Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Subimos la escalera de madera noble, cada peldaño crujiendo bajo nuestros pies. En el piso superior, el pasillo es estrecho, con puertas cerradas a ambos lados. Fernanda abre la última, a la derecha, y entramos en una habitación que desafía toda expectativa.

No hay armarios ni cómodas. Solo una cama antigua con dosel, una mesilla con lámpara de cristal y una pared que ocupa todo el fondo, cubierta de paneles de madera pintados con motivos chinos: grullas, peonías, montañas neblinosas en tonos jade y oro desvaído.

—Precioso, ¿verdad? —dice Fernanda, acariciando la madera con la yema de los dedos—. Heredado de mi primer marido, el coronel. Lo trajo de Shanghái. Pero no es solo decoración.

Empuja uno de los paneles y, con un chasquido suave, la pared entera se desliza hacia dentro, revelando un vestidor que me deja sin aliento.

Es un paraíso: un túnel de luz cálida, con espejos de cuerpo entero enmarcados en bronce, perchas de cedro cargadas de vestidos que parecen esculturas colgadas y estantes de cristal donde reposan zapatos como joyas.

Al fondo, una isla de cajones con tiradores de marfil organiza complementos, guantes y pañuelos.

El olor a lavanda y nardo impregna el aire, antiguo y femenino.

—Dios mío —susurro, dando un paso adelante como si temiera que la visión se desvaneciera.

—Los vestidos —dice Fernanda con orgullo, caminando entre las perchas—.

No son de cualquier sitio. Este, de Dior, 1962.

Lo usé en la ópera de Barcelona cuando Eduardo aún era mi marido y me miraba como si yo fuera la única mujer del mundo.

Este otro, de Balenciaga, regalo de Enrique cuando firmó su primer autor importante. Y este...

Saca un vestido de seda color esmeralda, con escote barco y falda de vuelo. Sencillo, perfecto, atemporal.

—Pruébeselo —me ordena, tendiéndomelo.

—¿Aquí? ¿Ahora?

—No hay nadie más que yo, y ya le he dicho que no me escandaliza nada. Además, ¿cómo va a saber si le queda bien sin probárselo?

Me quito la camisa con dedos torpes, consciente de cada gesto. El vestido cae sobre mi piel como agua fría y cálida a la vez. Fernanda me gira hacia el espejo, ajusta un pliegue en la cintura, alza un hombro donde la tela se resiste.

—Véalo —dice, y yo me veo.

En ese momento soy algo intermedio, algo que solo existe entre los pliegues de una buena tela y la mirada de alguien que entiende por qué los hombres como yo necesitamos, a veces, ser otra cosa.

—Le queda bien —valora Fernanda con la frialdad de una experta—. Pero el verde no es su color. Pruebe este.

Me entrega otro, de seda gris perla, con detalles de encaje negro en el cuello y las muñecas. Me ayuda a cambiarme; sus manos son seguras, sin prisa. Cuando me miro de nuevo, algo ha cambiado. El espejo devuelve una imagen que reconozco, que me reconoce.

—Este sí —confirma ella, satisfecha—. Este es suyo.

—No puedo aceptarlo...

—No se lo regalo, señor Fernández. Solo le presto la experiencia. Ojalá pudiera, pero necesito dinero; una casa así cuesta mucho mantenerla y es posible que muy pronto me vea obligada a poner a la venta algunos de estos tesoros.

Mientras Fernanda recorre las perchas hablando de París, de óperas y de cenas benéficas que sonaban tan lejanas como una novela de Agatha Christie, algo llama mi atención.

En una vitrina de cristal iluminada por una discreta lámpara de latón descansaban varios objetos cuidadosamente expuestos: un abanico de nácar, un reloj de bolsillo, una pitillera de plata y, sobre un pequeño atril de madera, un libro encuadernado en cuero rojo oscuro. Me acerco. El corazón me da un vuelco.

