CAPÍTULO 11
Llego a la casa de Mireia justo cuando las campanas de la iglesia indican que son las nueve.
La fachada de tres pisos se alza majestuosa en la penumbra del paseo: con algunos esgrafiados florales que trepan por las paredes como enredaderas de piedra, un balcón de hierro forjado con motivos de olas que parece moverse con la brisa marina y, una puerta de madera noble, con un ventanal de cristal emplomado que deja filtrar luz cálida desde el interior.
No hay escaparate, solo un pequeño letrero junto a la puerta que anuncia la pastelería: Tartarenys.
Aun siendo poco visible, los vecinos saben que aquí se cuece algo más que calma.
Toco el timbre. La puerta se abre casi de inmediato y Clara aparece con el delantal de Mireia torcido sobre su cazadora negra, la cara manchada de harina y algo que parece mermelada de frambuesa.
—Has tardado —sonríe.
—He venido lo más rápido que he podido sin perder la elegancia.
Entro y el olor me envuelve: mantequilla, vainilla, azúcar caramelizado y un toque cítrico.
La cocina industrial ocupa lo que debió ser el comedor principal: una isla de acero inoxidable con hornos empotrados, una mesa de trabajo de mármol blanco donde reposan bandejas con masas en reposo y, estantes de cobre colgando del techo con moldes de diversas formas.
El salón, junto a la ventana que da a la calle, ha quedado como zona de degustación: una mesa redonda con mantel de lino, sillas de rejilla y una vitrina, donde se exhiben fotografías de tartas terminadas como si fueran esculturas comestibles.
Watson emerge de detrás de la isla con el hocico manchado de chocolate. Al verme, su cola describe círculos descontrolados y se lanza hacia mí, resbalando. Se estrella contra mis piernas, jadea y lame mis manos con una gratitud que no merezco por haberlo abandonado toda la tarde.
—¡Watson, no! —exclama una voz desde la cocina.
Mireia aparece con una espátula en la mano y el pelo suelto, algo que nunca le he visto. Sus ojos están enrojecidos, aunque se ha maquillado con esmero para disimularlo. Lleva un vestido de flores que debió ser elegante hace unas horas y ahora está salpicado de crema y harina.
—Cris —su voz se quiebra al pronunciar mi nombre.
—¿Qué ocurre?
Avanzo, dejando que Watson se restregue contra mis piernas. Clara me intercepta con una bandeja de pastas en las manos.
—Después de irte del frankfurt, me la encontré en la puerta del hotel. Tenía cara de haber llorado. No me ha querido decir qué le pasaba, solo que necesitaba compañía. La he traído a su casa y le he pedido que me dejara ayudarla con los encargos del hotel.
Mireia se gira hacia los hornos, ocupándose de algo que no necesita atención.
—Dos tartas para el hotel —explica Clara, señalando la mesa—. Una de manzana asada con un montón de ingredientes, para una cena de aniversario y otra de limón y merengue suizo, para un grupo de ciclistas holandeses que llegan mañana.
—Suena delicioso —murmuro, pero mi atención está en Mireia.
—Estábamos cocinando —continúa Clara, bajando la voz— y hablando. Ella... me ha contado cosas.
—¿Qué cosas?
Mireia sigue removiendo el merengue sin mirarme; demasiado rápido y, creo, con demasiada fuerza, como si la mezcla tuviera la culpa de algo. De repente, se vuelve hacia mí con los ojos brillantes.
—¡Que me siento inútil! —estalla, y la espátula resbala de su mano—. ¡Que soy la única del club que no ha quedado con nadie para interrogar! ¡Que tú has quedado con Cloti y Fernanda, que Justo va con el concejal, Joanna con Marisa, Clara con Rogelio, y yo... yo solo hago tartas!
Watson se acerca despacio y apoya el hocico en la rodilla de Mireia.
Permanece allí, inmóvil, como si hubiera decidido que aquella humana necesitaba compañía.
De repente, se esconde bajo la mesa de mármol y emerge por el otro lado con un trozo de masa en el hocico que mastica con deliberación, los ojos cerrados en éxtasis, mientras Mireia jadea entre sollozos.
—Me iba a pedir hablar con Fernanda —continúa ella, secándose las mejillas con el puño—. Pero tú llegaste diciendo que habías quedado con ella. Dime, ¿para qué me llamáis si solo soy la que lleva el pastel?
