Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Toco el aldabón de latón, una pieza labrada con forma de cabeza de león que ha visto pasar más de cien años.

El sonido retumba grave, como si la casa misma despertara de una siesta larga.

Espero conteniendo el aliento, consciente de no intimidar a una viuda que ya me atendió en la calle con desconfianza.

La puerta se abre con un chirrido suave, casi teatral.

Fernanda aparece en el umbral, envuelta en un kimono de seda color burdeos que le queda perfecto.

Ahora que la tengo cerca, calculo que rondará los sesenta y cinco años, aunque su porte hace que la edad parezca irrelevante.

Lleva el pelo recogido en un moño impecable, con un lápiz clavado para sujetarlo, y unas gafas de montura dorada que le dan aire de directora de orquesta jubilada.

—Señor Fernández. Puntual. Me sorprende.

—La puntualidad es la cortesía de los reyes, y yo solo soy un escritor aficionado a los buenos modales.

Su gesto no se suaviza, pero se aparta para dejarme pasar. Cruzo el umbral y el olor a historia me envuelve. El recibidor es un cubo de luz ámbar que filtra los cristales emplomados de la puerta; el suelo es de mosaico hidráulico original, con dibujos geométricos en tonos ocre y verde bosque.

A la izquierda, una escalera de madera noble con barandilla torneada sube hacia la penumbra del piso superior. A la derecha, un arco de yeso con molduras vegetales enmarca el salón principal. Sigo a Fernanda y, al entrar, contengo una exclamación.

La estancia es un templo a la memoria. No hay una pared libre: estanterías de caoba llegan hasta el techo, repletas de libros encuadernados en piel, pero también de cajas de madera con cerraduras de bronce, álbumes de fotografías amarillentas y objetos que parecen saqueados de museos.

Un gramófono antiguo descansa sobre una mesa auxiliar, junto a una colección de discos de pizarra.

El suelo hidráulico original de dibujos geométricos se concentra como en una espiral hacia el centro, donde una enorme lámpara de cristales cuelga encima de una mesa de té de caoba con patas de garra, que sostiene un juego de porcelana inglesa de delicados motivos florales.

Sobre la chimenea de mármol, apagada en esta época del año, se alinean tres retratos al óleo de hombres de distintas épocas: uno con uniforme militar, otro con bata de médico, el tercero con chaqueta de tweed y pipa.

—Mis maridos —dice Fernanda, notando mi mirada.

Se acerca a la chimenea y ajusta un marco que no necesita ajuste—.

Antonio, el primero. Coronel de ingenieros.

Murió en un accidente de puente en Filipinas hace cuarenta años.

Me dejó esta casa, y una pensión del ejército que aún cobro.

Recuerdo cuando la compró a los hijos de una viuda que lamentablemente había perdido la memoria.

Me dejó decorarla a mi antojo, con mi toque personal.

Me deshice de muebles y objetos que muy amablemente donamos a algunos vecinos.

Eduardo, el segundo. Cardiólogo. Un infarto fulminante en su propia consulta hace veinticinco.

Me dejó el piso de Barcelona y una colección de relojes suizos que vendí para reformar la biblioteca.

Y Enrique, el tercero. Editor de libros de arte.

Cáncer de pulmón hace diez. Me dejó los contactos en el mundo editorial y la costumbre de leer.

Se gira y me mira fijamente, como desafiándome a insinuar algo.

—Tres hombres, tres profesiones honorables, tres finales trágicos. Y tres veces me quedé sola con lo que habían construido. No me avergüenzo de ello, señor Fernández. Algunas mujeres nacen para ser esposas, otras para ser viudas. Yo parezco tener talento para ambas cosas.

—No pretendía...

—Claro que sí —me interrumpe, señalando un sillón de terciopelo verde exacto al de la librería—. Todos pretenden. Siéntese. El té estará listo en un momento.

—Este sillón se parece mucho al de la...

—Es la pareja. Juntos ocupaban demasiado espacio y se lo regalé a Evaristo.

Obedezco, hundiéndome en el mueble que absorbe mi peso como una nube.

Watson no está aquí para darme valor, y extraño su aliento pesado sobre mi zapato.

Fernanda desaparece por una puerta batiente y oigo el chasquido de una tetera y el tintineo de cucharillas.

Aprovecho para observar que junto a la ventana, un atril sostiene un libro abierto, La montaña mágica , de Thomas Mann, con notas al margen en tinta violeta.

Sobre la mesa de té, junto al juego de porcelana, hay una bandeja de plata con pastas de té de almendra y un frasco de mermelada de naranja amarga casera.

