Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 10
29%

CAPÍTULO 10

Toco el timbre de la casa de Justo y Joanna con el pañuelo de seda burdeos aún anudado al cuello, ajustado con el nudo que Fernanda me ha hecho mientras sus dedos fríos rozaban mi piel. La puerta se abre antes de que suene la segunda campanada.

—¡Cris, bienvenido!

Joanna me mira de arriba abajo con esa rapidez que tiene para catalogar a la gente, y sus ojos se detienen en mi cuello.

—Eso es... ¿Hermès?

—Buen ojo —digo, entrando—. Es seda natural, doble vuelta, teñido a mano.

Se acerca y toca el tejido con dos dedos, como quien evalúa un caballo en una feria.

—Esto cuesta lo que yo gano en un mes de jubilación. ¿De dónde lo has sacado?

—Me lo ha regalado Fernanda. Acabo de estar en su casa.

—¿Te lo ha regalado así, sin más? —pregunta Joanna.

—Después de enseñarme medio museo y un vestidor secreto.

—Eso no es un regalo, Cris. Eso es un mensaje.

—¿Y cuál es el mensaje?

—Todavía no lo sé. Pero las mujeres como Fernanda no hacen nada porque sí.

Joanna retira la mano como si la seda quemara. Justo aparece desde el fondo del pasillo, cojeando ligeramente, con una bandeja de copas en una mano y una botella de Rioja en la otra.

—Fernanda —dice, como si el nombre fuera una categoría meteorológica—. Cuidado con esa mujer, Cris. Las viudas no son lo que parecen.

Joanna se gira hacia él con los brazos en jarras, una postura que conozco bien y que Justo debería temer más que a cualquier criminal.

—¿Tienes algo que decirme, Justo Cruz?

—Yo... —titubea, dejando la bandeja sobre la mesa del salón—. Solo que una viuda tiene experiencia. Sabiduría. Cosas que una soltera no...

—¿Experiencia? —Joanna arquea una ceja que podría cortar cristal—. ¿La experiencia de enterrar maridos? ¿O la de saber qué corbata queda mejor con el ataúd?

Me río; no puedo evitarlo. La tensión entre ellos es un espectáculo que ya he visto demasiadas veces, pero que nunca deja de entretener.

—Sentaos los dos —intervengo, quitándome el pañuelo con cuidado y guardándolo en el bolsillo—. He venido a hablar de algo serio, no a presenciar otro matrimonio que se desmorona en este pueblo.

—¿Te refieres a nosotros? —corrige Justo, sirviendo el vino con mano torpe—. Esta unión aún aguanta.

—Por poco —murmura Joanna, que se sienta en el sofá de terciopelo granate, una pieza que ella misma eligió cuando se mudó.

Justo nos acompaña con una bandeja de pastas de té que materializa de algún armario: hojaldres de almendra, panellets de coco y unos roscos de vino que huelen a canela y añejo.

El salón es acogedor y muy ordenado desde que Joanna se mudó a vivir con él: revistas apiladas por tamaño, cojines simétricos, una foto de los dos en el puerto.

Joanna ha pasado por aquí, y ha pasado con intención.

—¿Qué querías saber? —pregunta ella, mordiendo un panellet con una elegancia que contradice su apetito.

—Quiero saber qué siente una viuda —digo, aceptando la copa que Justo me ofrece—. Y, si es posible, qué puede sentir una que ha enviudado tres veces.

Justo se atraganta con el vino. Joanna deja el panellet a mitad de camino.

—¡Tres veces! —repite ella.

—Así es, Fernanda se casó con Antonio, Eduardo y Enrique. Un coronel, un cardiólogo y un editor.

—Dios santo —Justo se santigua, aunque no es creyente—. Eso es... eso es estadística, no mala suerte.

—O talento —apunta Joanna, secándose los dedos con una servilleta de lino—. Depende de cómo se mire.

—¿Tú crees que...? —Justo no termina la frase.

—No digo que los haya matado, Justo —comenta Joanna—. Digo que una mujer que ha enviudado tres veces aprende cosas. Cosas que una que solo ha probado a un hombre, como es mi caso, no sabe.

—¿Y qué cosas? —pregunto, inclinándome hacia delante.

Joanna se recuesta con la copa girando entre sus dedos, con destreza.

—Aprende que el silencio de un hombre no siempre es pensamiento profundo; a veces es solo vacío.

Aprende que el cariño se mide en los detalles que no se dicen, por ejemplo, si te guarda el último trozo de tarta, si te cubre con la manta cuando te quedas dormida en el sofá.

Y aprende... —baja la voz, mirando a Justo de reojo— que algunos hombres son como los gatos: mientras les das de comer y no les exiges conversación, se quedan.

Pero si pretendes que sean algo más que decoración, se escapan por la ventana.

—Yo no me escapé —protesta Justo, ofendido—. Yo ya estaba aquí cuando llegaste. Con cojera y todo.

Joanna sonríe, y por un instante veo la mujer que debió ser antes de los años y las decepciones.

—Con tu mujer, que en paz descanse, la trataste como a una reina en sus últimos años de vida, pero ahora... eres diferente, amor. Eres más cerrado que un pueblo en fiestas. No hablas, no te quejas, no pides. A veces no sé si estás contento o si estás haciendo el muerto.

—Eso es... —Justo busca la palabra—. Eso es estabilidad emocional.

—Eso es madera de roble con patas —corrijo, y los tres reímos.

El vino fluye, las pastas desaparecen y el salón se llena de esa calidez que solo tienen las casas donde se ha discutido mucho y se ha perdonado más.

