste de la corbata, la mirada que busca una salida en los cuadros de la pared. Pero no se altera. Se recuesta, respira, y cuando habla, su voz es más baja, casi íntima.
—Pues no sé si debo deciros nada. Si no es oficial, me temo mucho que...
—¿Por qué desea tanto el edificio de la librería?
Corto, pero sin agresividad, con la curiosidad de quien pregunta por el tiempo. Se queda inmóvil. Luego, lentamente, recoge un bolígrafo y lo hace girar entre sus dedos. El gesto es pausado, reflexivo, como si estuviera considerando cuánto contar.
—No me interesa el edificio —su tono es sincero, o muy bien fingido—. Me preocupa el bienestar de mis vecinos. El progreso, el empleo, el futuro de Demarenys.
—¿Qué tiene pensado hacer en él? —insisto, con la misma suavidad.
—¿A qué viene tanta insistencia con ese tema?
—La maqueta —señalo hacia la puerta con un gesto casual—. La que está en la otra sala.
—¿Qué maqueta?
Su voz se alza apenas una nota, no media octava. Es un hombre controlado.
—La que muestra la librería rodeada de cristal —preciso—, con los dos edificios de al lado remodelados. Un centro comercial, ¿verdad? La fachada de la librería sigue en pie, pero del resto ya no queda nada. Es una excusa turística, una postal dentro de un centro comercial.
Santiago deja el bolígrafo. Se levanta, camina hacia la ventana y mira la plaza con las manos a la espalda. Cuando habla, su voz es diferente, más cansada.
—Ah... —dice—. Eso. Es un proyecto antiguo. Nada definitivo.
—Parece muy detallado para ser antiguo.
Se gira, y por un instante veo algo que no es político ni ambicioso: es melancolía.
—Hablé con Evaristo —responde, volviendo a sentarse—. Como quería jubilarse, me interesaba quedarme con el edificio si no le importaba. Le mostré el proyecto y... no dijo que no.
—¿Sabe por qué quería hablar con usted y con otras cuatro personas más el día después de su muerte?
A la pregunta, Santiago se recuesta en la silla. Sus manos se separan, una sobre la mesa, otra en el reposabrazos.
—Pues... no lo sé —su voz pierde el timbre de político—. Puede que aceptara mi propuesta, no lo sé. O puede que quisiera rechazarla en persona, con testigos. Evaristo era así. No decía las cosas a solas, las decía con público. Para que no hubiera malentendidos.
—¿Le habló alguna vez de una primera edición de El escarabajo de oro ?
Santiago frunce el ceño.
—Ese es un libro de Poe, ¿no?
—Sí.
—No. Evaristo hablaba mucho de libros, pero ese título no me dice nada.
—¿Sabía que quería hacer obras en la librería? —aprieto.
—¿Qué obras? —noto que no sabe qué decir—. No, no sabía nada de obras.
Justo se inclina hacia delante, pero no apoya las manos en el escritorio. Se limita a cruzar las piernas y observar a Santiago con la paciencia de quien ha esperado décadas a que los culpables hablen solos.
—Mire, concejal —le habla más suave que antes, con un tono casi amistoso—, sí, estoy retirado.
Pero son muchos años persiguiendo malos.
Y reconozco la mayoría de gestos, expresiones y formas de hablar de ellos.
Pero también reconozco cuando alguien no es malo, que solo está metido en algo que no controla —se toma una pausa, dejando que el silencio se haga cómodo—.
Ahora mismo no sé qué es usted. Y eso me preocupa más que si fuera un sinvergüenza confeso.
Santiago palidece, pero no se levanta. Se queda sentado, mirando a Justo como si viera en él algo que no esperaba.
—No... no soy un asesino, si eso es lo que insinúa. Pero...
—Pero —repito, invitándole a continuar.
—Pero había algo en esa librería —prosigue Santiago, el político cediendo paso al hombre—.
Algo que Evaristo encontró. Y cuando le mostré el proyecto, cuando hablamos del futuro, él...
—se interrumpe, mira la ventana, mira los cuadros, mira cualquier sitio menos a nosotros—.