—No puede ser...

—¿Qué ocurre? —pregunta Fernanda.

Señalo el volumen.

—¿Puedo?

Ella asiente. Abro la vitrina con cuidado.

Allí está: El escarabajo de oro , de Edgar Allan Poe.

Primera edición. Reconocería aquel título en cualquier parte.

Cierro la vitrina despacio. ¿Un regalo? ¿Un préstamo?

¿O algo peor? Evaristo había anotado aquel libro en su libreta.

No como una simple lectura, sino como algo importante. Y ahora está aquí.

—Tiene buen ojo —comenta Fernanda con una sonrisa difícil de interpretar—. Pero deje el libro. Lo que quiero enseñarle está aquí.

Antes de que pueda reaccionar, aparece detrás de mí con un pañuelo de seda burdeos entre las manos. Durante un instante absurdo me quedo inmóvil. Mi cerebro, siempre dispuesto a escribir una mala novela cuando menos falta hace, imagina titulares imposibles:

«Escritor local estrangulado con un exclusivo pañuelo de Hermès».

«La viuda negra de Demarenys cobra una cuarta víctima».

«La policía investiga un crimen especialmente elegante».

Trago saliva. Fernanda levanta una ceja.

—¿Se encuentra bien?

—Perfectamente.

—Tiene cara de estar asistiendo a su propio funeral.

—Deformación profesional. Soy escritor.

Ella simplemente me coloca el pañuelo. Nada más.

—Acepte este pañuelo, es para usted.

—Gracias —digo, y la palabra se queda corta—. No puedo aceptarlo, acaba de mencionar que tiene problemas económicos, se lo compro...

—Ni se le ocurra. Además, este pañuelo es un regalo de Enrique, que nunca usé porque me recuerda a una discusión que tuvimos. Usted le dará mejor uso. Para el cuello, para la muñeca, para donde prefiera. La seda no tiene género, solo tiene alma.

—Se lo agradezco.

—Vístase y olvide que ha estado aquí arriba, y todo lo que ha visto en mi habitación. No por vergüenza, sino porque algunos placeres solo tienen valor cuando se guardan en la memoria, no en los relatos de otros.

—¿Se imagina lo que diría Marisa si se enterara de que he estado en su cuarto?

—Mejor no quiero imaginarlo.

Nos reímos mientras me quito el vestido con cuidado, vuelvo a mi ropa de hombre y la sigo escaleras abajo. En el recibidor, la luz ámbar ya parece más tenue, como si la casa misma respetara el secreto que acabamos de compartir.

Fernanda me acompaña hasta la puerta y, cuando cruzo el umbral, me detiene con una mano en mi brazo. Su tacto es frío, seco, como el papel de una carta vieja.

—Señor Fernández. Una última cosa.

—Dígame.

—Evaristo no era un santo. Tenía secretos, como todos. Pero el que más le pesaba... no era una mujer. Era algo que encontró en su propia casa y que a los pocos días, le hizo temer por su librería más que por su vida.

—¿Qué quiere decir?

—Eso es todo lo que sé. Y todo lo que quiero saber. Buenas tardes.

La puerta se cierra con un clic suave, pero definitivo.

Me quedo en el umbral, con el sol de la tarde calentándome la espalda, un precioso pañuelo de seda alrededor del cuello y una pregunta helándome la nuca: ¿me ha sobornado con el pañuelo?

¿Fernanda acaba de confesar algo, o acaba de lanzarme al peor de los laberintos?

Me dirijo hacia la avenida principal y, al pasar por delante de la casa de Justo y Joanna, decido que necesito hablar con ellos, que me expliquen si una mujer que ha enviudado tres veces puede ser tan peligrosa como parece, o si solo es tan vulnerable como quiere hacernos creer.

Y necesito, sobre todo, averiguar qué secreto de su propia casa le pesaba más a Evaristo que cualquier mujer.