Fernanda regresa con una bandeja que maneja con la soltura de quien ha servido té toda la vida. Vierte el líquido ámbar en dos tazas, añade una cucharada de azúcar moreno a la suya, nada a la mía. Me ofrece una pasta en un plato de porcelana con filo de oro.

—Hábleme de Evaristo —digo, aceptando el té. El primer sorbo es intenso, un Earl Grey de bergamota potente que me despeja la cabeza—. Y hábleme de por qué usted, una mujer con tres maridos a sus espaldas y una casa como esta, compraba un libro cada semana en una librería de pueblo.

Ella se sienta frente a mí, cruzando las piernas con elegancia, y sorbe su té antes de responder.

—Evaristo era... un hombre de calma. En un mundo de ruidos, él sabía escuchar.

Cuando entraba en su librería, el tiempo se detenía.

Me recomendaba títulos que nadie conocía, me guardaba primeras ediciones que sabía que me interesarían, aunque a veces le costaba desprenderse de alguno. Era... un refugio.

—Un refugio que visitaba cada semana.

—¿Es un crimen querer la compañía de un hombre culto?

Su voz se tensa, pero controla el volumen.

—Mi último marido murió hace diez años, señor Fernández. Diez años de soledad elegante, de té a las cinco sin compañía, de conversaciones con retratos al óleo. Evaristo me devolvía la ilusión de ser interesante para alguien. No me avergüenzo de buscar eso.

—Pero había otras —apunto, dejando la taza sobre el platillo con cuidado—. La panadera, por ejemplo. Merceditas.

El nombre produce un efecto inmediato. Fernanda aprieta los labios hasta que desaparecen, y sus nudillos se blanquean alrededor del asa de la taza.

—Esa muchacha. Esa... criatura del horno —escupe la última palabra como si fuera moho—.

Sí, la vi. La vi cómo lo miraba, cómo se inclinaba para servirle el pan con esa...

esa postura calculada. Los botones de su uniforme siempre un poco más abiertos de lo necesario, la sonrisa de quien sabe que tiene veinticinco años y yo no.

Pero Evaristo no era tonto. Él sabía distinguir la miel de la melaza.

—¿Y usted qué era, Fernanda? ¿Miel o melaza?

Ella me mira por encima de las gafas y, por un instante, veo algo peligroso, una inteligencia afilada que no se deja acorralar.

—Yo era la que lo conocía de verdad. La que sabía que le gustaba el té de jazmín a las cuatro de la tarde, no el café con leche de las siete de la mañana. La que sabía que guardaba cartas de amor de una tal T en el cajón de la caja registradora, no en el de su casa. La que sabía...

Se interrumpe, consciente de haber ido demasiado lejos. Yo finjo no haber notado el desliz sobre las cartas, aunque mi mente lo graba en mayúsculas.

—¿Sabía que iba a morir? —pregunto, cambiando de registro.

—¡Cómo se atreve!

El té salpica la mesa al posar la taza con fuerza.

—Me atrevo porque alguien mató a un hombre que usted dice querer. Y porque la noche que murió, usted estuvo con él. ¿Lo distrajo para alejarlo de la librería? ¿Por qué?

Fernanda se levanta, camina hacia la chimenea y se queda de espaldas, contemplando a sus maridos muertos. Cuando habla, su voz es más baja, casi un murmullo.

—Porque esa noche, esa noche terrible, le pedí que me acompañara a la panadería.

Quería que viera algo. Quería que viera cómo Merceditas le sonreía a otros clientes, cómo no era especial para ella.

Quería... quería que eligiera. Entre la ilusión barata de una muchacha que se rebaja a mostrar sus encantos para conseguir algo, y alguien inteligente que realmente lo valoraba.

Se gira, y hay lágrimas reales en sus ojos, aunque no sé si son de pena o de rabia.

—Pero él no eligió. Nunca eligió. Se quedó en la panadería hablando con ella, con la panadera, con los clientes, con el aire mismo.

—¿No esperó que saliera?

—¿Para qué? No, señor Fernández. Soy viuda, no estúpida. Sé cuándo una batalla está perdida —cierra los ojos y carraspea—. Me fui a casa, sola, como siempre. Me serví un té que no sabía a nada y me acosté con la rabia de una mujer que una vez más había quedado en segundo lugar.

Guardo silencio, dejando que el té se enfríe. La historia es plausible, demasiado plausible. Pero hay algo que no encaja: si Fernanda se fue a casa enfadada, ¿por qué Marisa no la vio regresar? ¿O es que Marisa miente, o que Fernanda miente ahora?