—Mientras me enseñaba su colección, mencionó que quizá tendría que desprenderse de parte de ella. Incluso de algunos vestidos y piezas valiosas.

Joanna deja la copa sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Ella? ¿La que vive en esa casa modernista con tres maridos muertos financiándola? —su voz cambia, pierde la ironía—. No lo aparenta. Siempre impecable, siempre con ese aire de...

—De viuda que no necesita nada de nadie —completo.

—Exacto.

Joanna frunce el ceño, con la mente trabajando a velocidad de cotilla profesional.

—Si dice que está arruinada, o lo está de verdad y lo oculta con dignidad, o... —duda.

—¿O qué?

—O lo dice para que alguien se apiade. Para que alguien le ayude. Para que alguien le abra una puerta que ella no puede forzar.

Justo mira a Joanna con algo que no sé si es admiración o miedo.

—¿Tú crees que...?

—No sé qué creer —interrumpe ella—. Pero sé que una mujer que ha enviudado tres veces no pide ayuda. Exige, seduce o toma. Pero no pide.

Guardo silencio, saboreando el vino, que ahora sabe a algo más que uva fermentada. El pañuelo en mi bolsillo pesa de repente; una pregunta de seda que no sé formular.

—¿Y tú, Justo? —digo al fin—. ¿Qué siente un hombre que ha sido policía cuarenta años cuando mira a una mujer así?

Justo se sirve más vino, despacio, como si el gesto mismo fuera respuesta.

—Siento... —dice, mirando a Joanna con una ternura que me rompe algo dentro— que hay dos tipos de personas en el mundo: las que buscan compañía para no estar solas y las que buscan compañía para no sentirse solas.

La primera es fácil. La segunda... —bebe un trago largo—, la segunda es un misterio que ni el mejor detective resuelve.

Joanna le tiende la mano por encima de la mesa, y él la acepta sin mirar, como si llevaran décadas haciéndolo.

—Fernanda... —dice Joanna, suave ahora— es de la segunda clase, Cris. Y esas son las peligrosas. No porque maten. Peligrosas porque hacen que otros quieran matar por ellas.

El vino se ha acabado. Las pastas son migas sobre la bandeja. Y yo tengo en el bolsillo un pañuelo que huele a lavanda, a nardo o a algo que no sé si es perfume o advertencia.

El móvil vibra sobre la mesa. Un mensaje de Clara.

—¿Problemas? —pregunta Joanna.

Desbloqueo la pantalla: «Estoy en casa de Mireia. Watson está conmigo. Cuando termines, pásate».

No puedo evitar sonreír.

—Es Clara —digo, guardando el teléfono—. Está en casa de Mireia. Con Watson.

—¿Y te reclama? —pregunta Joanna con una media sonrisa.

—Más bien me convoca.

—Peor todavía —sentencia Justo.

—Sigo creyendo que hacéis buena pareja —se encoge de hombros Joanna.

Joanna y Justo se miran un instante al ver que no respondo al comentario.

—¿Queréis venir?

—Ni hablar —dice Joanna.

—Ya es bastante tarde para nosotros —añade Justo, levantando la copa vacía.

—Además —continúa ella—, bastante he tenido hoy con una viuda de tres maridos, sin necesidad de añadir una criminóloga, una pastelera y un perro a la ecuación.

—Watson es la parte más sensata de ese grupo —apunta Justo— y el único con olfato para distinguir una verdad de una mentira con solo acercar el hocico.

—Sin ninguna duda.

Vuelvo a guardar el móvil. Por alguna razón, saber que Clara está allí, con Watson, hace que el mundo parezca un lugar un poco más sencillo. Me levanto, beso a Joanna en las mejillas y doy una palmada en el hombro de Justo que suena a despedida y a promesa.

—Gracias —digo, y esta vez la palabra no se queda corta.

—Cuidado con las viudas —repite Justo, sonriente.

—Cuidado con las que no lo son —replica Joanna, y los tres volvemos a reír.

—Hasta mañana —dice Justo.

—¿Qué ocurre mañana? —digo, desorientado, y él me agarra del brazo.

—A primera hora he quedado con el concejal; ¿querías venir, no?

—Por supuesto.

—Y cuando me devuelvas a este viejo cascarrabias, nos vamos tú y yo a ver a Marisa.

—¿Cascarrabias, yo? —exclama.

—No temas, te lo devolveré entero.

—Si te apetece, te lo puedes quedar; no lo hagas para quedar bien conmigo.

—Mejor te lo devuelvo.

—¿Es que nadie me quiere? A que os echo de mi casa, a los dos.

—Tranquilo —ríe Joanna—. Es un bocazas.

—¿Has quedado con Marisa? —pregunto.

—No es necesario, siempre está en casa. Mejor la pillamos de improviso.

—Siempre es un placer visitaros y descubrir la paz y avenencia que disfrutáis uno del otro —me río.

—Anda, largo.

Justo me empuja con cariño, riendo también, y se queda en el portal viendo cómo me alejo. Escucho:

—Ahora tú y yo vamos a hablar —le dice Justo a Joanna antes de cerrar la puerta.

—Anda, echa el cerrojo, que entran moscas —se ríe Joanna.

El sonido de la hoja al cerrarse me produce felicidad.

Allí dentro se han quedado esos dos viudos, encantados de compartir sus días, a su manera, pero con alegría.

Afuera, las farolas ya dibujan sombras largas sobre las baldosas del paseo.

El mar respira a lo lejos, indiferente a los secretos de los viudos y las viudas.

Meto la mano en el bolsillo y noto la suavidad de la seda.

Fernanda me había regalado un pañuelo. Pero también una pista.

Y aún no sabía cuál de las dos cosas era más peligrosa.