Clara me mira preocupada. No sabe qué decir, pero ha visto algo que yo aún no alcanzo a comprender. Me acerco a Mireia con los brazos abiertos. Ella duda, rígida, y luego se derrite contra mí con un sollozo, apenada.
—Perdóname —susurro, acariciándole el pelo—. No pensé... No quise dejarte fuera. Pensaba que Fernanda sería más fácil para mí, pero no calculé que te sentirías relegada.
—Soy la fundadora del club —murmura contra mi hombro—, la que organizó todo. Y lo siento si me repito, pero es que ahora no soy más que la pastelera.
—Eres mucho más que eso.
Me separo suavemente y le tomo las manos, manchadas de harina.
—Mireia —le hablo con la voz que uso cuando Crisálida Cross toma una decisión importante—, necesito que me acompañes.
Joanna y yo vamos a ver a Marisa mañana.
Es una misión delicada. Joanna era como ella.
Marisa exagera, interpreta y completa los huecos con imaginación.
Necesito a alguien que sepa leer entre líneas el chismorreo, que sepa cuándo una vecina miente y cuándo solo exagera.
Necesito a la fundadora del club. Necesito a Mireia Borràs, no a la pastelera.
Ella levanta la vista y algo cambia en sus ojos. La harina en sus pestañas parece nieve y, debajo, la mujer que organizó a un grupo de aficionados para resolver crímenes vuelve a asomar.
—¿De verdad? —se alegra, y la voz ya no se quiebra.
Mireia baja la vista. Durante unos segundos parece debatirse entre creerme o protegerse de una posible decepción. Se limpia una lágrima rebelde con el dorso de la mano.
—Creía que ya no contabais conmigo para estas cosas.
—Eso nunca ha sido verdad —le aprieto las manos—. Joanna tiene la proximidad, pero tú tienes el instinto. Juntos seremos imparables.
Mireia suelta una risa que suena brillante.
—Imparables —repite, y se endereza, ajustándose el vestido con un gesto que recupera la dignidad—. Pues tendré que vestirme para la ocasión. ¿Qué se lleva una para interrogar a una cotilla de setenta años?
—Elegancia —respondo— y algo que haga que te confíe sus peores secretos.
—Una tarta —sugiere Clara, sonriendo por primera vez en minutos—. Nadie se resiste a una tarta de Mireia.
—Nadie —confirmo.
Mireia se gira hacia los hornos, ya otra vez dueña de su espacio, y comprueba el merengue con un gesto experto.
—Entonces prepararé algo especial. Una tarta de higos con miel de romero y un toque de anís estrellado. Marisa tiene debilidad por lo dulce, lo sé por... —duda, y luego sonríe con malicia—... lo sé por los cotilleos de Joanna.
Watson elige ese momento para emerger de debajo de la mesa con un plato de porcelana en el hocico, el que contenía las pruebas de crumble . Lo deposita a mis pies, lame el último resto de avellana tostada y me mira con esos ojos que parecen decir: «He hecho mi parte. ¿Dónde está mi premio?».
—Watson... —suspiro.
—Ese plato era de la abuela de Mireia.
—No importa —ríe ella, ya convertida de nuevo en la mujer que fundó un club del crimen entre tartas y té—. La abuela nunca hubiera soportado a Marisa. Le habría gustado que tu perro la usara.
Clara y yo reímos, y el sonido llena la cocina industrial de algo que no es solo azúcar y harina; es alivio, es saber que el club funciona cuando todos sus miembros se sienten necesarios.
—Voy a prepararos algo —anuncia Mireia, encendiendo el horno pequeño—. Unas tartaletas de chocolate y naranja confitada para celebrar que mañana interrogamos a una mentirosa profesional.
—Yo ayudo —se une Clara.
Me quedo en el salón, con Watson a mis pies roncando en su sueño de perro satisfecho, y observo cómo las dos mujeres trabajan en la cocina con una sincronía que no existía hace una hora. Mireia instruye, Clara obedece y, entre risas y harina que vuela, se teje algo más que una tarta.
Pienso en Fernanda, en su vestidor secreto, en su pañuelo de seda en mi bolsillo. Pienso en Marisa, en su balcón de espía, en sus gritos a la calle. Y pienso en Mireia, que ha llorado porque se sentía inútil y ahora prepara una tarta de higos para arrancarle la verdad a una vecina.