—Hablemos de Marisa —digo, cambiando de táctica—. La vecina de enfrente. La que todo lo ve.

El efecto es explosivo. Fernanda se olvida de la elegancia. Se acerca a mí con dos zancadas y se inclina, apoyando las manos en los brazos del sillón, atrapándome.

—Esa arpía. Esa... esa chismosa. ¿Sabe lo que hace esa mujer? ¿Sabe que se asoma a la ventana cada vez que salgo de la librería? ¿Que me grita cosas desde el balcón? «Otra vez sola, Fernanda». «¿Para cuándo el cuarto, viudita?». «Evaristo no te quiere, te quiere el dinero».

Su voz se quiebra en una imitación cruel de la vecina.

—¡Como si ella fuera a saber lo que es querer a alguien! ¡Como si esa mujer que vive del cotilleo ajeno tuviera derecho a juzgar mi soledad!

Se endereza, jadeando, y se toca el moño como si necesitara confirmar que sigue intacto.

—Marisa me odia porque yo tengo lo que ella nunca tendrá: educación, historia, una casa que no huele a orina de gato.

Y porque un día le dije la verdad en plena calle.

Le dije que su marido se había suicidado para no seguir escuchando sus quejas.

Desde entonces, me vigila. Me espera. Es... es una enfermedad del espíritu.

—¿Y usted cree que Marisa pudo tener algo que ver con la muerte de Evaristo?

Fernanda se queda inmóvil, procesando la pregunta. Luego, lentamente, regresa a su asiento, recoge su taza fría y bebe un sorbo como si nada hubiera pasado.

—Marisa es capaz de todo —dice con una calma que resulta más inquietante que su rabia anterior—.

Pero matar a Evaristo... no. Evaristo era su espectáculo favorito.

Sin él, ¿a quién espiaría? ¿A quién mandaría…

? No, señor Fernández. Marisa no mató a Evaristo.

Pero si lo hubiera hecho, sería la única persona en Demarenys que no me sorprendería.

Termino mi té, acepto otra pasta que no quiero y dejo que el silencio se instale entre nosotros.

Fernanda ha tejido una narrativa convincente: la viuda solitaria, el rival amoroso joven, la vecina envenenada por el odio.

Pero hay hilos sueltos: las cartas de la T que ella menciona sin querer; el hecho de que supiera dónde las guardaba Evaristo; la contradicción entre su versión de la noche y lo que Marisa le contó a Miquel.

Me levanto, agradeciendo el té, y beso su mano con una sutil reverencia que aprendí de mi madre.

Pero algo me detiene antes de llegar a la puerta.

Observo a Fernanda, la forma en que ese kimono de seda cae sobre sus hombros con la naturalidad de quien ha vestido elegancia toda la vida, y una pregunta que no tiene nada que ver con el crimen se abre paso en mi garganta, pero ella habla primero.

—Señor Fernández, me gustaría…

—Señora Fernanda... —la interrumpo sin querer, mientras buscaba las palabras adecuadas—. Perdone que la haya cortado, diga.

—No importa, ¿qué me iba a decir?

—Le quería pedir disculpas por mi atrevimiento, pero su gusto... su manera de llevar la ropa... Es evidente que conoce el valor de una buena confección.

Ella me mira con una ceja arqueada, divertida más que sorprendida.

—Señor Fernández, ¿me está piropeando?

—No, no es eso... Bueno, sí, pero no como imagina.

Respiro hondo y decido arriesgarme.

—Soy escritor, como sabe, y mi personaje, Crisálida Cross... ella tiene un estilo particular. Y yo, cuando la interpreto, cuando la hago real para mis lectores... me visto como ella. Ese vestido azul marino que me vio en la librería...

Fernanda suelta una risa cristalina, diferente a todo lo que he oído de ella hasta ahora.

—Cristóbal, por favor. ¿Cree que no lo sé?

En Demarenys todos lo saben. Y no me mire como si le fuera a escandalizar.

He tenido tres maridos, he vivido en tres continentes y he visto de todo.

Un hombre que aprecia la belleza de la seda y el corte de un buen vestido es, para mí, alguien con sensibilidad. No un «rarito».

—¿De verdad?

Su uso de mi nombre de pila, tan íntimo de repente, me desarma.

—De verdad.

Se acerca y me toma del brazo con una familiaridad que no tenía hace cinco minutos.

—Eso es justamente de lo que quería hablar cuando me cortó. Venga, por favor. Suba a mi habitación. Le voy a mostrar algo que no le enseño a nadie.