Él me dijo que no podía vender. Que había descubierto algo que cambiaba todo.
Y que necesitaba hablar con gente antes de decidir.
Guarda silencio. El bolígrafo gira una vez más entre sus dedos, luego se detiene y se inclina hacia nosotros.
—Miren… he depositado mucho dinero como fianza para este proyecto —continúa.
Su voz es la de quien ha hipotecado su futuro—.
Si no se aprueba dentro de dos meses, me quedo en la ruina.
No es ambición, Cris. Es supervivencia. Y Evaristo...
Evaristo era la llave de todo. Sin su firma, sin su edificio, no hay centro comercial. No hay inversores. No hay nada.
—¿Con qué gente quería hablar Evaristo? —pregunto.
—No me lo dijo.
Guardo silencio. Santiago se levanta, camina hacia la máquina de cápsulas y la pone en marcha. El gesto es doméstico, vulnerable, el de un hombre que necesita hacer algo con las manos.
—Yo no maté a Evaristo —dice, de espaldas a nosotros con el olor a café llenando la sala—. Pero sí necesitaba que vendiera. Y sí le presioné. Y sí... —se gira, con las tres tazas temblando ligeramente—. Y sí temo que alguien que conoce mi proyecto haya decidido ayudarme, sin que yo se lo pidiera.
—¿Quién? —pregunto.
—No lo sé. Pero la noche que murió, yo estaba en Barcelona. Cena con inversores del proyecto. Tengo testigos, facturas, todo lo que necesiten.
Entrega las tazas. El café es fuerte, amargo, el de quien no ha dormido bien.
—Gracias por su tiempo —acepto la taza— y por su franqueza.
—No diga nada todavía —pide Santiago, y ahora es él quien suplica—. Déjeme hablar con el inspector mañana. Déjeme explicarle el proyecto, la presión, lo que sea. Pero no... no me acuse antes de saber la verdad.
Justo y yo nos miramos. Hay algo en la voz de este hombre que no es teatro. Es miedo real, el de quien ha construido un castillo de cristal y descubre que los cimientos son arena.
—No acusamos, Santiago —habla Justo, levantándose con esfuerzo—. Solo preguntamos. Y escuchamos.
—Escuchamos —confirmo, dejando la taza intacta sobre la mesa.
Salimos del despacho con el olor a café siguiéndonos. Pasamos junto a la maqueta, que ahora veo con otros ojos: ya no sé si estoy mirando una amenaza o el sueño de un hombre que quiso modernizar su pueblo. Pero la librería, diminuta entre cristales, parece resistir.
Santiago no nos llama. No nos pide que esperemos. Solo se queda en el umbral de su despacho, con la taza de café en la mano, mirando la maqueta como quien mira un accidente que aún no ha ocurrido.
Bajamos la escalera de piedra, cruzamos la recepción de baldosas y salimos a la plaza donde los niños siguen jugando, indiferentes a los castillos de cristal que se construyen sobre sus cabezas. Justo me mira. Yo miro la fachada blanca del ayuntamiento, esa que parece inocente y no lo es.
—Ese tipo… —dice Justo—, ese hombre no ha matado. Pero ha abierto la puerta para que otro lo haga.
—No lo sé —toco el pañuelo en mi bolsillo—. Pero sé que la maqueta no miente. Y que alguien quería que Evaristo desapareciera, con o sin su consentimiento. ¿Qué te parece eso que ha dicho de que teme que alguien haya decidido ayudarle?
—¿Sin su permiso o haciendo ver que no sabe nada? Si eso es cierto hay que ir a comisaría.
—No —respondo contundente cuando pasamos por delante de la terraza del Patonet y observo cómo Merceditas nos mira—. Vamos a tu casa, con Joanna y Mireia, que imagino habrá llegado ya. Tenemos que hacer una visita inesperada a Marisa. Y mañana, el inspector.
Caminamos hacia su casa y no dejo de pensar en Santiago, que presionó sin saber qué presionaba y al igual de lo que dijo Fernanda: que Evaristo había encontrado en su propia tienda algo más valioso que todas las primeras ediciones: una verdad que alguien, quizá, ya mató por ocultar.